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El gran tablao

Carlos Navarro Antolín | 6 de noviembre de 2016 a las 5:00

tablao
PASAN los presupuestos por Sevilla como pasan los camareros de batines blancos tras el banquete de postín y sólo queda en las bandejas la raspa del pescado. Del bombo sólo nos caen pedreas para el tranvía de Alcalá o para el arreglo de puertas y ventanas de los juzgados del Prado. Pasan los presupuestos por Sevilla y en la ciudad del tebeo sólo se quedan Pepe Gotera y Otilio. Silencio sobre la Ciudad de la Justicia, silencio sobre el Museo de Bellas Artes, silencio sobre el Hospital Militar. Silencio, están bailando en el corazón muerto de la ciudad. Sevilla es un gran tablao donde el taconeo ensordecedor tiene enmudecida cualquier voz crítica. Están bailando, están bailando, a la vera del Archivo están bailando. Y cuando Sevilla no baila, se sienta en el velador a contemplar el paso de los días. Silencio sobre el Museo Arqueológico, silencio sobre la red de tranvías del Aljarafe, silencio sobre la ampliación de la red de Metro. Silencio, Sevilla baila en el mismo corazón indolente de una ciudad que muy pronto cumplirá veinticinco años de la Exposición Universal, por cuyo éxito sigue pidiendo perdón y cuya factura sigue pagando entre taconeos y palmas.

Pasan los presupuestos, unos y otros, estatales y autonómicos, y siempre hay alguien que quiere acallar el mínimo llanto con una piruleta. La liturgia de los presupuestos se repite con una ortodoxia siempre marcada por el pimpampún entre los dos partidos y porel silencio de una bancada municipal donde unos están preocupados por no causar molestias en San Telmo y otros han mirado por sus objetivos felizmente logrados en la capital del reino.

Sevilla baila, se deja llevar por el ruido de la calle, se entretiene con el eco de una manifestación en favor de los veladores (se dice pronto), se refugia en la autenticidad de las grandes devociones, se consuela con que no haga mucho calor en este otoño de sol y playa y se traga cada día el espectáculo de unos presupuestos que orillan esos proyectos que pondrían a punto el motor de una ciudad demasiados años al ralentí. Sevilla baila y se acostumbra, feliz, a convivir con la cutrería cotidiana, con la fealdad convertida en norma, con el horror en las narices. Hace demasiado tiempo que Sevilla es una ciudad sin criterio en la que Halloween irrumpe sin encontrar resistencia alguna, como si fuéramos un pueblo deseoso de importar historia y costumbres por carecer de ellas. Hace demasiado tiempo que nadie se acuerda de nosotros para los grandes proyectos que generan economía productiva porque nos saben entretenidos a pie de calle con el primero que ponga la cabra en lo alto de la escalera.

Nos conformamos con poco, tragamos con una hostelería de cada vez peor calidad porque somos clientes poco exigentes, pusilánimes y acomplejados; consentimos que el casco antiguo sea tuneado con el aval de la autoridad, permitimos el uso desordenado e indiscriminado de los espacios públicos. Ni protestamos por no tener más Metro, ni casi nos damos cuenta de que la gastronomía de tapas ya no es ni la mitad de lo que fue. El plato ha sustituido a la tapa como el tranvía ha sustituido al Metro. Nos colocan gatos donde debían correr las liebres. Y ponga usted más picos.

Pasan los presupuestos, queda el machaqueo de unas castañuelas que buscan el donativo del guiri que nos alimenta. Ironías del destino, la Policía impide a tiros que un coche arrolle a decenas de viandantes en la Cartuja. Esta misma isla era hace veinticinco años el símbolo del esplendor recuperado de la vieja ciudad. Hoy es la boca del lobo cuando el sol se pone. Así está Sevilla:cuatro bailando y los demás mirando. Somos un gran tablao donde nadie se queda, todos van de paso. Somos la fuente donde se echa la moneda de cobre para pedir un deseo, pero nadie se fija en nosotros para grandes obras hidráulicas. Terminado el día, nos conformamos con rescatar las perras del fondo de las aguas quietas. Poco más. Somos de raspa, no de besugo gordote. Somos de propina de tranvía, no de red completa de metro. Somos de parcheos en ventanas y paredes, no de nueva infraestructura. Somos de museos a medio gas con los depósitos cargados de cuadros, no de proyectos de ampliaciones para crear una verdadera ruta no ya a la altura de Madrid y Barcelona, sino de Málaga. Somos, al final, como casi todos los restaurantes de la ciudad. Nuestra cocina cierra a las once. Yaceptamos media de jamón como cena y una tapa de queso como postre. Mientras haya baile. Porque, al fin, nadie nos puede quitar lo bailao.

El barbero de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 16 de septiembre de 2014 a las 19:07

barbero
En Sevilla hay un Museo de Bellas Artes donde funciona a la perfección el aire acondicionado y hay estupendos bancos donde descansar. También hay cuadros, pero eso es uno de los grandes secretos de la ciudad. También la calle misma, sin aire acondicionado ni sombra, es todo un museo permanente de lo efímero, sublime contradicción en la ciudad de las contradicciones. Y de lo sublime. En un paseo cualquiera, cualquier día y siempre, por supuesto, entre bicicicletas, surgen lienzos a base de luces amarillas que conjugadas en armonía afloran el realismo mágico de cada mañana, mendigos que son verdaderos San Jerónimos modelados por el mismísimo Torrigiano, viandantes orondos sacados de la lidia de un toro pintada por Botero, gárgolas zoomórficas que parecen retratos de ciudadanos cotidianos… Sólo hay que adiestrar la mirada como el que halla formas en las sombras o caras en un charco que pierde la mansedumbre por una pisada. La calle es muchas veces una lámina hiperrealista, una galería de personajes velazqueños del siglo XXI, toda una bofetada contra la ortodoxia y el convencionalismo social, que el Arte no debe perder su condición transgresora, reivindicativa y de azote de conciencias. La calle pinta sus propios cuadros a la búsqueda de espectadores, aunque las prisas dejen la gran mayoría de estos lienzos sin público, como ocurre con los de la Pinacoteca, entregados en privilegio a los turistas y a un grupo selecto de sevillanos que caben en un eurotaxi. Hay cuadros de la colección efímera de la calle a los que sólo hay que redactar el rótulo. El que nos ilustra, pintado en el centro de la ciudad con la provocadora brocha de la improvisación, bien podría titularse ‘Hombre que se afeita en la vía pública en la Sevilla de los 250.000 parados”. Cuántas veces no parece Sevilla un salón gigante de peluquería donde los secadores son fulminantes y no dejan rastro de algunos que se pasaron el día en las galerías gráficas hasta antier, donde se cuchichea más que se habla, donde el rostro se esconde tras una revista del colorín, donde se mira tras el visillo y casi nunca de frente. Sevilla es muchas veces ese estereotipo de peluquería, de brocha y cuchilla en plena calle, una res que pierde la bravura de la competitivdad en el afeitado diario de sus pitones, en el silencio indolente de la ciudad que nada ve y todo lo mira. Aquí todos cuidamos la imagen (esquina con Alcázares) de tal forma que el mendigo se afeita a la luz del día y el pudiente se agujerea en privado los vaqueros para lucir estética de reina Letizia yendo al cine. Alguien se afeita en la calle y en un santiamén compone el mejor retrato de la actualidad, todo un Murillo del siglo XXI, confirmando que Sevilla cuida con esmero la sala de su mejor colección permanente. No hay que hacer cola en ningún teatro de ópera para ver a este barbero de Sevilla. Ni entrar en el Museo de Bellas Artes para contemplar los torsos desnudos de nuevos jerónimos penitentes. Los tiene Sevilla la mar de bien conservados en su museo más cuidado y renovado: las calles.