Archivos para el tag ‘Universidad de Sevilla’

Todo es un bar

Carlos Navarro Antolín | 1 de octubre de 2017 a las 5:00

Fotos de la puerta del Cicus convertida en bar.

EN Sevilla casi nada es lo que parece. El matadero municipal es un colegio, aunque el rótulo siga haciendo referencia al ganado en el precioso edificio regionalista que está en la frontera del viejo Nervión con el Cerro del Águila. La Real Fábrica de Tabacos es la Universidad de Sevilla, aunque el medallón de la fachada principal siga anunciando la actividad fabril. Es la Universidad. O el Rectorado, como les gusta precisar a muchos de los mismos que dicen la Hispalense para no decir Universidad de Sevilla como se ha dicho toda la vida de Dios que, por cierto, está en la Universidad mal que les pese a los cuatro de siempre. Y está Dios gracias al convenio del cardenal Amigo con el rector comunista don Javier Pérez Royo. Capitanía General es ahora la Jefatura de la Fuerza Terrestre, aunque el rótulo bajo el que hacen guardia los soldados con los subfusiles siga diciendo eso: Capitanía General. Resulta que la Escuela de Comercio de la calle Madre de Dios es el Cicus, que suena a planta mal pronunciada, a especie de pato de Doñana en peligro de extinción. ¿Qué es el Cicus que está en el edificio cuyo rótulo es la Escuela de Comercio? El Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla. Un lío. Pero pasa uno por su fachada, saliendo del barrio de Santa Cruz a la búsqueda de la trama urbana de la verdadera Judería, y allí no se percibe ningún ambiente cultural. Ni se ve ningún ficus que regar, ni tampoco ningún pato que proteger. Se aprecian dos pizarras de bar, con la oferta de tapas del día y con el precio del menú de la casa. Como si fuera una prolongación de la calle Mateos Gago. Carne con tomate, arroz con calamares, salmorejo, aliños, tortilla… Y por supuesto el tuteo imperante al vender los menús: “Entra y pruébalos”. Gaudeamus igitur. ¿Qué es lo más importante del Cicus? ¿Qué es lo primero que se ve al acceder a su privilegiado inmueble? El bar. Todo es un bar. En Sevilla mandan los bares. Los bares se extienden allí donde están. Los bares se imponen sobre el uso de los edificios, sobre el patrimonio, sobre el acerado público. Se extienden como una balsa de aceite.

En Sevilla se restauró antes la Cervecería La Moneda que la Casa de la Moneda, otro edificio que mantiene su rótulo como tal pero que ya no es lo que dice. Ni lo que parece. El Cicus es un bar donde lo peor, acaso, no es la primera impresión que generan las dos pizarras que convierten la fachada en una covacha para turistas descamisados. Lo peor es que no anuncian ensaladilla. Y eso es imperdonable. Todo lo demás, más de lo mismo. Patrimonio afeado, espacio público invadido, estética de tenderete impuesta por la jeta. En Sevilla manda siempre el tío del bar. Ocurre en las casetas de Feria, donde hace tiempo que no mandan los socios, sino el adjudicatario del bar, que es quien tiene que hacer el negocio y acaba imponiendo sus normas de acceso, como el del bar del Cicus acaba sacando las pizarras. A este paso tendremos las pizarras de la cafetería del Rectorado en la calle San Fernando, como las tienen los bares de la acera de enfrente para que los peatones vayamos sorteando obstáculos mientras contemplamos al personal jamando platos adornados con muchas virutas de zanahoria.

¿Qué es el Cicus? Un bar sin ensaladilla. La primera impresión es la que cuenta. ¿Quién es el tío del bar? El que manda en la caseta de Feria, el que manda en la Universidad, el que manda en Sevilla. Toda Sevilla es un bar. El bar mueve las masas. Entra y pruébalos. ¿Estética? Eso es cosa de fachas. Echa zanahoria. En las universidades hace tiempo que entra cualquiera. Como en los bares.

Fotos de la puerta del Cicus convertida en bar.

El rector corta orejas

Carlos Navarro Antolín | 22 de mayo de 2016 a las 5:00

Despacho del rector de la Universidad de Sevilla. Rectorado. Entrevista con el nuevo rector
SALIÓ el personal del acto de entrega de los premios taurinos y académicos de la Real Maestranza, celebrado esta semana en el mismo ruedo de la plaza de toros, hablando del rector de la Universidad, como salen los aficionados toreando con la palma de la mano por Iris o Gracia Fernández Palacios en tardes de faenas hondas. La gente no decía que este año no estaba el Rey, que no estuvo porque tampoco es plan de que esté todos los años; ni de lo bonita que está la plaza, la mar de bien cuidada y acicalada por los caballeros maestrantes; ni del pedazo de ágape a que invita don Javier Benjumea con unas bandejas tan pobladas que dan derecho a meter tres veces la mano por camarero, que para eso Sevilla es coso de primera y el reglamento insta a los tres encuentros del burel con el jaco; ni siquiera cuchicheaba el personal de las ausencias de los concejales del Grupo Popular, que son doce pero ni uno tenía tiempo de acudir a tan solemne acto, estaban todos tan ocupadísimos fiscalizando a Espadas (tururú) que otra vez dejaron el campo libre al edil socialista Cabrera, quien cada vez que puede se zampa el espacio natural de la derecha sevillana. ¡Pista que va Cabrera mangando votos al PP!

Salieron los invitados hablando de la intervención del rector de la Universidad, Miguel Ángel Castro, que se declaró públicamente aficionado a la Fiesta en tiempos de pensamiento débil, lenguajes ambiguos, discursos plúmbeos huérfanos compromiso, declaraciones huecas y oratorias de carril. La cita era proclive a dejarse envolver por la solemnidad, a no decir ni una palabra más alta que otra, a no pisar callos, pero el rector magnífico, que estuvo más bien en plan magnífico rector, nos sacó de los calores de la tarde y se fue con el avieso toro de la actualidad a los terrenos donde se cortan las dos orejas. Para comenzar la faena dibujó unos lances por bajo con los que denunció un estado de la nación marcado por “liberticidas que se empeñan en demonizar símbolos culturales que han servido durante siglos de argamasa de este país llamado España”. Ypara que no hubiera dudas de que iba de verdad, con el compás abierto y el pecho descubierto, sentenció en el acto donde la Universidad de Sevilla, la nobleza y el arte del toreo se unen cada año:“La cultura, a la que pertenece por derecho y por justicia histórica la tauromaquia, y la educación pueden y deben propiciar esta armonía que tanto necesita nuestro país”.

Hasta citó a Carlos III para recordar que fue el monarca –“posiblemente el más sevillano de los reyes españoles”– que prohibió los toros con muy poco éxito, lo cual tiene un mérito especial porque lo dijo en “sede maestrante”, como diría el analista cursi de la actualidad. El rector cree que los taurinos son una suerte de “nuevos perseguidos” de la sociedad de hoy. “Queridos taurinos, tranquilidad, que la historia nos demuestra que la persecución viene de antiguo y que ni reyes ni papas han podido erradicar el arte de las corridas de toros”. Hasta se permitió alguna reflexión sobre la evolución de la vigente temporada taurina: “Está siendo especialmente interesante para este aficionado que les habla”. Yagradeció la organización de un acto donde desde hace décadas se exaltan los toros sin complejos y se elevan a categoría intelectual:“Gracias señores maestrantes, gracias señor teniente de hermano mayor, gracias querido Javier, por esta fiesta de la educación, del arte y de la libertad”.

El rector se pasó tan de cerca el pitón de la actualidad que sólo cabía la cogida… o el cortijo. Ahora ya sabemos que este Castro que habita a la vera del Ángel de la Fama ha cortado dos orejas a ley con un discurso clarito donde practicó el ejercicio de libertad que consiste en llamar a las cosas por su nombre. Y también sabemos que se puede comprar el cortijo soñado al que tal vez ponga de nombre Libertad. Que no se nos arrugue en los claustros cuando tenga cerca algunos ejemplares de pelaje variado –sobre todo alguno de melena larga y falsa imagen buenista– que presumen de progresía y proximidad con el alumnado, y que a la hora de la verdad tienen la pluma fácil para prohibir actos que no son de su cuerda.

Se fue el personal hablando del rector que salió del burladero de la nadería institucional para defender la Fiesta y recordar que ni el Papa ni el Rey pudieron con ella.

La otra Susana

Carlos Navarro Antolín | 18 de marzo de 2015 a las 5:00

Sev.
Solo una macroencuesta interna con datos preocupantes podría explicar desde una perspectiva lógica el desbarre de la candidata del PSOE en el segundo debate. Pero nada indica que haya lógica donde todo apunta a que hay una cuestión puramente emocional e instintiva. Susana Díaz incurrió en varias desaplicaciones, que diría el chileno Cantatore. No dejará de ganar las elecciones el próximo domingo, pero el salto a Madrid se la ha puesto carísimo. Será la lista más votada en Andalucía, pero ha podido perder algunos puntos en ese voto sociológicamente conservador que no le hace ascos a una opción socialdemócrata, sobre todo en tiempos de caída en picado del PP y del auge de opciones como Podemos. El juego destructivo de la presidenta (con continuas interrupciones), la exaltación del ego que revela inseguridad (“La presidenta soy yo”) y el situarse por encima de los demás (invistiéndose como moderadora para conceder la palabra a su principal oponente), trufado todo con elevaciones de tono y con una gesticulación más propia de una tertulia en una asociación vecinal que de alguien con altura institucional, deja por los suelos la imagen que ella misma se había labrado con todo mérito durante año y medio. No se vio a la Susana consultada por el Rey en plena operación de relevo en la Jefatura del Estado. No se vio a la Susana embaucadora de empresarios y líderes sociales en foros de Madrid y Barcelona. No se vio a la Susana que recibe a Botín en San Telmo, o que improvisa buenos discursos en cenas de relumbrón ante personalidades de primera fila. Se vio, más bien, el perfil de aquella agreste estudiante que logró ser delegada de curso con el paso de los años tras varios intentos y a base de agarrar el micrófono y alentar a la masa. Se vio, más bien, a la Susana Díaz que se enojaba con los compañeros que no cumplían los acuerdos para hacer puente y seguían acudiendo a clase. Se vio, más bien, a la Susana Díaz de la distancia corta, aquella secretaria de organización implacable a la hora de poner orden en las filas internas o de tensionar a todo un gobierno local desde la sede del partido.

La tosquedad de la presidenta fortalece a Moreno Bonilla entre los suyos, lo que no es poco para un candidato que no generaba entusiasmo en sus propias filas. El líder regional del PP ha sido el primero en hacer aflorar a la otra Susana. A muchos socialistas sevillanos no les extrañó el perfil exhibido por la presidenta, unas formas desconocidas por la gran mayoría. Sí les chocó que ese perfil apareciera cuando menos falta hacía, cuando siendo la ganadora en todas las encuestas bastaba con mirar a la cámara, hablar de Andalucía sin necesidad de parecer la dueña de la región (ay, los políticos y su sentido patrimonialista de símbolos e instituciones) y sonreír una y otra vez. Los nervios, sobre todo semejante muestra de nervios, sólo se pueden explicar por disponer de una preocupante macroencuesta interna o porque de forma inexplicable ha retornado a los años de juventud, cuando agarraba el micrófono y aparecía ese tosco perfil que valió para ser delegada de curso, pero que puede ahuyentar cierto voto moderado y poner muy cuesta arriba la escalada a la Moncloa.