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La verdadera competencia

Carlos Navarro Antolín | 18 de julio de 2018 a las 5:00

Foto MILTMP58387515

LOS partidos de fútbol que alguien trata de ganar en los despachos nunca tienen la sal, la alegría, ni el jolgorio de los goles. Son, a lo sumo, victorias frías que nadie recuerda, nadie celebra, nadie rememora salvo para referir que fueron eso: triunfos administrativos. Son como el dinero ganado en la lotería: el primer día se celebra, a partir del segundo se oculta. Las victorias logradas por abogados o gerentes son gélidas en el mejor de los casos, porque el fútbol es pasión y emoción, es sentimiento y hasta memoria, por mucho que la legislación que convirtió los clubes en sociedades anónimas dejara el futuro de la mayoría de las entidades en manos de los accionistas y no de los socios.

En el periodismo ocurre tres cuartos bien despachados de lo mismo. El ejercicio romántico de hacer un periódico tiene mucho, muchísimo, de pasión. La verdadera competencia está en el kiosko con las ediciones de papel que por fortuna sobreviven, en las pujantes ediciones digitales, en lograr vertebrar una ciudad de 700.000 habitantes en tiempo récord, en escrutar el día a día de la urbe en titulares propios, en lograr que parte de la población se identifique con una marca, en conseguir un grado de penetración más que notable en sectores tradicionalmente atribuidos a otras marcas periodísticas. La información no se da ni se quita. Hay que trabajarla cada día, como el Rey se ha de ganar el empleo cada amanecer. Con esfuerzo, con dedicación, con cariño, con sacrificio. La información está ahí, hay que buscarla. Hay que cazar cada día el mamut de la noticia. Así es como se compite. No metiendo el pie como una guadaña al delantero que se ha escapado, sino metiendo tú los goles de los titulares de cada día. La verdadera competencia en periodismo no está en los despachos, no está en el dinero, no está en los ERE que encima te debilitan porque te restan recursos humanos, no está en las amenazas ni en las presiones a las fuentes que no te has trabajado, o que consideras que te deben llamar mientras te apoltronas en una silla, porque piensas que eres depositario de un privilegio que te concede la historia y el prestigio que otros trabajaron.

La verdadera competencia en periodismo está simple y llanamente en estar en la calle para obtener información, no para hacer amigos o llenarte la panza de canapés, no para tratar de ser un personaje a costa de la marca de la empresa, no para medrar socialmente por la vía de tu posición profesional lo que no recibiste por la cuna. La verdadera competencia está en ocupar los espacios sociales del otro con trabajo, simplemente con trabajo. Sin meter los codos, con humildad, con dedicación, con horas de presencia o ausencia según la conveniencia que dicta el interés periodístico, con la idea clara y firme de que prima la noticia de interés general por encima de la relación social particular, teniendo claro que la preferencia es del periódico (siempre del periódico) por encima de tu propia posición.

Bastaría recordar algunos principios básicos, sin pretensiones didácticas, con la única intención de refrescar normas de actuación que increíblemente parecen olvidadas. O a lo peor, maliciosamente orilladas. El periodista que compite con honradez y honestidad no espera a que le llamen, es él quien llama por teléfono. No aguarda la noticia, es él quién corre a su encuentro. No hace campañas a favor ni en contra de nadie, sólo procura ser el narrador omnisciente que siempre se guarda contactos en todos los bandos no por gusto o simpatías personales, sino porque el periódico (siempre el periódico) debe estar salvaguardado de fobias o intereses particulares o institucionales.

No hace muchos días que referimos a un alto directivo de los medios de comunicación la manía de algunos periódicos por entrar en campañas de todo tipo. Lo peor no es entrar –le dijimos– lo peor es perderlas. Hay especialistas en apostar siempre a los caballos perdedores. Y quien resulta dañado es el periódico (siempre el periódico).

La ciudad de Sevilla es como la información. No es patrimonio de nadie. Está ahí para quien quiera trabajar. Repetimos: en buena lid. La verdadera competencia es marcar la actualidad desde el Ayuntamiento a las cofradías, desde la Real Maestranza a los sindicatos, desde los colegios profesionales a los partidos políticos, desde los tribunales de Justicia a los clubes de fútbol. Y más hermoso es hacerlo cuando, repetimos, se trata de sectores que por tradición se consideran territorios exclusivos de tus propios competidores, colectivos en los que tienes el privilegio de narrar cómo son sus entrañas: desde la retransmisión de un comité ejecutivo de una formación política, a las votaciones para el pregonero de Semana Santa, pasando por las deudas fiscales de políticos de distinto signo.

La verdadera competencia es publicar con detalle los sucesos que otros no huelen, los tejemanejes de la mafia del taxi, los vídeos que desmontan las teorías paranoicas de la Madrugada, las restauraciones de la Catedral, las reformas en un monumento como la plaza de toros, el Palacio Arzobispal o de un edificio como el estadio del Sevilla, los ingresos de nuevos caballeros maestrantes, el informe de la juez Alaya poniendo a parir a Bolaños, el informe del inspector del SAS sobre el fraude en las clínicas dentales, la propuesta de tranvía que ha generado un debate de altura política, el nuevo mapa escolar o los nuevos criterios para gravar las herencias más modestas pese al enojo de la Junta de Andalucía. Sí, pese al enojo de esa Junta que dicen nos condiciona para hacer periodismo. La misma Junta que tuvo que dar explicaciones a toda España por el absurdo formulario de solicitud de plaza escolar donde los padres quedaban relegados a meros “guardadores” y se dividían en progenitor A y progenitor B.

La verdadera competencia es tener en cuenta que el adversario también puede hacer buen periodismo y que siempre, siempre, hay que aprender del rival y ser capaces de subirse cuanto antes al tren de los los temas que tus compañeros han puesto en marcha para tratar de capitalizarlos cuanto antes. “Hay que elogiar el mérito donde quiera que se halle”, enseñaba un histórico periodista.

Todo esto no se hace con dinero, mucho menos con despidos. Se hace con vocación, como enseñaba el inolvidable Antonio de la Torre en la redacción de Cardenal Ilundáin. En periodismo no se está por dinero ni para tratar de ser un personaje. Se está para sentir el enorme gozo de hacer un periódico cada día, ejercer el oficio más hermoso del mundo, experimentar el placer de fiscalizar al poderoso en beneficio de los débiles y, por supuesto, para no dejarse arrastrar por prejuicios o manías personales.
La verdadera competencia es lograr un rótulo de publicidad en la Plaza de Cuba, la cesión del manto camaronero de la Virgen de la Esperanza para una exposición institucional o, siendo un conjunto de cabeceras locales, tener corresponsales propios en la Guerra de los Balcanes o en un cónclave de Roma. La verdadera competencia es hacerse un hueco donde no lo había, abrir mercado donde todos tenían la toalla tirada o donde otros fracasaron en el intento. La verdadera competencia se hace pisando temas, no mordiendo cuellos. Siendo el primero en ofrecer información y análisis, fabricando un producto fresco y ágil, pegado a la realidad y exento de personalismos exagerados. La verdadera competencia se hace con equipos, no con sectas. Se hace estando en los actos sociales precisos y el tiempo necesario para cazar ese mamut de la noticia, no para promociones personales.

Compitamos siempre en los kioskos, haciendo periodismo, sin zancadillas. Con sagacidad y sin soberbia. Con anticipación y sin amenazas. Con el firme y legítimo interés de conquistar cada día mediante el trabajo y el esfuerzo los espacios que en periodismo no son el cortijo de nadie, sino del primero que los ocupa y sabe mantenerlos. Mala cosa cuando se trata de ganar en un despacho el partido que no se ha sido capaz de competir en el terreno de juego. Levanten el teléfono, trabajen, salgan a la calle, tomen el pulso, vibren con la actualidad, insistan ante las instancias oportunas, sean pesados. Aquí funciona lo de siempre por mucho que hayan evolucionado las tecnologías. No sean funcionarios de la información. No te preguntes qué puede hacer tu periódico por ti para encumbrarte, sino que puedes hacer tú por tu periódico para dar solidez a la cabecera sin la cual no seríamos nada. Y la respuesta es clara: trabajar, no figurar ni pegar dentelladas que revelan impotencia. Trabajar sin complejos. Y alzar la voz de forma excepcional para que tu silencio por educación no se interprete como debilidad o sumisión.

La información sí que es como aquello que decían del campo: patrimonio del que lo trabaja. Ahí, sólo ahí, es donde deben competir los periódicos. Por eso los hay que se hacen un hueco.

A la vieja que está en misa siempre le molesta tener que desplazarse en el banco para dejar sitio a la jovencita. Se mueve a duras penas, refunfuña y lanza una mirada con desdén a la recién llegada que, en el fondo, acusa su propia miseria: la de la elegancia perdida, la de aquella señora que no ha sabido reinterpretar con el paso de los años aquel estilo de dama que encandilaba. No supo adaptarse. No supo renovarse. Comienza la misa y no reza: refunfuña. Siempre está mirando a la de al lado, con obsesión y tirria. Amén. O punto. Que recuerda a un bar del Arenal.

El caso Cifuentes en clave sevillana: nuestros botes de crema

Carlos Navarro Antolín | 29 de abril de 2018 a las 5:00

Cristina Cifuentes anuncia su dimisión

TODO ciudadano tiene un amigo, vecino o compañero con comportamientos en ocasiones raros, marcados por la anormalidad, el histrionismo o la obsesión. A una le da por hurtar dos botes de crema en un supermercado, como a otros por birlar la lámpara de un bar, llevarse los platillos de las chocolatinas del café del Alfonso XIII, o robar los rollos de papel higiénico de la biblioteca Infanta Elena. Que estas conductas se manifiesten en responsables públicos prueba que la jura de un cargo no imprime carácter. La gente no cambia. Es conocida sobradamente la fijación de la cabra por el mismo accidente geográfico. Seamos realistas. Los cambios en los rasgos más oscuros de una personalidad suelen ser a peor. Nadie mejora por entrar en política, acaso se suaviza por ingresar en un congregación religiosa o tal vez por superar una desgracia. El desempeño de un cargo público no equivale a recibir un sacramento. Muchos enloquecen con el acceso a determinadas comodidades, tanto como con el establecimiento de relaciones sociales de un nivel muy superior al que tenían antes de entrar en la política. No pueden volverse locos con los ingresos económicos porque en muchos casos los sueldos son injustificadamente bajos. Cuando algunos entran en política comienzan las anormalidades, el error de creerse impunes y, sobre todo, la convicción de que el pasado no existe, cuando, precisamente, el pasado de un político cuenta siempre con una indudable proyección de futuro.

En Sevilla ha habido casos de conductas anormales, excéntricas, de algunos responsables públicos. Pero no había cámaras de televisión. En la era en la que todo se graba conviene tener cierta cautela porque siempre hay quien está dispuesto a liberar la hormigas blancas del pasado, que ya no están en la lista de morosos del BOP, sino en los teléfonos móviles de los adorables compañeros de partido, que son los que guardan facturas, grabaciones e imágenes. Cuando el poder entra por la puerta de muchas casas, la ética sale por la ventana. Sólo el poder cotiza más que el dinero, por eso quizás quedan profesionales dispuestos a renunciar a sus ingresos económicos por un buen puesto en la administración. No todo es el dinero, pero sí lo es todo el poder. Por eso, si es preciso, se rescatan las penosas imágenes de un hurto marcado por el azul eléctrico de la vestimenta de una dama. Y por eso hay por estos lares quienes saltan de puesto en puesto de la administración auspiciados por sus propios partidos políticos, porque son personajes que saben demasiado, guardan demasiados papeles y generan ese miedo que se envuelve hipócritamente con el celofán del respeto. Van de pájaros cuando en realidad son ratas. Aprietan con facilidad el gatillo si es necesario para el oportuno y medido ajuste de cuentas. Se aprecia en las guerras internas de los partidos, en los relevos de los gobiernos de administraciones e instituciones, en los ordenadores borrados, en los archivos menguados, en las órdenes dadas al bancario para que no sople el modus operandi de los últimos años…

Esta sociedad de la crispación es propensa al zasca hiriente, a la humillación pública, al destrozo, a dar de probar esa comida que siempre, siempre, se sirve fría. La política es un duelo de alacranes, un submundo donde no hay amistades, sino aliados transitorios, no hay concesión de responsabilidades sino colocaciones para asegurar bocas selladas, no hay actos de justicia sino bofetadas indirectas al enemigo que siempre habita dentro, no se premia el espíritu crítico sino la docilidad, la sumisión, la disponibilidad para cualquier misión urgente. Y ahí Madrid es igual que Sevilla. Unidas por el AVE tanto como por los bajos fondos.

Un dirigente cofradiero de hace ya veinte años se negó un día a ser fotografiado a la vera de las imágenes titulares de su cofradía. Quiso que se ilustrara la entrevista con imágenes tomadas en la vía pública. “Mire usted, no es probable que me ocurra por mi educación y mis valores, pero soy humano y, si se me va la cabeza y algún día bebo más de la cuenta, me da por meter la pata con una señora o quiebra mi empresa de forma escandalosa, no quiero que nadie nunca pueda perjudicar a mi hermandad poniendo la foto de mi rostro junto a la cara de la Virgen”. Un visionario se llama.

El hurto de dos botes de crema hace siete años, quién lo diría, perjudica a las siglas de un partido político. Si la Cifuentes hubiera tenido el tacto de aquel cofrade, ese sentido de la anticipación, la capacidad de frenar cierto impulso y, por supuesto, no hubiera generado tantos enemigos, su destino sería hoy otro. Pero tal vez entonces no estaríamos hablando de política, sino de un mundo donde primaría el mérito y , por supuesto, se exigiría una especial ejemplaridad a los cargos, pero siempre sin perder la compasión que merece toda persona en momentos de humana debilidad. Claro está que los alacranes no son humanos.

En el caso de Sevilla no es que sea una ciudad más compasiva que Madrid, pero sabe mirar perfectamente tras el visillo y comentar cuanto ve a quien aguarda en el interior de la estancia. No nos sorprendemos, incluso digerimos, que hace años hubiera concejales pasados de tinto removiendo las estancias de su grupo político tras una sobremesa muy cargada, ni censuramos que un vicepresidente como Guerra juegue equívocamente con insinuaciones sobre falsas intimidades ajenas en un discurso de campaña en el atril de un prestigioso foro. Hemos presenciado cómo ha pasado por señorito quien no lo es por una foto en el betunero del Palace, un ataque de guante blanco perfectamente diseñado para denigrar a un potente rival. O hemos dejado caer reyes magos días antes de la cabalgata por asuntos del pasado delicados, personales y más que archivados, que trascendieron al estilo de lo ocurrido esta semana en Madrid. Y hay muchos más casos de ajustes de cuentas o de anormalidades que no se dicen, sólo se comentan. Aquí somos más finos, por ahora. Vemos, comentamos y dejamos el visillo echado.

Las lecciones del profesor Pérez

Carlos Navarro Antolín | 27 de julio de 2011 a las 14:03

Decían los periodistas capitalinos que asistir a una rueda de prensa del ex vicepresidente Solbes era como estar en la Universidad y recibir la lección magistral de un viejo catedrático. Al político barbudo (que por serlo nunca hubiera recibido un beso de Soledad Becerril) sólo le faltaba en ocasiones el puntero para ir señalando las gráficas de la economía. Te enterabas o no, según los días, pero aquello sonaba bien. Lo de ir a las ruedas de prensa es un ejercicio de rejuvenecimiento, una suerte de túnel del tiempo en el que por minutos crees estar de nuevo en las aulas que perdimos. Y eso puede ser agradable. O no, que diría Rajoy. Porque en la política y en la Universidad el pelaje es más variado que un encierro de Prieto de la Cal. Anda que no.

Lo de Curro Pérez, portavoz del gobierno de los 20 concejales de Zoido, es la mar de entretenido. Se sienta uno allí y no se le va el santo al cielo ni un minuto. Los ojos se le ponen al personal como los de un búho. Hay que regalarle al profesor Pérez el puntero de Solbes. Pérez le explica a usted la diferencia entre decretos, reales decretos y resoluciones en un santiamén. Se lo da mascadito y directo para que usted se vaya a casa y ya tenga tema de conversación en la comida. Y para que se beba los telediarios como el agua de Emasesa de Jesús Maza. Cuanto más sabe usted de Derecho Administrativo mejor engulle los telediarios. Está comprobado. Ni Pérez Royo, ese rector para el olvido, explica tan clarito en su libro lo que nos enseña el profesor Pérez. Con Pérez da gusto. Y qué respuestas más sesudas. Le preguntan con toda la razón del mundo por la idoneidad de haber derogado el Plan Centro después del Pleno para evitar ciertas críticas y fíjense la perla que suelta el profesor Pérez: “Las críticas las iba a haber de todas las maneras. Y las recibimos con agrado”. ¡Pista que va el artista!

Lo dicho. A comprarse todos (los periodistas los primeros) el Curso Aceleradísimo de Derecho Administrativo. Del profesor Pérez, por supuesto. Nuestro Solbes local. El manual de Pérez Royo, no; que ese ya nos lo empapamos hace unos años.

Coda: Pérez también tiene barba, como Solbes. ¿Lo besará la ex alcaldesa?

Los malos aurigas

Carlos Navarro Antolín | 26 de noviembre de 2010 a las 11:55

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Por mucho que un político sonría y se esfuerce en parecer un rey mago los 365 días del año, su propósito de resultar simpaticón y buena gente caerá en saco roto si su equipo se empeña en echar abajo la fachada y dejar ver el interior. ¡Horror! Ahí el político derrapa, se le ven las tripas (las auténticas) y aparece desnudo. “Eres quien eres no sólo por cómo eres, sino por quien eliges como compañeros de viaje. Ellos dicen de tí como si tú fueras el que hablaras”. El peor escenario (ese término que le gusta tanto al politiquerío militante) es el de dejarse acompañar por asesores sectarios, que rozan el talibanismo, que provocan que al jefe le lluevan las críticas por discursos mal escritos, que dividen entre buenos y malos, que toman nota de las obras y dichos de los periodistas como de una nueva brigada político-social con despacho, moqueta y sueldo público, que no dedican las mañanas a trabajar por la ciudad sino a cotillear como sacristanes malos o cofrades con las tardes libres. El político debería fichar buenos aurigas, aquellos hombres que le decían al oído al emperador o al general victorioso las verdades del barquero mientras la masa enardecida los encumbraba en su entrada triunfal en Roma: “Recuerda que eres mortal”. El vencedor llevaba como bastón de mando el cetro de marfil coronado por el águila (¿Sería hoy el No8Do?) y en la otra una rama de laurel o de palmera sobre la cual el auriga, no pocas veces un esclavo, sostenía la corona de oro del más elevado de los dioses. Alguno de los asesores del gobierno local que aún vivaquean por el edificio noble de la Plaza Nueva han sido malos aurigas, muy malos, y se han comportado como verdaderos esclavos, pero de sus limitaciones. Más le valdría al gobernante haber ido solo en la cuadriga en muchas ocasiones. En vez de trabajar por la ciudad, determinados juntaletras consumen las horas opositando a maleteros del nuevo líder, traicionando a quien los puso en la silla y preparando el máster del culebreo para el mandato 2011-2015. Tiempo hay por delante para seguir comentando la nefasta gestión de algunos de estos sectarios a sueldo.

Ruedas peligrosas

Carlos Navarro Antolín | 8 de noviembre de 2010 a las 19:00

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Las ruedas de prensa son cada vez más largas y tediosas. En la Facultad de Periodismo enseñaban que la duración idónea son diez minutos. Más tiempo supone jugar en el área chica de los bostezos con alto riesgo de penati. Los políticos no aplican la suprema regla del más es menos. Se abonan al bla, bla, bla. Y en el Ayuntamiento no anida actualmente precisamente el mejor espíritu del parlamentarismo español. Castelar se ha quedado en la esquina con la Plaza de Molviedro. Lo de menos es que el político trate de darte el titular. El tiempo de las sugerencias y la sutileza ha muerto. Del fast food a los titulares ya congelados, entregados en mano y que necesitan sólo dos minutos de cocción. Pero lo peor, lo más triste y verdaderamente humillante, es que una rueda de prensa sea convocada por un dirigente político para arremeter machaconamente contra un medio de comunicación y su representante en la sala. Ocurrió el otro día en el edificio del antiguo Laredo (lo de ahora ni es Laredo ni ná) con la comparecencia de urgencia del portavoz de IU, Antonio Rodrigo Torrijos, un político que nos merece todo el respeto y que resulta verdaderamente cordial en el terreno corto. Ese día se disculpó por la foto de la mariscada y acto seguido se hartó de repartir mandobles una y otra vez contra un profesional de la información y su empresa. Dedicó el ochenta por ciento de su intervención a ese objetivo. Eso es sencillamente inadmisible, además de poco inteligente. La inercia es peligrosa: ruedas largas, tediosas y con los cuchillos afilados. ¡Y eso que el socialista Manuel del Valle demandaba en una entrevista el perfil humano que hace tiempo perdió una política cada vez más crispada y previsible! Y aún quedan siete meses para las elecciones.