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Como un Mercadante más

Carlos Navarro Antolín | 27 de enero de 2014 a las 18:48

mercadante
Siéntate en la Avenida y verás pasar a quien la libró de autobuses, pero la entregó de rodillas, como un Boabdil de la sostenibilidad, a nuestros nuevos señores y amos: los ciclistas y veladores. El virrey de las peatonalizaciones camina por la acera (¿izquierda?) de la Avenida, por el único tramo que sigue inalterado durante quinientos años. Pisa fuerte por las losas de Tarifa, que resisten ahora y siempre a los promotores trincones que acudieron como mercaderes del templo al olor del negocio de las losas de pizarra. Monteseirín camina por terreno aforado, protegido por las cadenas de la Catedral que en el XVI concedían derecho de asilo en el templo a los perseguidos por la Justicia ordinaria. Qué ironías reserva el destino, que semiótica encierra la plasticidad de un momento preciso de la vida cotidiana, de un instante, de una coincidencia. Avanza el ex alcalde bajo la mirada de las estatuas de Lorenzo Mercadante de Bretaña, que también cuentan su presencia en la Avenida por siglos. Y surge la estampa que representa con toda carga simbólica la contradicción entre lo permanente y lo efímero, el paso de los siglos frente a la volatilidad de doce años de gobierno, una lección de filosofía escondida entre piedras y egos. Pasa Monteseirín bajo las estatuas de barro cocido que han visto el tránsito de generaciones y generaciones de sevillanos, reyes de carrozas y monarcas modernos, presidentes del Gobierno, jefes de Estado, dictadores, arzobispos beatos y prelados soberbios, cardenales recibidos con glorias y purpurados despedidos con los pies por delante, canónigos por oposición y canónigos digitales, pobres pedigüeños y fieles potentados, señoritos en sepia y aristócratas del ladrillo a todo color, beatas de abanico y turistas de pantalón corto, cofradías de medio pelo y hermandades de tronío, alcaldes bajo mazas suntuosas y ediles de saldo… Todo pasa y ellas permanecen, escoltadas por el granito de las columnas de Itálica, tan sólo acariciadas por la brisa del tiempo y cortejadas por el piar de algunos vencejos. Todo pasa, ellas permanecen. Doce años para ellas es un soplo, apenas una línea en el tratado de la urbe cotidiana de la que son testigos, una insignificante moldura en la arquitectura del retablo de la historia que conforman regímenes políticos, revueltas, períodos de sosiego y turbamultas. Sólo hay que sentarse en la Avenida para comprobar el teatro que encierra cualquier pasaje de la vida cotidiana. In ictu oculi. Sin séquito de aduladores, sin la tensión de las faenas de gobierno, sin nadie ya que lo pare ni le pida una prebenda, como un Mercadante itinerante más del templo de la ciudad de las mil fachadas, Monteseirín recorre la Avenida que recibió con hedor de tufos negros, banda sonora de motores de autobuses urbanos y sucursales de bancos y que dejó convertida en una gran terraza de mesas y sillas, puestos ambulantes, cafeterías por doquier y abundante trufa de bicicletas. Siéntate en la Avenida, donde las piedras hablan, y verás pasar a los hombres que parecían eternos. Y la eternidad si acaso sólo está en las piedras, aurigas del paso del tiempo que susurran a todos los viandantes la gran verdad de aquellos que algún día se creen dioses por el número de concejales: “Recuerda que eres mortal”. Un día pasó con tiros largos y bajo mazas, hoy es uno más en la felicidad de la tensión perdida en una ciudad en crisis que se desangra y se deja la vida barbeando en las tablas del desempleo. El alcalde que abrió en canal la Avenida camina por el único tramo que no pudo cambiar. Y las estatuas de Mercadante lo miran con indulgencia. Plenaria, de Pleno.

Una espada para minorías

Carlos Navarro Antolín | 24 de noviembre de 2012 a las 5:00


En Sevilla hay procesiones para minorías. Sin pasos, sin música, sin varas, sin cirios, sin controles horarios. Procesiones que son como ritos casi ocultos, sin anuncios ni publicidades. San Clemente reúne cada mañana de 23 de noviembre a un grupo de incondicionales a una cita que se celebra temprano, en la penumbra de la Catedral y con la asistencia de la corporación municipal con sus correspondientes maceros y la pareja de ordenanzas con guantes blancos. El cabildo eclesiástico y el cabildo municipal, que antaño se llevaban como el perro y el gato, celebran juntos la reconquista de Sevilla con una procesión instaurada en 1255 por Alfonso X El Sabio. El alcalde, antiguamente asistente, porta la espada del Rey Santo. Dicen las malas lenguas que cuando Fernando III de Castilla entró en Sevilla con los caballeros veinticuatro se encontró con José Joaquín Gallardo en el decanato del Colegio de Abogados, Antonio Silva Florencio en el Consejo de Cofradías y José Cañete en Aprocom.
Zoido portó la espada por segunda vez. Del PP asistieron 17 de los 21 concejales. Del PSOE, sólo dos de 11. El socialista Juan Espadas debutó este año en la procesión. Le acompañó el concejal Alberto Moriña, portavoz adjunto del grupo socialista y reserva espiritual de la oposición municipal. Y de IU, ni estaban, ni se les esperaban, pues la costumbre es no participar en actos religiosos. Mucho menos si se trata de recordar reconquistas que el código de lo políticamente correcto prohíbe en su capítulo primero. A Torrijos no debe hacerle mucha gracia la fórmula del juramento que se le hace prestar al alcalde (en ella se habla de los agarenos) para que devuelva la espada al término de la ceremonia.
Al alcalde lo recibió en la Puerta de San Miguel el canónigo Pedro Ybarra. Zoido entró y saludó al primer agente de gala de la Policía Local. La procesión tiene un cortejo muy peculiar. Primero forman unos señores de traje oscuro y medallas que se dedican al estudio de la vida de Alfonso X El Sabio, después un largo tramo de señores con capas albas, que son de la orden de San Clemente, fundada antes de ayer por la mañana, a finales de los años ochenta. Algunas damas vinculadas a esta orden lucen mantillas negras. Todo muy historiado. Al término se pudo ver a algunos de ellos con la capa recogida sobre el antebrazo y la cerveza en la mano. Sin consumo no se sale de la crisis.
Los canónigos forman a continuación luciendo la espléndida colección de capas pluviales del Cabildo. Especial mención merece la que luce el deán, para el que se reserva la de las estrellas. Si el alcalde lleva la espada, el concejal más joven de la corporación, en este caso José Luis García, porta el pendón. El año pasado le criticaron el color del abrigo. Y este año la forma de portar el pendón, en vertical, en lugar de llevarlo terciado sobre el hombro. Un canónigo comentó después que un concejal debe saber cómo se lleva el pendón. Doctores tiene la Iglesia. Y por lo que se ve, también ingenuos. Será que Roma ya no es lo que era desde que nos han contado lo de los belenes sin. Sin buey ni mula.
Al alcalde portador de la espada no se le escapa ni un detalle de cuanto acontece alrededor… El canónigo Adolfo Petit lleva la reliquia de San Clemente. Yel público va acompañando el cortejo como puede, sorteando vallas, cintas, el entarimado del altar del jubileo y hasta al tío que trata de filtrar los accesos interrogando si va usted a la misa no vaya a ser que lleve otras aviesas intenciones. La Catedral, siempre tan hospitalaria. Al turista del pantalón corto y pelambrera al aire, como pasa por taquilla, no se le cuestionan sus intenciones.
Acabada la ceremonia, Zoido fue hasta la Capilla Real y devolvió la espada tal como había jurado. Se ve que San Fernando, que conquistó Sevilla en 1248, hace que los políticos cumplan sus promesas.