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El paripé de la juez Alaya al simular una boda en el Parador de Jarandilla

Carlos Navarro Antolín | 24 de junio de 2018 a las 5:30

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LOS jueces no deberían ser noticia. Como los árbitros de fútbol. Acaso deberían sonarnos sus nombres, no tener ni pajolera idea de su tono de voz y, por supuesto, no reconocer ni sus caras, ni sus modos de vestir, ni sus hábitos cotidianos. Su mayor logro sería pasar desapercibidos. Y la gran mayoría, de hecho, lo hacen. Nada hace más daño a la profesión de juez que la infografía que explica la tendencia política de cada magistrado en la composición de los altos tribunales, nada mina más su credibilidad que los deseos de notoriedad, el anhelo de vanidad, ese parecer uno más cuando en realidad se encarna nada menos que un poder del Estado. Los jueces deben ser gente seria, que no se toma licencias personales en el ejercicio de su función, que no permite concesiones en el trato cuando actúan como tales y, por supuesto, que se limitan a pronunciarse en sentencias, autos y providencias.

Un día acudimos al estudio del pintor Santiago del Campo (1928-2015) en la calle Betis. Tenía ganas de ser entrevistado, pero no de ser fotografiado. Cuando el reportero gráfico le pidió que se pusiera delante del caballete con el pincel en la mano, el artista fue bastante directo y seco: “Yo no voy a hacer como el que pinta porque pintar es algo muy serio”. Y lo instó a esperar el momento adecuado, a sorprenderle en su tarea. Se negó a simular que estaba trabajando, rehuyó cualquier tipo de paripé.

La ruta de los Paradores de Turismo de España está cargada de sorpresas. Palacios, castillos, piscinas con encanto, salones suntuosos, acantilados de ensueño, una cocina que se ofrece como selecta (aunque no lo es siempre) y un personal que se vende como ejemplo de amabilidad (donde hay lamentables excepciones). Ir de Paradores sirve para conocer España. Y llevarse sorpresas de las que te dejan pasmao, que diría Alfonso Guerra en sus tiempos.

Acude uno al Parador de Jarandilla de la Vera (Cáceres) a conocer el edificio donde se hospedó Carlos V mientras le acondicionaban el monasterio de Yuste y se topa con la boda de un empresario sevillano. Precioso el jardín. Un marco incomparable, oiga. Algo de frío. ¡Bendito frío! No hay frío que no quiten unas buenas migas y un chupito de licor de cerezas del Valle del Jerte, del que te deja sin cantar saetas durante una temporada.

Curiosea uno el enlace, como es debido, sin molestar ni llamar la atención. Qué bien puesto está todo. Que maravilla de invitados, emperifollados y sabiendo estar. Los novios, los testigos, y… ¡Ahí va! Pero si la que está en lugar preferentísimo es doña Mercedes Alaya. Parece que está oficiando la ceremonia. Esa efigie la conozco bien de lejos, con toda precisión, como los buenos pasos de palio. Nos acercamos y efectivamente es ella. Lee los artículos del Código Civil preceptivos en una boda, sobre los derechos y obligaciones de los cónyuges, se hace cargo de entregar los anillos… Qué detalle. Todo ocurre como si estuviéramos en el juzgado competente de Sevilla. Qué bien lo hace todo quien fue para muchos una suerte de esperanza blanca de la Judicatura hasta que evidenció que se consideraba a sí misma más importante que los propios casos que instruía. Y de ahí a sentirse sobrevolando por encima del mal y del bien hay un trayecto muy corto. Qué lujazo que te case Alaya en Extremadura, en un lugar tan cotizado, en un sitio propio de emperadores.

La severa Alaya, la puntillosa Alaya, la independiente Alaya, la temida Alaya, la que no deja pasar ni una, la que no consiente una pamplina cuando interroga, la que encarna la pureza en las formas y en el fondo, la que censura comportamientos de sus compañeros con la autoridad de un tutor sobre un menor, con la superioridad de un abad sobre un fraile raso. Esa misma estaba oficiando una boda en Jarandilla de la Vera, donde los emperadores se retiran para pasar sus últimos días, donde el pimentón es una suerte de oro rojo para la cocina, donde las chacinas disparan la felicidad y el colesterol. Alaya no tiene competencias para oficiar bodas. El Tribunal Superior de Justicia de Extremadura, informado del caso, confirma el extremo que casi no necesitaba de confirmación. “En este Tribunal no se tiene conocimiento alguno al respecto. Las funciones competen al encargado del registro civil del partido, al notario, al alcalde o al concejal en el que delegue, según la Ley de Registro Civil”. Cáspita, que Alaya ha hecho entonces lo que el pintor Santiago del Campo se negó a hacer: un paripé. Pintar es algo muy serio. Ser juez debería serlo también. No se puede ni se debe jugar a ser juez, ni mucho menos parecer que se hace de juez cuando sencillamente no se puede. Teatro, lo suyo ha sido puro teatro. A Zoido le pasó con la boda de Francisco Rivera Ordóñez. Primero los casó en Sevilla, donde sí era competente como alcalde, y después hizo el paripé en Ronda.

No es que sea un asunto grave, no están en juego grandes valores. No tendría importancia si Alaya no fuera conocida, si no fuera tan puntillosa, si no fuera tan rigurosa y exigente, si no luciera ese barniz de altivez más allá de las horas de toga.

Su Señoría puede pisar la raya de picadores del análisis político al opinar más allá de sus autos y sentencias, puede someterse a los reportajes fotográficos que considere oportunos, puede trufar sus acciones de dosis de frivolidad. Pero en ninguno de esos terrenos tendrá el poder que tiene en un juzgado y, en cambio, sí será vista y tenida siempre como una magistrada de acuerdo con la imagen que ella misma se ha forjado con toda libertad. Ella juzga y es juzgada. Lo de Jarandilla de la Vera, un paripé gratuito, Señoría. Me quedo con la lección de don Santiago. No se puede hacer como el que pinta a riesgo de quedar como un pintamonas. Hay acciones que retratan a un personaje. Por sus obras los conoceréis. Lástima que se esfumara la esperanza blanca. Cada día sabemos más cosas de quien solo deberíamos conocer por sus sentencias, autos y providencias. Jarandilla, donde los emperadores se retiran, donde los jueces estrella pierden el halo.

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Los jueces son humanos

Carlos Navarro Antolín | 6 de junio de 2018 a las 12:28

MADRID.

HUBO un tiempo en que no conocíamos la voz de los famosos. Los veíamos en los papeles del colorín montados en su tren de vida de ensueño, subidos al potro de tortura de sus desgracias, luciendo sonrisas impostadas en sus celebraciones de chocolate y oro, o generando titulares que nos impartían lecciones sobre cómo vivir con normalidad una vida de castillo hinchable: frívola, fatua, inconsistente. Pero nunca los veíamos en acción, jamás oíamos el tono de voz en los medios hasta que apareció un programa de televisión pionero en lo que poco después de conoció como telebasura: ¡Qué me dices! Ahí empezó casi todo. Con el sonido y las imágenes en movimiento tuvimos una percepción más ajustada de quienes aparecían exclusivamente (nunca mejor dicho) en las fotos a color.

También hubo un tiempo en que no conocíamos las voces de los jueces. Ni siquiera sabíamos sus nombres. Trascendían las identidades de dos o tres abogados, los más sagaces, los que llevaban la dirección jurídica de la defensa de los famosos. Tal vez se conocía algo más al juez instructor del caso Guerra, un notable usuario de las líneas de Tussam. Los ciudadanos mejor informados manejaban el nombre del presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial. Poco más. Con los fiscales, tres cuartos de lo mismo. Y los secretarios judiciales, ahora letrados de la Administración de Justicia, eran y siguen siendo unos perfectos desconocidos. Pero no conocíamos las voces de los jueces. Los magistrados se limitaban a pronunciarse, valorar o decidir, según los casos, en los autos, en las sentencias, en las resoluciones, en las providencias… Se fijaba uno en el nombre del juez cuando le tocaba conocer un fallo que era de su interés personal. Y de ahí no se pasaba.

Con Baltasar Garzón comenzó un nuevo estilo de ser juez, como con el ¡Qué me dices! arrancó una nueva forma de hacer crónica rosa con imágenes, si es que se le puede llamar crónica a aquello. Los jueces son humanos. Tienen su vanidad, su ego, sus legítimos deseos de notoriedad. Como los árbitros de fútbol. Si a esas debilidades humanas se suma que representan uno de los tres poderes del Estado, ya sabe qué resultado sale de la combinación: el riesgo de desvarío.

Cuando el torero aparece más en el Hola que en el Aplausos es que está haciendo la caja que no puede recaudar anunciándose en los carteles.Cuando el juez sale más en las páginas de política que en las de tribunales es que padece ansias de notoriedad, anhelo de estrellato, deseos de ser alguien más allá del ejercicio de su profesión. Cuando el periodista tiene que explicar en las redes sociales lo que ha escrito en el periódico, es que probablemente no ha ejercido bien su oficio. Cuando el Rey comparece ante la Nación y no es 24 de diciembre es que algo se ha podrido en España.

Siempre me dijeron que los jueces se pronuncian en las sentencias, los periodistas en sus medios y los reyes en Nochebuena. De los jueces no se debería ni oír su voz fuera del juzgado, salvo el noble ejercicio de la docencia. Cuando se les oye más de la cuenta no cabe más que exclamar: ¡Qué me dices! Y entonces pierden mucho de ese prestigio, se esfuma ese halo de misterio, se rasga ese velo tan ligado simbólicamente a la Justicia. Y todo lo construido durante años se va a hacer puñetas. Nunca mejor dicho. Lo de las puñetas.

Arenas es el lince protegido por la Junta

Carlos Navarro Antolín | 12 de febrero de 2014 a las 13:01

SEV11. JAVIER ARENAS SALE DEL ALMUERZO DEL PP AL QUE ASISTIO AYER Diario de Sevila/MANUEL GOMEZ
En política todos se pelean por la herencia y nadie le reza al muerto. Será por eso que los parientes políticos son los que siempre la lían a última hora en las notarías. Nada hay más antiguo que un periódico de ayer ni que un político defenestrado. A la hora de realizar la mudanza de las adhesiones inquebrantables, la política iguala a todos: a los que han tardado diez años en ser licenciados, a los que ganaron la oposición que les daría la estabilidad soñada en sus vidas, a los que se criaron en los pechos de los aparatos y a los que irrumpieron de pronto en el circo político procedentes de la empresa privada. No hay distinciones porque todos quieren mantenerse en el machito: el abogado, el juez, el registrador, el que nunca tuvo una nómina que no fuera de la Administración pública y el que no ha hecho otra cosa que, como los canguros, saltar de un despacho a otro de las instituciones y sociedades del gran mastodonte del Estado. Ni un juicio crítico en quienes han sido humillados, ni una palabra más alta que otra. La política para ellos no consiste en servir al ciudadano, sino en perpetuarse en sus cargos. Por eso, en el fondo, todos admiran a Javier Arenas. Lo critican porque querrían ser como él, la mejor interpretación del ave fénix en clave andaluza al que los suyos llevan meses redactando la esquela de su carrera política en todos los corrillos de los últimos meses: la noche del Domingo de Pasión que se quedó orillado del gobierno andaluz (“Javié no sale de ésta, ésta es la definitiva, mírale la cara, no se le reconoce, parece que está ido”), a los pocos meses de la amarga victoria (“No se le ve. ¿Qué sabes de Javié? Debe estar fatal, ya sólo sale para ir al podólogo y darle al botón en el Parlamento”), en su cargo de vicesecretario general del PP con despacho en Madrid (“Ya nadie lo llama, salvo Antonio Sanz, me dicen que hasta se cuela en actos sociales a los que no está invitado en la capital, chico qué cosas se ven, qué dura debe estar siendo la caída), en actos eminentemente privados (¿Oíste a Raúl del Pozo cuando dijo en la radio que Javié prácticamente se coló en la boda del hijo de Zoido?) y, por supuesto en congresos y convenciones (“Rajoy no sabe cómo quitárselo de encima para hablar en privado con Zoido sobre el futuro de Andalucía, nos hemos dado cuenta todos. ¡Con lo que era Javié!”).
Todos iban matando al padre, preparando la corona floral de los que no te olvidan y hablando de su figura con la compasión que inspira el que sólo tiene ya la mirada para implorar la compasión de sus hijos. Olvidaron que el toro malherido sigue teniendo pitones y se levanta con violencia, olvidaron que Javié los enseñó a todos ellos a caminar, a correr, a regatear y hasta a respirar en política. Todos son de la escuela de Javié. No conocen otra. Y está claro que Javié los escogió porque ninguno era capaz de hacerle sombra, como ha quedado demostrado. Javié ha ganado otra vez. Siempre ha ganado en el partido todo lo que se le reprochaba que no ganaba en las urnas. El PP andaluz está hecho a su medida, porque él ha sido el sastre de su propio traje. Los demás se han dedicado a barrer los hilos en el suelo de la indignidad, a callar como las beatas de la primera fila cuando el párroco manda silencio desde el púlpito, a coger kilos en la trabajadera del bochorno, a cuchichear contra el jefe en el atrio del cigarrito y la voz baja y a procurar conciliar el sueño porque, cuando truene el despertador y salga el sol, cuando todos ellos despierten a un nuevo día con las babas tragadas, se encontrarán con que Arenas seguía allí, como el dinosaurio. Se peleaban por la herencia cuando el muerto se ha levantado y los ha corrido a gorrazos. Arenas no vuelve a mandar en el PP, porque en realidad nunca ha dejado de hacerlo. ¿Y Andalucía? En Andalucía el lince está protegido. Y el PSOE protege muy bien al único lince del PP andaluz.
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El listón del alcalde

Carlos Navarro Antolín | 26 de diciembre de 2013 a las 5:00

INCENDIO EN CC LOS ARCOS, DIARIO DE SEVILLA/MANUEL GOMEZ
Termina el café y pregunta al camarero si le dejan fumar aprovechando su antigüedad como parroquiano. No hay nadie en el bar ni atisbo de clientela a deshora. Los taburetes están recogidos, las mesas apiladas y los baños fregados a la espera de la jornada siguiente. El camarero pasa la bayeta al tubo de calentar la leche, echa las cuentas y se hace el despistado de cuanto está oyendo. El protagonista rompe por fin a hablar.
“Mira, Juan Ignacio ha dejado claro que le basta la mera imputación de la Guardia Civil para echar a un alto cargo. Te aseguro que no lo dudó ni un minuto, la prueba es la rapidez con la que actuamos. Nuestro gran logro es la normalización de la vida municipal. Fíjate que hasta nos llevamos bien con los concejales del PSOE con los que algunos de los nuestros hasta han compartido mesa y mantel estos días. La poca acritud se queda en los Plenos y en casos aislados como el de la denuncia del piquetero Carlos Vázquez por las cuentas de la Davis, que no deja de ser la maniobra de un kamikaze. IU juega su papel y no deja de ser un grupo residual en la vida municipal, que hace más ruido por su pasado que por su presente o sus expectativas de futuro. Nosotros sabemos que al tercer año de gobierno pueden aparecer algunas grietas. Es lógico. En la oposición es fácil controlar a los concejales, estábamos los quince metidos en el mismo sitio y con las ocupaciones muy tasadas. Pero en el gobierno somos más, no compartimos dependencias, casi no nos vemos entre nosotros en el día a día y estamos cada uno gestionando un presupuesto famélico. Cuando el jefe nos convocó para echar a Joaquín, aquello parecía la salida de una cofradía de negro, todos callados y alguno hasta con la mirada baja, pero nadie dudó ni un minuto en que así se debía proceder. Te aseguro que el alcalde no le tenía especial cariño a Peña. No te niego que él lo nombró, eso es cierto, pero no era de sus favoritos, precisamente. El día que lo echó, el alcalde se puso a sí mismo el listón. La mera imputación de la Guardia Civil le ha bastado para quitarse de encima a un director general que, por otra parte, está por ver la verdadera gravedad de su acción, que yo creo que en lo de Joaquín no hay nada grave. Fíjate que los del PSOE no han dicho ni pío, nos ha salido todo bastante bien”.
Justo en ese momento escruta la posición del camarero. Agacha la mirada queriendo anunciar el comienzo de un nuevo capítulo en su monólogo. “Pero ahora nos tememos otra situación, o como diríais los periodistas, nos tememos un escenario mucho peor. ¿Y si un empresario ya ha implicado a un cargo público en su declaración ante la juez? Es lo que algunos de nosotros, con más reserva que otra cosa, nos preguntamos estos días de encuentros informales. El secreto del sumario está permitiendo al jefe ganar tiempo para tomar una decisión. Porque algún día se levantará ese secreto. ¿Dentro de un mes? ¿Tal vez cuatro? Si ese cargo público, elegido en las urnas, es imputado por la juez, no me cabe duda de que Zoido no tiene más remedio que cumplir con el listón que él mismo se autoimpone para seguir diferenciándose del gobierno anterior. Son los días en los que, como él mismo dice, se acuerda de lo exigente que fue con el gobierno cuando era líder de la oposición. Y tiene que ser consecuente. Serían ya dos los cesados. ¿Pero qué hacemos si sólo se trata de la declaración de un empresario que apunta a un cargo público y de ahí no pasa la cosa? ¿Qué hacemos con el listón? ¿Cómo nos defendemos si acabamos manchados por unos tejemanejes de la etapa anterior que no sólo no habríamos suprimido sino que, cuando menos, habríamos consentido? Nosotros hemos llegado al gobierno tras muchos años en la oposición, nos hemos encontrado las cajas vacías, hacemos unos presupuestos sin concesiones ni capacidad para tirar un sólo cohete. Solo nos queda presumir del mapping, de no llevarnos nada calentito y de ser ejemplares en la gestión del dinero público. No podemos permitirnos el lujo de que se nos meta en el mismo saco. Y tampoco podemos estar todo el día extirpando tumores. Estarás conmigo en que la extirpación debe ser una medida excepcional. El miedo que tenemos algunos es que haya que echar mano del bisturí más veces de las deseadas. En tal caso es que habríamos elegido mal a nuestros principales colaboradores. Y eso a algunos no nos gusta nada, eso ya de por sí es muy feo”.
Y el camarero advirtió que era la hora del cierre. Los taburetes se quedaron del revés encima de la barra. Olía a lejía.

Zoido entierra las puñetas

Carlos Navarro Antolín | 24 de enero de 2012 a las 22:38

Zoido no tiene ninguna intención de lucir de nuevo de la toga. La suya como magistrado es una etapa cerrada. Hace tiempo que dejó de ver por los ojos del juez que fue en los pueblos y el decano que fue en la capital para escrutar la realidad como un político. Se la jugó al puerta grande o enfermería cuando en sus meritorios años en la oposición anunció que si no lograba la Alcaldía dejaría definitivamente el Ayuntamiento. Pero nunca se refirió a un posible retorno al juzgado. Algunos se sorprendieron ayer al verle encabezando la manifestación junto a los padres de Marta del Castillo. El alcalde es un vecino destacado de la ciudad, el primero si cabe en ese protocolo nunca escrito, y hace bien en estar con sus vecinos, sobre todo si son 40.000 y se manifiestan por una causa tan legítima como mostrar un desacuerdo por una sentencia. Todos los concejales del gobierno recibieron a los padres en el salón comedor del Ayuntamiento. Si el alcalde decidió después participar en la cabecera de la manifestación por petición expresa de Antonio del Castillo, muy poco se puede objetar. Cualquier alcalde hubiera atendido semejante ruego. Cualquier persona lo hubiera hecho igual sin necesidad de ser alcalde. Monteseirín se manifestó junto a estos mismos padres en la primera concentración convocada por Marta del Castillo. O se es magistrado, o se es alcalde. Lo que nunca se puede ser es un insensible. Zoido hace tiempo que cambió de vocación y guardó las puñetas en el altillo. Eso es público y está contado.