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Sevilla, se alquila

Carlos Navarro Antolín | 24 de enero de 2016 a las 5:00

TORRE DON FABRIQUE_CONCIERTO
La vieja dama reunió a la familia en el salón de suntuosidad ajada, dorados apagados y vitrinas con platería enlutada por el paso del tiempo. Hacía ya unos años que el marqués se llevó para siempre la llave de la despensa y que el albacea había procedido conforme a lo expresado por el causante y, también, en función de criterios avaros, que ya se sabe qué parte corresponde al que reparte. La vieja dama toma asiento en la silla isabelina, reposa los antebrazos en la caoba de la mesa con esmero para no arrugar el paño de encaje, pierde la mirada en el lienzo de un antepasado con monóculo y bigote de húsar, y comunica a la descendencia:

–Ahora mismo no hay para pagar el próximo recibo del IBI. Os recuerdo que son 18.000 euros. No hay otro remedio que tomar de una vez la decisión.

Yla vieja dama, que ausculta con precisión los tiempos y siempre ha vivido con los pies en el suelo y atenta a la actualidad, pide la venia para alquilar varias partes de la hacienda para bodas y otros actos sociales. El vestíbulo cubierto es muy amplio para los cócteles en días de lluvia, de pie caben fácilmente trescientas personas. En el apeadero pueden servirse los aperitivos de bienvenida en primavera y verano. Las caballerizas, bien arregladas, son idóneas para el gran comedor. Siempre habrá algún gracioso que refiera eso de yantar donde en otro tiempo se han alimentado las bestias, pero Sevilla es la ciudad de la guasa. La mayoría se pirra por estar junto al noble al mismo tiempo que se regodea en sus penurias. Yel almacén, con una pequeña reforma, sirve para las horas de barra libre.

Sevilla es Tara, quemada por la guerra de la crisis económica, con los cultivos arrasados y las cortinas hechas jirones. El alcalde es Scarlett O´Hara en lo alto de un velador:“A Dios no pongo por testigo porque no me deja rojo sevillano ni los chicos de Participa, pero juro que no volveré a pasar hambre”. Y Juan Espadas, dispuesto a todo para reactivar la economía local, pone las zonas nobles de la ciudad en alquiler para cócteles y banquetes. Así recaudará 900.000 euros, casi lo mismo que el millón anual por las licencias de los veladores. Con Espadas será posible dar una copa de empresa en la Puerta de Jerez, donde el catálogo municipal dice que el primer atractivo es la fuente de Híspalis, la que parece sacada de un tanatorio del Aljarafe construido en tiempos de pelotazos urbanísticos con edil de Urbanismo imputado. También se podrá presentar un modelo de coche de alta gama con pedazo de cena para diez mil comensales en la Plaza de España. ¿Prefiere presentar su nuevo perfume en los Jardines de Murillo y tener luego varias mesas altas para servir el Möet Chandon? En este caso lo recomendable es limpiar previamente las ratas allí empadronadas, las de cuatro patas quiero decir. Si lo prefiere, ese acto social que siempre había soñado puede tener su marco incomparable en la ciudad de los marcos incomparables: en los Baños de la Reina Mora, en la Plaza de América (“¡Yo lo vi primero!, dirá Mario Niebla del Toro con el turbante y sus invitados de postín) o en la Alameda de Hércules, la que Monteseirín alfombró de un amarillo más feo que un chino con fiebre, y Zoido directamente no supo qué hacer, entretenido en pensar si estaba bien sujeta la placa que conmemora que un día inauguró un bacalao en Argote de Molina. Literal: un bacalao.

Sevilla se alquila para fiestas como la hacienda de la familia noble venida a menos. Arrendamos los escenarios de la grandeza que un día habitó entre nosotros. El márketin es cruel como un niño y nos dice las verdades: somos un gran salón de celebraciones, los hosteleros de Europa. ¿No montamos un horror llamado Munarco por ser la ciudad de la Semana Santa por antonomasia? Pues vendamos Sevilla como un gran velador. Yel Ayuntamiento, como la familia que tiembla con sólo imaginarse en el BOP por no pagar el próximo IBI, ha hecho el catálogo de plazas y edificios aptos para festines. Pero, ay pena, penita, pena, se han olvidado de la Plaza de San Francisco como la joya de la tatarabuela que no se alquila. Orgullo se llama. Claro, la Plaza de San Francisco ya tiene arrendatario con jaimas y mesas altas desde hace años. Que cambien la letra de la leyenda sobre la ciudad. “Monteseirín me transformó, Zoido me cercó de veladores y mesas altas y Juan Espadas me alquiló pa banquetes y otras gracias”.

La Plaza de San Francisco tiene propietario

Carlos Navarro Antolín | 4 de octubre de 2013 a las 13:02

Mesas Altas
Cuando los políticos se ponen cursis y dicen que la Plaza Nueva o la Plaza de San Francisco son el salón o la zona noble de esta casa de todos que es la ciudad de Sevilla, échense a temblar sobre el concepto que tiene un político sobre un salón. O sobre la nobleza. Este mal no es excluviso de Sevilla. Madrid, Salamanca, Vitoria… En estas ciudades la plaza principal o considerada mayor suele estar muchos días del año ocupada por carpas o atracciones muy distintas. La cara del japonés cuando entra por primera vez en la Plaza Mayor de Salamanca y se la encuentra colmatada (toma vocablo) por una muestra sobre encajes de bolillos de todo el mundo es para echarle unas pesetas de las antiguas. Una dolorosa nipona sin candelería. Recuerdo cuando el abogado Salvador Cuiñas descubrió por primera vez esta maravilla arquitectónica de Churriguera una noche de noviembre, con todos los medallones bien iluminados y con el de Franco con el correspondiente y tradicional tomatazo sobre la laureada. Confesó en voz baja.

-Hasta me he emocionado. Es preciosa
-Suerte que la has cogido vacía.
-Pero si está llena de vida.
-Vacía de carpas, quiero decir.

La Plaza de San Francisco estos días, más que el salón de la ciudad, debe ser el salón de celebraciones particular de una taberna, que lo mismo invade la acera con la botillería de bebidas espirituosas, que se mete en el pavimento de adoquines con veladores por un tubo, chorritos de agua, lámparas de pie de pensión con pretensiones, o que hace suyo el firme de losas de Tarifa con mesas altas para un cóctel si usted lo pide. Sólo nos falta un chill out con triclineos y cortinajes con exclusiva fachada plateresca de fondo. Quiso Monteseirín rematar esta fachada del Ayuntamiento siguiendo, por cierto, el modelo de la Plaza Mayor salmantina. Cuando don Alfredo quería despistar a la opinión pública de algún tema de facturas duplicadas o de obras parcheadas, se sacaba de la chistera (de Rivera Ordóñez) un conejo como el de la terminación de la decoración artística de la sede municipal por antonomasia. Pero quien está verdaderamente rematando la plaza es el tabernero, que ha hecho de ella su cortijo y que yo creo que hasta ha llegado a un acuerdo con el Banco de España para no pisarse los clientes como el del chiste del puesto de chucherías cuando la señora le pidió cambio: “Lo siento, pero ni yo doy cambio ni mi vecino el Banco de España vende golosinas, así no nos hacemos la competencia”. Pues eso, tengan por seguro que el Banco de España no colocará veladores. La coctelería de San Francisco es enterita para el tabernero. No querías veladores, pues toma dos filas más de mesas altas en el salón de la ciudad. Unas mesas altas que florecieron por todos los bares como hongos cuando empezó la crisis y el personal recelaba del tradicional mesa y mantel. Pedro Sánchez Cuerda, presidente de la patronal, bautizó este mismo modelo de mesa como los quitamiedos de la hostelería, para que la gente no se asustara a la hora de sentarse con formalidad temiendo la estocada del siglo. Ni de pie del todo, ni sentado del todo. Un mixtolobo, una salida a medias del portero, una solución de me alegro de verte bueno. Pero estas mesas altas de la Plaza de San Francisco más que quitamiedos, querido Pedro, son mesas altas de nolaco. Porque quien las coloca No La Conoce. La vergüenza, vamos. Y ha dicho como Fraga de la calle: “La plaza de San Francisco es mía”. Y lo es.
mesas altas 2

Los quitamiedos de la hostelería de hoy

Carlos Navarro Antolín | 26 de noviembre de 2012 a las 11:24


Será porque es la versión hostelera del Juan sin miedo por lo que no se calló cuando el golferío de Mercasevilla le pidió el impuesto revolucionario, será por eso que Pedro Sánchez Cuerda ha bautizado esas mesas altas que le comen terreno a los veladores de toda la vida como los quitamiedos, en sustitución de unas mesas bajas que, por cierto, parecen en muchos casos sacadas de la casita de Pin y Pon. Se sienta usted en esas mesitas de casita de muñeca que ahora se destilan en muchas cafeterías y experimenta una sensación próxima al gigantismo, cuando no de incómoda apretura si el establecimiento está cargado de público.

-¿Has cogido varios kilos, no?
-¡No, qué va! Es que estoy sentado en una mesa de Ochoa y me sobran piernas por todos lados.

Lo de las mesas altas como quitamiedos, según el ilustre tabernero, es para no asustar a la cada vez más tiesa clientela, escarmentada de los puyazos que en tiempos del maná se pegaba por el mero hecho de sentarse. La mesa alta es una suerte de mixtolobo: ni es el velador con mantel y servilleta en floritura donde el camarero levanta la vara en cuanto avista al comensal (mejor sin sal, que es más sano) ni es el taburete pelado y mondado con o sin resbaladero para apoyar el pie. Lo del quitamiedos de Sánchez Cuerda, qué quiere que les diga, suena a cuesta de la media fanega de los años ochenta, que era cuando tenía mérito subir la cuesta de la media fanega detrás del camión de turno camino de Extremadura. Aquellos quitamiedos de carretera ni quitaban el miedo ni ná. Lo mejor era no mirar por la ventanilla del coche hacia abajo y clavar los ojitos en la trasera (culo) del camión, ora con jamones de Jabugo para colocarlos en el mercado salmantino, ora con productos de la huerta murciana con destino a Portugal. Las mesas altas son esos quitamiedos de la hostelería de hoy. Ni sentado del todo, ni de pie del todo. Ni ración, ni tapa. Mejor, como siempre, no mirar para abajo. Y pedir el chupito de la casa.