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Sevillanos con Feijoó

Carlos Navarro Antolín | 10 de junio de 2018 a las 5:00

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LA noche del 7 de abril, sábado de convención del PPnacional en Sevilla, los telediarios se habían centrado en el morbo de la presencia de Cristina Cifuentes en la primera fila del salón del hotel Renacimiento de la Isla de la Cartuja. Nadie presagiaba que la madrileña tenía los días contados. Ella… y Rajoy. El presidente decidió cenar aquel día arropado por las principales figuras. Lógico. Se convocó a un selecto grupo en la primera planta del restaurante Robles, el de toda la vida de Placentines. Se habilitó el reservado Carmen, ubicado al fondo del salón principal, a la izquierda según se sale de la escalera. La verdad es que eran demasiados los citados para el espacio elegido, pero no se supo el número exacto de comensales hasta el último minuto. Alguien iba ampliando la lista a cada momento. Arenas siempre cuida a los suyos, máxime en momentos delicados, y los hace partícipes de las glorias si está en su mano poder hacerlo. La cifra fue paulatinamente subiendo a lo largo de la tarde. La alineación final fue Rajoy, Cospedal, Zoido, el propio Arenas, Moreno Bonilla, Virginia Pérez, Beltrán Pérez… Casi todos con sus respectivos acompañantes. Arenas colocó en la cena a sus dos protegidos en Sevilla: Beltrán y Virginia. Ocurrió que los chicos de Sevilla habían organizado una cuchipanda en el Arenal a la que se había invitado reiteradamente al presidente Alberto Núñez Feijoó, ya considerado el delfín oficial en el tardo-rajoismo. Pero también sucedió que los Pérez no supieron hasta última hora que estaban convocados a la cena con el presidente. Conclusión: o dejaban plantado al presidente del Gobierno, o dejaban plantado a Feijoó después de lo que le habían insistido para que honrara la velada hispalense. Cuando los camareros de Robles retiraron el plato principal (¡Qué amable siempre el de la Sierra Norte!), la presidenta Virginia Pérez hizo lo que casi nadie se hubiera atrevido a hacer en España: anunciarle al que era el presidente del Ejecutivo y del partido que, sintiéndolo mucho, debía levantarse de la mesa y abandonar tan agradable y privilegiado encuentro. “Presidente, yo voy a ser políticamente incorrecta porque estoy sufriendo mucho”. Y Rajoy –largo como el C-2 los días de Feria– le aplaudió el mero anuncio de la incorrección política, así como lamentó que estuviera padeciendo una suerte de Stabat Mater dolorosa… La presidenta provincial le explicó que tenía a Feijoó con cincuenta militantes de Sevilla esperándola en un restaurante . Esa base social –que dirían algunos– es la que llevó a Pérez a la presidencia del partido en el congreso en que se enfrentó a las fuerzas oficialistas apoyadas por el ministro Zoido. Aquel momento tuvo que ser parecido a lo del canónigo que le cantaba al prelado las verdades del barquero. Un día se le acercó el sacristán con ganas de agradar: “Don José, es usted el único que le dice la verdad al obispo”. Y el cura zanjó la conversación para frenar de cuajo el peloteo: “No, lo que soy es el único canónigo que queda por oposición. Todos son digitales. Digitales viene de dedo, y el dedo es el del obispo, ¿me ha entendido?”.

Se fueron los Pérez sin elegir postre. Se marcharon con el otro gallego. Se perdieron las copas de balón. DonMariano pidió un poquito de Cardhu “con un trozo de hielo”. Javié, el mismo destilado escocés, pero sin hielo. Todos pudieron sentarse con más holgura al quedar cuatro plazas libres. Acabada la cena, el presidente del Gobierno acudió a despedirse de la familia Robles para agradecer las atenciones. Les pidió que no le trataran de don ante numerosos testigos expectantes por la presencia de escoltas y toda esa farfolla que acompaña al poder. A Rajoy le dieron ánimos para su tarea. ¡Menudo presagio! Y él respondió: “¡Estamos luchando contra los malos! Chichichí. ¡Muchas gracias por todo!”.

A esa hora, el aparato provincial del PP de Sevilla alzaba una copa de tinto en honor del delfín Feijoó, una cita donde la mayoría de los presentes eran y son destacados arenistas que exhibieron innumerables fotos con el líder gallego. Ya se sabe que cuando dos o más del PP de Sevilla se reúnen, Arenas siempre está presente por medio de alguno de sus vicarios. O vicarias. Nada de lo que allí ocurría era ajeno para Javié, que se había quedado con Rajoy hasta el final.

La noche del 7 de abril quedó claro que el aparato provincial no está con Cospedal como futura presidenta del partido. No está con la preferida de Zoido. La mayoría de los compromisarios votarán a Feijoó si se presenta contra otro candidato. El presidente gallego, por cierto, está entusiasmado con la película del congreso provincial que enfrentó a dos candidaturas como nunca había ocurrido en la historia del partido en Sevilla.

La moción de censura ha reforzado el significado de cuanto ocurrió aquella noche: el movimiento de gallego a gallego. De Rajoy a Feijoó. Un movimiento escenificado en la mudanza de Robles a El Copo. Del reservado, donde se hizo cierto silencio al marcharse los Pérez, al salón donde se jaleaba al líder autonómico que cuenta con mayoría absoluta en su tierra y que tiene a raya a Ciudadanos. ¿Quién puede presumir hoy de estas dos vitolas en el PP?

La única incógnita por despejar es la situación particular de Arenas en el nuevo orden que resulte del congreso nacional. Cómo quedará el eterno embajador del PP andaluz y sevillano en Madrid. Algunos en la sede regional pretenden privarle de esa condición, hartos de su sombra alargada, de su capacidad para el regate, de su habilidad para poner el intermitente a la izquierda y girar a la derecha. Arenas, en realidad, puede apoyar a cualquier sucesor de Mariano Rajoy –se lleva bien con la inmensa mayoría– siempre que vea asegurada su continuidad y, por supuesto, siempre que no sea Cospedal. Su preferencia es Feijoó, pero podría entenderse, por ejemplo, con Soraya Sáenz de Santamaría, aunque ya se sabe que la ex vicepresidenta carece de peso orgánico. Aunque haya aprobado una oposición. Como el canónigo.

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Sevilla no deja solo a Feijóo

Carlos Navarro Antolín | 9 de abril de 2018 a las 5:00

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Robles

DICEN que la gente que acude a los actos sin acompañante es mucho más de fiar que quienes siempre necesitan del calor almibarado de un séquito o saber de antemano con quién serán sentados a la mesa. La tarde del sábado terminaban las sesiones de la convención nacional del PP –en ese hotel de la Cartuja al que te lleva un taxi y te cuesta un ojo de la cara– cuando las distintas delegaciones organizaban sus cenas. Una vez que Cifuentes se cargó la convención y procuró que la delegación madrileña hiciera todo el ruido posible para parecer que el plenario cerraba filas en torno a su figura, el morbo estaba en conocer las afinidades de mesa y mantel: el quién con quién y dónde. Esa noche estaba convocada la cena de la delegación de Sevilla en el Asador Salas, el sitio favorito de socialistas como Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, hoy en la ejecutiva federal del guapo Sánchez.

El presidente gallego Alberto Núñez Feijóo estaba aparentemente sin compañía para esa noche cuando recibió numerosas ofertas de la militancia acreditada de Sevilla. Los Zidane (Arenas) y Pavones (Beltranes) del PP sevillano lo invitaron a su cena. En Sevilla encanta eso de agasajar al de fuera si se le ve despistado (casi tanto como se disfruta dándole la espalda al que se quiere colar). Sevilla, habitualmente cruel, no dejó sólo a Feijóo, como no dejó en soledad al rey sabio. Los peperos locales tejieron la madeja y se lo llevaron de parranda. Ocurrió –qué cosas– que el presidente Rajoy tampoco quería cenar solo y organizó su propia velada. Y a última hora se llevó a ella a algunos de los que habían citado a Feijóo en el asador. El poder es así, rompe las agendas de cualquiera en un minuto. El gallego llegó al asador del Arenal y no estaba la plana mayor que le había convocado: se habían tenido que ir con el presidente. En el asador faltaban las varas, pero estaban todos los tramos de cirios y penitentes de la cofradía. Y el gallego, considerado por el arenismo como el futuro del PP en España, disfrutó con la compaña y con la ensaladilla servida en bolas (uf), el revuelto de champiñones, los chocos bien separados para que parecieran más y esos platos de carne que incluye todo menú que se precie para que no falten las proteínas. A los postres en el asador sí llegaron ya la presidenta provincial, Virginia Pérez, y el candidato a la Alcaldía, Beltrán Pérez. El aparato sevillano, por fin, se movió de gallego a gallego. Hubo gran foto de familia (sin tortilla) que algunos ven como reveladora del futuro.

Rajoy, mientras, no se quedó solo en Robles. Compartió su litúrgico dedo de escocés (con agua y su cubito de hielo) en compañía, entre otros (y otras), de Juan Manuel Moreno Bonilla, Cospedal, Zoido y Arenas. Javié estuvo con Rajoy hasta el final, como estuvo en Valencia en aquel congreso donde el registrador casi se queda con la brocha en la mano cuando la Aguirre le quería birlar la escalera. Arenas no lo dejó solo. Y eso que Rajoy nunca lo ha hecho ministro. Y ganó el congreso del PP de Sevilla por 24 votos, como 24 fueron los caballeros que entraron con San Fernando en la ciudad, el hijo del rey sabio. La historia no se repite, es la misma. A río revuelto, ganancia de la hostelería.

Zoido y sus 80 millones de chinos en el taco

Carlos Navarro Antolín | 10 de enero de 2012 a las 21:09

Zoido nos quiere llenar el centro de chinos en verano porque al parecer en esos meses viene demasiada poca gente a ver la Catedral, el Alcázar y los bares de Robles, que son de los pocos que hacen caja en agosto. El alcalde no precisa si serán chinos lavados, como ese pavimento idóneo para las construcciones exteriores, no me sean malpensados tan rápidos, pero verdaderamente convendrá que lo sean por aquello de los cuarenta grados a la sombra. Zoido nos ha llenado las calles en Navidad de un montón de noveleros venidos hasta de fuera de Sevilla para alzar el teléfono y sacar fotos de lo “preciosísima” que estaba la Avenida, porque hay que ver lo preciosa que estaba, señora, con lo feísima que la tenían los tíos de antes que ahora desfilan por los juzgados con disciplina y puntualidad cofradiera. Después de la que este hombre ha liado en Navidad, ahora quiere llamar la atención de “los 80 millones de chinos millonarios que viven en China”, según ha dicho literalmente en ese sitio tan solemne que es el Salón Santo Tomás del Ayuntamiento, que digo yo que en ese lugar se hablan las cosas serias de la ciudad. Por eso hay que tomarse muy en serio lo de Zoido y sus 80 millones de chinos en el taco. Pues yo, como Santo Tomás, tengo que ver para creer que de verdad aterrice en San Pablo tantísimo chino entre el Corpus y San Miguel. Si así fuera ya vemos a Robles multiplicando los aspersores de las terrazas de sus bares para refrescar a tanto chino (lavado), porque otra cosa no podrán ver, a no ser que le prorroguen el contrato al tío de los camellos de Matalascañas que pobló la Encarnación en las pascuas. El Ayuntamiento dice que está preparando un vídeo como el de la Navidad para atraer a los turistas en verano. Si Sus Majestades de Oriente estaban sesteando en la Plaza del Triunfo en pleno diciembre con el termómetro volando bajo como el grajo, ya me dirán ustedes con que nos sorprenderá la Factoría Serrano (Gregorio) para que no se note la caló de Sevilla de julio y agosto. ¡Montones, montones de aspersores como los de las terrazas del Laredo y El Cairo para esos chinos millonarios! Ya lo advertía un ciudadano en precampaña hartito de oír tanta promesa: “A Zoido sólo le falta prometer que acabará con la caló de Sevilla”. Pues ahora quiere llenarnos las calles de chinos en verano. Está claro que para viajar a Sevilla en agosto hay que ser tan… chino como un chino. Pero la mar de chino, en el preciso grado máximo de eso que usted y yo estamos pensando de chino. “¿Le puele dal otla vez al cholito del agua, camalelo, me pasa el búcalo y me busca pol favol el teléfono de Don Zoilo que le voy a decil dos palablitas?”

Cambio de régimen, cambio de tabernero

Carlos Navarro Antolín | 9 de enero de 2012 a las 17:36

Decid niños que quéreis ser de mayores. Y los niños dijeron que Pedro Sánchez Cuerda, cuyos negocios hosteleros se reproducen como hongos en tiempos en que los empresarios retiran la infantería antes de acumular más heridos. El grupo La Raza se asentó en 2011 a la vera del Salvador con tres negocios tres sobre el redondel. Y ya ha colocado una pica a los pies de la Giralda con el Flaherty, que reabrirá en primavera, mitad para despachar pinta de cerveza irlandesa, mitad para capotes de melva. Cualquiera diría que Sánchez Cuerda es el tabernero emergente del régimen que dicen que viene. Una evolución con varios hitos. De Juliá a Robles. O lo que es lo mismo, del canapé del medio tomatito sobre microanchoa que ha probado media Sevilla en bodas, bautizos y comuniones a los postres en platos coloreados al estilo Kiko Argüello. Y de Robles a Sánchez Cuerda. O lo que es lo mismo, del PSOE de los años de la leyenda de la cabra que ganaba las elecciones a este PP que está quitándole ya las pelusas a las alfombras de San Telmo. Por los taberneros se sabe dónde está el voto. La transición no se acabó con la primera mayoría absoluta de Aznar, como dicen algunos historiadores. La transición, al menos en Andalucía, no concluirá cuando el PP gobierne en Dos Hermanas ni cuando Pepe Lugo sea concejal del Ayuntamiento de Sevilla, que ya va siendo hora, sobre todo de lo segundo porque el 22 de la lista de Zoido no puede tener mejor cartel. No, no, no… La transición en Andalucía acabará cuando a Sánchez Cuerda le adjudiquen servir las comidas en los salones de San Telmo. Si para entonces queda algo que servir. Y si los niños siguen teniendo ilusión por ser mayores.