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La guía secreta de los urinarios corre peligro

Carlos Navarro Antolín | 14 de mayo de 2015 a las 5:00

urinarios
La tan alabada micropolítica tiene sus riesgos. Está muy bien, muy moderno, muy europeo, muy transversal, muy sostenible y todas las monsergas que se dicen ahora, basar la gestión municipal en tener a punto las escuadras de policías, barrenderos y autobuses de Tussam para que Sevilla funcione como un reloj de Torner. A Zoido lo critican por haber sido un alcalde excesivamente localista estos cuatro años. Será por eso que en este nuevo programa electoral ha fijado su compromiso de luchar para que Sevilla acoja una cumbre de Jefes de Estado iberoamericanos y ha ofrecido una sede en la Cartuja para el Singularity University, que la gracia está en oír cómo el alcalde pronuncia lo del Singularity University, que es mucho más complicado que lo del Open Government que le dio por decir en 2011. Qué vía crucis pasaba el hombre cada vez que el asesor (enemigo) le indicaba que tocaba hablar del dichoso Open Government, con lo fácil que es anunciar las medidas de un gobierno abierto, abierto a dialogar con Ciudadanos si hace falta.

Si se rasca el pelo de la dehesa del programa de las 333 medidas de Zoido, con cuya lectura estamos ganando días de indulgencia, se comprueba que este alcalde sigue siendo el mismo. ¿Quién osaba decir que había cambiado tras la borrachera de los 20 concejales? Lenguas viperinas… Sigue siendo el mismo, qué alivio. La micropolítica está salvada con la medida 164, que dicho así parece una enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, pero que no es más que la enésima promesa del alcalde. La medida 164 anuncia la creación de una red de urinarios en el casco histórico monumental. Toma del frasco: retretes para todos los turistas con piel de salmonete y paella precocinada de las doce del mediodía. Retretes para tantísimos sevillanos que no saben dónde hacer pipí cuando recorren el centro, este centro tan grande e inabarcable donde cabe de todo menos los árboles para dar sombra. Ysí, los veladores también caben, ¿pasa algo por recordarlo?

El riesgo de esta micropolítica que se refleja en la medida 164 es que acabará con la ruta secreta de los retretes de Sevilla, esa que maneja una selecta minoría que conoce a la perfección dónde están esos urinarios que son como acudideros en momentos de verdadera angustia. Zoido quiere acabar con esa ruta de la que ya adelantamos en su día algunos lugares claves tras el levantamiento parcial del secreto del sumario. Si la derecha nos llena el centro de casetas prefabricadas para orinar, se acabó el entrar a miccionar en el Colegio de Abogados preguntando por cualquiera de los siete mil colegiados o sin ni siquiera preguntar:entrando directamente con decisión, mucha decisión, hacia el patio porticado y girando después a la derecha. Qué maravilla de urinarios, que limpieza inmaculada, qué pulcritud. Ahí está la clave para que José Joaquín Gallardo repita como decano por los siglos de los siglos. Amén. Gallardo no es que sea ya decano, es todo un decanísimo. Hay gente que paga las cuotas del Colegio de Abogados para tener servicio limpio en el centro todo el año, como hay quien pagaba las de la Asociación de la Prensa para garantizarse derecho a caseta. ¿A que sí?

Y cómo acabar con la costumbre de entrar en el Círculo de Labradores de la calle Pedro Caravaca con la excusa de contemplar tan precioso patio después de pasar junto al retrato de Queipo de Llano. Si consigue franquear la puerta giratoria, tiene derecho a servicio con máquina limpiabotas. Pero la máquina carece de crema. Ni marrón, ni negra. Pero allí está ella, como un símbolo más de la cantidad de cosas que se mantienen en Sevilla aunque no respondan a la función inicial.

En cuanto el alcalde pueble el centro de letrinas sin gracia ni sabor alguno, como casetas de obra de Sacyr, seguro que los conserjes de tantos edificios dejarán de hacer la vista gorda. Se nos acabará la guía secreta como se acabó el acceso libre a los servicios del Hotel Inglaterra, a los que pusieron control para que sólo sean usados por los clientes, porque el chorreo de sevillanos entrando en estos servicios, sin pedir siquiera un vaso de agua en el Trinity, era ya de poca o ninguna vergüenza.

Corremos un serio riesgo también de quedarnos sin acceso libre a los servicios del Círculo Mercantil, donde en Semana Santa se puede usted escapar por el callejón de Monardes, como a los de las oficinas municipales del Laredo, donde nadie le parará en la puerta, sólo tiene que entrar con decisión y optar por la escalera o por el ascensor.Si elige el ascensor tenga en cuenta que concede más tiempo a la chica del mostrador para que le lance un arpón en forma del qué desea. Diga que tiene cita con alguien del Consorcio de Turismo, habitualmente esta coartada funciona, porque allí va gente muy variopinta. En estas oficinas municipales hay un servicio por cada planta, todo un lujo desconocido con el que ahora acabará el despiadado Ayuntamiento si cumple la promesa 164.

Poco conocidos son los servicios de la librería San Pablo, en la calle Sierpes, donde se puede hacer el sueco preguntando por alguna biografía de Rouco. Muy recurrentes son los de las hamburgueserías franquiciadas, no siempre limpios, muy calurosos y casi siempre carentes de papel higiénico. Estos últimos urinarios casi no merecen entrar en la guía. Hay horas en que recuerdan a los retretes de gasolineras de los años ochenta.

La enmienda que de verdad debería haber introducido Zoido es la de reabrir los servicios subterráneos que siguen existiendo delante del Archivo de Indias. Ode simplemente Indias, como decía la frívola ministra Carmen Calvo. Esos servicios sí que son históricos, pues en ellos se rodó en 1982 una de las grandes escenas del cine de humor español: la de la película To er mundo e güeno, de Manolo Summers, quien iba alertando a los usuarios de la presencia de un león que se comía las colitas… La auténtica fiera no rugía en los tendidos, sino junto al w.c.

Más le vale al PP reabrir los urinarios de Summers. Sin león, pero con papel higiénico. Y colocar sombra en el eje que forman la Avenida, la calle San Fernando y la Puerta de Jerez. El sevillano sabe sobrevivir sin fuentes de agua potable y sin sombra. Y a la hora del pipí se las apaña estupendamente, como se las apañaba en las bullas de Semana Santa hasta que empezaron las estampidas. Hasta la movida del Salvador se organiza a la perfección según el sexo. Ellos orinan en Oropesa. Y ellas en Acetres. Y ahora la micropolítica se quiere cargar este patrimonio inmaterial del sevillano como si fueran árboles de Almirante Lobo. Qué falta de piedad. Esta derecha no conoce límites.

Golpes de maza

Pocos y mal avenidos. Ninguna encuesta da opciones al Partido Andalucista de retornar al Ayuntamiento. Llevan fuera desde 2007, cuando Agustín Villar se quedó a 700 votos de obtener dos concejales. El caso es que el PA sigue viviendo su segunda travesía del desierto sin otear siquiera un oasis. Yresulta que la formación en Sevilla está dirigida por una gestora tras el enésimo conflicto interno. Aún así, hay que reconocer el entusiasmo y la vitalidad que le está poniendo a la candidatura la cabeza de lista, Pilar Távora. Su papel en la campaña y en los meses previos es más que meritorio para hacerse un hueco.

Un clásico. Decíamos antier que habíamos evolucionado hasta un estado de felicidad sin límites al comprobar que hay partidos que prometen convertir el río en un “caudal de oportunidades”. Aún hay más. Ya hay programas, ¡cómo no!, que usan machaconamente la necesidad de cambiar el modelo productivo de la ciudad. Y repiten lo del modelo productivo tantas o más veces que la puesta en valor del río. Ustedes ya saben que hay puestas de sol de Chipiona y puestas en valor de la política. Las de Chipiona son una vez al día. Las de la política son continuas. Será por eso lo del cambio climático. Cuando el personal coge la vuvuzela de la puesta en valor…

Juan Espadas. ¿Cuándo irá a distritos hostiles para el PSOE como el de Los Remedios? Ayer lo preguntaba un socialista en privado. Decía que está muy bien que Espadas vaya a los platós de La Sexta, pero que debe meterse con frecuencia en distritos donde el PP suele ganar de calle. Sin miedo ni reservas.

Los retretes de las casetas hablan

Carlos Navarro Antolín | 7 de mayo de 2014 a las 19:53

retrete
Se hartan de contarnos las claves ocultas de la Feria, de enseñarnos esas trastiendas con orondos cocineros friendo pescado, con feriantes de los de verdad (los de la Calle del Infierno) narrando las peripecias de cada pueblo y las zancadillas que les pegan los ayuntamientos de turno queriendo sacarles lo que no pueden exprimirle a sus propios vecinos con el IBI, que ya lo decía el sabio tabernero del Portón cuando insistía en invitar al café con la tostada de última hora de la mañana.

-No te preocupes que lo tuyo lo va a pagar el guiri que se está comiendo ya la paella.

Pues eso. Que hay ayuntamientos que pretenden que el tío de la Noria, el del Gusano Loco y el de la Barca Vikinga paguen los recibos de la contribución urbana que se despistaron del segundo semestre devengado. Y nos lo cuentan en esos magníficos reportajes de televisión de 24 horas donde la mitad se despelota en una playa y la otra mitad hace el canelo a las ocho de la mañana en un una churrería ambulante próxima a la portada. Mucha trastienda, mucho tratar de enseñar las verdades de la Feria, mucho abrir en canal esta fiesta universal, pero nadie se ha ido a enseñarnos esos retretes de las casetas donde sí que se encuentran las grandes claves, donde se exhiben esas normas de conducta en plan “ahora que no nos ve nadie, va a leer usted detenidamente mientras hace sus cositas cómo debe comportarse, so maleducado”. Y sale uno de allí avergonzado, porque te dicen desde cómo tienes que vestirse hasta la hora tope a la que puede haber menores de 14 años y cochecitos de bebé en la caseta. Lean, lean. Y no es en una caseta, sino en muchas. No se habla de señores, sino de caballeros (con o sin caballo) a los que se les exige atuendo de chaqueta, las zapatillas de deporte están prohibidas (como en el Pachá de Madrid) y a partir de las diez de la noche se recomienda el uso de la corbata. No dice qué tipo de nudo debe lucir (si el nudo de gran tamaño modelo Gregorio Serrano, el nudo distraído modelo Juan Espadas o el nudo triangular que nunca se cae modelo camarero del Aeroclub), pero se deduce que hasta antes de las diez puede usted ir despechugado, como si usted fuera un primer teniente de alcalde en un reciente sepelio, a cuello abierto exhibiendo la pelambrera alta del pecho cual guitarrista ochentero. Y todo esto se entera uno mientras orina, oiga. Pedagogía o conciliación del ocio y el ejercicio de las necesidades básicas. Al salir de ese retrete lo primero que hace uno es mirar el reloj (por si han dado las diez), autoescrutarse y pensar dónde fue la última vez que vio el carrito del niño.
No hay que olvidar esas casetas que para darse importancia colocan en el retrete un frasco de colonia de baño, un peine y una toalla, como si fueran los limpísimos servicios de los caballeros maestrantes de la plaza de toros donde se ofrecen además prismáticos y mullidas almohadillas de válvula. Pero qué cochinos los de esas casetas pretenciosas, qué asco de toalla a partir de media tarde, cuando tienen ya hasta una fauna protegida de bacterias, sabrá Dios la trayectoria de ese peine al que siempre faltan entre dos y cuatro púas. ¿A quién se le ocurre poner toallas en el servicio de una caseta? Si el summum de la falta de higiene lo marcan siempre en Sevilla la bombilla de una cuadra o el servicio de una caseta. Y todo por no poner un rollo de papel higiénico. Ocurre como cuando se modernizaron los canapés que perdimos en la Caseta Municipal, que se oía a cierto alto cargo socialista decir cada día en tono jocoso: “Hay que ver lo que inventa Juliá para no tener que poner jamón”, mientras se zampaba el consabido mini-tomatito con una puntita de anchoa. Pues hay que ver los aires de importancia con los que se camuflan algunos titulares de casetas para no gastarse los euros en rollos de papel. Fíjense en los urinarios de la Feria, auténtica trastienda. Si a las ciudades se les conoce por sus mercados y cementerios, las claves más profundas de muchas casetas están en los servicios. Los retretes de la Feria hablan. Y dan órdenes, vaya si las dan. A las diez, los cuellos cerrados. Y los niños, chupete y a la cuna.