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Restaurantes libres de pelambreras

Carlos Navarro Antolín | 14 de julio de 2014 a las 17:55

14.08.00 antilla
Han tenido que pasar veintidós años para que Renfe se decida a habilitar vagones donde pueda viajar esa minoría selecta y pisoteada que sabe hablar en voz baja con el acompañante y que responde al teléfono sin elevar el tono como si estuviera explicándole a un turista en la calle Adriano el camino más corto hasta la Catedral. Renfe prohíbe en positivo, que es políticamente mucho más correcto que prohibir en negativo. No es lo mismo inaugurar el vagón silencioso del AVE que el vagón donde se prohíbe hacer el ganso. Renfe apuesta por esa sutileza transversal que todo lo embadurna hoy con tal de no molestar a esa gran mayoría desahogada. Como el AVE es casi siempre un modelo de buen funcionamiento y encima es junto al fútbol el otro gran elemento vertebrador de España, bien harían otras empresas en tomar nota de su gestión. Si existe un vagón de AVE exento de carracas, la hostelería española, sobre todo la de la costa, podría implantar comederos libres de pelambreras. Si los charlatanes del AVE son verdaderas vuvuzelas para los sufridos acompañantes, piensen qué es un tío sin camiseta en un restaurante de playa, de piscina o de los lagos de las serranías. Un verdadero asco. Seguro que alguna vez le ha pasado. Pide una paella mirando al mar cuando de pronto se sienta en la mesa de al lado un individuo sin camiseta que le planta su oronda y desnuda espalda en su ángulo de visión.

¿Para cuándo un cartelito de advertencia a la entrada de los mil y un comederos en los que nada más abrir la puerta está el tío con el pecho al aire provocando un verdadero episodio de eso que hoy se llama contaminación paisajística? Habría que facilitar camisetas en préstamo a la entrada de ciertos negocios hosteleros para los velludos comensales, al igual que en los años ochenta había un tío que prestaba pantalones para que ningún veraneante de Matalascañas se quedara sin visitar a la Virgen del Rocío por ir en pantalón corto.

Tal vez la mente preclara que quería suprimir los chiringuitos de las costas españolas buscaba acabar con el martirio de comer junto a pobladas pelambreras, abundantes verrugas y otras excrecencias cutáneas. Hasta en restaurantes de cierto nivel con vistas al mar y cubertería de la que no se dobla se pueden ver tipos que se sientan a mesa y mantel con las cadenas de oro asomando entre los pelos, incluida una exhibición de axilas cada vez que abordan la fuente de gambas. Está por estudiar el misterioso origen del placer de comer semidesnudo, seguro que algún antropólogo de guardia puede encontrar antecedentes en alguna primitiva tribu. Tal vez hay que llegar a la conclusión de que el mórbido despechugado consumidor de paella es una especie a proteger en los catálogos de la Junta de Andalucía por ser la reminiscencia de un modelo de vida casi extinguido.

Si quitarse la camiseta es tarjeta amarilla en el fútbol, sentarse a comer sin ella debe ser motivo de roja directa por una mera cuestión de consideración al prójimo, ese gran olvidado que sufre los horrores visuales y los olores terrenales. Salgan a contar pelambreras en los bares de la capital y de las playas, verán que no hay exageración alguna, como se pueden contar y no parar el número de tíos que utilizan las sillas de los veladores para descansar los pinreles. Echan los pies por alto como el toro manso echa las manos, sin reparar en que luego alguien tendrá que tomar ese mismo asiento donde han estado reposando los sudorosos pies. Mucho aspersor para quitarle la sensación de salmonetes fritos a los guiris, pero ningún comedor advierte junto a la lista de los precios de que se trata de un local libre de pelambreras. Lo que sí prohíben es la entrada de perros, cuando hay canes más considerados a la hora de comer y de beber que muchos individuos de dos patas. Y otro ejemplo. ¿Imaginan una Catedral libre de pantalones piratas? Qué sólito se iba a quedar el Lagarto. Y que vacía la caja.