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Una vuelta a la tortilla municipal

Carlos Navarro Antolín | 12 de junio de 2016 a las 5:00

SEVILLA 30/05/2016.
NO hace mucho tiempo que el PP de Sevilla sesteaba en la pradera azul de una mayoría nunca vista. Habrán de pasar muchas generaciones para que se vuelva a ver a un alcalde presidir una corporación municipal con 20 concejales. No hace mucho tiempo, repetimos, que la soberbia del PP –que existe, como existía la del PSOE en los años ochenta de pana y vuelos en mystere– se jactaba de que, como mínimo, estarían ocho años repanchingados en los sillones del poder municipal. “Muy mal lo tenemos que hacer para no repetir en el gobierno”. Hasta el propio Torrijos, que sabe que en los chiqueros del juzgado está el toro de Mercasevilla que habrá de lidiar en otoño, proclamó que la derecha había llegado para instalarse, como el tapicero a su ciudad. España entraba en crisis y el PP de Sevilla vivía su particular boom de los 20 concejales. El entonces líder de la oposición, Juan Espadas, otorgaba no cien, sino doscientos y trescientos días de ventaja al gobierno. ¡Lo nunca visto! Todos estaban abrumados por aquella mayoría absoluta. “No puedo llevar la contraria a tantos sevillanos”, se defendía Espadas en las primeras curvas del mandato, que hasta anduvo timorato cuando aquella polémica Operación Triunfo de Zoido, el alcalde intocable. La oposición ni rozó al alcalde del PP con aquella ocurrencia de reclutar a jóvenes cantantes por los distritos.

Los socialistas no se atrevían a meterle el pie en el área chica de aquellas primeras polémicas. Y los populares, crecidos, entonaban que así, con el PSOE plano y acobardado, e IU en jaque por el caso de los terrenos de Mercasevilla, sería todo aún más fácil, una suerte de paseo militar en las urnas de mayo de 2015. “Que siga Espadas, que siga. Es lo mejor que nos puede pasar”, se oía en los despachos de un gobierno que ni presagiaba que estaba perdiendo 40 votos al día: 60.000 en cuatro años. Y si alguna encuesta encendía la alarma, ni siquiera salía del cajón del asesor de turno en dirección a la Plaza Nueva. Al Rey no se le dan disgustos, pensaba el cortesano.

No hace mucho tiempo que pasaba todo eso hasta que el viento cambió en una ciudad experta en mirar para otro lado al primer chasquido de dedos. Eolo comenzó a soplar en la dirección opuesta, con el resultado conocido en las elecciones municipales de hace un año. Y hoy son los socialistas los que ponen velas a San Judas para que sea Zoido el que permanezca como líder de la oposición. Qué ironías tiene reservado el destino. Que siga Zoigo y que, mientras, el PP continúe centrado en los movimientos internos que se suceden en cualquier partido político después de una catástrofe electoral como la sufrida por el centro-derecha en la capital, máxime si se trata de haber perdido un poder que se creía garantizado por ocho años sin levantarse del triclinio.

Antes eran los populares los que deseaban que Espadas siguiera con su estilo de oposición plana, de pellizco y regañina fraternal, con sus concejales incapaces de sacar rédito a polémicas como la colocación del cónyuge de un edil en una entidad subvencionada por el Ayuntamiento.

Ha pasado sólo un año y la tortilla municipal está de la otra cara con tal precisión que hoy es Zoido, ¡cáspita!, el que dice que Espadas no tiene ideas nuevas y sólo se preocupa por la foto, las comisiones y los observatorios. ¿Recuerdan cuando Espadas denunciaba el gasto de Zoido en su gabinete de comunicación? Pero si fue ayer… Era ayer. La noción del tiempo en política parece la del niño que se reencuentra con el amigo del verano y le habla de ayer cuando hace referencia a juegos del verano anterior.

Hoy Espadas habla de la Zona Franca y pareciera el mismo Landa que presidía los plenos y echaba a los fotógrafos. Hoy Espadas preside las procesiones y parece el mismo Zoido pero con las mangas del traje algo más largas. Que siga Espadas, decían en el PP antes de 2011. Que siga Zoido, dicen en el PSOE después de mayo de 2011, que por algo no hay mejor enemigo en política que aquel cuyo pasado está caliente. Y en cuestión de fotos, aplican todos la regla sagrada del y tú más. Los mismos caballitos del tío vivo municipal, como en una alternancia perfecta. Los mismos veladores, los mismos atascos en las licencias (tres mil expedientes a la espera de ser tramitados), la misma incapacidad para efectuar reformas en la Gerencia de Urbanismo, el mismo miedo a los sindicatos policiales, el mismo lamento sobre la falta de agentes, la misma parálisis para abordar nuevas líneas del Metro, los mismos manteros poblando las calles peatonales del centro y de Nervión, el mismo debate recurrente sobre la ciudad de la justicia, el mismo tabernero que hace y deshace en la calle que es suya, ora con el PP, ora con el PSOE; el mismo sol castigando en la Avenida de una ciudad que debería estar consagrada a la sombra cuando a los cursis del código de la ortodoxia política se les llena la boca con el concepto de “ciudad habitable”, los mismos debates superfluos y de escasa trascendencia que son sonajeros que distraen de lo fundamental, como la fecha de la Feria o el exceso de procesiones, la misma parálisis de los túneles del Aljarafe de la SE-40 y de los proyectos del antiguo mercado de la Puerta de la Carne o la antigua estación ferroviaria de Cádiz, la misma cochambre en el entorno de la Catedral, las mismas contrataciones de corta duración para conseguir el efecto placebo…

En el volteo perfecto de esta tortilla municipal, sólo falta que Espadas se ponga a comer melva para que, oh príncipe de Lampedusa, todo siga igual en la Plaza Nueva. Y que, encima, diga aquello de que no hacían falta las alforjas de los 20 concejales para tan escaso viaje de gestión, que con once basta para hacer una Semana Santa de caramelo y alquilar los monumentos para que los turistas de altos vuelos hagan sus cuchipandas en “espacios singulares”. Al menos así nos ahorramos algunos sueldos de concejales de gobierno y hasta las riñas de los viernes de algún agreste portavoz. Mañana lunes, 13 de junio, festividad de San Antonio de Padua, se cumple un año de la toma de posesión de Juan Espadas. Ahora vemos la otra cara de la misma tortilla.

Obama viene, Primark no

Sevilla está en modo Bienvenido Mr. Marshall. La muy novelera ciudad, por la que a veces pareciera que no ha pasado la Expo’92, tiene alpiste para alimentar a todos sus pájaros por muchos meses. Desde que aterrizó en San Pablo la Reina de Inglaterra –allá por 1988– no recibimos una visita de rango tan ilustre, descontadas las que hubo en el 92 y la del Papa de 1993 para clausurar el Congreso Eucarístico Internacional. La de Isabel II fue una visita turística, tal como auguran que será la del presidente norteamericano. La monarca visitó la Catedral, el Alcázar y el Archivo de Indias en seis horas y media. Se quedó sin exhibición ecuestre en la Plaza de España, por la que sí pasó en coche unos instantes. Los noveleros de 2016 dicen que la visita de Obama pondrá a Sevilla en el mapa, lo cual es de agradecer. Mucho peor sería que pusiera en valor a Sevilla, hoy que todo se pone en valor a todas horas: se ponen en valor las terrazas de verano, la zapata del Puente de Triana y los mercados de abasto;habría que poner en valor el Museo, nos pasamos tres pueblos poniendo en valor el patrimonio de las hermandades y lo que de verdad habría que poner en valor es la melva canutera. Los que no ponen ni un euro de momento en Sevilla son los irlandeses de Primark, con lo que habrá que seguir yendo a Jerez o a Huelva a por la ropa de bajo coste. El sevillano busca fuera lo que no tiene dentro:las playas y los calzoncillos baratos. Ni con Zoido ni con Espadas tiene Primark remedio. La gran inversión, autorizada por Urbanismo en la antigua sede del Banco de Andalucía, choca contra la normativa autonómica y pasa de largo como el Gordo de Navidad. Pero tenemos salud, que es lo que importa. Y a Obama.