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La ‘manumitio’ de Zoido

Carlos Navarro Antolín | 17 de junio de 2012 a las 5:00

Con un Javier Arenas irreconocible para sus más allegados, protagonizando escenas insólitas como el gesto de colocarse prematuramente en segunda fila en el parlamento, se ha consumado la venganza de una secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, que hace años que está enfrentada al político de Olvera. Ella ha ganado el pulso. Para lo cual se ha servido de Juan Ignacio Zoido, ahijado político de Arenas. El plato se ha cocinado en frío y con velocidad. Fast food de la política. Cospedal y Zoido llegaron a llevarse muy bien durante sus respectivas etapas de altos cargos de Madrid a finales de los años noventa. Ella era secretaria de Estado en el Ministerio de Administraciones Públicas y él se afanaba como director general en el Ministerio de Justicia (incluso años después siguieron cultivando su amistad, como se aprecia en la convivencia campestre de la imagen, del año 2002). Hace tres años que Zoido estaba en una posición no pocas veces incómoda, en medio de una guerra sorda entre su mentor y aquella conocida de los años capitalinos que, carambolas de la política, fue aupada como secretaria general del partido en el congreso de Valencia. El distanciamiento entre Zoido y Cospedal fue evidente porque la manchega no tenía claro de qué lado estaba aquel magistrado metido a político: si con ella o con Javié.

El fracaso de Arenas en las elecciones andaluzas el Domingo de Pasión provocó el primer movimiento de ficha. Cospedal organizó rápidamente un desembarco en Sevilla con el pretexto de la Semana Santa. Se trataba de tantear al elegido por Génova como sucesor de Arenas. Tantear…y señalar. Lo importante era dar el paso. Lo de menos eran los pasos. Cospedal, que se hospedó en un hotel de la calle Castelar, se metió de lleno hasta en los palcos de la Semana Santa, donde Arenas jamás se ha atrevido a entrar en tantos años por su miedo escénico a la Sevilla Eterna. Sólo había que tener ojos para ver la jugada. Cospedal reactivó por la vía exprés aquella vieja complicidad con Zoido.
Zoido ha tenido que aceptar el ofrecimiento de Génova. No le ha quedado más remedio. No ha podido negarse esta vez a una petición de Rajoy. A un jefe no se le puede decir más de una vez que no a una propuesta, más aún si es sugerente. Aunque en el partido no se entiende la acumulación de cargos. El alcalde de Málaga ha sido crítico y ha dicho en voz alta lo que una mayoría rumia en los pasillos del Parlamento y en los cafés del Oriza.
Los ministros Bañez y Montoro, que hoy estarán en el acto convocado por el partido en Sevilla, le han empujado estos días en privado a dar el paso. A las críticas sobre el exceso de concentración de poder y responsabilidades, Zoido cuenta al menos con la ventaja de residir en Sevilla y de tener en menos de quince minutos su casa, el despacho de la Alcaldía y el de presidente del PP andaluz. En la sede de la calle San Fernando irán conociendo el estilo Zoido a la hora de renovar el equipo actual, esa mezcla de mano militar camuflada con guante de seda con la que ha ido forjando los equipos. Zoido es especialista en orillar a quienes no son de su confianza, pero sin portazos, ni traumas, ni mucho menos humillaciones. Que parezca que se van. Lo hizo en el Ayuntamiento en 2006 cuando llegó de candidato a la Alcaldía y al PP no le sobraban precisamente los cargos públicos para ofrecer salidas. Basten dos ejemplos. Zoido prescindió entonces de Ricardo Villena, que era el hombre fuerte del aparato del PP en el grupo municipal. Cuatro años después dejó de contar con Vicente Flores, que había sido nada menos que su jefe de gabinete.
Dicen que Zoido dará ahora la oportunidad a quienes en el PP andaluz se les conoce como los chicos de la tercera fila de 1999, aquellos jóvenes militantes que se criaron políticamente en la sede regional, donde desempeñaban tareas grises y que tuvieron que salir a buscarse la vida en el ámbito municipal. Entre ellos figuran José Antonio Nieto, hoy alcalde de Córdoba; José Luis Sanz, alcalde de Tomares; Miguel Ángel Torrico, teniente de alcalde de Córdoba; Carlos Rojas, que dimitió el otro día como alcalde de Motril sin saber que Arenas abandonaba el barco; Sebastián Pérez, presidente del PP granadino y, por qué no, Curro Pérez, que en aquellos años impartía los cursillos de formación a los militantes y que hoy es concejal delegado de Triana y portavoz del gobierno local en Sevilla. Todos ellos son más que probables en la ejecutiva regional de un Zoido que, esta vez sí, tendrá un número dos en la estructura regional del partido. Elegirá un secretario general que no sea de Sevilla, por aquello de guardar ciertos equilibrios, y muy probablemente concederá la vicesecretaría de Organización a José Luis Sanz, quien esta semana, por cierto, ha visto la caída de su mayor rival político interno: el gaditano Antonio Sanz. El alcalde de Tomares tendría mucha disponibilidad para viajar por los pueblos de Andalucía, pues controla con bastante solvencia su ayuntamiento y, al igual que Zoido, trae consigo la ventaja añadida de residir en la capital. Su único hándicap sería compaginar esta tarea con sus obligaciones como senador. Quien tal vez podría repetir en la ejecutiva es el actual número tres, Ricardo Tarno, alcalde de Mairena del Aljarafe, al que se le reconoce la capacidad para tocar algunas teclas útiles en la gestión diaria de un partido.
Zoido ha quedado esta semana manumitido, desligado de tutelajes. Ahora ocupará exactamente el lugar de su jefe, de su padrino, de su mentor. Siempre le quedará la duda de qué ocurrió los pasados 7 y 8 de junio en Madrid para que Arenas comenzara a ser irreconocible. A partir del sábado 9 la noria de la política se movió y lo colocó arriba, donde se siente una mezcla de pasión y vértigo. En política no hay amigos, pero bastan las complicidades, los deseos de venganza y la coyuntura idónea para hacer girar la atracción. Aunque uno no quiera que se mueva porque, efectivamente, Sevilla no es una plaza madura para el PP.