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Política de avión, política ‘low cost’

Carlos Navarro Antolín | 25 de junio de 2018 a las 23:55

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Los aviones y los perros dan caché. Los gurús que asesoran a los políticos en la era del pensamiento ligero los tienen como símbolos de altura y de fidelidad, respectivamente. Los aviones y los perros (guau) son marcas blancas a las que los políticos quieren vincularse. Aviones y perros se suman estos días a una lista donde hace tiempo que están los mercados y los niños, que representan el pueblo y la inocencia, también respectivamente. Antes no viajaba cualquiera en avión, pero desde que existen las líneas de bajo coste se trata de un medio de transporte socializado, que diría Juan Espadas. El avión se ha democratizado todo lo que no lo ha hecho el coche oficial. A un avión sube ya cualquiera, la clave no está en subir, sino en cómo se aparece subido. Cuando el alcalde Zoido regresó de San Petesburgo, ciudad a la que viajó para defender la Torre Sevilla ante la Unesco, su gabinete montó un tinglado en el aeropuerto de San Pablo para hacer de la necesidad virtud y vender su gestión para salvar el rascacielos, pese a que había prometido tirar la torre cuando era líder de la oposición. Se tragó el sapo y se lo anotó como un éxito en la barra con la tiza del ustedes me la deben. A los periodistas se les invitó a fotografiar la llegada de Zoido a Sevilla. Se retransmitió la bajada del alcalde del avión. La clave no era el sapo, la clave era el avión. Ese día nació el Air Force ‘Juan’.

Pedro Sánchez se fotografía en sus primeros días en la Moncloa con su mascota, en chándal haciendo deporte por los jardines y, por supuesto, en el avión. En la aeronave, por cierto, aparece luciendo una de esas gafas de encendedor de paso de palio que venden los negros en la playa.

Siendo ya ministro del Interior, Zoido exhibió en las redes sociales un viaje a Sevilla para entregar unas condecoraciones a su gente. La de medallas que Zoido le ha dado a  los suyos en año y medio de ministro… Para que luego digan que el PP tiene complejos. Hasta el último día ha estado intentado colocar medallas. En aquel viaje, cómo no, se hizo fotografiar en el Falcon reservado a los ministros. Está visto que el avión luce mucho a derecha y a izquierda. Ni una foto en el despacho, todos trabajando en el avión. Ahora se entiende cómo ha acabado Rajoy. Nos hemos hartado de verlo en chándal con ese andar acelerado cardiosaludable que dejaba ver una piel blanca de primer día de playa y un rostro fatigado de señor oficinista que se pone a hacer deporte el primer día de sus 30 días de vacaciones.

En la jornada de reflexión de las municipales de 2015, Zoido se hizo fotografiar en las barquitas de la Plaza de España. Y la embarcación acabó varada en la ingrata playa de la oposición. Un naufragio del que todavía hay quienes se están quitando las algas. Pero Zoido no lo ha hecho hasta ahora con un perro. Si Cospedal gana las primarias y se alza con la secretaría general, quizás lo acabemos viendo con el can en algún despacho de Madrid. O con las gafas de sol. Pero seguro que para las lentes y las monturas tiene mejor gusto que Sánchez y usa unas gafas mejores. De más altos vuelos. Aquí da igual que se tengan solamente 84 diputados. Lo importante es la foto, el tuit, el impacto. No hacer pensar mucho al personal. De la camisa blanca a las gafas de encendedor. Las gafas son para despistar. Como el avión de Zoido cuando la torre. ¿La torre? Visiten el restaurante de la planta 34. A Monteseirín le gusta mucho. Y Ciudadanos dice ahora que es el último alcalde que ha tenido modelo de ciudad.

El coraje de la artillera Virginia Pérez, presidenta del PP de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 20 de mayo de 2018 a las 5:00

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EL PP de Sevilla parece afectado por el picudo rojo, pero tan rojo, rojísimo, que se parece cada día más al PSOE sevillano de toda la vida, ese PSOE de familias enfrentadas, de agrupaciones rebeldes (”Hay que ser de Bellavista antes que socialistas”), de cuando los congresos a cara de perro, esos días en los que siempre había alguien que apuntaba: “Colócate al lado de Bernardo Bueno, es la mejor forma de asegurarte que estarás con los ganadores. No se te olvide, siempre junto a Bernardo”. En el PP nunca había críticos, ni enfrentamientos entre agrupaciones, ni mucho menos esos pleitos salpicaban el ámbito institucional, como cuando Carmelo Gómez, ay Carmelo, se quedó con la brocha pintando muros altos y Monteseirín le quitó la escalera de la Delegación de Hacienda. Adiós, Carmelo, adiós. En el PP existía siempre el ordeno y mando de Arenas. Y poco más, salvo alguna escaramuza aislada en aquel congreso de principios de siglo que ganó Tarno (Ricardo) contra Miguel Ángel Arauz , y que se solucionó haciendo senador a Arauz en esos tiempos en los que se guardaba pleitesía absoluta al líder Arenas.

El año que lleva vivido el PP de Sevilla marca un pico pronunciado en la gráfica de la convivencia interna. La gran novedad es que la actual presidenta, Virginia Pérez, está echándole redaños al asunto, muestra un coraje inusual y tiene el apoyo de un amplísimo sector de las bases con un poder orgánico que se asienta cada día. Pérez no procede de familia alguna, más bien al contrario: está enfrentada a familias que se resisten a dejar de ser principalísimas en el partido. Siendo como es, su principal rival es ella misma.

El PP de Sevilla está sufriendo la crisis propia de un cambio de casa reinante. El antiguo régimen se resiste a abandonar sus posiciones y el nuevo régimen no ve la hora de confeccionar unas listas en las que quede reflejado el resultado del congreso: unos han ganado y otros han perdido. Pero la pérdida más dolorosa, la que provoca mayor angustia, es la de perder el medio de vida cuando se ha hecho de la política la única vía de subsistencia. Las opciones de paz entre los dos regímenes son escasas, nulas, inexistentes. Virginia Pérez, a lo Agustina de Aragón de la derecha sevillana, está dispuesta a fajarse como artillera frente a la evidente presión –un asedio en toda regla– que ejercen los perdedores del congreso. El PP de Sevilla tendría que estar rearmándose en torno al candidato de la capital, Beltrán Pérez, para hacer frente a Ciudadanos, que subirá en las urnas en 2019 y que sería su socio natural en un gobierno de coalición. Pero los enfrentamientos internos tiene a unos pensando en cómo atacar los cimientos del partido para provocar la imposición de una gestora, y a otros preparando el cañón para defender la fortaleza.

Este PP de Sevilla es irreconocible porque desde hace un año no dejan de pasar cosas insólitas, empezando por la pérdida de la Alcaldía (60.000 votos menos en sólo cuatro años), la celebración de un congreso donde ganan los críticos y la irrupción de la figura de una presidenta enérgica que, por el momento, mantiene una relación fluida con el que los ha criado, enseñado y forjado a casi todos: Arenas. El enfrentamiento de la presidenta, nadie se engañe nunca, es contra el círculo que rodea al ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido. El equipo del ministro quiere recuperar el control del partido como sea. Y la presidenta, lo ha dicho en un comité ejecutivo extraordinario, está dispuesta a usar el cañón. Como Agustina. En el PP de Sevilla no existe hoy la aburrida y añorada paz de otros tiempos, cuando el dedo de Javié iba señalando quién debía ocupar la presidencia cada cuatro años. Y todos, absolutamente todos los de entonces, asentían, le llevaban la maleta, aguantaban las broncas y complacían sus deseos. El antiguo régimen se ha encontrado ahora con un grupo de treintañeros y cuarentañeros que fueron compañeros de aulas y rivales universitarios de la presidenta andaluza (¿verdad Susana Díaz?) y que han tomado la decisión de no querer ser devorados como los hijos de Saturno por unos padres que llevaban dos generaciones a la sombra.

Hoy hay un rostro nuevo, el de la presidenta Virginia Pérez, que además goza de la ventaja del momento político y social actual, muy favorable hacia el perfil de la mujer luchadora. Tendrá una trayectoria garantizada mientras no meta la pata y, por supuesto, se coloque bien para evitar el impacto del retroceso de todo cañón tras un disparo. Bernardo Bueno, por cierto, está hoy de alcaide del Alcázar. Dentro de una fortaleza que solo abandona para pasar las vacaciones en La Antilla.

La mejor versión de Zoido

Carlos Navarro Antolín | 18 de marzo de 2018 a las 5:00

LA CATEDRAL ACOGE EL FUNERAL POR EL NIÑO GABRIEL

MUCHOS españoles no sabrían el pasado jueves, al contemplar a un decaído ministro del Interior con la bufanda azul del pequeño Gabriel en la mano, que Juan Ignacio Zoido ha ejercido muchos años de juez antes de los veinte que lleva en cargos políticos e institucionales. Y que en el ejercicio de su profesión como magistrado nunca se acostumbró, nadie puede hacerlo, a levantar cadáveres de jóvenes fallecidos en accidentes, niños quemados por los braseros domésticos, muchachos ahogados en una piscina… El ministro ha cumplido con pulcritud sus funciones en el caso del secuestro y asesinato del niño de Almería. Ha estado a la altura. Y máxime si se tiene en cuenta la perspectiva personal, nunca despreciable por mucho que cierto criterio aconseje escrutar el desempeño de un cargo público sin reparar en factores personales.

Zoido me hizo una vez una confesión al recordar aquellas duras experiencias como juez a pie de calle: “Con lo que yo he visto, con lo que yo he visto…”. Los meandros de la existencia conducen a los destinos más imprevisibles, a las aguas más embravecidas. Quién le iba a decir al hoy ministro que uno de sus momentos más duros como titular de la cartera de Interior sería el de recibir la bufanda azul de una criatura yacente, sin vida por acción de la maldad humana. Defiende un ex alcalde de Sevilla como Manuel del Valle que la política está deshumanizada. Casi todo vale en esta España de las cloacas de las redes sociales, los pendulazos agresivos en el enfoque de los temas, los garrotazos a lo Goya entre hermanos de una misma nación, los análisis descarnados de los sucesos más delicados, la intimidad mercadeada y, cómo no, la información convertida en espectáculo con tal intensidad que hasta para muchos profesionales de la comunicación resulta difícil distinguir el sentimiento sincero de la actitud impostada. Todo es un gran teatro donde el azul de una bufanda emerge en el oleaje oscuro de los mercaderes, carroñeros y advenedizos del dolor ajeno. Muchos españoles, decíamos, no podían saber el pasado jueves que el ministro del Interior lleva sobre sus hombros no sólo la mochila de su dura etapa como juez, al igual que la llevan muchos de sus compañeros de toga, sino la experiencia propia, sufrida en sus carnes, de recordar cada día a un hijo fallecido. Y hacerlo además con la mayor naturalidad. Zoido, hombre de pueblo y de fe, cuida con esmero las liturgias del recuerdo sin publicidad alguna. Y en esa prelación de homenajes cotidianos figuran en posición destacada frases, repeticiones de momentos, lugares y, cómo no, algunos objetos especiales. Un polo, un cinturón, un rito, un bar, un estadio, un día señalado…

Recibir esa bufanda azul es aumentar, otra vez, el peso de la cruz de los recuerdos. Cuánto pesa la cruz, ministro, y qué pocos cirineos. Recordar es revivir. Tengan por seguro que el ministro se tragó el pasado jueves el llanto, la amargura y el desgarro como el padre que es, como el juez de pueblo que tuvo que mirar los cuerpos sin vida de tantos chavales antes de firmar el levantamiento. Los ministros no dejan de ser personas, padres o hermanos en una política huérfana de alma. Los reyes lloran cuando mueren sus padres e incluso piden perdón cuando se equivocan y, al hacerlo, salvan a la institución. Dejan ver el lado más humano. Ese rostro de Zoido descompuesto con la bufanda en una mano, como un boxeador vencido que se resiste a perder el equilibrio, revela paradójicamente su lado más fuerte. Con lo que había visto Zoido… Con la de veces que se ha tenido que agarrar al árbol de la cruz, nadie podía prevenirle de que la vida le sorprendería con un varetazo emocional de semejante calibre. La madre del pequeño Gabriel le regaló una bufanda de su niño a quien precisamente, sin que casi nadie lo sepa, lleva años luciendo el cinturón o una prenda de su propio hijo fallecido. La inmensa mayoría de los españoles no tienen por qué saberlo. Tal vez no sea trascendental para quienes están llamados a ejercer una fría fiscalización de la gestión pública. Pero sí es una historia cierta, hermosa para muchos, reveladora para otros o intrascendente incluso para algunos. El gran mérito del hoy ministro del Interior es que ha sido una persona que ha vuelto a sonreír después de haber sufrido la mayor desgracia que puede vivir un ser humano. El jueves soportó en silencio la tremenda losa que se le vino encima al recibir aquella preciosa prenda. Baste un ejemplo. Una persona anónima que perdió a un hijo antes que Zoido telefoneaba a Juan Ignacio frecuentemente y siempre comenzaba la conversación con la misma reflexión: “No sé cómo puedes sonreír”. Y Zoido nunca decía nada, guardaba silencio y esperaba a que el interlocutor se explayara de una vez en el motivo real de la llamada. Se tragaba con bravura el caudal de emociones y recuerdos que provocaba aquella maldita confidencia.

El ministro de la coraza volvió a sonreír a lo largo de su vida. Pero el pasado jueves se le puso la misma cara de un día de hace muchos años, un rostro tiniebla que sobresale y se distingue con nitidez de toda la parafernalia propagandística de la política, del hartazgo de las sobreactuaciones y del ruido cotidiano de los sables de unos contra los otros. La gran verdad de la política es que casi todo es mentira, porque la política está secuestrada por los aparatos de los partidos. El dolor de un padre, el ejemplo de un ser humano que abraza con dignidad la cruz de su destino, no entiende de mentiras, ni de ministerios, ni de otras alharacas de la vida pública. Si en las facultades de Bellas Artes se estudia la vida muchas veces desgraciada de un artista para comprender su obra, por qué no habría que tener en cuenta la trayectoria de los políticos para captar su verdadera dimensión y ponderar con justicia sus reacciones. El ministro de la bufanda azul es la mejor versión de Zoido. Esa prenda es el símbolo de sus mejores días como ministro, ironía macabra de un destino que siempre, siempre, parece que le tiene reservada una cruz a la espera de su abrazo.

El riesgo de venir a Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 4 de octubre de 2017 a las 5:00

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AL bueno de Zoido le hace la agenda el enemigo. Y el enemigo siempre está dentro. En el vientre, en las entrañas, en las agallas. Dice un político andaluz de raza que todo dirigente que se precie ha de contar con tres colaboradores propios: un jefe de gabinete, un jefe de prensa y una secretaria. Nadie como la cuadrilla propia va a salir del burladero a protegerte con el capote en caso de cornada grave. Se supone. Pero a Zoido nadie de su cuadrilla, ninguna mente sesuda de Génova, ningún asesor de los que suma trienios en Interior, debió avisarle la noche del domingo que el lunes no era el día para venir a Sevilla, con Cataluña tambaleándose como una olla a presión y con los telediarios repitiendo las imágenes de policías y guardias civiles enfrentándose a la población civil, o siendo directamente agredidos por gente encolerizada y astutamente aleccionada para ganar la batalla de la imagen.

Resulta un ejercicio frustrante tratar de convencer a la opinión pública de que quien levanta la porra es el bueno, que quien frena a una masa vociferante es el que está haciendo cumplir la legalidad, y que quien pretende votar –¡oh, concepto albo e inmaculado!– y está en apariencia desarmado es el malo, quien quiere romper a las bravas el clima de convivencia. Dicho está: “Lamento tener que defender lo obvio”.

El ministro del Interior nunca debió volverse a su tierra el lunes 2-O, ni mucho menos publicar una fotografía de su vuelo a Sevilla, una frivolidad en tiempos convulsos, una ligereza fatua, una licencia impropia. El día no era para fotos en un jet, ni para colgar medallas, ni para otros postureos. Alguien debió estar pendiente, alguien debió hacer guardia en los despachos oficiales apretando la esclavina de la prudencia, para salir al quite del ministro y librarlo del avieso toro de las redes sociales, del agujero negro donde la imagen de un político corre el riesgo de perderse por el sumidero de los mensaje fáciles, de la dictadura de los 140 caracteres que dominan una política más que nunca epidérmica, lastrada por los contenidos vacuos, irreflexivos y de usar y tirar. El ministro del Interior del Reino de España tenía que estar el lunes en Madrid, en su despacho de trabajo, o en Cataluña, junto a los policías y guardias civiles que andan en una penosa búsqueda de posada sin estrella que les sirva de guía. Pero el lunes no era el día para estar en Sevilla. Muchos de sus correligionarios, mucha gente que lo estima, muchos militantes que valoran su elevado grado de conocimiento entre electorado, se quedaron ojipláticos al comprobar que Zoido efectuaba el viaje a Sevilla, se quitaba de Madrid y se dedicaba a la entrega de distinciones cuando las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado habían quedado retratadas injustamente como opresoras y –todavía peor– justo a esas horas del lunes aparecían como liebres asustadas huyendo de la presión del separatismo mostrenco, de esteladas y puños en alto.

Zoido comenzó su pontificado en Interior regresando a Sevilla a los dos minutos para asistir a una celebración religiosa ante el Gran Poder en la Catedral, cuando la Guardia Civil, precisamente esos días, estaba en jaque en Alsasua después de que varios agentes hubieran sufrido las agresiones de unos bárbaros, unos hechos por los que la Fiscalía pide 50 años de cárcel para los autores al apreciar delitos de lesiones terroristas.

Y Zoido se vino a Sevilla, en plena crisis catalana, para presidir la entrega de las medallas de la festividad de la Policía Nacional. Como lo peor está por llegar, en Sevilla le tenían preparada una suerte de emboscada, pues alguien se preocupó de comprobar las identidades de los agentes condecorados por Zoido. Entre ellos figuraban varios policías locales que habían ejercido como sus escoltas en sus cuatro años de alcalde. De nuevo nadie le advirtió que resulta llamativo que un ministro del Interior galardone a sus antiguos escoltas. Es sabido cómo cuidaba Zoido a sus agentes siendo alcalde, incluidas invitaciones a mesa y mantel. Su pasión por esa micropolítica –llamémosla así– se conocía en Sevilla, todavía se recuerda y hasta fue admirada en muchas ocasiones. Sus aficiones por las políticas de corto alcance, de proximidad con el ciudadano, fueron su gran aval para alcanzar la cúspide municipal, pero ahora están siendo sus pies de barro como ministro del Interior en la coyuntura más delicada para España tras el 23-F, según la calificación del presidente gallego, Alberto Núñez Feijoó.

O la cuadrilla de asesores de diverso plumaje no sabe imponer sus criterios ni estrategias, o este rey no tiene nadie que sea capaz de decirle que está desnudo. Por la curia llega la lepra, advierte el Papa argentino. Los escoltas, para colmo, simbolizan a la perfección ese círculo de confort donde los políticos tienden a empadronarse con grave riesgo de perder la perspectiva. Hay aviones a los que no conviene subirse. Hay fotos que no deben hacerse. Hay veces que conviene no estar en Sevilla aunque solo sea, precisamente, para mantener la silla. Cataluña ardiendo y el ministro en la capital de Andalucía entregando medallas a sus anteriores escoltas es una secuencia letal. Acebes es la cara del 11-M. Zoido lleva camino de ser el rostro de un Estado incapaz de apagar el coloso en llamas que es Cataluña. Esto no se resuelve con tuits, ni almuerzos para agradar a los escoltas, ni abrazos por doquier. Esto es política de altura. Y la altura no se consigue por mucho que uno se suba a un avión. Un ministerio no es un ayuntamiento. Ytodos comprendemos que cambiar la melva por la sobrasada no es plato de buen gusto.

Sonrisas y lágrimas

Carlos Navarro Antolín | 27 de noviembre de 2016 a las 5:00

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EL coche del ministro del Interior llegó esta semana hasta la sede de la Conferencia Episcopal Española en Madrid. Del vehículo se bajó el arzobispo de Sevilla. Zoido y el prelado hispalense se habían encontrado en Atocha. Se llevan muy bien desde que ambos coincidieron en Toledo: uno como delegado del Gobierno en Castilla la Mancha y el otro como obispo auxiliar. El ministro insistió en acercar a monseñor Asenjo, que viajó a la capital para participar en la asamblea plenaria de los obispos españoles bajo la presidencia extraordinaria de los reyes de España y la asistencia de Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno. El ministro estuvo el miércoles posterior en Sevilla, recibido a las puertas del Consulado de Portugal por José Pérez, consejero delegado de Ernst&Young, para presidir la entrega anual del premio que convoca la consultoría. Zoido se dio un baño de abrazos y cumplimenteos en un ambiente a favor de querencia. César llegó, vio y venció. Zoido vino, cenó y se marchó por la mañana con la corona de laureles de decenas de palmadas en la espalda y guiños públicos en los discursos. Sevilla, que en mayo de 2015 se convirtió en un tormento tras la pérdida de la Alcaldía, vuelve a tener para Zoido ese color que es como la tapa de lomo de Casa Ruperto: especiá. Ruperto, ese paraíso de los pájaros. Fritos.

Esta misma semana, el alcalde socialista Juan Espadas sufría de nuevo el frío de la mañana de San Clemente en la Catedral –lobera y pendón– y el de gobernar en minoría: le han tumbado la compra de la sede de la Junta en la Plaza Nueva y sus planes para los sesenta solares de la ciudad, donde pretendía obligar a construir en unos y permitir, en cambio, que los del conjunto histórico siguieran como están. Ningún grupo lo ha apoyado: ni los socios de investidura, ni los chicos del PPque ahora están capitaneados por Alberto Díaz.

Zoido viene a Sevilla como el madrileño que se baja del AVE la noche del alumbrao. Espadas sufre los efectos de la noria del Muelle de las Delicias en proceso de desmontaje, un fracaso más en las apuestas por reforzar la oferta turística. Zoido asiste a los pontificales de la Catedral y visita la Macarena. Espadas sufre otro pulso de la constructora del centro de recepción de visitantes junto al río. La empresa alega que no queda ya dinero para terminar la obra.

Sonrisas y lágrimas. La política sí que es una noria. Aquel líder de la oposición que vivaqueaba en el palomar aguardando la llamada del presidente Rajoy, es hoy el que regresa a Sevilla a cruzar una y otra vez bajo el Arco del Triunfo de los abrazos, besos y parabienes de una ciudad encantada de tenerle como ministro. Ni un español sin pan, ni un sevillano sin su foto con Zoido. Y Espadas sufriendo en el potro de tortura de la Alcaldía. Hasta tiene que arrear con el entierro de la segunda tienda de Ikea, la que Zoido iba a arreglar en 15 días. ¿Se acuerdan?. Si la Alcaldía fue un potro con 20 concejales, ¿verdad Juan Ignacio?, cómo no será para quien tiene sólo once y ha de entenderse con ediles que casi no llegan a la talla de delegados de la ESO.

El ascenso de Zoido al Ministerio del Interior, gracias a un dedazo –como no podía ser de otra forma– ha coincidido con la previsible cuesta arriba de un mandato que, en breve, comenzará a experimentar los efectos de curvas pronunciadas. Lo dijo Pepote: la alegría en fútbol puede durar hasta una semana, pero en política nunca más de un cuarto de hora. La política es una noria que un día se monta con comisiones a 60.000 euros y otro día se desmonta. Un día estás en un palomar, otro día con un séquito de policías nacionales de paisano y el tableteo de un helicóptero, banda sonora del poder. Nadie en Sevilla te recuerda que eres mortal. Aquí el único que mantendrá su condición hasta el final es don Juan José. Otros actúan como si los hubieran ordenado en lugar de designado. Efímero tableteo. Suba que yo le acerco. Y Espadas se quedó en Sevilla. Y Sevilla se quedó sin noria.

Días intensos en el palomar del PP

Carlos Navarro Antolín | 17 de noviembre de 2016 a las 5:00

Foro Joly con Soraya Sáez de Santamaría, Portavoz del Grupo Popular en el Congreso de los Diputados. Presentado por Javier Arenas
LOS movimientos internos para la reordenación del Grupo Popular en el Ayuntamiento se intensifican desde la marcha de Juan Ignacio Zoido. La edil María del Mar Sánchez Estrella se mueve para ser la nueva portavoz del Grupo Popular en el Ayuntamiento, según confirmaron ayer fuentes oficiales del partido. Hoy mismo, de hecho, ofrece una rueda de prensa sobre asuntos de patrimonio histórico con la que alcanzará una notoriedad clave en unas jornadas especialmente sensibles en el palomar, que es como se conoce popularmente a las dependencias del partido en la Casa Consistorial.

Sánchez Estrella, amiga personal de Zoido y ex delegada de Cultura, tiene buena relación con el grupo de cinco concejales que forman parte del sector crítico, encabezados en el Ayuntamiento por Beltrán Pérez, por lo que podría ser la candidata de consenso que encajara en los planes del presidente del PP de Sevilla, Juan Bueno.

Bueno prefiere el consenso antes que someter la elección del portavoz a una votación, lo que siempre entraña riesgos, de ahí que esté consagrado estos días a cambiar impresiones con cada uno de los concejales (en un contexto de más o menos formalidad) con el objetivo de pulsar sus opiniones y preferencias. Bueno, que ostenta el cargo de presidente del grupo municipal por ser el presidente provincial del partido, no ha esperado a que se oficialicen los posibles fichajes sevillanos del ministro Zoido, unos fichajes que, sin duda, tendrían una gran repercusión en la reordenación del grupo si, por ejemplo, el ex alcalde tira de algunos de sus afines para el Ministerio de Interior, como pudieran ser los casos del actual portavoz adjunto, Gregorio Serrano, o de Alberto Díaz, hoy concejal y que fue su jefe de gabinete en los años de alcalde.

Si la opción de Sánchez Estrella saliera adelante, Bueno puede habilitar dos portavocías adjuntas con las que guardar los equilibrios entre oficialistas y críticos, como ya hizo el PSOE en la última etapa de Monteseirín. Ocurre también que la opción de Sánchez Estrella no cuenta con todos los apoyos dentro del propio sector oficialista, donde hay quien considera que se está moviendo demasiado para postularse al cargo en unos tiempos en los que, precisamente, conviene tener más “paciencia” que nunca.

El Grupo Popular ya ha pasado por situaciones de interinidad muy similares. La última vez fue cuando Raynaud dimitió en el verano de 2006 y el PP decidió que la edil Alicia Martínez asumiera la portavocía de forma interina, mientras Juan Ignacio Zoido se preparaba para sus primeras elecciones municipales. En las filas oficialistas, algunos sí ven a Sánchez Estrella como la portavoz interina idónea, pero otros del mismo sector advierten que ella no oculta que se ve para empresas mayores, por lo que alertan de la posibilidad de que, al final, la conflictividad esté garantizada a medio plazo.

Lo único confirmado ahora mismo es que el río está revuelto. El presidente provincial no disimula cierta euforia. Bueno va últimamente mucho a Madrid, donde recibe mucho cariño, como le ocurrió en la toma de posesión de Montoro como ministro. Serrano y Díaz guardan silencio. Y Sánchez Estrella se mueve.

Del ausente y los presentes en el balcón macareno

Carlos Navarro Antolín | 11 de abril de 2016 a las 5:00

COSPEDAL PRESENTA A ZOIDO EN FORUM EUROPA EN SEVILLA
Con las pijotas metidas en harina a punto de ingresar en el perol por la vía de las urgencias que nunca se colapsan, que son las del pescao el Lunes del alumbrao y no las del Virgen del Rocío, el personal aún se sigue preguntando por el ausente en el balcón de la Macarena la pasada Madrugada. Sí, por el ausente… Y por los presentes. ¡Qué cantidad de presentes, Dios de mi vida! ¿Cuántos trajo el ministro Catalá a mangar loseta del balcón macareno otro año más? Dicen que veintidós. Otros que dieciséis. Alguno afirma que la cosa fue de veintena. Las cuentas salen según se mire si Cospedal y Zoido, con sus respectivos acompañantes, computan o no en el séquito ministerial pepero. Pero vayamos al grano:¡Lo bien construido que está ese balcón! Estoy deseando ver la ITE del balcón de la Macarena. Estoy viendo al arquitecto:“Divino, el balcón está divino. Aguanta todos los pájaros. Manolo García lo tiene como tiene la hermandad, en perfecto estado de revista”. De los presentes ya lo hemos dicho todo. O casi. Porque algunos no se han enterado de que su cofradía ya se recogió. O de que están en funciones. Yninguno, pero ninguno, se enteró de que no eran precisamente días de revolotear en los balcones de la vanidad. La secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, se ha pasado cinco días en Sevilla, cinco, de vacaciones, con Zoido de cicerone abriéndole puertas, balcones y pregones taurinos. El ministro de Justicia ya estuvo el año pasado en ese mismo balcón y alguien debió haberle explicado la diferencia entre el uso y el abuso. Yo no sé si Arenas (el ausente) no estuvo en el balcón porque, siendo veterano macareno, intuyó que no era conveniente poner en un aprieto a Manolo García, o porque verdaderamente dedicó el Jueves Santo a una jornada de convivencia en su finca de Olvera con el mismísimo presidente Rajoy, que dicen que es lo que hizo. En el PP aún están esperando que Cospedal, cinco días en Sevilla como cinco soles, aprovechara un ratito para comparecer junto al lider regional con cualquier pretexto y cumplir así con el partido. Del hotel Doña María a la sede regional hay un bonito paseo. Pero está claro que vino a Sevilla para cofradías y toros, como los turistas de los 60:sol y playa.