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La mirada del otro

Carlos Navarro Antolín | 24 de septiembre de 2017 a las 5:00

caja negra 24

SE miraron frente a frente las dos Sevillas en la Plaza del Salvador, como se miraron dos caballos en la Feria de Sevilla, mire usted qué maravilla. Uno sintió la mirada del otro. ¿Quién era el otro? La misma pregunta se hicieron los sevillanos en aquella exposición que puso cara a cara a los dos giraldillos en el otoño de 1998: el original y la copia, el verdadero y el falso, el antiguo y el moderno. Se miraron esta semana Montañés y Muñoz. Las dos emes (sin hotel) de la Sevilla de dos polos. Muñoz y Montañés. Juan y Antonio. Antonio y Juan. El maestro del barroco y el Varoufakis hispalense. El hombre que esculpió a Dios (ay, Fernando Carrasco) y el que inventó lo del hábitat urbano para la nomenclatura de un cargo que toda la vida de Dios se llamó Urbanismo. Las dos Sevillas en el andamio. Sevilla a vista de Montañés en la plaza con veladores, bebedores de cerveza en vertical, palomas y otros pájaros. Este Muñoz, Atila de los veladores que por donde pasa no crece la hierba de la cochambre de mesas y sillas, se ha puesto a limpiar monumentos en la ciudad donde sobran las estatuas, las placas y los soldaditos de plomo, donde quieren ponerle ahora otro monumento a la duquesa de Alba. La mirada del otro es la imagen perfecta que prueba que ambas ciudades se necesitan como agujas de reloj, como el alpiste al canario, como el pico gordo a la ensaladilla, como el incienso al carbón, como la nata al palo, como la avalancha a la Madrugada, como el albero a la Alameda, como la melva a Zoido, como las mangas largas a Espadas, como las aspirinas a los Plenos municipales. Ningún alcalde puede tener un modelo único de ciudad, claro que no. En Sevilla coexisten varios modelos, conviven, se cortejan tanto como se repudian, una vida cotidiana marcada por los roces y las filias, donde nunca se sabe quién es el otro, pero donde siempre ambos se están mirando entre guiños de afecto y acusaciones de asfixia, colapso y hartazgo.

Se miraron esta semana dos visiones de la ciudad que se atraen como polos de un imán (sin mezquita): el bronce de Montañés, Inmaculada Concepción en su regazo, y las chaquetas entalladas de Muñoz, con forro interior y botonadura de diferentes colores.
Torrijos restauró el monumento a la Purísima cuando era delegado de aquella cosa bautizada como Infraestructuras para la Sostenibilidad. Muñoz nos va a dejar a Montañés de dulce. La izquierda desprecia el precioso mobiliario del Salón Colón, pero cuida los iconos de la Sevilla más tradicional. Esta progresía se pirra por la Sevilla de postal, las torrijas y las tortas de aceite. Y la derecha se harta después de invitar al rojerío a llevar cristos y vírgenes sobre sus hombros. Las dos Sevillas se necesitan. Sin ti no soy nada, parecen decirse mutuamente a lo Amaral mientras el alcalde, otra vez, se pone celosillo porque Muñoz sale de nuevo bien parado ante las cámaras.

Dicen las malas lenguas –que en Sevilla copan el padrón– que Muñoz en realidad quería quitarle la jamuga a Montañés en aplicación de la ordenanza de veladores. El hombre que esculpió a Dios, el hombre que dejó la Campana como la dehesa de Tablada. La eternidad de Montañés frente a la política efímera. El barroco frente al minimalismo. La Plaza del Salvador frente a la Alameda. Se miraron frente a frente, como se miran cada día, como dos ciclistas se vigilan en el mismo pelotón, como dos modelos reales de la misma ciudad, como dos caras de la moneda del mismo mercado. Como dos giraldillos de una sola Catedral.

Oropesa, el retrete de la Plaza del Salvador

Carlos Navarro Antolín | 19 de octubre de 2012 a las 5:00


Hay calles de la ciudad tan vivas a las que sólo falta respirar, calles que hablan, que encierran un significado, toda una semiótica, que despiertan instintos, sensaciones, recuerdos, emociones. Hay calles que vibran, por donde no pasa el tiempo o donde cierto tiempo se quedó estancando.
Don Remondo es la calle donde siempre es enero, donde el frío tiene su capilla de adoración perpetua. Sólo le falta un cartelito como en una antigua iglesia: Silencio, aquí se reserva todo el frío de la ciudad desde enero de 1998. Don Remondo es una foto de enero de picos gastados pegada en el álbum de hitos de la ciudad con tapas de terciopelo rojo sangre.
José de Velilla es la calle que despierta el hambre de adobo. Viene usted por Tetuán y Velázquez a mediodía y le llega una corriente de olor a boquerones del Blanco Cerrillo que levanta el gato interior que todo sevillano lleva dentro. Miau. Que alguno hay que tiene que pedirlo por raciones de la cantidad de felinos que tiene empadronados en el vientre.
Castelar pide una cofradía de negro bien estirada con amaneceres rotos, la Alfalfa una bulla cotidiana de barrio en pleno centro, Feria el caos del mercadillo que provoca división de opiniones y la Plaza de Doña Elvira pide el rodaje de la escena bíblica, expulsando los veladores y a sus mercaderes.
Las calles viven. Y las calles hablan. Sevilla por tener tiene hasta una calle con propiedades diuréticas. Pasa usted por la calle Cuna y en cuantito otea las escalinatas de Salvador le entran unas ganas terribles de orinar. Vamos, ni que hubiera ingerido 20 miligramos de Seguril como 20 concejales tiene cierto gobierno.
El orín es un río que no muere en la mar, sino que baja por la mismísima calle Cuna buscando la alcantarilla. El callejón de Oropesa es un meadero nocturno y diurno, de 24 horas como un cajero automático. Lo que se bebe en el Salvador se mea en Oropesa. Oropesa no es una inmobiliaria quebrada, ni un Parador en crisis, sino el retrete de la Sevilla del centro. El Salvador y Oropesa, hermanamiento posible en Sevilla gracias al pipí. En Oropesa se mea en soledad o en comandita, en la puerta del taller de joyería, en el escaparate de los trajes de novia o en la verja inútil que ha colocado el vecindario que soporta las noches de pipí y las mañanitas de zotal. En San Vicente se almuerza y se cena, en Oropesa simplemente se mea. Oropesa es el gran meadero de Sevilla, callejón sin salida donde sólo se escapa el orín. Han tenido que ponerle pañales a los caballos, pero a ciertos jacos de dos patas no hay quien se los coloque. Hasta que el pueblo las canta, las coplas, coplas no son. Y hasta que el pueblo no mea, los callejones, callejones no son. Ponga otra de boquerones en adobo.