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El comercio cangrejea

Carlos Navarro Antolín | 4 de febrero de 2014 a las 5:00

SEVILLA, 03/02/2014.
Hay calles malditas con locales malditos en los que el rosario de negocios caídos está en la memoria colectiva. Hay calles traseras, con aspecto de traseras, olor y hedor a traseras y estética de contenedores destapados y gatos rabiosos en las que nadie sabe cómo hay bares y tiendas que triunfan. Estos negocios llevan años abiertos y con una demanda de clientes considerable a pesar de estar ubicados en calles donde todas las puertas parece que son la de atrás. Hay grandes avenidas por las que pasan miles de peatones a la hora, pero donde no se vende un bollo por más pizarras abatibles que el dueño coloque en la vía pública como mojones en una carretera comarcal. En años de crisis y en cuestiones de comercio se cumple el aserto de que los ricos son más ricos y los pobres más pobres. Madrid y Barcelona arrasan. Y en particular, las principales calles de Madrid y Barcelona son las que engullen las posiciones de privilegio del ránking nacional. Entre las dos grandes urbes se llevan los ocho primeros puestos. Para Valencia queda el noveno con la calle Colón. Y Sevilla ha estado a punto de abandonar el top ten por primera vez, donde se agarra al asidero del puesto décimo con Tetuán. Hemos cangrejeado como vulgares capillitas ¿La causa? Las grandes firmas se vuelven muy conservadoras, no asumen riesgos y prefieren apostarlo todo a las principales calles de los grandes núcleos de población. Son inversiones infinitamente más caras (entre 240 y 160 euros el metro cuadrado en alquiler) pero con una garantía mayor a la hora de asegurarse un retorno de la inversión. ¿Se entiende ahora que otras calles no levanten el vuelo? En Sevilla lo único que ha abierto en plena Plaza Nueva desde que estalló la crisis es un bar de montaditos y la adoración perpetua de San Onofre, donde monseñor Asenjo confiesa todos los lunes a primera hora. Con la desaparición de las paradas de Tussam se acabó el bombeo de clientes. En la mayoría de locales hay telarañas empadronadas. Mientras tanto todos los bajos de ese eje privilegiado de Tetuán, Velázquez y O’Donnell están ocupados, nutridos por el efecto llamada de los grandes almacenes, de las paradas de Tussam del Duque y de la recuperación hace ya dos años de la máxima penetración de autobuses urbanos hasta la Campana. Los atractivos turísticos permanentes también se apuntan como vitales para fortalecer el comercio, así como una oferta internacional de moda, lo que ayuda a la captación de las grandes firmas. Sevilla lo tuvo al alcance de la mano hasta pocos años, con una Plaza Nueva convertida en la gran milla de oro de esas primeras marcas de pasarela. Ahora sólo queda la firma tradicional de caballeros del también caballero O´Kean, que se acerca ya a los 60 años de apertura. Lejos, muy lejos, ha quedado Sevilla de tener alguna calle como el actual modelo barcelonés del Paseo de Gracia, donde rusos y japoneses navegan en el cuerno de la abundancia, libando carbónicos y jamando productos de gourmet.
El último informe de la consultora catalana de Jordá deja claro que cuanto mayor es la crisis, más notable es la fuerza de un número cada vez más reducido de calles. Ni el estar entre las 50 calles principales de España le sirve a la de Sierpes (puesto 37 con un alquiler de 70 euros al mes por metro cuadrado) para tener todos sus locales ocupados. La única alternativa es tener esa capacidad para oler el negocio en un local de calle trasera por mucho que los sesudos informes digan lo contrario. Que se lo digan al del adobo de Blanco Cerrillo. O a Javier Sobrino, donde el personal no tiene reparos en meterse en un pasaje y en bajar y subir escaleras para comprarse ropa aun habiendo establecimientos a pie de calle. Valor añadido, le llaman. Algo tendrá el agua cuando la bendicen, por no alejarnos del espíritu de San Onofre. Mientras tanto los irlandeses de Primark siguen buscando posada en un centro comercial. Ni accesibilidad, ni fenómenos de concentración, ni lanzaderas, ni peatonalizaciones. El olor a adobo atrae mucho más que el selecto carbónico servido en altos vidrios. Y no provoca gases, si acaso acidez. Pero eso es ya otra historia.
SEVILLA, 03/02/2014.

Tetuán pide a gritos muchos veladores

Carlos Navarro Antolín | 23 de mayo de 2012 a las 18:04

La peatonalización está muy bien. Lo asumimos como un dogma exento de IBI. Las plazas y determinadas calles adquieren ese ambiente de pueblo que tan agradable resulta. El callejero peatonalizado acerca la ciudad al concepto de pueblo y la aleja del concepto de capital incómoda, sucia y ruidosa. La peatonalización hace más habitable un espacio. Pero con ella llega también una suerte de colesterol en forma de veladores que dificulta la circulación. Y muchas bicicletas con sus conductotes desahogados a los que importa poco el horario restringido de 10 a 22 horas, cuya señal al comienzo de Tetuán es un monumento a la risa. ¿Cónoce usted un agente de la Policía Local que haya mandado bajarse a un ciclista en una zona peatonal? Antes iba usted por la acera y sólo tenía que preocuparse de eso: de no bajarse de la acera y de alegrarse si encima le había tocado el premio gordo de una acera ancha. Ahora hay que tener muchas más cautelas, sobre todo en las esquinas. Puede aparecer una bicicleta en cualquier momento, como cuando uno va al volante y se topa con un ensayo de costaleros en cuaresma o si le cae delante ese pasopalio amarillo que es el camión de Lipasam, con sus paradas y sus lentas chicotás debidamente aromatizadas. Hay calles donde la marea peatonalizadora tiene otros efectos, únicos, no apreciados en otras y que pueden ser verdaderamente incómodos. En Tetuán florecen los pedigüeños de firmas. Va usted camino de la Plaza Nueva y tiene que ir desarrollando esa virtud de decir que no (utilísima virtud, por ejemplo, para no participar en mesas redondas sobre los medios de comunicación y las cofradías), poner una sonrisa al mismo tiempo para no quedar como un grosero ni incomodar a la persona que trata de hacer su honrado trabajo, o hacer como el que habla por el teléfono móvil con cuidado de activar antes el silenciador para no sufrir un repentino pitido en la oreja. Estos peticionarios de firmas o de tiempo, que es mucho peor, se cruzan desde lejos como un banderillero yendo al encuentro. Hay varios modelos de abordar al peatón. La interrogativa directa: “¿Conoce usted Acnur?” La que promete brevedad con el tuteo por delante y cierto tono melódico: “¿Tienes un minutito para la Cruz Roja?” La que insiste recortando la oferta: “¿Y medio minutito? Es para la Cruz Roja, hombre”. Y el que se pone justo delante, a portagayola, forzando al regate para salir del cuerpo a cuerpo: “Le cuento en 30 segundos en que consiste la labor de Greenpeace”. A Tetuán sólo le faltan unos buenos tramos de veladores por las dos aceras para ser verdaderamente auténtica. Todo llegará.

Ay, de aquellos años en que los coches lo invadían todo y sólo se pedían firmas contra las bases militares y el imperialismo yanki. O aquella petición simplona del firme usted contra la droga, a la que seguía siempre, siempre, una eterna pregunta interior sin respuesta: ¿Dónde se firma contra la caló? Porque Zoido aún no ha prometido quitar la caló. ¿O sí?