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El doble tumor de la Catedral

Carlos Navarro Antolín | 2 de mayo de 2015 a las 5:00

avenida1

Real Madrid
Maltratada por dentro y por fuera. Tiene el interior aquejado por el colesterol de las vallas. La gente se molesta con los cazafirmas que pueblan las calles y que obligan a ir dando nones. En la Catedral es peor. En la Catedral hay que dar explicaciones. Hay que ir convenciendo a las azafatas de la clausura –que son esas trabajadoras de abrigo largo tipo Doctor Chivago en los fríos de enero– para que descorran la cinta y te permitan el paso porque uno va a misa, uno va a unas bodas de plata en la Capilla Real, o uno quiere simplemente verle la cara a La Cieguecita, ¿pasa algo? Entrar en la Catedral tiene mucho de videojuego con fases en las que hay que superar distintos obstáculos. Cualquier templo de Sevilla resulta mucho más cómodo que una Catedral tan conservada con primor, como consagrada al turismo de pago con obsesión, con agentes de seguridad que responden al prototipo del cancerbero, aquel perro mitológico de tres cabezas que guardaba las puertas del… infierno. Alguno he visto que experimenta un verdadero placer en el rostro cuando no deja pasar a unos fieles. Se tienen bien aprendido el espíritu de la compañía: el turista paga, el fiel no.

La pobre Catedral tiene ese tumor interno de vallas que hace metástasis con el estilo agreste que incomoda al fiel que no pasa por taquilla. Ytiene un tumor externo que ataca su estética de Mercadante. Cerraron al tráfico la Avenida con la coartada de preservar su fachada principal de la contaminación. La piedra se ennegrecía por efecto de los escapes de los autobuses de Tussam. Por la Avenida ya no pasan los autobuses, pero hay que ver la cantidad de cosas que pasan que no son peatones. La piedra ya no se ennegrece. Ahora es la Avenida la que cada mañana aparece más afeada y se ha sumado al cinturón de mal gusto que rodea el monumento más importante de la ciudad. Un cinturón que aún puede seguir ahogando más la belleza gótica de un edificio aún más bello cuando llueve. Frente a la Puerta de San Miguel chirrían cada noche –horror de los horrores– las terribles luces azules del comercio chino de complementos para el móvil. Y muy cerca, una heladería con estruendo interior de luces verdes que parece una tortuga. Nuevos negocios, nuevas agresiones. Mateos Gago es la Benidorm de Sevilla, ciudad de veladores. Placentines huele a pizzas y comida marroquí. Y la Avenida es una cochambre a cuyo lado hasta las urgencias del Macarena son un ejemplo de orden.

Ni las comisiones provinciales de patrimonio, ni las locales. Ni los delegados de Urbanismo, ni los planes especiales, ni nada por el estilo. Tienen la misma utilidad que el regalo de recuerdo que los novios dan a sus invitados. Como dijo Arenas tras cinco intentos para ser presidente de la Junta: “Tó pa ná, tó pa ná”. El chino le da al botón cada noche y aquello es el alumbrado de la portada del Nacimiento. Ni un club de alterne de carretera llama tanto la atención. Y se quejaban de los autobuses de Tussam. Tan bellos ellos, con ese color cítrico de fruta del Patio de los Naranjos. Lo dicho: tó pa ná.
Real Madrid

Sevilla, ciudad de tanatorios

Carlos Navarro Antolín | 29 de enero de 2015 a las 5:00

CALLE SANTANDER
SEVILLA es la ciudad donde sale más barato destrozar el caserío centenario y levantar mamotretos en el conjunto histórico declarado. El delito de prevaricación no existe cuando la Comisión Provincial de Patrimonio emite dictámenes que avalan la construcción de edificaciones como tanatorios a cincuenta metros de la Torre de la Plata y de las Atarazanas. Aquí se talan árboles porque no dejan contemplar la Torre del Oro, pero se permiten edificaciones de nuevo rico sin que nadie, absolutamente nadie, se plantee si incurren en un excesivo vuelo de la fachada, en una alteración de la trama urbana o si, simplemente, atentan contra la concepción estética de un casco antiguo que se supone vital para la captación del sacrosanto turismo, una actividad que genera el 12% del Producto Interior Bruto de la ciudad. Brutos, brutísimos, tienen que ser los miembros de la Comisión de Patrimonio de la Consejería de Cultura que han bendecido una nueva construcción tipo tanatorio o parroquia pos-conciliar en la calle Santander, donde dan ganas de preguntar por las salas de velatorio o por la próxima reunión del movimiento neocatecumenal.

La susodicha comisión tiene la obligación de tutelar la conservación del conjunto histórico declarado (risas en off), pero a la hora de la verdad sólo derrocha valor para impedir que el Ayuntamiento traslade la histórica fuente de la Plaza de la Encarnación a un lugar más digno como la Plaza de la Contratación. Tiene cuarto y mitad de cinismo bien despachado que la misma comisión que avala el Metropol Parasol se preocupe luego de que la fuente de la plaza continúe en su lugar original para no sacarla de contexto. Hablar de cambios de contexto en la Encarnación es invocar a María Luisa… qué risa.

En esta ciudad se revientan las sacristías de tres siglos de antigüedad con paneles de pladur, se derriban casas del XVII y del XVIII con la coartada de mantener las fachadas-pastiche, que nos hemos hartado de practicar la política de mantenimiento de fachada y primera crujía como placebo; se protege la arquitectura de la desubicadora calle Imagen, que lo mismo podría estar en Avilés, Getafe o Sabadell; se levantan las losas de Tarifa y los adoquines para colocar pavimentos resbaladizos o que se resquebrajan con el simple paso de los coches de caballo (qué olores). En Sevilla sale muy barato destrozar el patrimonio porque las órdenes de restitución tienen menos fuerza que un montadito de negocio franquiciado.

Nunca una ciudad que vive tanto del casco antiguo, del turismo y de la hostelería, cuidó tan mal sus monumentos, destrozó su conjunto histórico declarado y tragó tanto con bares de paelladores y pizarras de colores que poco o nada tienen que ver con la leyenda de la ciudad de las tapas. Esta ciudad protege la calle Imagen y ahoga la Torre de la Plata. Levanta las setas e impide el traslado de una fuente. Y por contaminación paisajística debe entender el humo de las chimeneas, porque los alrededores de la Catedral están más próximos a Benidorm que a la estética de Mercadante. Sevilla, ciudad de tanatorios. El duelo despide en el tanatorio de la Torre de la Plata.

Un adefesio en la Magdalena

Carlos Navarro Antolín | 23 de enero de 2015 a las 5:00

SEVILLA,22/01/2015.
HAY iglesias donde es difícil encontrar a Dios como hay templos restaurados por la Junta donde al párroco dan ganas de pedirle una habitación doble por el tufo que echa el edificio a hotel minimalista y funcional de la cadena NH. Hay iglesias frías y bunkerizadas, como hay iglesias eclécticas que mezclan el barroco con el estilo posconciliar de paint-ball, cartulina, tijera y pegamento. Y hay iglesias que no tienen ninguna culpa de que el párroco se meta donde no le llaman. La lista de mamarrachás de la ciudad sigue creciendo, que no sólo se cometen desmanes en el caserío civil o en el puente de San Bernardo, que no quiero verlo, que no quiero verlo desde que le han colocado al edificio de los Bomberos esa plancha metálica propia de la trasera de una caseta de Feria.

Incluyan una nueva mamarrachá, mamarrachá modalidad urbi et orbi, en la Parroquia de la Magdalena de Sevilla, templo catalogadísimo como Bien de Interés Cultural, monumento cuya riqueza histórico-artística no se limita a las zonas de culto sobradamente conocidas, sino a la soberbia sacristía con arquitectura, escultura y pinturas fechadas entre el XVII y el XVIII, que hay sacristías que valen tanto o más que los propios templos, como ocurre en la Catedral de Sevilla, con la Sacristía Mayor y la Sacristía de los Cálices; en el antiguo Hospital de los Venerables, en el templo del Salvador, antes parroquia y ahora museo con la portada principal reconvertida en tienda abierta todo el día; en el Monasterio de Guadalupe (Cáceres) o en San Juan de Letrán (Roma).

Hay sacristías a las que se entra con timidez a pedir una misa por un difunto, como hay sacristías a las que casi se puede ir con el sobre de la Agencia Tributaria para que te hagan la renta. ¿O no han convertido la preciosa sacristía de la Magdalena en una oficina panelada del Ministerio de Hacienda? Horror en el ultramarinos, pavor en la sacristía. ¿Qué criatura ha tenido el tacto de meter el pladur entre las pinturas murales del XVIII, las esculturas del XVII, las yeserías de Herrera el Viejo y la Virgen del Rosario pintada por Pacheco?

Hay parroquianos de la Magdalena al borde del telele. Dicen que se trata de habilitar un despacho para el vicario parroquial, nombrado el pasado junio. Hay coadjutores con derecho a sucesión, como hay coadjutores con derecho a despacho. Qué barbaridad, debe ser que el índice de natalidad en la collación se ha disparado tanto que hacen falta dos curas en la Magdalena para administrar los sacramentos en horas y a deshoras. Y, además, el vicario parroquial necesita un despacho como si fuera el subdirector de un Ministerio o un viceconsejero recién llegado al Word Trade Center. ¿Pero no estaba la diócesis carente de vocaciones y faltita de sacerdotes en las grandes áreas de población? ¿Por qué los concentramos en el centro histórico y les ponemos un despacho de pladur atentando contra la estética centenaria de unas de las sacristías preciosas de la ciudad?

En ocasiones se ponen verdaderas joyas artísticas en manos de curas insensibles. Mucha comisión diocesana de patrimonio, pero nadie ha detenido aún este despropósito, esta aberración de la que la Junta de Andalucía no tenía constancia hasta ayer mismo, cuando anunció una inspección urgente para levantar acta de la reforma que se está practicando sin conocimiento previo ni aprobación del organismo que tutela la conservación de los bienes catalogados.

Se adulteran los espacios, se destrozan las perspectivas, se falta el respeto a la configuración original de una arquitectura, se ocultan o eclipsan obras de arte. La sacristía de la Magdalena queda colmatada como una covacha, apretada como un piso de playa en agosto, convertida en un adefesio sin que nadie detenga la mamarrachada. A ver si don Juan José Asenjo, experto en cuestiones artísticas, pone orden en la Magdalena antes de que lo haga la Junta. Que no todo consiste en que los curas vistan de curas, sino en que los curas no se carguen el patrimonio de centurias para colocarse despachos como si fueran concejalillos de playa venidos arriba. Ah, en su defensa dicen que el pladur irá revestido de madera. ¡Qué detalle, óptica Rodríguez del Valle! Bienaventurados los que dan trabajo a las carpinterías…

Y evocar ahora los nombres de algunos señores párrocos que han dirigido este templo… Alguno de ellos también vicarios generales que sabían escoger las capas pluviales sin el cateteo imperante de hoy. Está visto que en los seminarios no es que no se enseñe Latín, es que no se forma el buen gusto. Yestos tíos son los que luego se reúnen para sacar unas sesudísimas normas que impiden organizar un concierto en una iglesia porque “el programa de piezas escogidas no es de contenido estrictamente sacro y supone una falta de respeto a un lugar para la oración, un mensaje equívoco para los fieles, un contenido cultural que no ayuda al espíritu de recogimiento de un templo”. Lo que ayuda tela son las sacristías-despacho, los habitáculos panelados, el pladur del XXI sobre el arte del XVII. ¡Tequiyá con el tinglado comercial montado en la mismísima portada del Salvador! ¡Tequiyá con la mamarrachá de la Magdalena! Pero qué bonito me lucen todos el clériman. Qué bien van.
SEVILLA,22/01/2015.

La sorpresa de una buena rehabilitación

Carlos Navarro Antolín | 20 de julio de 2014 a las 5:00

rehabilitación
No todo son plazas duras donde la sombra ni está ni se le espera, que resulta increíble que nadie pensara en la sombra cuando la gran reforma urbanística de la Avenida como sí se pensó con la agradable pérgola del Paseo de Cristina. No todos es fachadismo hipócrita que respeta hasta la primera crujía para recibir la bendición de la Comisión de Patrimonio y arrasar luego con todo lo demás. No todo es pastiche, ni iglesias barrocas reconvertidas en un NH. No todo es la puerca pizarra, ni materiales con estética de óxido que lo mismo ensucian el paisaje del río en restaurantes de cristal que hasta las fachadas de las nuevas casas de hermandad. No todos son farolas de cuarto de baño de nuevo rico, ni bancos de paseo marítimo de aquellos años de concejales de Urbanismo gestionando el presupuesto desde lo alto de una carroza, ni proyectos de azulejos impostados en la zapata trianera rebautizada como malecón por la novelería hispalense, ni ese mininalismo de nuevo cuño revestido de modernidad, ni esa afición por lo oscuro en la ciudad de la luz, ni esas casas del área metropolitana con tejados propios de Cantabria, como si aquí lloviera como en Santander y viviéramos entre vacas tudancas. No todo es eso. Hay casas bien rehabilitadas en el centro de Sevilla, como hay comercios arquitectónicamente modélicos como Abrines o la Joyería Reyes. Sevilla es una ciudad que no ha tenido el mínimo tacto para conservar el caserío del XVII y XVIII, que ha tomado asiento en la butaca de la indolencia ante verdaderas atrocidades y que ha tildado de inmovilista cualquier defensa del patrimonio histórico-artístico realizada con criterio y sensibilidad. Hace pocos días ha concluido la obra de rehabilitación de una casa realizada con sensatez, con respeto a los colores y a los huecos de fachada, incluso con el detalle de conservar uno de los escasos y preciosos azulejos publicitarios que quedan en el casco antiguo, en este caso el de Rioja Palacio. Una intervención sin histrionismos, sin alardes, sin licencias propias de divinos enlutados. Se trata de la casa ubicada en la esquina de Muñoz y Pabón con Almirante Hoyos, muchos años en desuso y en la que ahora hay una peluquería donde antaño hubo un negocio de antigüedades. Una peluquería que, por cierto, ha tenido el buen gusto de no emplear rótulos ni irreversibles ni agresivos, lo que prueba que es perfectamente posible la convivencia entre la estética de un negocio moderno, que apuesta por un estilo de autor, y las líneas arquitectónicas de una casa del XIX. No se ha reinventado donde sólo cabía respetar, no se ha reinterpretado donde sólo cabía conservar. Dejen la pizarra para las aulas, el negro para los entierros y planten árboles, que son buenos para todo tipo de pájaros, sobre todo para los que vuelan. Y pían.

El imperio de la pizarra abatible

Carlos Navarro Antolín | 3 de febrero de 2014 a las 9:46

jovellanos
DICEN los expertos que a la Catedral de Sevilla le falta un gran espacio abierto que permita la contemplación de la fachada principal, que es la de la Asunción, por donde entran los nuevos obispos con cara de susto y por donde salen con los pies por delante y con peor cara aún. La Catedral de Sevilla no tiene esa gran plaza, explanada o espacio abierto que permita disfrutar con perspectiva de la monumentalidad de esa gran montaña hueca. Con el impacto hermoso de la Catedral se topa uno procedente de la Plaza de la Contratación, como un gigante que irrumpe siempre en el paseo del turista novato y del nativo que conserva la capacidad de sorpresa. Pero la fachada principal no tiene metros cuadrados por delante que canten su poderío. Si la enormidad interior de la Catedral se lo come todo por dentro, dejando a veces ridículo cualquier exorno floral, altar o estructura que no esté debidamente presentado, por el exterior pierde todo el impacto por el ahogo que ejerce la inhóspita Avenida, una Avenida que es a la Catedral lo que la calle Imagen a la trama urbana del centro histórico: un horror del tamaño de la campana de San Cristóbal. El caso es que como no hay forma de tener esa visión global, a la Catedral hay que mirarla por partes, buscando los rincones y las perspectivas, casi como la mayoría de pequeños templos de la ciudad.
Si la Catedral está condicionada por el diseño urbano tanto como está afeada por el rosario de bares chillones, tenderetes de camisetas y olores de fritanga, hay también capillas con todo su encanto que sufren el mismo problema, templos recoletos con portadas barrocas ahogadas por la cartelería abatible de una hostelería que saca sus propias tropas a la calle: los camareros a la búsqueda de los clientes, como laceros de Puerto Banús exportados a Sevilla, y las pizarras con el menú del día y el pida la exquisita pringá que no se arrepentirá. La infantería del sector terciario no entiende de perspectivas de catedrales ni de la calle Jovellanos, donde hasta hace poco uno se deleitaba con la estética de portalón y hornacinas con imaginería de Duque Cornejo. Los gamberros la tomaron hace pocos años con la capillita de San José atacando las imágenes de frailes de su portada. Y ahora la agresión es de otro tipo, practicada al amparo de la regla suprema de todo por el consumo, con el aval de la misma autoridad que puebla de veladores la Plaza de San Francisco o que hace la vista gorda en tantas y tantas calles convertidas en un Benidorm de pizarras, calefactores y camareros vestidos a lo Baremboin. Las ciudades se miden y mucho por cómo cuidan su patrimonio. A nadie se le ocurre colocar un anuncio de macarrones y pizzas delante de la fachada de San Andrea del Quirinal en Roma, por poner un ejemplo similar al de esta capillita mancillada por los tentáculos de la fiebre hostelera, víctima del imperio de la pizarra abatible. ¿Dónde está el gerente de Urbanismo para mandar a sus inspectores y cuidar la imagen de la ciudad ante los turistas? Aquí venga a presumir de la macrogestión para traer aviones de Estambul y venga a sacar campañas con lemas en inglés como la del We love people, que hay que ver lo bien que pronuncia el alcalde el lema del We love people, con lo malamente que lo pasaba el hombre en los días señalaítos de campaña con aquella promesa del Open government, mucho más difícil de pronunciar y que me lo traía por la calle de la Amargura (dos pasos). Jesús, otra vez el Open Government, pensaba Zoido cada vez que el asesor le mandaba tirar de tecnicismos extranjeros para ronear en los barrios de batas y rulos. Parecía un vendedor de lavadoras, pero de los buenos, de los que al final vende la lavadora y la clienta se va la mar de satisfecha y cuchicheando con el marido desconfiado.
–Este hombre tiene cara de buena persona, so malpensado.
Al alcalde le pasa con el inglés lo que a todos los presidentes del Gobierno de España. Ni pajolera. Hay un sevillano que recuerda con toda precisión una charla a pie de calle con Zoido, de las mil que tiene al día cuando no está perdiendo el tiempo en convenciones del partido (pero bien partido, partido en Vox) en Valladolid.
–¿Y tu padre? ¿Y tu madre? El otro día vi a tu hermana con su marido, que bien iban los dos con la niña camino del mapping. Por cierto, tu cuñado me ha mandado su último libro.
–Ah, estupendo… ¿No?
–[Cara de póker de Zoido]
–¿Qué problema hay, alcalde? ¿No te lo ha dedicado?
–Es que está en inglés…
Ni el We love people para atraer a los turistas ni el Open Goverment para vender la lavadora. ¿Alguien de Urbanismo va a practicar esa micropolítica de Zoido y va a barrer las calles del centro? Pero no con escoba de Lipasam del gerente Paco Pepe, sino con bolígrafo de inspector de la Gerencia y camioneta para cargar tanta cochambre. Uno de los grandes misterios de la ciudad es a qué se dedica el gerente de Urbanismo si ya no hay constructores con los que comer, ni dinero de los convenios que fumarse. Son como los 50 diputados del PP en el Parlamento, el ejército más poblado y desorientado que se haya visto en política. Si es que hay días que parece que no hay veladores en Sevilla para sentar a tanto diputado del PP como se ve vivaqueando por los bares de los alrededores del Parlamento. En las definiciones de calidad de vida ya figura el ejemplo de diputado del PP del tardoarenismo. Política cardiosaludable. Usted evite las grasas, tome dieta rica en verdura y pasee como un diputado del PP andaluz que haya ganado las elecciones.
Mientras no haya micropolítica de la buena que salvaguarde el patrimonio, tal vez lo mejor sea que la Catedral no tenga esa gran explanada que muchos envidian de Santiago de Compostela, Ávila, Salamanca o Vitoria para admirar la arquitectura con todo realce. En Sevilla nos dan metros cuadrados por delante y los plagamos de pizarras abatibles. Mejor la estrechez de la Avenida, para que no se note la poquísima gente que hay para recibir a algunos obispos.

La plataforma Salvemos Triana y Despeñaperros

Carlos Navarro Antolín | 1 de octubre de 2012 a las 13:46


Pusieron la guarrería de la losa de pizarra junto a las gradas bajas de la Catedral. Se partieron las losetas, se arreglaron y se volvieron a fragmentar. Se colaba la meada de los caballos por las rajas de la piedra y lo que no son las meadas. Aparecieron, oh casualidad, losas de Tarifa en el chalé de un constructor. Y no salió ninguna plataforma Salvemos la Catedral. Y la Catedral es patrimonio de la humanidad. Colocaron las farolas-ducha y los bancos de Ikea en la Puerta Jerez. Levantaron la fuente de tanatorio en los Jardines del Cristina. Y nadie constituyó una plataforma Salvemos la Puerta de Jerez, con la de gente que pasa cada día por la Puerta de Jerez. Porque por la Puerta de Jerez pasan cuatro o cinco personas cada día por lo menos, sabe usted. Convirtieron la Parroquia de San Vicente en una sucursal de Hoteles NH, todo lo cual subvencionado por la Junta. Y nadie dijo esta boca es mía, sería porque era cosa de la Iglesia. Ojú, la Iglesia, ¡salgan corriendo que los curas nos reprimen y nos tiran de las orejas! Será que al PSOE de entonces no le interesaba enfrentarse a los curas, pues todavía no tenía encuestas en las que perdía el voto… por la izquierda. Fue desapareciendo el caserío del XVII y del XVIII del casco antiguo y emergiendo el minimalismo, los materiales que se oxidan en diez minutos y, cómo no, esos grises de cuarto de baño de parador de turismo posmoderno. Pero como eran casas privadas, nadie dijo nada. Joaquín Egea, voz en el desierto de la sociedad civil, era el único que clamaba por esa arquitectura civil sevillana a la que hicieron un catálogo que son los ojos que ven y, por tanto, el corazón que sufre. Ese catálogo hace las veces de lista de los caídos por la piqueta y por sus promotores. Florecieron los remontes, los áticos retranqueados y los aumentos de volumetría. Silencio en la Gerencia de Urbanismo, silencio de moqueta y caracola. Y silencio en la comisión de patrimonio, silencio en Castelar. Al menos en la prensa siempre han estado atentos Antonio Burgos, Carlos Colón, Paco Robles o Javier Rubio. Pero nadie constituyó una plataforma Salvemos el Casco Antiguo de la Piqueta que tuviera la suficiente fuerza como para crear una conciencia verdaderamente salvadora. Total, eran edificios de terratenientes, porque todo el que tiene un casa es un terrateniente, ¿verdad? Y ahora, oh casualidad, ahora sí nace una plataforma para combatir la instalación de un azulejo en la zapata de Triana. Bravo por la plataforma, bravo por esa sociedad civil. Pero esto tiene tufo a lo de la locomotora y Despeñaperros. Al azulejito dando y con el resto callando.

Banderillas mal colocadas

Carlos Navarro Antolín | 30 de diciembre de 2010 a las 5:30

Se harta Luis Pizarro de fotografiarse con la gente del Toro en la sala de juntas de su Consejería de Gobernación en la Plaza Nueva para luego tocarle los costados a los maestrantes con la petición de que las localidades tengan una medida de 50 centímetros, lo que supondría una pérdida del 20% del aforo. Tome castaña que echan humo.

Es de dominio público que la plaza de toros de Sevilla es la más bonita y la más incómoda del mundo al mismo tiempo. Sublime contradicción basada en un tópico con su cuarto y mitad de realidad. Si hay un maestrante que ha sido capaz de meterle la hormigonera y echar abajo un tendido para recuperar una puerta histórica (la del despeje) ha sido Alfonso Guajardo-Fajardo, el mismo que ha reconvertido el graderío de sombra. Si a usted le cuentan hace diez años que por dos veces iba a entrar la piqueta en la plaza sin mayores polémicas patrimoniales, piensa en cualquier coso menos en el del Baratillo.

Fina y aguda ha estado la institución en su respuesta: las sillas de la carrera oficial de la Semana Santa tienen 38 centímetros y sus usuarios permanecen en ellas bastante más tiempo que las dos horas que dura el espectáculo taurino siempre que no salgan los cabestros (y no se me entienda mal), y en el graderío del Sánchez Pizjuán o el Villamarín no encuentra usted precisamente triclíneos. Lo del requerimiento de los 50 centímetros son unas banderillas mal colocadas, que ni avivan la bravura, ni arrancan aplausos. La plaza se va a quedar como está. Tan incómoda en sus tendidos como bonita por dentro y por fuera.