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El río que nos retrata

Carlos Navarro Antolín | 7 de julio de 2014 a las 5:00

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Un simple paseo basta para verle de cerca las arrugas de la cara. El río es fachada de la ciudad y calle trasera al mismo tiempo. Hay calles de Sevilla que son hermosas y costeadas. Y calles que parecen de barrio de Chicago donde caen las tapaderas de los cubos metálicos de basura y los gatos huyen con la pisada del viandante. Pues el río, el de la lámina de agua de los deportistas de élite, el de los versos del poeta y el de los claroscuros de Semana Santa, tiene también mucho de calle trasera. Se hartan de sacarlo en los vídeos promocionales del turismo y en los programas electorales, entre caras risueñas de ojos claritos y algún chino de cuota para el cuento de nuestro carácter universal y hospitalario.

Somos la ciudad que esconde las pelusas debajo de la alfombra, ordena en un santiamén los cuatro libros desordenados del salón y se mesa los cabellos antes de abrir la puerta a la visita. No es que vivamos de espalda al río, tópico de la ciudad que enseñaba la espalda a la Expo hasta que se puso de cara al 92 para colocarse justo después de culo al 93. Vivimos muy de cara al río, quizás más que nunca. El río es una calle más que muchas mañanas poco tiene que envidiarle al entorno de la portada en las noches de Feria o a la carrera oficial tras el último paso de palio entre tijeretazos de sillas. Basura, mucha basura. Sólo falta aquella bruja local clamando su ceceo: “Bazura, bazura”. Todos los que frecuentan la ruta del colesterol cada mañana por el Paseo de Juan Carlos I, la calle Radio Sevilla o el Muelle de la Sal conocen esa otra cara del río que nos une… Y que nos retrata. Y no hay que esperar a una mañana de fin de semana en la que Lipasam tarda en llegar por exceso de trabajo. Un martes, un miércoles o un jueves hay regueros de desperdicios como perfectos bodegones de la ciudad indolente, Guadalquivir trasero con basura sin cubos. Y hasta un mendigo que aparece como un fusilado de Goya, acribillado por el pelotón de la escasa educación de la ciudad.
Un simple paseo basta, no hacen falta observatorios, ni analistas por horas. Un pintor se afana en blanquear la zapata de Triana para los días de avellanas verdes y fritangas mientras un mendigo duerme en la orilla entre desechos caídos como metralla de una bomba racimo. El Ayuntamiento ha recurrido a un humorista escatológico para que no seamos tan guarros. Mejor reír y blanquear para después llorar. El río visto de lejos es cosa de poetas. De cerca es una calle trasera donde la misma ciudad vivaquea su presente con harapos de mendigo.