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La lección de Obama

Carlos Navarro Antolín | 10 de julio de 2016 a las 5:00

obama
NO venía a ver el ensamblaje del A-400-M, estandarte de la pretendida industria aeronáutica local. Tampoco el parque tecnológico de la Cartuja, la boca del lobo sevillano del siglo XXI a partir de las ocho de la tarde. Ni la fábrica de Heineken con el sonriente Jorge Paradela en la puerta. Ni las instalaciones de Persán con Pepe Moya dando la crónica particular de sus novillos en San Fermín. Ni la fábrica de Renault donde se hacen esas maravillosas cajas de cambio. Ni la Torre Sevilla con los API a la búsqueda de inquilinos para las oficinas.

El presidente Obama no venía a ver nada de todo lo que se nos vende como la Sevilla pujante, alternativa, emergente, distinta y todos esos adjetivos que tratan de reflejar una ciudad más allá de los coches de caballo, las fiestas populares y todo lo vinculado con el denostado costumbrismo. Tampoco iba a pasear por el Patio de los Bojes del Museo de Bellas Artes, ni por las caballerizas y salones nobles de la Casa de las Dueñas por los que anduvo Jackie Kennedy, ni por la Casa de Pilatos por donde estos días el duque de Segorbe lamenta su enésima ruina.

Obama iba a ejercer como los turistas de sol y playa, pero en versión capitalina y con el mercurio muñendo 40 grados. El presidente venía a consumir el paquetito que conforman la Catedral y el Alcázar, como si el viaje se lo hubiera colocado el touroperador de turno de la oficina de viajes más próxima a la Casa Blanca. Dedicamos los observatorios, patronatos y consorcios de turismo a buscar la fórmula mágica para lograr que los turistas pasen al menos dos noches en Sevilla y resulta que Obama estaba listo para demostrar que en Sevilla basta con una noche y unas cuantas horas. La visita se iba a reducir a los dos principales monumentos de la ciudad y quién sabe si a un paseíto por el centro.

Ni la ciudad de la música, ni la ciudad de la ópera, ni la ciudad del turismo gay, ni la ciudad del deporte, ni la ciudad de la Navidad, ni la de los reyes magos de siesta en agosto, ni la ciudad conectada a la Costa del Sol, ni la ciudad de los rodajes, ni la ciudad de toda esa ristra de lemas que se inventan en los laboratorios dedicados a fabricar reclamos para captar turistas con vocación de piel de salmonete y sin criterio propio, porque hay que ser ingenuo para recalar en esta ciudad como recalan algunos una vez que han entrado las calores.

El mensaje que íbamos a mandar era el de siempre, el que nunca falla, el que tiene mejor resultado en menos tiempo. Sevilla es la Catedral y el Alcázar, dualidad infalibe en los mercados.

Obama venía a ver lo mismo que la inmensa mayoría de los turistas de bermudas, camiseta y pies por lo alto en las butacas del Starbucks Coffee, que son las que más huelen a pies de toda la hostelería local. Porque un Starbucks Coffee sin un guiri con los pinreles sobre el asiento –el mismo en el que usted pondrá sus posaderas minutos después– no es un Starbucks Coffee con todos sus avíos.

Obama venía a la Sevilla de postal. Como vino la Reina de Inglaterra cuando estuvo seis horas y media en octubre de 1988, la misma que, por cierto, pidió pasar en coche por la Plaza de España antes de tomar el vuelo de regreso. La reina Isabel II se fue “triste” de la ciudad porque no pudo contemplar el espectáculo ecuestre previsto. Faltaban cuatro años para la Exposición Universal, pero a nadie –lógico– se le ocurrió llevarla a visitar las obras de construcción de la gran muestra que captaría la atención del mundo con motivo del V Centenario del Descubrimiento de América. ¡Como iba a ver una reina una isla tomada por los albañiles! ¡Cómo iba a visitar Obama esa Sevilla alternativa de chimeneas productivas! Lo que la reina de Inglaterra echó en falta no fue ninguna industria, sino la gran obra arquitectónica de la Sevilla de 1929, la postal de mayor éxito de aquella Exposición Iberoamericana inaugurada por Alfonso XIII.

Cuando el ex presidente Clinton visitó Sevilla en 2009 acudió a la sede de la patronal andaluza a dar una conferencia de 50 minutos. Contestó dos preguntas en un auditorio que aún vivía al ralentí de los años bañados en carbónicos franceses, paseos en enganches en la Feria y desplazamientos en lujosos parques móviles. Cuando se llevaban a Clinton a cenar, el ex mandatario pidió que lo sacaran de la Cartuja. Debió horrorizarle aquella isla sin vida cada vez que el sol se despide por el Aljarafe. Clinton quería ver la Catedral. No preguntó por ningún acelerador de partículas. Juan Salas tuvo que llamar al vicario general para que se abriera el templo a deshoras. Y se abrió para que, sobre todo, conociera el túmulo de Cristóbal Colón, que no deja de ser una curiosidad en la inmensidad de una montaña hueca cargada de valores histórico-artísticos.

El programa de la visita frustrada de Obama nos recuerda la evidencia. Ha tenido el efecto de una lección para la que no ha hecho falta la presencia del profesor. Tal vez dolorosa como el aguijón con el que siempre se arma la verdad, quizás reducida en exceso por la fuerte inercia de un pasado rico. Somos eso:nuestro pasado. Nuestros dos principales monumentos. No llegamos a las dos noches. Ni al fin de semana completo. Somos para unas horas. Como las amistades de conveniencia. Pero de unas cuantas horas somos (íbamos a ser) capaces de vivir durante años con orgullo y la cabeza bien alta. En eso somos insuperables. Y hasta embestimos. Como los novillos de Pepe Moya.

La barrila de las elecciones al Ateneo

Carlos Navarro Antolín | 16 de enero de 2014 a las 11:36

Ateneo
Hicieron todo lo posible para que entrara en la agenda de temas entre Rajoy y Obama. Y casi lo consiguieron. Vamos, que yo creo que Rajoy no es que haya presumido de que nadie le ha preguntado en la Casa Blanca por Cataluña, es que lo que verdaderamente ha dicho es lo que sigue: “Nadie me ha preguntado por las elecciones del Ateneo de Sevilla”. Porque hay que ver la vara (del rey) que están dando con las elecciones del Ateneo de Sevilla. En Sevilla está la Anselma, a la que la derecha le ha cerrado el tablao dejando desorientados a los madrileños y a los guiris de rebujito en vaso de tubo, y está también Anselmo, que quiere ser presidente del Ateneo desde aquellos sucesos oscuros de melchores caídos del trono, que ya se sabe que todo español tiene derecho a la presunción de inocencia excepto si es elegido para ser rey Melchor del Ateneo de Sevilla. Anselmo está metiéndole presión al actual presidente, que tiene nombre de centurión romano de Astérix y Obélix: Alberto Máximo. Y entre los dos tienen a media Sevilla buscando ateneístas por debajo de las piedras, de los veladores y hasta por debajo de la nueva cruz del Baratillo.

Que no quiero verla, que no quiero verla… La cruz del Baratillo que no quiero verla

El censo del Ateneo tiene poco más de mil votantes. Se vota el día 29. Las peticiones y recomendaciones se han disparado y han alcanzado el disparate en algunos casos. Algunas no son ya de primer o segundo grado, sino del yerno que no es ateneísta que pide el voto para su suegro que va en la lista en el puesto noveno. Esto debe ser culpa de las cofradías, como casi todo en la ciudad. El cofraderío de las tardes libres con sus estrategias electorales ha llegado al Ateneo como el tapicero a su ciudad, señora. ¡Y cómo se dan leña los pretendientes de la Docta Casa! Lo curioso es que para votar hay que estar al día en el pago de las cuotas. Y ya hay una relación de ilustres nombres de la ciudad con una deuda que si la pilla la delegada de Hacienda del Ayuntamiento, Asunción Fley, te mete un embargo preventivo que te deja mirando… a la cruz del Baratillo.

-Qué cosa.

Hay un personaje muy conocido en las fotografías del colorín local que debe 19 mensualidades. Y otro que mandó muchísimo en la ciudad que no paga desde hace más de dos años. La presión para pedir los votos está provocando que salgan morosidades sonrojantes. Y, cómo no, todo tipo de teorías sobre las verdaderas motivaciones de ambas candidaturas. Tenga usted claro que si nadie le ha pedido todavía el voto para las elecciones del Ateneo y no le han ventilado al oído ningún marrón de cualquiera de ambas listas, es que no es usted absolutamente nadie en Sevilla. Dese por perdido o hágaselo mirar en la consulta del terapeuta. Porque el acoso es ya de tal intensidad que algunos deberíamos lucir en la solapa una chapa: “No soy del Ateneo”. Y espantar a los agentes electorales de ambas listas que dan más la barrila que los testigos aquellos que iban por parejas tocando los timbres de las casas a mediodía. Más pesados que los quesos de rulo en las listas de tapa. Qué aliviado se quedó Rajoy. O no.