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Obituarios del pelotazo

Carlos Navarro Antolín | 19 de septiembre de 2012 a las 5:00


Aquellos años de borrachera económica han dado paso a una resaca de almax, paracetamol y café. Se embriagaron en la primera taberna. Hoy son ruinas sin Rodrigo Caro que les cante. Uno de aquellos empresarios se hartó de repartir champán francés y fresas con nata en la caseta de la Feria y en las peregrinaciones al Rocío, a la que fletaba autobuses para sus ilustres invitados con salida al alba desde la Plaza Nueva y regreso por la noche. Que nadie dejara de darle al Möet Chandon por tener que conducir. Enterraron la manzanilla, demasiado vulgar, y se volvieron locos por el selecto carbónico. El poder siempre apuesta por el impacto fácil y burdo. La ostentación es hija del cateteo. Este pobre hombre llegó hasta a hermano mayor de una santa cofradía, de cuya etapa se recuerda que puso camareras con cofia en las fiestas de guardar. Los aguilillas que se hartaban de canapés a su costa esconden hoy las fotos que se hicieron con la mano sobre su hombro, sublime señal del compadreo sevillano de corta memoria. Mucho cofraderío ramplón disparó con su pólvora y cogió las gambas a manojos. Pero desde que este risueño soltador se hundió en el fango de los pleitos ha habido quienes no han vuelto a saber ni lo que es un camarón. Tan sólo un par de amigos fueron a verle en los duros días del Hotel Don Reja. De su empresa quedan las huellas del rótulo en la calle Javier Lasso de la Vega. La lista de estafados es tan larga como la de afectados por una subida de ácido úrico a base de yantar en sus festolines. Y los archivos están cargados ahora de sus fotos entrando en los juzgados, la única carrera oficial que ya le queda por cumplir.
Otro de aquellos empresarios, enjuto y de sienes plateadas, también se hizo con la inevitable sede en el centro, porque el promotor sin sede noble en el centro ni era promotor ni ná. Estos prohombres tenían su particular cetro y su brillante corona en forma de carruaje y abono de los toros. Tener una casa en el casco histórico de dos plantas y ático retranqueado para la obra social (risas en off) del conglomerado de empresas era lo más in, mucho más que enganchar en la Feria. Tuvo hasta jefa de prensa. Pagó el rico bordado de un manto de una seria cofradía, lo que le reportó fotos y titulares. El trueno se vistió de nazareno. Encargó campañas enteras de publicidad de estudiado diseño, colores fríos y elegancia, mucha elegancia elaborada en la cocina del marketing en la creencia de que todo lo que no se tiene se puede comprar. Un día desapareció dejando un tramo de acreedores, alguno de ellos verdaderos amigos suyos. Se fue. Hace poco se le ha vuelto a ver entrando en la misma casa, de maderas desgastadas porque ya no reciben el barniz que antaño las ennoblecían cada temporada. La fachada ya no luce la publicidad de aquella firma cargada de bilabiales que recordaba a un delantero centro danés.
Y el martes, a la atardecida, el teletipo escupió la ruina de quien fue el mayor exponente de todos esos empresarios elevados a la cumbre por los años de vino y rosas. Aquel hombre inaccesible que hasta salía reiteradamente en las quinielas para hacerse con el Betis se ha venido definitivamente abajo. Luis Portillo ha presentado la solicitud de concurso de acreedores para trece de sus empresas. Debe más de 545 millones de euros. El entonces presidente de las inmobiliarias Colonial e Inmocaral presentó a Monteseirín en el club Antares en 2007 como rampa de lanzamiento del candidato socialista en la campaña electoral de las municipales. Aquella noche se preparó con gran expectación. Portillo, del que casi no conocíamos la voz, se presentó en sociedad con un discurso leído en el que reivindicaba una ciudad sin atascos y capaz de captar fondos privados. Es cierto que de él jamás trascendieron saraos ni derroches, lo que contribuyó a forjar una imagen sin frivolidad y hasta mitificada por algunos. Lo mejor de aquella noche fue cuando Monteseirín explicó al abarrotado auditorio la razón por la que apostó por el empresario de Dos Hermanas como su abanderado: “Invité a Portillo por pura intuición. No lo conocía antes. La intuición siempre me pilla trabajando, como a los poetas escribiendo. Gracias, Luis, por haber demostrado tu independencia”. La intuición le jugó a Monteseirín una mala pasada. O sus musas estarían de asuntos propios. El caso es que Antares también está hoy en concurso de acreedores. Todo se ha derrumbado, sobre todo los valores. Al menos queda el manto bordado. Y el recuerdo de las fresas bañadas en champán y nata en los días de arenas y cante. Nos dijeron que eran hombres hechos a sí mismos, generadores de riqueza que han resultado con pies de barro. Del sueño americano al sueño nazareno. Los símbolos de pelotazo van cayendo como fichas de dominó. Se nos acabó el Möet de tanto descorcharlo.