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Turismo cutre: el precio de la socialización

Carlos Navarro Antolín | 6 de mayo de 2018 a las 5:00

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No por alinear más delanteros se meten más goles, ni por abrir más hoteles de cinco estrellas se capta necesariamente un turismo de mayor calidad. El turismo es un fenómeno de masas, como lo son hace tiempo las bodas, las primeras comuniones, las franquicias, la propia Universidad, el postre de tarta de zanahoria, los veladores y tantas otras entidades, acontecimientos y viandas. Hay tantos ejemplos tan distintos como capas de toros de Prieto de la Cal. La cultura de masas lo marca todo en unos tiempos malos, malísimos, para las minorías. Nuestro alcalde, Juan Espadas, prefiere decir que el turismo se ha “socializado” antes que admitir directamente que se ha masificado. Dice que se ha socializado la Feria como dice que se ha socializado la Madrugada. Todo tiende a socializarse, tiene razón nuestro alcalde, ¡faltaría más!, pero eso no quiere decir que nos traguemos los efectos de esa masificación que el alcalde ha rebautizado para pegarle un regate a la realidad con la finta del lenguaje políticamente correcto.

Las colas para entrar en el Real Alcázar alcanzaron esta semana la Plaza de la Alianza, como las de la Casa de Pilatos llegaron hasta casi el final de Caballerizas, con los turistas pegados a la pared (“los blancos muros rozando”) cada vez que un coche pasaba por la estrechez del viario. Esto se nos está yendo de las manos, o se nos está socializando, o como quieran llamarlo. Por supuesto que hay un turismo cutre al alza, alentado por la superación de la crisis y que ancla sus bases en la concepción de un centro histórico diseñado por Monteseirín (1999-2011) para comodidad de los turistas e incomodidad de los sevillanos, y que posteriormente Zoido (2011-2015) pobló de veladores cual Carlos III con las nuevas poblaciones de Sierra Morena.

Vivir hoy en el centro es una aventura. Sevilla se parece a Venecia sin góndolas. Pasear por el centro a determinados horas es un suplicio. Entre la nefasta planificación político-urbanística y la entrega simbólica de las llaves de la ciudad a las cadenas hoteleras, hemos terminado por generar un hábitat (va por usted, Antonio Muñoz) donde sólo sobreviven los que mejor se adaptan a la ausencia de sombra, las aceras convertidas en carriles bici, terrazas de veladores o superficies para manteros. El centro es una gran franquicia que se presenta a los turistas con pretensiones de autenticidad. Como los turistas son cada vez menos exigentes, tragan con lo que se les eche. Uno de los efectos de cualquier proceso de masificación es la pérdida del criterio. No se viaja, se consumen viajes. No se viven las cosas, se tienen experiencias.

El nivel en general ha pegado tal bajonazo que al perro flaco de la ciudad todo son pulgas de despedidas de solteros y huéspedes de educación ‘low cost’ en apartamentos convertidos en zahúrdas. La culpa, ay alcalde, no es del todo suya, claro que no. La realidad de hoy responde a decisiones tomadas muchos años atrás. La propia Soledad Becerril, siendo alcaldesa, advirtió de la gran cantidad de bares que concentraba la Sevilla posterior a la Exposición Universal. La cultura de masas ha acabado afectando a la hostelería como lo ha hecho con las promociones urbanísticas, la Universidad o la propia Semana Santa. Cuando entra la masa conviene santiguarse. Tenemos los problemas de Madrid y Barcelona, pero sin red de Metro, sin un anillo ferroviario de cercanías rentable, sin un tren entre el aeropuerto y la estación de San Justa… Como los conductores malos, hemos hecho nuestros los vicios rápidamente, pero ninguna de las virtudes. Nos parecemos tanto a la capital en lo malo que en Sevilla vamos a acabar teniendo hasta un PP a la madrileña. Con todos sus callos. Tenemos los turistas de pantalón corto por legiones, las franquicias del café con los guiris con los pies por alto, los taxistas de la parada del aeropuerto con el parche de piratas y sólo nos queda que pillen a alguien del PP hurtando dos porciones de… tarta de zanahoria. Todo cutre como el turismo, todo cutre como el tiempo de masas que nos ha tocado vivir.