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La globalización de la hostelería

Carlos Navarro Antolín | 28 de marzo de 2014 a las 5:00

mojitos

UN cartel del Mac Donalds de la Campana ofrece “desayunos clásicos” a base de tostadas y tomate. Un cartel de La Alicantina ofrece mojitos a 3,50 euros. Desde el día que vimos ensaladas con chorreones de vinagre de Módena en la planta alta del Rinconcillo, pocas cosas pueden llamar ya la atención. Como diría Soledad Becerril. “Qué horror, qué horror”. El mangazo que ha tenido que pegar el tío que distribuye el vinagre de Módena en Sevilla tiene que ser sólo superior al que ha vendido tantos uniformes a lo Baremboin, tantas pizarras y tizas de colores, tanta zanahoria rayada y tantísima cebolla caramelizada. Leyendo en la prensa nacional del pasado domingo un reportaje sobre las profesiones con éxito en plena crisis, resultó extraño no ver el de distribuidor de vinagre de Módena como echamos en falta el de carne de buey, que habrá que contar un día si hay tantos bueyes como para ofrecer el consabido lomo de buey hasta en el cuchitril que uno menos se espera. Donde no hay ensaladilla, siempre hay buey. Es que no falla.
–¿Se lo pongo trinchaíto?
–Al buey cuanto menos lo toque, mejor.
Antes, para que un bar tuviera gracia tenía que ser chico, cuanto más chico mejor. Y cuanto más estrecho el retrete, aún mejor. La estrechez da pie a la cartelería de guasa: “No corran por los pasillos del wc”. Si encima tenía serrín desparramado por el suelo, una buena ensaladilla y un camarero tan malaje como eficaz, la cosa era para entrar en el catálogo de establecimientos protegidos. El éxito actual radica en muchos veladores apretados, camareros que ignoran el noble oficio de la hostelería, tuteadores al mismo tiempo que abusan del “caballero”, mucha pizarra de colores para anunciar platos (no tapas) y venga zanahoria rallada, venga cebolla caramelizada y venga ríos de vinagre de Módena.
La globalización está igualando a la hostelería, homologándola que diría el cursi a sueldo del observatorio de turno. Mac Donalds se convierte por la mañana en cafetería al uso, con la legión de los tontos del tomate desplegándose en formación de a cuatro, La Alicantina emula a un bar de copas en esas peligrosísimas tardes de destilados y rienda suelta, porque hay que ver el peligro que tiene, por ejemplo, una tarde de viernes en esa milla de oro del enebro que es la calle Arfe. Y sólo falta que los chinos ofrezcan cabrillas en tarrinas para llevar a casa. Todo se va pareciendo, como se parecen los dos grandes partidos políticos. Decían que a Sevilla le faltaban buenos cafés donde echar la tarde, varios buenos cafés en los que recuperar el sano hábito de la tertulia, justo cuando la están llenando de bares de copas. Y los tragos largos no casan bien con las tertulias, sino con los aspavientos, las voces y la pérdida de muchas más cosas que el equilibrio.
Decían con pavor que La Alicantina la iba a comprar Mac Donalds y algunos ya montaban la elegía como se monta un mueble de Ikea por la pérdida de un símbolo de la hostelería. Ahórrense el lagrimeo. La Alicantina, por desgracia, hace tiempo que es ya como el Laredo, que ya no es el Laredo aquel que tantas generaciones conocieron de camareros con casaca blanca, distancia guardada cual alguacil de la Maestranza que espera al matador con el trofeo de la oreja en la mano y tapa de queso Manchenieto. El Laredo es otra cosa. Qué cosa… Y la Alicantina es otra cosa. Son símbolos perdidos en vida. Trinchaítos, muy trinchaítos. Son los bueyes que hay, son los bueyes con los que hay que arar. Qué horror, qué horror.