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El barbero de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 16 de septiembre de 2014 a las 19:07

barbero
En Sevilla hay un Museo de Bellas Artes donde funciona a la perfección el aire acondicionado y hay estupendos bancos donde descansar. También hay cuadros, pero eso es uno de los grandes secretos de la ciudad. También la calle misma, sin aire acondicionado ni sombra, es todo un museo permanente de lo efímero, sublime contradicción en la ciudad de las contradicciones. Y de lo sublime. En un paseo cualquiera, cualquier día y siempre, por supuesto, entre bicicicletas, surgen lienzos a base de luces amarillas que conjugadas en armonía afloran el realismo mágico de cada mañana, mendigos que son verdaderos San Jerónimos modelados por el mismísimo Torrigiano, viandantes orondos sacados de la lidia de un toro pintada por Botero, gárgolas zoomórficas que parecen retratos de ciudadanos cotidianos… Sólo hay que adiestrar la mirada como el que halla formas en las sombras o caras en un charco que pierde la mansedumbre por una pisada. La calle es muchas veces una lámina hiperrealista, una galería de personajes velazqueños del siglo XXI, toda una bofetada contra la ortodoxia y el convencionalismo social, que el Arte no debe perder su condición transgresora, reivindicativa y de azote de conciencias. La calle pinta sus propios cuadros a la búsqueda de espectadores, aunque las prisas dejen la gran mayoría de estos lienzos sin público, como ocurre con los de la Pinacoteca, entregados en privilegio a los turistas y a un grupo selecto de sevillanos que caben en un eurotaxi. Hay cuadros de la colección efímera de la calle a los que sólo hay que redactar el rótulo. El que nos ilustra, pintado en el centro de la ciudad con la provocadora brocha de la improvisación, bien podría titularse ‘Hombre que se afeita en la vía pública en la Sevilla de los 250.000 parados”. Cuántas veces no parece Sevilla un salón gigante de peluquería donde los secadores son fulminantes y no dejan rastro de algunos que se pasaron el día en las galerías gráficas hasta antier, donde se cuchichea más que se habla, donde el rostro se esconde tras una revista del colorín, donde se mira tras el visillo y casi nunca de frente. Sevilla es muchas veces ese estereotipo de peluquería, de brocha y cuchilla en plena calle, una res que pierde la bravura de la competitivdad en el afeitado diario de sus pitones, en el silencio indolente de la ciudad que nada ve y todo lo mira. Aquí todos cuidamos la imagen (esquina con Alcázares) de tal forma que el mendigo se afeita a la luz del día y el pudiente se agujerea en privado los vaqueros para lucir estética de reina Letizia yendo al cine. Alguien se afeita en la calle y en un santiamén compone el mejor retrato de la actualidad, todo un Murillo del siglo XXI, confirmando que Sevilla cuida con esmero la sala de su mejor colección permanente. No hay que hacer cola en ningún teatro de ópera para ver a este barbero de Sevilla. Ni entrar en el Museo de Bellas Artes para contemplar los torsos desnudos de nuevos jerónimos penitentes. Los tiene Sevilla la mar de bien conservados en su museo más cuidado y renovado: las calles.

Zoido le da salida al queso

Carlos Navarro Antolín | 22 de julio de 2013 a las 21:37


Había un veterano maitre de Juliá que cuando los invitados manseaban y no repetían en el encuentro con las bandejas de taquitos de manchego, servidos en grandes quesos vaciados previamente, le exigía a los camareros que dieran más vueltas por la sala con las mismas bandejas. Quedaba prohibido sacar nuevos aperitivos. Todo el mundo a yantar queso. Y en las cocinas se quedaban esperando esos canapés con medio tomatito y una punta de anchoa en lo alto. Al igual que se quedaban aguardando los tramos de gambitas rebozadas.

-Dadle salida al queso, dadle salida al queso…

Recordaba la maestría del viejo maitre a cuenta del enésimo anuncio de un político municipal para revitalizar el Guadalquivir. Qué quieren que les diga, pero los proyectos de piscina a la vera del río tienen el sonido de la gramola. Alejandro Rojas-Marcos propuso en la campaña de 1999 la creación de una playa artificial en San Jerónimo con nada menos que de 60.000 metros cúbicos de arena. Monteseirín anunció que en la Feria de 2002 se estrenaría un transporte fluvial a base de catamaranes para descongestionar el tráfico rodado. Jaime Rayunaud, candidato del PP a la Alcaldía en 2003, propuso la creación del vaporetto. Su sucesor como candidato a la Alcaldía, Juan Ignacio Zoido, planteó cuatro años después un transporte fluvial bajo la original denominación del Guadalbús. El propio Zoido prometió también en la campaña de 2007 la construcción de dos piscinas, una en Chapina y otra en el Alamillo, con capacidad para 500 personas. Dijo que se harían en tres meses si era elegido alcalde.
Ni hemos ido a la Feria en barco, ni se venden bonobuses para el Guadalbús, ni el vaporetto ha dejado de sonar a postre de restaurante italiano, ni por supuesto hay playa más próxima a Sevilla que no sea la de Matalascañas. Al leer que el alcalde plantea una piscina junto al río al estilo de las de Berlín y Amsterdam, está claro que todos los partidos tienen de asesor a algún discípulo aventajado de aquel viejo maitre.

-Dadle salida al río, dadle salida al río.

Y el personal se queda comentando como en aquellas copas de Juliá en la caseta municipal. “Hay que ver la de tonterías modernas que nos sirven con tal de no sacar el jamón”. Pues eso, que hay que preguntar cuándo salen las bandejas del jamón de la reducción de los veladores de Argote de Molina, por poner un ejemplo facilón; cuándo la caña de lomo de proyectos traducidos a la práctica cuya imposibilidad no haya que imputar a la Junta, y cuándo las tartaletas de caviar de acciones de gobierno más allá de una elemental política de infantería. Hay quien dice en el Ayuntamiento como aquel gorrón de canapés de farolillos: “Hay que ver la de humo que nos han venteado sobre el río todos los partidos con tal de no hincarle el diente a lo que de verdad importa”. Que no es el queso, que es el jamón.