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La Sevilla oculta de los urinarios

Carlos Navarro Antolín | 18 de agosto de 2014 a las 20:28

FOTO: RODRIGO
En la ciudad de los pájaros sin sombra (hay otros pájaros que están muy a la sombra, pero de Sevilla-II), de los aspersores de los bares que empañan las gafas, del solarium de la Avenida del tranvía, las bicis y los veladores (tururú para el peatón), y del alcalde haciendo la Ruta del Adoquín saltando de obra en obra, ni se puede beber agua en una fuente, ni se puede orinar en un aseo público. Si opta por beber en la fuentecita de la Plaza Nueva, la que está enfrente del edificio Generali (Se alquila, ¡jajajá!), puede experimentar el inmenso placer de saber cómo y dónde beben los perros, por no referir que parece un pipicán camuflado, de aquellos pipicanes que se hartó de poner el PSOE en Los Remedios para que no dijeran que Monteseirín la tenía tomada con las señoronas de la Nova Roma que perdimos. Las malas lenguas aseguraban que Monteseirín sorteaba un fin de semana en Rota entre los que presentaran una foto de un perro de Los Remedios haciendo uso de un pipicán. Debía ser que eran perros de derechas, pero muy de derechas, que se negaban a aceptar las innovaciones del llamado gobierno de progreso. Sus amos rechazaban las setas de la Encarnación y sus perros los pipicanes de Virgen de Luján.
¿Y dónde hace usted pipí si de pronto le entran ganas en plena vía pública y pertenece usted a la Hermandad del Pudor, de los que no son capaces de pegar el mangazo de urinario sin consumir nada? Aquí es donde hay que echar mano de la guía de la verdadera Sevilla oculta, la de los urinarios de fácil acceso. El primer premio se lo llevan los servicios del Colegio de Abogados, donde a usted le pueden confundir fácilmente como uno de los ocho mil colegiados que siempre votan a José Joaquín Gallardo como decano. Entra usted en el colegio, saluda con decisión al conserje, accede al patio, gira a la derecha con toda soltura y, hala, a orinar gratis total. No mire la arquería del patio, ni las macetas, porque ambas maniobras le delatarían como personal ajeno a la casa. Usted tiene que entrar como si fuera pariente del decano, sin más, con todo desahogo. La verdad es que es una maravilla que José Joaquín Gallardo siga de decano. ¿Se imaginan que con tanta promesa de renovación en los cargos llega al poder una de esas listas alternativas que ahora se cuecen y nos ponen una clave de acceso en los servicios del Colegio de Abogados, en plan chalé del Aljarafe con pretensiones? Uf, eso de teclear para orinar como el que va a sacar los 20 euros en un cajero… Ya tenemos pin para el banco, pin para la impresora, pin para la app del teléfono móvil, pin para el portero electrónico, pin para el acceso al trabajo… Y pin para las aguas menores.
fachada del colegio de abogados
Los expertos también colocan en el listado apócrifo de urinarios privados de fácil acceso a los que están en la planta alta del Ayuntamiento, donde laboran los grupos políticos de la oposición, en el conocido como palomar. El Ayuntamiento también los tiene en la planta baja, pero ahí es más fácil que le trinquen porque están los guardias mucho más cerca y suele ser el que ellos usan. Usted entra en las Casas Consistoriales, si es posible exhiba alguna carpetilla, documento o papel de desocupado mayor del reino, le dice al policía local que va a ver al “líder” y le dan vía expedita para coger el ascensor. El “líder” es el socialista Juan Espadas, líder de la oposición municipal, que así lo llaman algunos de sus concejales en privado en los cafés de media mañana de General Polavieja.
–¿Cómo está el líder hoy?
–Ni te cuento, pero desde que no está en el Senado…
En tercera posición figuran los servicios del edificio Laredo, no los del bar cuya mesa de tequilas, vodkas y ginebras premium invaden la acera. Ese no, el edificio. Usted llega al Laredo, entra directamente hacia el ascensor o hacia la escalera y tenga la completa seguridad de que nadie, absolutamente nadie, le va a sorprender con ese policía local que todo sevillano lleva dentro al usar el pretérito imperfecto que tiene el valor de un portero parando un penalti: “Oiga, oiga, ¿a quién buscaba?” Y, otra vez, hala, a orinar gratis total. Y con suerte, hasta micciona usted fresquito si Doña Asunción Fley, la muy respetada capitular de Hacienda, tiene arreglado el aire acondicionado.
Si los espasmos de las ganas de orinar le sorprenden por el sector de la Campana, vaya a la sede del Labradores de toda la vida, la de la calle Pedro Caravaca. No tiene más que ir vestido con cierta corrección ortodoxa, saludar con mucha fuerza al conserje, no tropezarse con la puerta giratoria (le delataría como un pardillo) y girar inmediatamente a la derecha si busca el urinario de señoras, o bordear el patio hacia la izquierda si busca el de caballeros. No se detenga mucho en los lienzos. Sí, hay uno de Queipo de Llano, pero tiene que parecer que entra usted allí desde hace años, desde los tiempos en que no existía la piscina de las instalaciones de Los Remedios.
Cuatro urinarios, cuatro, habitualmente limpios, de fácil acceso y cómodos, más amplios que ese chalé que se vende en Palomares, sin esas estrecheces de retretes de taberna en los que uno entra, sufre las apreturas propias del paso de misterio de la Carrretería en su capilla, adopta un imposible escorzo para cerrar la puerta sin rozar la taza, se traga la peste de tres días, echa el pestillo, intenta buscar el interruptor de la luz, queda literalmente aprisionado, busca el móvil para tratar de iluminar el habitáculo, cuenta las bolitas de naftalina que hay sobre la rejilla verde metálica y siente la puerta oprimiendo sus riñones y empujando más que un policía nacional a un cangrejero delante de un paso de palio.
No pierda tiempo en buscar urinarios públicos. Usted haga caso de la guía: sea amigo de José Joaquín Gallardo, vaya a entrevistarse con el “líder”, ejerza de sevillano asiduo del Laredo, pero el de verdad, el que no tiene veladores; y entre en el Labradores como Pedro (Sánchez Cuerda) por la Raza. Y a orinar gratis.
fachada del ayuntamiento de Sevilla

Oropesa, el retrete de la Plaza del Salvador

Carlos Navarro Antolín | 19 de octubre de 2012 a las 5:00


Hay calles de la ciudad tan vivas a las que sólo falta respirar, calles que hablan, que encierran un significado, toda una semiótica, que despiertan instintos, sensaciones, recuerdos, emociones. Hay calles que vibran, por donde no pasa el tiempo o donde cierto tiempo se quedó estancando.
Don Remondo es la calle donde siempre es enero, donde el frío tiene su capilla de adoración perpetua. Sólo le falta un cartelito como en una antigua iglesia: Silencio, aquí se reserva todo el frío de la ciudad desde enero de 1998. Don Remondo es una foto de enero de picos gastados pegada en el álbum de hitos de la ciudad con tapas de terciopelo rojo sangre.
José de Velilla es la calle que despierta el hambre de adobo. Viene usted por Tetuán y Velázquez a mediodía y le llega una corriente de olor a boquerones del Blanco Cerrillo que levanta el gato interior que todo sevillano lleva dentro. Miau. Que alguno hay que tiene que pedirlo por raciones de la cantidad de felinos que tiene empadronados en el vientre.
Castelar pide una cofradía de negro bien estirada con amaneceres rotos, la Alfalfa una bulla cotidiana de barrio en pleno centro, Feria el caos del mercadillo que provoca división de opiniones y la Plaza de Doña Elvira pide el rodaje de la escena bíblica, expulsando los veladores y a sus mercaderes.
Las calles viven. Y las calles hablan. Sevilla por tener tiene hasta una calle con propiedades diuréticas. Pasa usted por la calle Cuna y en cuantito otea las escalinatas de Salvador le entran unas ganas terribles de orinar. Vamos, ni que hubiera ingerido 20 miligramos de Seguril como 20 concejales tiene cierto gobierno.
El orín es un río que no muere en la mar, sino que baja por la mismísima calle Cuna buscando la alcantarilla. El callejón de Oropesa es un meadero nocturno y diurno, de 24 horas como un cajero automático. Lo que se bebe en el Salvador se mea en Oropesa. Oropesa no es una inmobiliaria quebrada, ni un Parador en crisis, sino el retrete de la Sevilla del centro. El Salvador y Oropesa, hermanamiento posible en Sevilla gracias al pipí. En Oropesa se mea en soledad o en comandita, en la puerta del taller de joyería, en el escaparate de los trajes de novia o en la verja inútil que ha colocado el vecindario que soporta las noches de pipí y las mañanitas de zotal. En San Vicente se almuerza y se cena, en Oropesa simplemente se mea. Oropesa es el gran meadero de Sevilla, callejón sin salida donde sólo se escapa el orín. Han tenido que ponerle pañales a los caballos, pero a ciertos jacos de dos patas no hay quien se los coloque. Hasta que el pueblo las canta, las coplas, coplas no son. Y hasta que el pueblo no mea, los callejones, callejones no son. Ponga otra de boquerones en adobo.