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Los policías que sabían demasiado

Carlos Navarro Antolín | 20 de septiembre de 2016 a las 5:00

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LA alternancia no es un valor en sí mismo. Lo dijo el cardenal Amigo cuando le preguntaron si no era necesario que la derecha gobernara en Andalucía al menos una vez tras varios lustros encadenados de ejecutivos socialistas. Recuerdo las palabras del purpurado al leer la carta del sindicato alternativo de la Policía Local, el que debía soplar cual Eolo y borrar las malas prácticas del sindicato de toda la vida, el que sigue siendo mayoritario y el que tiene cogidos por donde usted y yo sabemos a todos y cada uno de los alcaldes y tenientes de alcalde de Seguridad. Llegó el sindicato alternativo y fue saludado con la esperanza de que su fundación sirviera para reducir la omnipresencia del sindicato de siempre, que comenzaba ya a dar muestras serias de vicios adquiridos y óxidos con tal intensidad que han derivado en titulares sobre procesos judiciales que lastran su imagen y, en general, la de toda la Policía Local.

Los alternativos han comenzado septiembre con fuerza. Igual que ha hecho el alcalde con la consulta sobre las fechas de la Feria (no es un referéndum, en todo caso sería un plebiscito), igualito han hecho los responsables de representar una alternativa: ofrecer una imagen frívola y banalizada sobre cuáles deben ser las prioridades de una ciudad y de una organización sindical, respectivamente. Estos muchachos en los que teníamos tantas esperanzas se han descolgado, oh criaturas, con una carta que exige zona azul gratis en los alrededores de los juzgados para que los agentes no sufran “sanciones económicas” como cualquier administrado ni tengan que estar pendientes de renovar el ticket como cualquier conductor en apuros cuando Su Señoría se retrasa, que ya sabemos que la justicia tarda más que San Bernardo de vuelta, pero hay ciudadanos de primera que no pueden esperar (policías locales) y ciudadanos de segunda (el resto del padrón) condenados al ajo y agua… de Melonares.

El sindicato alternativo exige “distintivos” para aparcar gratis en los alrededores del juzgado. Pedid y se os dará. Se han vuelto de la casta, que diría el tertuliano de guardia. Venían a renovar el panorama sindical y han quedado fagocitados. Zona azul gratis total para los locales que nunca son comprensivos con los cinco minutos en la segunda fila de aparcamiento cuando usted hace el mandado en la farmacia de Amador de los Ríos, el VIPS de República Argentina o la taquilla de los toros en Adriano. En todos esos casos, multazo que te crió y no rechiste porque se puede llevar una respuesta con un tuteo incluido como una Catedral y las gafas de sol elevadas por la frente.

Por las exigencias de privilegios los conoceréis. La imagen de la Policía Local está como la de los taxistas, fruto de estar instalados en la queja y de prestar servicios con cada vez menos esmero. La solución no es fácil en absoluto, pues apunta a cuestiones tan difíciles de cambiar como son la educación y la formación en unos principios básicos. No hay lavado de cara que suprima las legañas que afean el sector del taxi, como no sirvieron para nada los anuncios que el alcalde Zoido difundió para suavizar la imagen de los agentes de la Policía Local. Todo se vino abajo con los casos judiciales que han puesto bajo sospecha a todo un cuerpo, supuestos amaños de oposiciones y casos acosos laborales, con informaciones en telediarios de ámbito nacional incluidas.

Ni la imagen actual de los sindicatos, lastrada por su tradicional afición a revestirse de pedigüeños, ni los tiempos en el sector público están para exigencias de plazas de aparcamiento gratis total por la imposibilidad de “no renovar el ticket de la zona azul”, el mismo cuya carencia o caducidad lleva a miles de sevillanos a figurar como morosos en las páginas del BOP. Arbitren otra fórmula que no sea la gratuidad. Porque su exigencia huele. Si el cambio era esto, prefiero el original. Nos quedamos con Bustelo y sus muchachos.
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Una ciudad de bocinazo

Carlos Navarro Antolín | 27 de octubre de 2015 a las 20:52

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UNA de las mayores satisfacciones en periodismo está en que un lector confiese que ha reído leyendo un artículo, que ha pasado un buen rato en la sala de espera del oculista, que se ha tenido que aguantar la carcajada en la cafetería o delante de la pantalla del ordenador. En los tiempos que corren, que alguien encuentre algo tan serio como el humor en las páginas de un periódico es de una importancia capital, no confundir con el capitol de los viernes por la tarde. Ocurre que no sólo de viñetas y artículos de ingenio ha de vivir el hombre que aún consume periódicos de los que dejan huellas en negro en las yemas blancas de los dedos. Hay titulares, informaciones puras y duras, que provocan una carcajada, una reacción de hilaridad, que convierten ciertas páginas en el dedo que señala el esperpento. Hay hechos que mueven a la risa, que conducen al ridículo y la desesperanza. Lean este titular: “La Policía Local denuncia por el ruido de las protestas a los despedidos de La Corchuela”. Al portavoz del colectivo con el que, por cierto, se fotografió Juan Espadas el día de su toma de posesión, se le ocurrió tocar una bocina en la Plaza Nueva, lo que al parecer no ha hecho nadie en los últimos lustros. Ni los vecinos que se quejaban de la movida en el Arenal en los 90, que llegaron a arrojar basura de la movida a las puertas del Ayuntamiento; ni los cocheros de caballos que metieron las bestias en el andén dejando las correspondientes y bienolientes cestas de Navidad de color marrón; ni los trabajadores municipales cuando bramaron por el aumento de la jornada laboral hasta las 37,5 horas semanales; ni los representantes sindicales de los propios policías, bomberos, empleados de Mercasevilla, eventuales de Tussam, colaboradores sociales, etcétera. En la Plaza Nueva, gran manifestódromo de la ciudad en el tardoalfredismo y durante todo el zoidismo, hemos visto ruidos de bocinas, música estruendosa de equipos de música con altavoces (con nevera de botellines incorporada) para hacer sonar el séptimo de caballería a la llegada de ciertos concejales, tintes de pelo en quienes debían ser modelos de conducta, acampadas en plena cuaresma para presionar ante el paso de procesiones, insultos a los hijos de determinados capitulares, petardazos, pancarterío variado, disfraces, burros sobre los que se montaban liberados sindicales con careta, coacciones a los concejales que estaba tomando café en los bares de General Polavieja, cartelería cargada de ironía como la del gran circo mundial con el rostro de Zoido, griterío antisistema a los invitados del Pleno constituyente de 2011… Hemos visto hasta cerrar apresuradamente las puertas del Ayuntamiento para impedir el acceso de grupos con virulencia, por no contar la de veces que son expulsados del Salón Colón los representantes de ciertos colectivos cuando interrumpen el Pleno, insultan al gobierno del color que sea, lanzan papelillos por toda la estancia o exhiben una cartelería que no es precisamente del Domund. ¿Quiénes rellenaban entonces los boletines de denuncia, criaturas mías?.

Ahora resulta que el bocinazo del portavoz de los despedidos de la Corchuela merece una multa de la Policía Local. Activen la carcajada que esto es algo muy serio. Ríanse porque resulta mucho más liberador que sacar el pañuelo de papel para enjugar las lágrimas. Esto es como la preocupación (legítima) de don Manuel Bustelo, presidente del Sindicato de la Policía Local porque en esta sección apareció por error –un error por el que pedimos perdón con toda humildad– que tendrá que sentarse en el banquillo por el supuesto amaño de las oposiciones de la Policía Local, cuando en realidad es su hijo el que tendrá que dar explicaciones ante la Justicia en un caso en el que están procesadas nada menos que 45 personas, incluido el superintendente, por la filtración del examen.

Si las ordenanzas del ruido se hicieran cumplir siempre con el mismo celo, Sevilla sería una ciudad de ruan, una inmensa clínica del sueño donde el piar de los estorninos sería la única causa de apnea, un vagón de AVE silencioso sin la barrila de charlas ajenas, una permanente salida de Mortaja con los golpes de esquila y las toses como única melodía. Pero en Sevilla, oh casualidad, no hay inspectores de Medio Ambiente por las tardes, ni siquiera los fines de semana. Hagamos tal disparate que quitemos a los inspectores de trabajar en las horas que más ruido se genera. Tan sólo hay algún policía que de vez en cuando multa por tocar la bocina en una manifestación, que es como sancionar al desgraciado que suda en el desierto. Al menos, estos disparates elevados a titulares por imperativo de la realidad son cardiosaludables, liberadores de toxinas y tonificadores de la piel.