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Sevillanos con Feijoó

Carlos Navarro Antolín | 10 de junio de 2018 a las 5:00

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LA noche del 7 de abril, sábado de convención del PPnacional en Sevilla, los telediarios se habían centrado en el morbo de la presencia de Cristina Cifuentes en la primera fila del salón del hotel Renacimiento de la Isla de la Cartuja. Nadie presagiaba que la madrileña tenía los días contados. Ella… y Rajoy. El presidente decidió cenar aquel día arropado por las principales figuras. Lógico. Se convocó a un selecto grupo en la primera planta del restaurante Robles, el de toda la vida de Placentines. Se habilitó el reservado Carmen, ubicado al fondo del salón principal, a la izquierda según se sale de la escalera. La verdad es que eran demasiados los citados para el espacio elegido, pero no se supo el número exacto de comensales hasta el último minuto. Alguien iba ampliando la lista a cada momento. Arenas siempre cuida a los suyos, máxime en momentos delicados, y los hace partícipes de las glorias si está en su mano poder hacerlo. La cifra fue paulatinamente subiendo a lo largo de la tarde. La alineación final fue Rajoy, Cospedal, Zoido, el propio Arenas, Moreno Bonilla, Virginia Pérez, Beltrán Pérez… Casi todos con sus respectivos acompañantes. Arenas colocó en la cena a sus dos protegidos en Sevilla: Beltrán y Virginia. Ocurrió que los chicos de Sevilla habían organizado una cuchipanda en el Arenal a la que se había invitado reiteradamente al presidente Alberto Núñez Feijoó, ya considerado el delfín oficial en el tardo-rajoismo. Pero también sucedió que los Pérez no supieron hasta última hora que estaban convocados a la cena con el presidente. Conclusión: o dejaban plantado al presidente del Gobierno, o dejaban plantado a Feijoó después de lo que le habían insistido para que honrara la velada hispalense. Cuando los camareros de Robles retiraron el plato principal (¡Qué amable siempre el de la Sierra Norte!), la presidenta Virginia Pérez hizo lo que casi nadie se hubiera atrevido a hacer en España: anunciarle al que era el presidente del Ejecutivo y del partido que, sintiéndolo mucho, debía levantarse de la mesa y abandonar tan agradable y privilegiado encuentro. “Presidente, yo voy a ser políticamente incorrecta porque estoy sufriendo mucho”. Y Rajoy –largo como el C-2 los días de Feria– le aplaudió el mero anuncio de la incorrección política, así como lamentó que estuviera padeciendo una suerte de Stabat Mater dolorosa… La presidenta provincial le explicó que tenía a Feijoó con cincuenta militantes de Sevilla esperándola en un restaurante . Esa base social –que dirían algunos– es la que llevó a Pérez a la presidencia del partido en el congreso en que se enfrentó a las fuerzas oficialistas apoyadas por el ministro Zoido. Aquel momento tuvo que ser parecido a lo del canónigo que le cantaba al prelado las verdades del barquero. Un día se le acercó el sacristán con ganas de agradar: “Don José, es usted el único que le dice la verdad al obispo”. Y el cura zanjó la conversación para frenar de cuajo el peloteo: “No, lo que soy es el único canónigo que queda por oposición. Todos son digitales. Digitales viene de dedo, y el dedo es el del obispo, ¿me ha entendido?”.

Se fueron los Pérez sin elegir postre. Se marcharon con el otro gallego. Se perdieron las copas de balón. DonMariano pidió un poquito de Cardhu “con un trozo de hielo”. Javié, el mismo destilado escocés, pero sin hielo. Todos pudieron sentarse con más holgura al quedar cuatro plazas libres. Acabada la cena, el presidente del Gobierno acudió a despedirse de la familia Robles para agradecer las atenciones. Les pidió que no le trataran de don ante numerosos testigos expectantes por la presencia de escoltas y toda esa farfolla que acompaña al poder. A Rajoy le dieron ánimos para su tarea. ¡Menudo presagio! Y él respondió: “¡Estamos luchando contra los malos! Chichichí. ¡Muchas gracias por todo!”.

A esa hora, el aparato provincial del PP de Sevilla alzaba una copa de tinto en honor del delfín Feijoó, una cita donde la mayoría de los presentes eran y son destacados arenistas que exhibieron innumerables fotos con el líder gallego. Ya se sabe que cuando dos o más del PP de Sevilla se reúnen, Arenas siempre está presente por medio de alguno de sus vicarios. O vicarias. Nada de lo que allí ocurría era ajeno para Javié, que se había quedado con Rajoy hasta el final.

La noche del 7 de abril quedó claro que el aparato provincial no está con Cospedal como futura presidenta del partido. No está con la preferida de Zoido. La mayoría de los compromisarios votarán a Feijoó si se presenta contra otro candidato. El presidente gallego, por cierto, está entusiasmado con la película del congreso provincial que enfrentó a dos candidaturas como nunca había ocurrido en la historia del partido en Sevilla.

La moción de censura ha reforzado el significado de cuanto ocurrió aquella noche: el movimiento de gallego a gallego. De Rajoy a Feijoó. Un movimiento escenificado en la mudanza de Robles a El Copo. Del reservado, donde se hizo cierto silencio al marcharse los Pérez, al salón donde se jaleaba al líder autonómico que cuenta con mayoría absoluta en su tierra y que tiene a raya a Ciudadanos. ¿Quién puede presumir hoy de estas dos vitolas en el PP?

La única incógnita por despejar es la situación particular de Arenas en el nuevo orden que resulte del congreso nacional. Cómo quedará el eterno embajador del PP andaluz y sevillano en Madrid. Algunos en la sede regional pretenden privarle de esa condición, hartos de su sombra alargada, de su capacidad para el regate, de su habilidad para poner el intermitente a la izquierda y girar a la derecha. Arenas, en realidad, puede apoyar a cualquier sucesor de Mariano Rajoy –se lleva bien con la inmensa mayoría– siempre que vea asegurada su continuidad y, por supuesto, siempre que no sea Cospedal. Su preferencia es Feijoó, pero podría entenderse, por ejemplo, con Soraya Sáenz de Santamaría, aunque ya se sabe que la ex vicepresidenta carece de peso orgánico. Aunque haya aprobado una oposición. Como el canónigo.

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La guerra de Cuba

Carlos Navarro Antolín | 12 de noviembre de 2017 a las 5:00

Caja Negra Puerto de Cuba

HACE mucho tiempo que Río Grande dejó de ser Río Grande y pasó a formar parte del elenco de marcas de Sevilla que viven del rastro de la fama, de las migas que sobraron del bollo orondo, del polvo caído de la estrella apagada de un establecimiento que atendió con brillantez a la emergente población de los Remedios de los años setenta en adelante. Río Grande triunfaba cuando en Sevilla funcionaban muy pocos restaurantes de verdad. El Becerra de la calle Recaredo era el preferido por la clase política municipal de los últimos años del franquismo y primeros de la democracia. La Isla del Arenal, el que servía a la clientela del Alfonso XIII. El Robles de Placentines combinaba el turismo de alta calidad con una mayoría de sevillanos del centro. La Raza era el refugio para decenas de visitantes de la Plaza de España. Yapunten si acaso una tríada más en el casco antiguo:Los Corales, El Burladero y Senra. Y se acabó.

A Río Grande acudía Doña María, la madre del Rey, tras sus visitas al templo del Salvador, de lo que daban fe unas fotografías expuestas a la entrada del restaurante. Y cuando era su hijo, don Juan Carlos, quien quería comer con vistas a la Torre del Oro, telefoneaba a su madre para que le recomendara algún plato. Río Grande fue agonizando lentamente, como casi todas las grandes marcas que han sido el estandarte hostelero de varias generaciones. En Sevilla hay cosas que se acaban poco a poco, como Río Grande, y cosas que están más que acabadas, como el economato Ecovol y su bar donde servían la tapa de salchicha roja con patatas congeladas; el cine Fantasio con los trailer iniciales de Movierecord, o el bar Asturias con el desarme y los cachopos.

No hay sentencia de muerte peor para un negocio señero que cuando alguien dice: “¿Ese sitio? Ha cambiado de dueño”. Que se lo digan a la antigua tasca del Burladero desde que la trincaron los pijas de la multinacional de turno sin pajolera idea del oficio. El cambio de dueño genera desconfianza, provoca recelos y obliga a poner en cuarentena cualquier establecimiento. Muy sevillano es eso de colocar el cordón sanitario a un bar que ha cambiado de dueño. Eso le pasó a Río Grande, que un día cambió de dueño y una legión de sevillanos dejaron de ir a almorzar a su espléndido comedor. Al perro flaco del cambio de titular se sumaron polémicas urbanísticas y hasta judiciales en las que ahora no vamos a entrar por enésima vez. Y como hecho curioso –revelador– cocurrió, mire usted, que comenzó a coger buena fama una cuidada terraza de copas, llamada Puerto de Cuba, fundada en 2005. La terraza se volvió más conocida y con muchísimo más tirón de público que el restaurante en muy poco tiempo. Yahí empezaron los problemas. A la marca herida de Río Grande le salió la incómoda marca pujante de la terraza de copas, nacida en sus mismas entrañas, en un espacio alquilado por la propiedad a un grupo de empresarios a razón de 90.000 euros anuales. Entre esos promotores figura, por cierto, Pablo Castilla, el que fue gerente de la televisión local con Monteseirín y con Zoido. Puerto de Cuba aprovechó el río como casi nadie hace en Sevilla. Tanto hablar de la calle ancha olvidada de la ciudad hasta que llegó este grupo de arriesgados, alquilaron un barco y ofrecieron pequeños cruceros entre copa y copa, e incluso copa en mano en la cubierta, a los clientes de la terraza dispuestos a pagar un plus. El personal se apuntaba en masa a lo de llegar al bar en barco y cenar luego en… Abades. He ahí otro de los problemas: los pasajeros no se quedaban en Río Grande pese a que el barco atracaba en Puerto de Cuba. La terraza iba como un tiro mientras el restaurante y su bar de tapas no lograban beneficiarse de la ingente captación de público de Puerto de Cuba.

Hace unos días que un grupo de forzudos han acabado literalmente con la terraza, han desmontado todo el mobiliario, han cambiado las cerraduras y han vigilado para que ni Castilla ni sus socios puedan acceder al lugar que han explotado desde 2005. Puerto de Cuba ha pagado religiosamente los 90.000 euros anuales a la propiedad con el viento a favor de un cambio climático que alarga los veranos y que genera que haya clientela al aire libre hasta entrado el mes de noviembre.

Puerto de Cuba ha revalorizado una finca cuya referencia era la marca agonizante de Río Grande. Y en ella ha puesto los ojos un fondo de inversión (Faetón Capital, S.L.) vinculado a un destacado empresario de la ciudad, Miguel Gallego, que lo adquiere como inversión. Según el comunicado oficial, Río Grande será cedido en alquiler a una firma de “operadores profesionales del sector”.

–Ojú. Lo de operadores suena más a quirófano que a ensaladilla bien elaborada.

Los compradores valoran internamente los activos de la sociedad en 9,6 millones de euros. La finca tiene dos zonas bien diferenciadas (el restaurante y la conocida terraza de copas) que suman 2.800 metros cuadrados. La rentabilidad del alquiler se calcula en un 6%. Con estos datos –nunca publicados– se comprenden las prisas de la parte vendedora por dejar la finca libre de inquilinos a la mayor brevedad para su entrega al fondo de inversión. Los empresarios de Puerto de Cuba han sido como la vieja indefensa que sobrevive en el bloque de pisos cuando la grúa está lista para el derribo y sólo queda ella por bajar la escalera. Se entiende que el abogado José Manuel García-Quílez, que representa a los desalojados, haya afirmado que jamás ha visto nada igual en sus veinticinco años como letrado: ni tantas prisas, ni tanta vehemencia, ni tantos forzudos con estética de los que recogen las fichas de los coches locos. Lo que está claro, mi dilecto García-Quílez, es que no volverás a ver a ningún monarca almorzando en Río Grande. Ahora resulta, además, que Río Grande no es un restaurante sino un “complejo”, según el lenguaje fatuo de los comunicados oficiales.

El desalojo de la terraza efectuado en la noche de Halloween, como quien aprovecha las luces bajas, los disfraces y la risa hierática de las calabazas, nos retrotrae a una Sevilla en blanco y negro donde todo el mundo calla, echa el visillo y cierra las ventanas, mientras se perpetran acciones de dudosa legalidad por personajes patibularios a sueldo. Por dinero danza el perro. Unos activos valorados en 9,6 millones de euros dan para muchos canes, para muchos bailes y para muchas cuadrillas de forzudos con sus correspondientes relevos. Castilla ha cometido el gran error de revalorizar una marca herida a base de trabajo y tesón. El éxito del gin tonic ha provocado la guerra de Cuba, una contienda que no ha hecho más que empezar y que se comenzará a despachar el próximo viernes en el juzgado con una pila de denuncias, actas notariales, fotografías, vídeos y todo ese rosario de pruebas de cualquier proceso complicado que se precie.

Que al sevillano no le gustan tantos cambios de dueño en tan poco tiempo es una regla que no falla, como la de parar solamente en las ventas donde hay muchos camiones aparcados. En las ventas no suele haber operadores. Acaso algún forzudo que mata la espera al son de una melodía de Camela, una de esas canciones que suenan en los coches locos los domingos por la tarde.

PuertoCuba

Agitación inédita en el PP de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 5 de junio de 2016 a las 5:00

reuniones PP sevilla
LOS tres rostros tradicionales del PP sevillano (Tarno, Bueno y Sanz) se estiraron al ver la fotografía. Los tres antiguos cachorros de Arenas fruncieron el ceño. Alguien debió llamar el lunes a uno de ellos, el diputado nacional Ricardo Tarno:“Ricardo, tenemos un problema”. Virginia Pérez, la camarlenga del PP sevillano que hace las veces de secretaria general, ha pegado el segundo aldabonazo. Pérez se desmarca del pelotón y reclama un sitio preferente en la futura estructura provincial del partido. Un PP sevillano que tendrá que celebrar su congreso tras los congresos nacional y regional que serán convocados después de las elecciones generales. La camarlenga no quiere ser un florero. No acepta tutelas. Como es consciente de que le reprochan escasos resultados electorales donde se ha presentado hasta ahora, apuesta por exhibir músculo interno.

La fotografía difundida el lunes por los propios interesados –tal como hicieron en la primera puesta en escena el Miércoles de Feria– disparó las alarmas del aparato oficial. No es normal que tantos afiliados y de cierta relevancia se reúnan por segunda vez al margen del poder orgánico establecido para hacer valer sus deseos de cambio, sus ansias de renovación. Estas cosas casi nunca han ocurrido en el PP sevillano. Habría que remontarse al congreso de 2000, pero todo aquello fue muy distinto.

Al trío que hasta ahora se ha repartido los principales cargos del aparato provincial (Los citados Tarno, Sanz y Bueno) les ha salido una fuerte contestación liderada por Virginia Pérez en colaboración con el concejal Beltrán Pérez, y auspiciada por Arenas, que no asistió a ninguno de los dos encuentros celebrados hasta ahora, pero envió su bendición al pedir a sus incondicionales que estuvieran presentes. Hay que dejar constancia de que en la reunión del lunes estaban la subdelegada del Gobierno, cinco de los doce concejales de la capital, cuatro diputados provinciales (entre ellos, la secretaria general del partido), dos diputados autonómicos, la secretaria del Grupo Popular en el Parlamento, los alcaldes de Carmona, Palomares, Villanueva del Ariscal y Lora del Río, los presidentes del PP de Gelves, Morón y Coria del Río, la ex concejal de Presidencia de Mairena del Aljarafe (en la etapa de Tarno como alcalde) y el núcleo duro de Nuevas Generaciones de Sevilla con su presidente regional al frente, entre muchos asesores del gobierno de Zoido y conocidos militantes.

El encuentro de este sector crítico se celebró en el Círculo Arte Vivo. Esa misma noche, el aparato oficial se reunió de urgencia en un restaurante del Aljarafe. Allí acudieron el presidente provincial, Juan Bueno; el alcalde de Tomares, José Luis Sanz, el diputado nacional Ricardo Tarno; el ex alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido con su jefe de gabinete José Miguel Luque; y Eloy Carmona, edil de Tomares. Como se aprecia en la fotografía, los rostros eran más propios de la salida de la Mortaja que de la noche del alumbrao.

Tarno, Bueno, Sanz y Zoido saben que detrás de los críticos está Arenas, que no les perdona haber puesto el PP de Sevilla, su PP de Sevilla, al servicio de su enemiga Cospedal, la secretaria general en Génova que, como mínimo, está dispuesta a jugar sus cartas en el nuevo partido que se configure en los congresos posteriores al 26-J. El trío sevillano también sabe que las maniobras de Arenas para controlar Sevilla le vienen muy bien al líder regional, Moreno Bonilla, el invasor malagueño que ve como crecen sus adeptos (los conocidos como afrancesados) en la plaza sevillana donde ha sido tratado con frialdad desde el principio, excepto por la propia Virginia Pérez y un ramillete escaso de militantes sevillanos, caso de Toni Martín, miembro de su ejecutiva. El ramillete de partidarios sevillanos de Moreno Bonilla se convierte poco a poco en un ramo frondoso, pese a que el malagueño no está en un momento boyante, sino más bien al contrario, pues se especula con su retorno a Madrid si el PP retiene la Moncloa.

El PP regional hace un seguimiento al detalle de la agitación interna que vive el partido. Por el momento, fuentes internas tienen una súplica muy clara: “Estas tres semanas tenemos que remar todos en la misma dirección, después ya vendrán los procesos inevitables”.

El todavía aparato provincial tratará de dar un vuelco a la situación. Uno de los objetivos del trío tradicional será el de romper la alianza entre Virginia Pérez, que quiere ser la futura presidenta provincial, y el edil Beltrán Pérez, que aspira a la portavocía municipal. Ambos son claves en el reclutamiento de adeptos a la causa crítica. Pero a nadie escapa que la ruptura también podría producirse en el propio trío, pues Sanz tiene poder territorial y un acta de senador. Vuela sólo. Yaspira a volar más alto.

Restaurantes libres de pelambreras

Carlos Navarro Antolín | 14 de julio de 2014 a las 17:55

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Han tenido que pasar veintidós años para que Renfe se decida a habilitar vagones donde pueda viajar esa minoría selecta y pisoteada que sabe hablar en voz baja con el acompañante y que responde al teléfono sin elevar el tono como si estuviera explicándole a un turista en la calle Adriano el camino más corto hasta la Catedral. Renfe prohíbe en positivo, que es políticamente mucho más correcto que prohibir en negativo. No es lo mismo inaugurar el vagón silencioso del AVE que el vagón donde se prohíbe hacer el ganso. Renfe apuesta por esa sutileza transversal que todo lo embadurna hoy con tal de no molestar a esa gran mayoría desahogada. Como el AVE es casi siempre un modelo de buen funcionamiento y encima es junto al fútbol el otro gran elemento vertebrador de España, bien harían otras empresas en tomar nota de su gestión. Si existe un vagón de AVE exento de carracas, la hostelería española, sobre todo la de la costa, podría implantar comederos libres de pelambreras. Si los charlatanes del AVE son verdaderas vuvuzelas para los sufridos acompañantes, piensen qué es un tío sin camiseta en un restaurante de playa, de piscina o de los lagos de las serranías. Un verdadero asco. Seguro que alguna vez le ha pasado. Pide una paella mirando al mar cuando de pronto se sienta en la mesa de al lado un individuo sin camiseta que le planta su oronda y desnuda espalda en su ángulo de visión.

¿Para cuándo un cartelito de advertencia a la entrada de los mil y un comederos en los que nada más abrir la puerta está el tío con el pecho al aire provocando un verdadero episodio de eso que hoy se llama contaminación paisajística? Habría que facilitar camisetas en préstamo a la entrada de ciertos negocios hosteleros para los velludos comensales, al igual que en los años ochenta había un tío que prestaba pantalones para que ningún veraneante de Matalascañas se quedara sin visitar a la Virgen del Rocío por ir en pantalón corto.

Tal vez la mente preclara que quería suprimir los chiringuitos de las costas españolas buscaba acabar con el martirio de comer junto a pobladas pelambreras, abundantes verrugas y otras excrecencias cutáneas. Hasta en restaurantes de cierto nivel con vistas al mar y cubertería de la que no se dobla se pueden ver tipos que se sientan a mesa y mantel con las cadenas de oro asomando entre los pelos, incluida una exhibición de axilas cada vez que abordan la fuente de gambas. Está por estudiar el misterioso origen del placer de comer semidesnudo, seguro que algún antropólogo de guardia puede encontrar antecedentes en alguna primitiva tribu. Tal vez hay que llegar a la conclusión de que el mórbido despechugado consumidor de paella es una especie a proteger en los catálogos de la Junta de Andalucía por ser la reminiscencia de un modelo de vida casi extinguido.

Si quitarse la camiseta es tarjeta amarilla en el fútbol, sentarse a comer sin ella debe ser motivo de roja directa por una mera cuestión de consideración al prójimo, ese gran olvidado que sufre los horrores visuales y los olores terrenales. Salgan a contar pelambreras en los bares de la capital y de las playas, verán que no hay exageración alguna, como se pueden contar y no parar el número de tíos que utilizan las sillas de los veladores para descansar los pinreles. Echan los pies por alto como el toro manso echa las manos, sin reparar en que luego alguien tendrá que tomar ese mismo asiento donde han estado reposando los sudorosos pies. Mucho aspersor para quitarle la sensación de salmonetes fritos a los guiris, pero ningún comedor advierte junto a la lista de los precios de que se trata de un local libre de pelambreras. Lo que sí prohíben es la entrada de perros, cuando hay canes más considerados a la hora de comer y de beber que muchos individuos de dos patas. Y otro ejemplo. ¿Imaginan una Catedral libre de pantalones piratas? Qué sólito se iba a quedar el Lagarto. Y que vacía la caja.

El consejero y el Muguita

Carlos Navarro Antolín | 13 de febrero de 2013 a las 20:52

Miércoles de Ceniza, tiempo apropiado para el ayuno y la asbtinencia. El comedor con vistas al centro comercial y con perspectiva a la Giralda está vacío. O casi vacío. Sólo hay un comensal, encorbatado y con mangas de camisa. La chaqueta está colocada en la silla de al lado, como en los salones de celebraciones de las bodas. Se trata de un consejero de la Junta, llanero solitario de la hostelería de febrero. Un consejero modelo chaqueta voladora, como en las comidas de las hermandades de barrio. No para de usar el móvil. La batería se le agota, entrega el terminal y el cargador a la camarera para que lo enchufe donde pueda. La camarera se lleva el teléfono. Sobre la mesa hay un aperitivo de la casa de paté de perdiz y una botella de Muga de 50 centilitros. El consejero está solo, liba el caldo y mira al cielo limpio de cuaresma por el ventanal, convertido en un ascua de luz que anticipa primaveras. Tal vez canturrea aquello de adónde estaré Dios mío la próxima primavera, con perdón por la alusión celestial, que estamos en la Andalucía laica donde los mismos socialistas que se fotografian a los pies de cristos restaurados con fondos públicos, pegan la espantá como el demonio al ver el hisopo y el agua bendita en la nueva sala para atender a los niños enfermos de Andex. Imparables… en la empanada mental.

Llega otro camarero, saluda al consejero con el don y el usted por delante, tratamientos que no son apeados. El cliente es el cliente, como Dios y el Estado Laico mandan. El consejero solitario reclama una ración pendiente de jamón. “Ya se lo están cortando, don…” Pasa el tiempo. Qué sola la soledad del consejero… Continúa el teléfono cargándose. El consejero se levanta, acude hasta el enchufe donde está el teléfono, comprueba que no hay llamadas y retorna a su mesa. “Me trae otra de Muguita y una caña”. Que no nos falte de ná. Y en un plisplás es servida otra botella del excelso caldo de Rioja, tamaño nuevamente de 50 centilitros, y la cerveza solicitada para una compañía que no termina de entrar por la puerta. Llega el jamón en un plato del diámetro del sombrero de un picador. Y llega, por fin, la compañía esperada. El consejero ya no está sólo en el restaurante despoblado. Hay jamón, hay cerveza, hay Muguita recién descorchado, hay compañía, el teléfono está cargado y el maitre ya toma nota de las viandas. Comen fugazmente. Veinte minutos. Se van. ¿Alguien pidió la cuenta? Tal vez la luz cegadora de esta primavera nubló la escena. Es muy posible. Cuaresma, tiempo de ayuno y abstinencia. Pero del vino no dijo nada la Madre Iglesia. Ponga otra de Muguita. Muguita a Muguita… Imparables. Usted sí que sabe, don…

Conjunción planetaria: el Ateneo, el Consejo… y Javier Arenas

Carlos Navarro Antolín | 5 de diciembre de 2012 a las 18:16

Hay armas que las carga el cojuelo y coincidencias que la socorrida ironía del destino no es capaz de mejorar. Anoche se celebró la proclamación de los reyes magos, aquellos que fueron nombrados al fresquito de los aires acondicionados del verano. Ya se sabe que en esta ciudad los Oscar de la cabalgata se reparten en julio y la portada de la Feria se elige en agosto, para que luego haya largones porque los libros de los escolares se ponen a la venta un mes antes del inicio del curso, largones con cocodrilos en los bolsillos para pagar los libros pero que se pelean en la barra de Los 100 Montaditos por convidar a los amigos bajo la mirada agresiva de la parienta que ya te enterarás cuando lleguemos a casa. Pues tras el peñazo de los discursos oficiales, los reyes se organizaron su canapé particular en distintos restaurantes de postín, que eso de jamar de Bollullos, pagándose cada uno lo suyo, está estupendamente. Como los guantes Pinos, es divino. En una de esas cuchipandas estaba Melchor trabajando el caballito de jamón cuando se sumaron a su velada el presidente del Ateneo y el presidente del Consejo de Cofradías. Dos cabalgan juntos… Lo mejor viene cuando en ese mismo restaurante se encuentra también Javier Arenas, pero en otra sala, conste en acta que después vienen los problemas. Menuda conjunción planetaria: el Consejo de Cofradías, el Ateneo y… (redoble de tambores) el incombustible y felino Arenas. Dios los cría y el caballito de jamón los junta. O los acerca, porque ya decimos que juntos no estaban exactamente. Los clientes de la barra no salían de su asombro cuando vieron salir del restaurante a Alberto Máximo Pérez Calero y a Carlos Bourrelier. Mucho menos cuando a los tres minutos abandonó casualmente el local el factótum del centro derecha andaluz: Arenas para el público de a pie, el Arenas para los antiguos del partido (exclúyase a Albendea, que es hombre refinado en el trato y no antepone artículo a nombre propio) y simplemente Javié para los allegados. Javié para arriba y Javié para abajo, que a ver cuando a Javié me lo hacen ministro y deja vivir a las criaturitas de San Fernando (la sede, no el cementerio) que este hombre no para, que es de Duracell y que cada vez que se deja retratar con Griñán, oh casualidad, sube el precio del pan en el partido. Pues quedóse el restaurante despoblado y sin el lustre de tan reales pavos cuando se oyó una de esas sentencias que merecen lápida y cortinilla descorrida:
-Compadre, el que peor futuro tiene de los tres que han salido no es precisamente Arenas… Esta vez te digo yo que no.
-Qué razón tienes. Lo de Javié tiene arreglo. Pero lo del Ateneo y el Consejo… es para decirle al dueño que cuente si le faltan cubiertos.