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Oropesa, el retrete de la Plaza del Salvador

Carlos Navarro Antolín | 19 de octubre de 2012 a las 5:00


Hay calles de la ciudad tan vivas a las que sólo falta respirar, calles que hablan, que encierran un significado, toda una semiótica, que despiertan instintos, sensaciones, recuerdos, emociones. Hay calles que vibran, por donde no pasa el tiempo o donde cierto tiempo se quedó estancando.
Don Remondo es la calle donde siempre es enero, donde el frío tiene su capilla de adoración perpetua. Sólo le falta un cartelito como en una antigua iglesia: Silencio, aquí se reserva todo el frío de la ciudad desde enero de 1998. Don Remondo es una foto de enero de picos gastados pegada en el álbum de hitos de la ciudad con tapas de terciopelo rojo sangre.
José de Velilla es la calle que despierta el hambre de adobo. Viene usted por Tetuán y Velázquez a mediodía y le llega una corriente de olor a boquerones del Blanco Cerrillo que levanta el gato interior que todo sevillano lleva dentro. Miau. Que alguno hay que tiene que pedirlo por raciones de la cantidad de felinos que tiene empadronados en el vientre.
Castelar pide una cofradía de negro bien estirada con amaneceres rotos, la Alfalfa una bulla cotidiana de barrio en pleno centro, Feria el caos del mercadillo que provoca división de opiniones y la Plaza de Doña Elvira pide el rodaje de la escena bíblica, expulsando los veladores y a sus mercaderes.
Las calles viven. Y las calles hablan. Sevilla por tener tiene hasta una calle con propiedades diuréticas. Pasa usted por la calle Cuna y en cuantito otea las escalinatas de Salvador le entran unas ganas terribles de orinar. Vamos, ni que hubiera ingerido 20 miligramos de Seguril como 20 concejales tiene cierto gobierno.
El orín es un río que no muere en la mar, sino que baja por la mismísima calle Cuna buscando la alcantarilla. El callejón de Oropesa es un meadero nocturno y diurno, de 24 horas como un cajero automático. Lo que se bebe en el Salvador se mea en Oropesa. Oropesa no es una inmobiliaria quebrada, ni un Parador en crisis, sino el retrete de la Sevilla del centro. El Salvador y Oropesa, hermanamiento posible en Sevilla gracias al pipí. En Oropesa se mea en soledad o en comandita, en la puerta del taller de joyería, en el escaparate de los trajes de novia o en la verja inútil que ha colocado el vecindario que soporta las noches de pipí y las mañanitas de zotal. En San Vicente se almuerza y se cena, en Oropesa simplemente se mea. Oropesa es el gran meadero de Sevilla, callejón sin salida donde sólo se escapa el orín. Han tenido que ponerle pañales a los caballos, pero a ciertos jacos de dos patas no hay quien se los coloque. Hasta que el pueblo las canta, las coplas, coplas no son. Y hasta que el pueblo no mea, los callejones, callejones no son. Ponga otra de boquerones en adobo.

Ser gerente de Lipasam conlleva riesgos para el hígado

Carlos Navarro Antolín | 9 de julio de 2012 a las 18:42

Sabíamos que para ser director general en el Ayuntamiento o gerente de una sociedad municipal u organismo autónomo en el zoidismo imperante se requiere ser funcionario o estar dispuesto a asumir una bajada de sueldo. Así nos lo vendió el gobierno en sus primeros cien días. Lo que ignorábamos es que en ciertos casos hubiera que tener un hígado capaz de funcionar a pedales si es preciso. Vamos, un hígado con piloto automático. Un hígado con memoria. El alcalde estuvo glorioso cuando decretó el fin de la política en los reservados de los restaurantes, para gran disgusto de Jesús Becerra y sus colegas de la hostelería. Y es verdad que se acabaron, vaya que si se acabaron. Tan es así que si usted se encuentra a un concejal del gobierno, haga como en el antiguo régimen con los pobres, que había que sentarlos en su mesa por Navidad. Pues ahora, invite a un teniente de alcalde al café con la media tostada cuando los vea vivaqueando por la Plaza Nueva. Ellos se lo agradecerán. Porque el alcalde los ha dejado tiesos en el presupuesto de prebendas. Pero aún queda quien resiste ahora y siempre a las restricciones, como la aldea de los locos galos con los romanos. El gerente de Lipasam sigue cultivando el estilo antiguo, aquel por el que había que comerse muchos langostinos para llevar los garbanzos a casa. Resulta que don Paco Pepe, que así se llama tan eficaz gerente, ha logrado que los caballos de coches de punto lleven pañales, lo cual estaba en las asignaturas pendientes de la ciudad. Un logro histórico, que diría uno de esos tontos de la historia para los que casi todo es histórico. Y don Paco Pepe ha escrito un correo electrónico interno en el que felicita a toda la compañía, saca pecho cual novillero triunfante y hace balance del camino espinoso que ha recorrido para alcanzar tan anhelado objetivo:

“Nos reunimos con ellos [los cocheros] por primera vez en un bar del Barrio León, reunión de la que mi hígado aún guarda recuerdo, no entremos en más detalles”.

¡Toma, eso es un gerente de los de toda la vida! Que los de ahora mucho pañuelito visto en la tiradora, muy bien afeitados y muy discretos, pero son como la nueva curia de Palacio: ni se les ve, ni se les nota. Menudo sopor. Don Paco Pepe arregla las cosas como hay que arreglarlas. Y al hígado ya le daremos espinacas. A este hombre lo ponía yo al frente de la misión diplomática de Gibraltar, que seguro que lo arreglaba con la misma eficacia que le ha puesto los dodotis a los equinos, cuyas cacas algunos consideraban poco menos que bien de interés cultural. Pero para la próxima, ya sabe lo que tiene que hacer don Paco Pepe: un poquito de benadón 300 mg. Y a disfrutar de la Feria…sin cacas de caballo.