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Los jueces son humanos

Carlos Navarro Antolín | 6 de junio de 2018 a las 12:28

MADRID.

HUBO un tiempo en que no conocíamos la voz de los famosos. Los veíamos en los papeles del colorín montados en su tren de vida de ensueño, subidos al potro de tortura de sus desgracias, luciendo sonrisas impostadas en sus celebraciones de chocolate y oro, o generando titulares que nos impartían lecciones sobre cómo vivir con normalidad una vida de castillo hinchable: frívola, fatua, inconsistente. Pero nunca los veíamos en acción, jamás oíamos el tono de voz en los medios hasta que apareció un programa de televisión pionero en lo que poco después de conoció como telebasura: ¡Qué me dices! Ahí empezó casi todo. Con el sonido y las imágenes en movimiento tuvimos una percepción más ajustada de quienes aparecían exclusivamente (nunca mejor dicho) en las fotos a color.

También hubo un tiempo en que no conocíamos las voces de los jueces. Ni siquiera sabíamos sus nombres. Trascendían las identidades de dos o tres abogados, los más sagaces, los que llevaban la dirección jurídica de la defensa de los famosos. Tal vez se conocía algo más al juez instructor del caso Guerra, un notable usuario de las líneas de Tussam. Los ciudadanos mejor informados manejaban el nombre del presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial. Poco más. Con los fiscales, tres cuartos de lo mismo. Y los secretarios judiciales, ahora letrados de la Administración de Justicia, eran y siguen siendo unos perfectos desconocidos. Pero no conocíamos las voces de los jueces. Los magistrados se limitaban a pronunciarse, valorar o decidir, según los casos, en los autos, en las sentencias, en las resoluciones, en las providencias… Se fijaba uno en el nombre del juez cuando le tocaba conocer un fallo que era de su interés personal. Y de ahí no se pasaba.

Con Baltasar Garzón comenzó un nuevo estilo de ser juez, como con el ¡Qué me dices! arrancó una nueva forma de hacer crónica rosa con imágenes, si es que se le puede llamar crónica a aquello. Los jueces son humanos. Tienen su vanidad, su ego, sus legítimos deseos de notoriedad. Como los árbitros de fútbol. Si a esas debilidades humanas se suma que representan uno de los tres poderes del Estado, ya sabe qué resultado sale de la combinación: el riesgo de desvarío.

Cuando el torero aparece más en el Hola que en el Aplausos es que está haciendo la caja que no puede recaudar anunciándose en los carteles.Cuando el juez sale más en las páginas de política que en las de tribunales es que padece ansias de notoriedad, anhelo de estrellato, deseos de ser alguien más allá del ejercicio de su profesión. Cuando el periodista tiene que explicar en las redes sociales lo que ha escrito en el periódico, es que probablemente no ha ejercido bien su oficio. Cuando el Rey comparece ante la Nación y no es 24 de diciembre es que algo se ha podrido en España.

Siempre me dijeron que los jueces se pronuncian en las sentencias, los periodistas en sus medios y los reyes en Nochebuena. De los jueces no se debería ni oír su voz fuera del juzgado, salvo el noble ejercicio de la docencia. Cuando se les oye más de la cuenta no cabe más que exclamar: ¡Qué me dices! Y entonces pierden mucho de ese prestigio, se esfuma ese halo de misterio, se rasga ese velo tan ligado simbólicamente a la Justicia. Y todo lo construido durante años se va a hacer puñetas. Nunca mejor dicho. Lo de las puñetas.

Una sociedad sin maestros

Carlos Navarro Antolín | 21 de mayo de 2017 a las 5:00

Personaje

EN esta sociedad no hay ya maestros, ni modelos de conducta, ni creadores de escuela. Así lo lamentó el letrado Jesús Bores en el homenaje póstumo al catedrático Alfonso de Cossío celebrado en el Colegio de Abogados, uno de esos actos que combinan las anécdotas con el análisis minucioso de la dilatada trayectoria de un personaje y en los que, por lo tanto, nadie se remueve en la butaca a los cinco minutos como suele ocurrir en los pregones, ceremonias de ingreso en las academias, meditaciones de luz baja y otras disertaciones muy apropiadas para terapias de una clínica del sueño o para tutoriales sobre cómo elaborar pestiños. Para que haya maestros tiene que haber un reconocimiento previo de autoridad. No es que la sociedad no admire ya a nadie, don Jesús, es que la autoridad en todas sus acepciones está en crisis. A nadie se le concede autoridad como no se ceden los asientos a las personas mayores en un el tranvía, próxima parada Archivo (sin Indias). La falta de autoridad y la degradación de la convivencia urbana, causas verdaderas de episodios como los de la Madrugada, se aprecian en la vida cotidiana cualquier día del año. No hay que esperar la llegada de las fiestas mayores para reconocer nuestras miserias. Hay ejemplos menores como los hay de peso.

La cuenta oficial del Arzobispado en las redes sociales informa, por ejemplo, del fallecimiento de un “compañero sacerdote” en lugar de un “hermano sacerdote”. El otro día se asombró gratamente un conocido personaje sevillano cuando un viandante lo paró por la calle, le felicitó por su labor y se despidió con un “que Dios te bendiga”. Las referencias celestiales en las despedidas en sus distintas modalidades (“Quede usted con Dios”, “Vaya usted con Dios” o simplemente un “con Dios”) actúan como un lubricante en las relaciones sociales con independencia del credo, pero han sido sustituidas la mayoría de las veces por un terrible y desahogado “venga” cuando no por un vacuo “nos vemos”. El “venga” impera incluso por encima de correctísimas modalidades laicas para decir adiós. La gente va a un funeral o a un responso en mangas de camisa o en bermudas. El calor todo lo justifica. El calor es la gran coartada para la relajación de ciertas formas mínimas.

La autoridad la han perdido también, por supuesto, muchos agentes de la ídem. Hay policías que tutean a los ciudadanos, se dirigen a ellos con las gafas alzadas sobre la frente, mascando chicle, con barba descuidada de tres días o, aún peor, se refieren a la gente que quiere cruzar la carrera oficial de Semana Santa con escaso cuidado del lenguaje: “Hay tres mil tíos esperando para pasar”.

Hoy no hay maestros porque la autoridad está en crisis, don Jesús. La docencia está degradada, como denunció el catedrático León-Castro en su discurso en el acto de homenaje a su maestro Cossío. A qué pocos hombres de raza se les oye hablar de su maestro con el cariño, respeto y admiración que lo hace León-Castro de Cossío, con quien además le unió una amistad moldeada con la cautelas y directrices marcadas por Cicerón: “La confidencia corrompe la amistad; el mucho contacto la consume; el respeto la conserva”.

La Administración ha degradado a los profesores, los ha igualado con los alumnos, los ha sometido de hecho a la evaluación periódica de sus púpilos situándolos temeriamente en el mismo plano, una suerte de populismo sordo que ha terminado por reducir la docencia a una prestación de servicios en el que los usuarios (estudiantes) califican a los proveedores de conocimientos (profesores). De los médicos se puede afirmar casi lo mismo. Vergonzosos para una población son los carteles que se difunden por los centros de salud estos días para clamar respeto para los galenos en una especie de campaña Por favor, no agreda a su médico. Si a la sociedad del momento se le conoce por sus prohibiciones, hemos pasado del “prohibido escupir” o “prohibido el cante”, al “prohibido pegarle al médico”, un retrato perfecto de la degradación de los valores denunciada por dos profesionales (Bores y León-Castro) que no son precisamente representantes de la Sevilla cavernaria, sino testigos directos y activos de la Transición en las filas y bajo el magisterio de quienes luchaban por abrir el camino a la democracia.

El hijo de don Alfonso de Cossío, por cierto, rogó que en la convocatoria impresa del acto no se tratara de don a su difunto padre. Simplemente pidió que se pusieran el nombre y su apellido. A los maestros de cualquier disciplina basta llamarlos por el apellido. No hacen falta más florituras. Sobre todo en una ciudad como Sevilla, en la que tan alegremente se otorgan los dones, como denunció León-Castro en su discurso. Y todo el mundo tutea a todo el mundo en la cotidiana estampida de mal gusto que nos tiene permanentemente cogidos por el badajo de la campana de San Cristóbal de la Giralda.

El imputado Torrijos y el crucificado expirante

Carlos Navarro Antolín | 26 de septiembre de 2013 a las 13:44

la foto
Cristo expirante, solo, con un paisaje idealizado de la ciudad de Jerusalén. Una restauradora limpia la superficie del óleo, quitando la suciedad y reintegrando las lagunas de la obra. Hay claroscuros que evocan a Caravaggio. Ni están la Virgen ni San Juan. El crucificado aparece en una soledad tenebrosa. Todo ocurre en el patio central del Ayuntamiento de Sevilla. Son las 11:44 horas del jueves. Irrumpe en la escena el portavoz de IU, Antonio Rodrigo Torrijos, recién informado de su imputación judicial. Baja las escaleras a gran velocidad, se marcha desparramando ligeramente la mirada sobre cuanto ocurre a su alrededor. No habla ni para decir esta boca es mía. Sale abanto, rehuyendo el bosque de alcachofas, barbeando los muros de la Casa Consistorial. La restauradora, ajena a cuanto ocurre a sus espaldas, sigue acariciando con mimo al Cristo solo, expirante, del que todo el mundo conoce su final, el Cristo que está en su último hálito de vida y aferra su mirada a un horizonte de última esperanza. Arte y política. Los claroscuros de Torrijos no son de Caravaggio, evocan un baile de togas, un paisaje mucho más terrenal y árido, un camino de meses plagado de espinas. Pero el final también lo conocemos: la soledad. El gallo de IU ha cantado ya tres veces. Nadie restituirá las lagunas de una obra pintada con brocha gorda en ocho años de gobierno.

Manifestación gallardiana en el Colegio de Abogados

Carlos Navarro Antolín | 12 de noviembre de 2012 a las 12:55


Conocíamos la huelga a la japonesa, convocada para trabajar más y más (cadena de supermercados) con el objetivo de provocar un exceso de producción imposible de colocar en el mercado. Sabíamos de las manifestaciones dominicales con derecho a minuto de gloria en el telediario, con el tío de la bandera republicana y el impagable tío de los zancos, que ya se sabe que una manifa sin el uno y sin el otro ni es manifa ni es ná. Y hay que ver la destreza y el mérito que tiene el señor de los zancos, que al mismo tiempo que sostiene un cartel contra el capitalimo hace malabarismos con tres pelotitas. Atrás parece que han quedado los encierros en iglesias y catedrales, esas concentraciones con colchones, mantas y termos que el cardenal visitaba a diario. Siguen organizándose las recogidas de firmas para exigir dimisiones y derogaciones de leyes, aunque han caído aquellas que pedían la supresión inmediata de las imperialistas bases norteamericanas. Y, por supuesto, las redes sociales han revolucionado los usos a la hora de expresar reivindicaciones, denunciar tropelías y darle bofetadas al monigote de turno de cualquier gobierno, que más insufrible que la pena de banquillo y que la pena de titular de prensa es ya la pena de twitter, donde al tío más duro lo dejan como un sobao pasiego en 140 caracteres. Pues bien, el decano de los abogados de Sevilla (que mientras no se demuestre lo contrario es José Joaquín Gallardo) ha inventado la manifestación de patio contra el Gobierno. Hoy lunes estaban convocados los diez mil letrados de Sevilla a una manifestación en la sede colegial, que dispone de un precioso patio y, por cierto, de unos limpísimos servicios según se entra a la derecha, que forman parte de la guía secreta de urinarios pulcros y accesibles del centro de Sevilla. Pues allí, dentro del edificio, ha convocado Gallardo una manifestación contra la Ley de Tasas que el Gobierno pretende aprobar la próxima semana en el Senado. Ni pancartas, ni el tío del zanco, ni la tricolor. Todo el mundo al patio, que es particular. Para que se vea bien a las claras que los abogados de Sevilla, blonda y mantilla, le echan un par de…. togas al Gobierno de ese facha llamado Rajoy que crea una justicia para pobres y otra para ricos, el decanísimo de los letrados hispalenses cita a sus diez mil colegiados a manifestarse en el interior de un inmueble, junto a los óleos de los decanos, las macetas y los últimos números de la revista La Toga, donde nunca sale ninguna foto del decano, ¿verdad? Noooooooo ni ná. A la huelga a la japonesa hay que sumar la manifestación gallardiana, con silenciador de patio sevillano. ¡Óle! Vistos los acontecimientos, si usted pregunta en el Colegio de Abogados si están en contra de la Ley de Tasas, puede que le respondan como la hija avergonzada cuyo padre le preguntó por enésima vez si estaba o no estaba embarazada: “Lo estoy, pero solo un poco”.