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Una ciudad de bocinazo

Carlos Navarro Antolín | 27 de octubre de 2015 a las 20:52

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UNA de las mayores satisfacciones en periodismo está en que un lector confiese que ha reído leyendo un artículo, que ha pasado un buen rato en la sala de espera del oculista, que se ha tenido que aguantar la carcajada en la cafetería o delante de la pantalla del ordenador. En los tiempos que corren, que alguien encuentre algo tan serio como el humor en las páginas de un periódico es de una importancia capital, no confundir con el capitol de los viernes por la tarde. Ocurre que no sólo de viñetas y artículos de ingenio ha de vivir el hombre que aún consume periódicos de los que dejan huellas en negro en las yemas blancas de los dedos. Hay titulares, informaciones puras y duras, que provocan una carcajada, una reacción de hilaridad, que convierten ciertas páginas en el dedo que señala el esperpento. Hay hechos que mueven a la risa, que conducen al ridículo y la desesperanza. Lean este titular: “La Policía Local denuncia por el ruido de las protestas a los despedidos de La Corchuela”. Al portavoz del colectivo con el que, por cierto, se fotografió Juan Espadas el día de su toma de posesión, se le ocurrió tocar una bocina en la Plaza Nueva, lo que al parecer no ha hecho nadie en los últimos lustros. Ni los vecinos que se quejaban de la movida en el Arenal en los 90, que llegaron a arrojar basura de la movida a las puertas del Ayuntamiento; ni los cocheros de caballos que metieron las bestias en el andén dejando las correspondientes y bienolientes cestas de Navidad de color marrón; ni los trabajadores municipales cuando bramaron por el aumento de la jornada laboral hasta las 37,5 horas semanales; ni los representantes sindicales de los propios policías, bomberos, empleados de Mercasevilla, eventuales de Tussam, colaboradores sociales, etcétera. En la Plaza Nueva, gran manifestódromo de la ciudad en el tardoalfredismo y durante todo el zoidismo, hemos visto ruidos de bocinas, música estruendosa de equipos de música con altavoces (con nevera de botellines incorporada) para hacer sonar el séptimo de caballería a la llegada de ciertos concejales, tintes de pelo en quienes debían ser modelos de conducta, acampadas en plena cuaresma para presionar ante el paso de procesiones, insultos a los hijos de determinados capitulares, petardazos, pancarterío variado, disfraces, burros sobre los que se montaban liberados sindicales con careta, coacciones a los concejales que estaba tomando café en los bares de General Polavieja, cartelería cargada de ironía como la del gran circo mundial con el rostro de Zoido, griterío antisistema a los invitados del Pleno constituyente de 2011… Hemos visto hasta cerrar apresuradamente las puertas del Ayuntamiento para impedir el acceso de grupos con virulencia, por no contar la de veces que son expulsados del Salón Colón los representantes de ciertos colectivos cuando interrumpen el Pleno, insultan al gobierno del color que sea, lanzan papelillos por toda la estancia o exhiben una cartelería que no es precisamente del Domund. ¿Quiénes rellenaban entonces los boletines de denuncia, criaturas mías?.

Ahora resulta que el bocinazo del portavoz de los despedidos de la Corchuela merece una multa de la Policía Local. Activen la carcajada que esto es algo muy serio. Ríanse porque resulta mucho más liberador que sacar el pañuelo de papel para enjugar las lágrimas. Esto es como la preocupación (legítima) de don Manuel Bustelo, presidente del Sindicato de la Policía Local porque en esta sección apareció por error –un error por el que pedimos perdón con toda humildad– que tendrá que sentarse en el banquillo por el supuesto amaño de las oposiciones de la Policía Local, cuando en realidad es su hijo el que tendrá que dar explicaciones ante la Justicia en un caso en el que están procesadas nada menos que 45 personas, incluido el superintendente, por la filtración del examen.

Si las ordenanzas del ruido se hicieran cumplir siempre con el mismo celo, Sevilla sería una ciudad de ruan, una inmensa clínica del sueño donde el piar de los estorninos sería la única causa de apnea, un vagón de AVE silencioso sin la barrila de charlas ajenas, una permanente salida de Mortaja con los golpes de esquila y las toses como única melodía. Pero en Sevilla, oh casualidad, no hay inspectores de Medio Ambiente por las tardes, ni siquiera los fines de semana. Hagamos tal disparate que quitemos a los inspectores de trabajar en las horas que más ruido se genera. Tan sólo hay algún policía que de vez en cuando multa por tocar la bocina en una manifestación, que es como sancionar al desgraciado que suda en el desierto. Al menos, estos disparates elevados a titulares por imperativo de la realidad son cardiosaludables, liberadores de toxinas y tonificadores de la piel.