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Lección de laicismo majadero en el Museo

Carlos Navarro Antolín | 12 de enero de 2015 a las 5:00

JUICIO FINAL
Ocurrió en el Museo de Bellas Artes una mañana de sábado. Una empresa organizaba una visita guiada para niños, una de las formas de celebrar cumpleaños que ahora están en auge y que, por supuesto, son soluciones a priori mucho mejores que las siempre odiosas hamburgueserías que dejan achicharrados los tímpanos con el griterío continuo en salas de techos bajos. El método es sencillo y plausible. Se eligen varios cuadros representativos de la pinacoteca y se les explica con todo detalle a los niños acompañados por sus padres. Un elevado porcentaje de las obras del Museo de Sevilla es de temática religiosa, como es sabido por haberse nutrido principalmente de la Desamortización. Pongamos, por ejemplo, que la guía eligió en primer lugar El juicio final, de Marten de Vos (1594). La verdad es que siempre sobrecoge la gran boca que engulle a los incautos pecadores, la división entre el cielo y la tierra en una composición de impacto. Los buenos disfrutan arriba y los malos sufren abajo. La guía explica el significado de cada plano, de los personajes, los rasgos del manierismo flamenco y el influjo determinante de las creencias tal como eran concebidas en el siglo XVI. Algunos padres fruncen el ceño cuando la oradora tiene que recurrir a términos como la fe, la Iglesia, los conceptos de cielo e infierno, el pecado, etcétera.

Segundo cuadro. La apoteosis de Santo Tomás de Aquino, de Zurbarán (1631). Otro lienzo con una composición delimitada en varios planos: el celestial y el terrenal. Los niños contemplan a ese señor que vuela sobre personajes que oran. La guía refiere brevemente que se trata de uno de los principales teólogos y explica quiénes son cada uno de los señores que aparecen alrededor. Un niño pregunta por quiénes van al cielo. En este momento hay padres que ya no disimulan su malestar cuando reaparecen conceptos que a una mayoría, por lo que se aprecia, produce urticaria interior y un proceso de estreñimiento facial progresivo. Hay cada vez más aspavientos levemente contenidos.

Tercer cuadro. Una visita al Museo de Bellas Artes de Sevilla tiene que detenerse con especial interés en la obra de Murillo, el pintor de la Virgen, de los ángeles, del azul. En esta ocasión se elige Santo Tomás de Villanueva repartiendo limosna (1678). El santo ofrece un óbolo a un niño, a un anciano ciego que se lleva la moneda a los ojos para tratar de intuir el valor de la limosna, a un tullido arrodillado, a una madre que recibe la limosna de manos de un pequeño… La guía comenta los planos de luz y sombra, refiere que se trata de un santo limosnero que ha abandonado sus estudios teológicos (representados en unos libros abandonados sobre una mesa) para dedicarse a los más necesitados. Las protestas de la mayoría de padres son ya claramente perceptibles. La guía se siente acorralada, interrumpe su relato con una pregunta marcada tanto por la buena voluntad como por la torpeza: “Perdón, ¿es que ustedes no son creyentes?”. Y se oye en ese momento una negación mayoritaria seguida de voces que amenazan con dejar la visita si se sigue hablando de la Iglesia y de la fe. Como si la guía estuviera pagada por Rouco Varela, a sueldo de los Legionarios de Cristo o en la plantilla de los Heraldos del Evangelio…

Es obvio que no hay que ser creyente para visitar el Museo de Bellas Artes. Ni el Vaticano. Ni ninguna Catedral ni templo de España. La Catedral, por ejemplo, se puede visitar semidesnudo con tal de que se pase por taquilla. Mayor permisividad, imposible. Los cuadros, las obras de arte, se explican en función de lo que representan, del momento en el que fueron pintados y hasta de la trayectoria personal del autor. No hay más. Tratar de visitar el Museo de Bellas Artes de Sevilla dejando la religión aparte es un metafísico imposible, un ejercicio de laicismo majadero en grado supino. A nadie se le pide su conversión al explicársele un cuadro del XVI o del XVII. A nadie había necesidad de preguntarle por su condición o no de creyente, como hizo la guía con su mejor intención pero incurriendo en la trampa.
Quizás es que esos padres confiaban en que Santo Tomás fuera presentado como un trabajador solidario (ojo con decir caridad, término prohibido) en una ONG con sede en varios países; en que el juicio final fuera explicado como un tío que va al dentista a sacarse una muela, y en que el demonio que se traga a los pecadores se presentara en realidad como una estampa del carnaval chino. Quién le iba a decir a alguno que en un sitio como el Museo de Bellas Artes echaría de menos las hamburguesas, los vasos de plástico y esas insípidas tartas de thermomix. Aquel día se pudo celebrar la asamblea constituyente de Majaderos sin Fronteras. Qué oportunidad perdida.

El teléfono móvil fomenta el barroco

Carlos Navarro Antolín | 26 de diciembre de 2014 a las 12:59

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Como un cuadro de composición barroca, de líneas que se cruzan en una estética desordenada. Como figuras de un belén recogidas en un portal improvisado. Sentados en la piedra en lugar del sofá. Como una bulla perfecta controlada por un Gran Hermano de pantalla táctil. Nunca se habló menos y estuvimos menos comunicados que en la sociedad de las telecomunicaciones, que prima el narrar sobre el vivir. La otra noche, antes de la bajada de la Virgen de la Esperanza de su camarín al altar de besamanos, el secretario de la Macarena, Antonio García, dio las instrucciones al escaso y privilegiado público asistente: “A partir de este momento quedan prohibidos los teléfonos móviles y cualquier soporte en el que se puedan registrar sonidos o imágenes. Esto es para vivirlo, no para contarlo. Esto es para dejarlo grabado en el alma, no en un teléfono móvil”.

-Ole, Antonio. Pero corren malos tiempos para el alma.

No se jugaba en la calle porque había crecido la inseguridad, decían. No se jugaba en la calle porque la televisión era el flautista de Hamelín, que matenía a los niños quietos, congelados, en un continuo estado de embobamiento. No se jugaba en la calle porque el tráfico hacía imposible una práctica habitual hasta hace pocos años, decían. No se jugaba en la calle porque los padres habían hecho de las casas el lugar idóneo, el paraíso en muchas ocasiones, para que sus hijos se quedaran el máximo tiempo dentro y poder así vigilar a sus vástagos, decían. Y así fuimos sumando decires hasta que llegaron los teléfonos móviles que permitieron el retorno a la calle. A la calle y a cualquier sitio con wifi. Y en los pendulazos que nos caracterizan, ya tenemos vagones de tren libres de teléfonos móviles como había restaurantes libres de tabaco antes de que ZP lo prohibiera en dos tiempos, un primer tiempo para que los empresarios se gastaran dinero en habilitar zonas libres de humos, contratando cuadrillas de albañiles y cristaleros, y un segundo tiempo para que los empresarios se dieran cuenta de que se habían gastado el dinero inúltimente porque al final el tabaco se acabó prohibiendo en todos los espacios, sin distinción de zonas.

Los niños de antes llamaban a los porteros electrónicos para fastidiar a los vecinos, se sentaban en los portales a pelar la pava o a matar el tiempo en charlas sobre OVNIS. Hoy están absortos ante los teléfonos inteligentes, que son tan inteligentes que se han convertido en santos sin peana. Gracias a los teléfonos móviles se dan estampas que son auténticos retablos barrocos que ni soñados por Montañés o Roldán. Y se metían con la televisión, cuando hasta la televisión es hoy orillada por los teléfonos. Para algunos el alma suena a fármaco para calmar los ácidos después de las comidas de Navidad. En breve veremos bares con zonas libres de teléfonos móviles y veremos talleres en los distritos para enseñar a grabar en el alma lo que un teléfono jamás puede registrar.

Un bar para no entrar

Carlos Navarro Antolín | 21 de septiembre de 2013 a las 5:00

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EN un bar del barrio de San Lorenzo se han hartado del chiquillerío sediento que pide vasos de agua para calmar la sed de las tardes de juego en la plaza, a la vera del azulejo del Señor y del monumento a Juan de Mesa que ya luce las pintadas de rigor en el pedestal. O sus padres consumen en el bar, o no hay agua para los niños. Ni el socorrido búcaro, ni la bandeja con vasos usados que usan ya muchos bares como fórmula alternativa. El que quiera agua que pida primero una fanta. El agua es solo para el cliente. Como la llave del servicio, como el campo para quien lo trabaja, como la hoja de reclamaciones. Dejad que los niños se acerquen a mí, pero que sus padres pasen por caja primero. Se suponía que el agua no se le negaba ni al enemigo, pero el dueño de este bar es como Bilardo. ¡Domingo, Domingo, a los niños ni agua! Hace tiempo que hay que hacer en Sevilla una lista de bares poco recomendables, una lista negra como el negro de los camareros vestidos a lo Baremboin, esos camareros que son la otra cofradía de Los Negros que aún no ha estudiado Isidoro Moreno Navarro. El bar que niega agua a los niños no merece la pena ni aunque tuviera la mejor ensaladilla del mundo. Si no sabes sonreír, no te coloques detrás de un mostrador. Eso dicen los chinos. Si tienes una de las plazas más bonitas de la ciudad, una ristra de veladores y una algarabía infantil cada tarde y eres incapaz de encauzar de una forma eficaz la demanda de agua de los niños, mejor será que busques una franquicia sin alma, desubicadora y de las que cronometran el tiempo de atención al cliente. Las prohibiciones revelan cómo es la sociedad del momento. Ya no se prohíbe el cante ni escupir. Ahora se prohíbe pedir agua si no hay alguna consumición de pago. Quien coloca carteles para negarle el agua a los niños sabe que la clientela de los bares de Sevilla es cada vez menos exigente, que traga con todo, de ahí la degradación descarada de una hostelería que es la gallina de los huevos de oro reventada. El público se traga los bares sucios como se traga los taxis sin aire acondicionado, el público acepta de forma lanar verdaderos tratos indebidos de muchos camareros, urinarios sin papel higiénico, saludos que no son correspondidos, desdén en la atención y tantas y tantas muestras de que el noble oficio del tabernero se ha dejado en manos de cualquiera, porque cualquiera montaba un bar, enterraba la tapa y te obligaba a jamar raciones o platos en los veladores para engordar la caja como un cochino bellotero. Y el público, tragando. Ahora, ironías del destino, se cierran los reservados y se vuelve a las mesas con tapas. La crisis ha resucitado la tapa en cierta forma. El público de los bares recuerda demasiadas veces al de la plaza de toros, se conforma con lo que le echen. Y traga con sentarse en una mesa en la que hiere a los sentidos la sola contemplación de semejante prohibición. ¿Saben que en Sevilla hay 4.000 bares? Pues para algunos sólo hay ya 3.999. Los sevillanos tenemos los bares que nos merecemos. A la plaza, sólo para rezarle al Señor y sentarse en un banco.

La dama envejecida de Asunción

Carlos Navarro Antolín | 28 de noviembre de 2012 a las 5:00


Se acabó la Nova Roma. Y tanto. Pegó el cerrojazo el acudidero de las señoronas y parece que a la calle Asunción le miró un tuerto desde aquel día. Ya van por quince los locales de escaparates con papeles de periódico y letreros fluorescentes con los teléfonos móviles de los corredores de fincas, que antes tenían una larga lista de pretendientes y ahora tienen en su agenda media Sevilla para alquilar y la otra media para arrendar. Se acabó la Nova Roma y llegó a paso lento la decadencia con el peligro sordo del colesterol, que ya sabe usted que no avisa. Asunción ahora es más habitable, según el adjetivo monteseirinesco preferido, pero los niños que juegan a la pelota no consumen. La ciudad de las personas… que no consumen, pero que se hartan de pasear. Poco hay más sevillano que pasear, que es de gorra. Al perro flaco de una Asunción sin Nova Roma todo son pulgas: la peatonalización, la crisis, el envejecimiento del barrio… O se ven abuelos, o se ven abuelos con nietos. La edad media está como la clase media: cada día más desaparecida. La generación que tenía en Los Remedios de los años 90 un referente del ocio nocturno, que iba a Las Riendas, que consumía la ensaladilla a 25 pesetas en el Tendido Cinco, que probaba los chupitos de extraños colores en el Ferrari para horror de los vecinos de Madre Rafols o que poblaba la placita del Fresa las noches de los fines de semana, está ahora en la diáspora del Aljarafe o en otros distritos mucho más cómodos y mejor comunicados, desde donde se sale en coche de la plaza de garaje, se aparca de balde en el centro comercial y se regresa en coche de nuevo a casa. Los Remedios es un barrio viejo con Metro pero sin Catedral. Con mucho cofrade, pero sin cofradía. Se acabó la Nova Roma. Ya no se ven cigarreras por la calle San Fernando, ni coches en doble fila recogiendo los chaqués en Ibáñez, que viste al pregonero de la Semana Santa mientras siga existiendo el Pregón… Ojú, el Pregón. Los niños pueblan las tardes de una Asunción low cost. No consumen, pero son la esperanza. Sin consumo no se sale de la crisis. Sin niños no hay mañana. El Imperio Romano cayó. No iba a caer la Nova Roma… Unos pregoneros vienen y otros van, Ibáñez siempre está. Como Asunción, una dama envejecida amortiguada por los niños. Tenga cuidado que de tanto mirar locales vacíos se ha metido en el carril bici…