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San Fernando, la reconquista pendiente

Carlos Navarro Antolín | 13 de marzo de 2016 a las 5:00

Reportaje amplio de la cochambre en que está convertida la calle San Fernando: mesas, banderolas, mobiliario de los bares, anuncios abatibles.
NO es que Sevilla tenga un trozo de Cádiz dentro, alma de provincia hermana en cuerpo de capital. Es que tiene un trozo de Huelva dentro, de avenida de Castilla de la Antilla, valga la rima, cuando uno recorre la calle San Fernando, por la que ya no pasan cigarreras, pasa el que puede entre la cochambre de anuncios, calefacciones, banderolas, toldos, ceniceros, vallas, etcétera. En un reciente balance ha salido que en la calle San Fernando hay autorizadas 454 sillas y 133 mesas, una galería de caos, mal gusto, Benidorm sin playa, Matalascañas de fritanga en el último fin de semana de agosto, mercadillo de la hostelería que en lugar de calcetines oferta montaditos. San Fernando es la calle cutre de un centro cada día más cutre, la calle que mejor representa la chabacanización de la hostelería en una ciudad que debiera mimar su patrimonio y el sector servicios con el celo de un camarero chino, qué pesados fiscalizando a los comensales en todo momento para ver qué desean.

¿Y saben quién dio la primera voz de alarma sobre la mutación de San Fernando? La Universidad de Sevilla. Para que luego digan que la Universidad está muda y no cumple su papel dentro de la sociedad civil. El señor gerente de la institución académica protestó por escrito al Ayuntamiento en tiempos de Zoido, cuando en Urbanismo estaba el delegado Maximiliano Vílchez, con cara de recibir siempre el pésame por los pasillos del Ayuntamiento (“Lo siento, Maxi, no somos nadie. No hay quien haga cambiar los turnos de trabajo de los empleados de la Gerencia. Te acompaño en el sentimiento”), y un gerente la mar de emperifollado que formaba parte de los gerentes cucharas de Zoido: ni pinchaban, ni cortaban.

El gerente de la Universidad se quejó con buenas palabras de la mierda que generan los veladores de la calle San Fernando, porque los residuos de todo tipo acaban en la lonja los días de brisas, dejando hecho un estercolero el tramo comprendido entre la puerta principal del Rectorado y la capilla. Aquella carta de protesta estaba firmado por don Juan Ignacio Ferraro, que adjuntaba fotocopia de las ordenanzas municipales que obligan a los señores titulares de licencias de veladores a no ser unos guarros. Urbanismo abrió expediente. Y hasta hoy. Los cucharas ya no están, porque las urnas los mandaron a la Venta, que ya saben ustedes la hortaliza a la que está dedicada la venta más famosa de las redes sociales. Ahora está Antonio Muñoz, socialista que ha creado una comisión de veladores para que, como Lampedusa, todo siga prácticamente igual pero parezca que hay una frenética actividad. A mi Antonio Muñoz con los veladores me recuerda a aquella gestoría de jóvenes emprendedores que al entrar el primer cliente se pusieron todos a aporrear el teclado e hicieron subir los cafés del negocio de abajo con la voz del camarero diligente: “El desayuno de siempre, señores, aquí lo tienen”. El caso es parecer que se trabaja, que es mucho más rentable que trabajar.

La calle San Fernando es la Antilla sevillana sin Terrón, pero con Fábrica de Tabacos. De los cielos que perdimos a las calles que perdimos. Las agresiones de hace 50 años eran por las alturas, por los aires, con remontes y plantas que crecían al amparo del desarrollo urbanístico. Las agresiones de hoy son a pie, de infantería pura, invaden el espacio del peatón a base de crear un estilo de sangría azucarada y pies por lo alto, de erasmus asalmonetados, de auténticas carpas que son el campinplaya de los bares en un centro histórico que cuenta con las máximas catalogaciones patrimoniales. Tururú.

La Universidad no hizo pública aquella protesta. La carta de queja generó un expediente que se lo llevó el viento. En Sevilla todo se lo lleva el viento de matacanónigos. El gobierno cambió. Todo sigue igual. De los cucharas de Zoido veremos si no pasamos al pantuflerío de Espadas. San Fernando perdió la batalla en favor del tranvía, las bicis y un rosario de bares que han hecho buena la hilera de las casas que siempre decían que afeaban una zona que debía estar expedita entre los jardines del Alcázar y la Universidad. Entre col y col, velador. San Fernando ha mutado en la Antilla. Sevilla es una playa barata, una ciudad donde todo es susceptible de empeorar, un hotel de tres estrellas donde los clientes se conforman con el maltrato y su venganza consiste en mangar los jabones en lugar de protestar alto y claro. San Fernando era una calle preciosa hasta con aquellas casas, digna de la Vía Roma de Florencia. Ahora huele a cruasán y sólo le falta el negro con el expositor de gafas, pulseras y los elefantes de la suerte.

Veladores metidos en los palcos

Carlos Navarro Antolín | 29 de febrero de 2016 a las 6:21

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Todos los esfuerzos que haga Antonio Muñoz para frenar la marea de veladores, todos los observatorios que convoque cada miércoles, todos los diagnósticos que anuncie para peinar las calles y todos los calificativos contudentes que emplee para referirse a la cochambre de mesas, sillas y cachivaches que afean la ciudad, caerán en el saco roto de la frustración personal y el fracaso institucional si no saca a trabajar por las tardes a los señores inspectores de Urbanismo. Ellos son los que emiten las licencias y pueden sancionar su incumplimiento. Ellos tienen las competencias en vía pública. Los de Medio Ambiente tienen potestad en caso de ruidos. La Policía Local está para las urgencias. Pero el gran aparato coercitivo reside en la Gerencia. Zoido no logró que estos inspectores trabajaran más allá del horario de mañana.

El gran reto de Muñoz, además de defender las Diputaciones Provinciales a contramano de Ferraz, es negociar con los inspectores. Yahí puede topar con la indolencia de algunos responsables de un organismo autónomo maltratado por todas las corporaciones a la hora de recibir transferencias. Mientras, algunos meten los veladores hasta en los palcos… Pista, que va el artista.

Más vía crucis, por favor

Carlos Navarro Antolín | 16 de febrero de 2016 a las 18:13

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Pongan una Exposición Universal en el horizonte y verán cómo engorda el cochino de los presupuestos del Estado para la ciudad, por mucho que después las provincias hermanas nos recuerden al oído aquello que fuimos y que no volveremos a ser, que Sevilla sigue pagando aquellos fastos en las cuentas que se hacen en Madrid y en las de San Telmo. Pongamos una ley antitabaco en la ciudad del buen tiempo, sin invierno y sin gripe, que se multiplicarán los veladores como adosados del Aljarafe en tiempos de constructores sentados en las barreras de los toros antes de sentarse en el banquillo de los mangantes. Tanto nos hartamos de rendir culto al PGOU como la Biblia del urbanismo que las mesas y sillas han acabado multiplicándose como panes y peces. Pongamos alcaldes buscadores de consenso en vez de cumplidores de la ordenanza, que las normativas no se aplicarán por aquello de no crear agravios, por el complejo de no parecer autoritarios, por el culto a la equidistancia en todas las situaciones por mucho que haya incumplidores flagrantes y perjudicados evidentes. Pongamos vía crucis, muchos vía crucis, y se producirá el milagro de contemplar una calle desnuda, aseada, limpia, libre de las ataduras de camiones de carga y descarga, de eso que tan feamente se llama mobiliario de la hostelería. Estaba Juan Espadas frotando la lámpara a ver si sale el mago Cabrera y le ofrece tres deseos para pedirle que acabe con el tsunami de veladores, cuando llegó el vía crucis general de las hermandades y la Policía Local dejó Mateos Gago como usted siempre la había soñado. Esto es lo que Monteseirín, en el cursi lenguaje de los políticos, de todos y todas, hubiera llamado la Mateos Gago de las personas, la calle ganada para el peatón, el espacio habitable y otras gaitas verbales en el código de los que llaman soluciones habitacionales a los pisos pequeños, y batería de medidas implementables para la mejora de la regulación de la movilidad rodada al intento por conseguir que los semáforos funcionen como tienen que funcionar. Llega el vía crucis y en Mateos Gago sólo queda Alvarito Peregil pidiendo que no se corra por los pasillos de una taberna que es tan pequeña que el tonto de la política llamaría solución hostelera en vez de bar; sólo queda el egipcio que no hace mucho tiempo traía por la calle de la Amargura (dos pasos) a los vecinos, y sólo se ve el humo sacro que despide la Fresquita. Los días de vía crucis no hay más obstáculo en Mateos Gago que la zanahoria rallada que echan de guarnición en las tapas que ahora se llaman platos (¡Fuego!).

Tanto reunir la Mesa de la Movilidad para buscar soluciones y hacer el paripé del diálogo y la búsqueda del consenso cuando resulta que la solución la teníamos en casa: un vía crucis. Basta con un vía crucis de los de media entrada de público para que la calle se vea tan libre de obstáculos que parezcan los tiempos en que el arzobispo salía en carroza y no había más que la mitad de las cofradías que hay hoy. Por eso, cuantas más cofradías, mejor. Y hay que legalizar las cofradías piratas con urgencia. Que se ponga el señor vicario a trabajar, que hace tiempo que no lo vemos con eso de que está tapado por si lo hacen obispo auxiliar. Todas las hermandades a sacar vía crucis por el centro todo el año, incluidas las de la provincia. Saquemos tantos vía crucis que nos tomen por locos. Pongamos vía crucis, muchos vía crucis, para que Mateos Gago se parezca a una calle y no a las Urgencias del Macarena en hora punta.
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Sevilla, se alquila

Carlos Navarro Antolín | 24 de enero de 2016 a las 5:00

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La vieja dama reunió a la familia en el salón de suntuosidad ajada, dorados apagados y vitrinas con platería enlutada por el paso del tiempo. Hacía ya unos años que el marqués se llevó para siempre la llave de la despensa y que el albacea había procedido conforme a lo expresado por el causante y, también, en función de criterios avaros, que ya se sabe qué parte corresponde al que reparte. La vieja dama toma asiento en la silla isabelina, reposa los antebrazos en la caoba de la mesa con esmero para no arrugar el paño de encaje, pierde la mirada en el lienzo de un antepasado con monóculo y bigote de húsar, y comunica a la descendencia:

–Ahora mismo no hay para pagar el próximo recibo del IBI. Os recuerdo que son 18.000 euros. No hay otro remedio que tomar de una vez la decisión.

Yla vieja dama, que ausculta con precisión los tiempos y siempre ha vivido con los pies en el suelo y atenta a la actualidad, pide la venia para alquilar varias partes de la hacienda para bodas y otros actos sociales. El vestíbulo cubierto es muy amplio para los cócteles en días de lluvia, de pie caben fácilmente trescientas personas. En el apeadero pueden servirse los aperitivos de bienvenida en primavera y verano. Las caballerizas, bien arregladas, son idóneas para el gran comedor. Siempre habrá algún gracioso que refiera eso de yantar donde en otro tiempo se han alimentado las bestias, pero Sevilla es la ciudad de la guasa. La mayoría se pirra por estar junto al noble al mismo tiempo que se regodea en sus penurias. Yel almacén, con una pequeña reforma, sirve para las horas de barra libre.

Sevilla es Tara, quemada por la guerra de la crisis económica, con los cultivos arrasados y las cortinas hechas jirones. El alcalde es Scarlett O´Hara en lo alto de un velador:“A Dios no pongo por testigo porque no me deja rojo sevillano ni los chicos de Participa, pero juro que no volveré a pasar hambre”. Y Juan Espadas, dispuesto a todo para reactivar la economía local, pone las zonas nobles de la ciudad en alquiler para cócteles y banquetes. Así recaudará 900.000 euros, casi lo mismo que el millón anual por las licencias de los veladores. Con Espadas será posible dar una copa de empresa en la Puerta de Jerez, donde el catálogo municipal dice que el primer atractivo es la fuente de Híspalis, la que parece sacada de un tanatorio del Aljarafe construido en tiempos de pelotazos urbanísticos con edil de Urbanismo imputado. También se podrá presentar un modelo de coche de alta gama con pedazo de cena para diez mil comensales en la Plaza de España. ¿Prefiere presentar su nuevo perfume en los Jardines de Murillo y tener luego varias mesas altas para servir el Möet Chandon? En este caso lo recomendable es limpiar previamente las ratas allí empadronadas, las de cuatro patas quiero decir. Si lo prefiere, ese acto social que siempre había soñado puede tener su marco incomparable en la ciudad de los marcos incomparables: en los Baños de la Reina Mora, en la Plaza de América (“¡Yo lo vi primero!, dirá Mario Niebla del Toro con el turbante y sus invitados de postín) o en la Alameda de Hércules, la que Monteseirín alfombró de un amarillo más feo que un chino con fiebre, y Zoido directamente no supo qué hacer, entretenido en pensar si estaba bien sujeta la placa que conmemora que un día inauguró un bacalao en Argote de Molina. Literal: un bacalao.

Sevilla se alquila para fiestas como la hacienda de la familia noble venida a menos. Arrendamos los escenarios de la grandeza que un día habitó entre nosotros. El márketin es cruel como un niño y nos dice las verdades: somos un gran salón de celebraciones, los hosteleros de Europa. ¿No montamos un horror llamado Munarco por ser la ciudad de la Semana Santa por antonomasia? Pues vendamos Sevilla como un gran velador. Yel Ayuntamiento, como la familia que tiembla con sólo imaginarse en el BOP por no pagar el próximo IBI, ha hecho el catálogo de plazas y edificios aptos para festines. Pero, ay pena, penita, pena, se han olvidado de la Plaza de San Francisco como la joya de la tatarabuela que no se alquila. Orgullo se llama. Claro, la Plaza de San Francisco ya tiene arrendatario con jaimas y mesas altas desde hace años. Que cambien la letra de la leyenda sobre la ciudad. “Monteseirín me transformó, Zoido me cercó de veladores y mesas altas y Juan Espadas me alquiló pa banquetes y otras gracias”.

Gadafi en el Laredo

Carlos Navarro Antolín | 3 de enero de 2016 a las 5:00

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SI la calle era de Fraga, la Plaza de San Francisco es de Robles. Esta plaza es como el salón de su casa. Ríanse del Salón de Écija, que es como llaman los astigitanos a la zona cero de su vida urbana. La Plaza de San Francisco es el salón de Robles. Y en su salón hace uno lo que quiere: cambia los muebles, tira tabiques, levanta paneles, coloca estufas nuevas, pone y quita la alfombra, combina los distintos tipos de sillas. ¿O no? La arquitecta Lola Robador, que tan brillantemente contribuye a la restauración del Ayuntamiento, explicaba esta semana los valores del edificio, su historia, los detalles recuperados, su relación con el entorno. Y hubo varios oyentes que nos quedamos con las ganas de que diera detalles de la jaima de Robles, la que montó la otra noche en el antiguo Laredo, en la misma noche de Nochebuena, de una Nochebuena sin misa del gallo tras la cena pero cargada de gallitos. Si usted quería cenar en la Plaza de San Francisco a unas horas tan señañadas después de oír el mensaje del Rey en el Palacio Real, disponía de una jaima como la que Gadafi se hacía montar en La Boticaria, calentita, calentita, a mesa y mantel, con camareros y con la intimidad parcial asegurada, esa que permite ver sin ser visto.

¿No colocan los manteros de Tetuán y Velázquez un chivato en la esquina que avisa con un silbido de que llegan los señores de la Policía Nacional o los muchachos de la Policía Local? Pues Robles debe tener su silbador la mar de bien adiestrado, que avisa que ya se han ido los inspectores de Urbanismo a cenar el pavo trufado. Vamos, que llevan cenando y haciendo la vista gorda desde que Monteseirín era alcalde, pues Alfredo le aplicó a la perfección eso de al amigo todo, al enemigo nada y al indiferente la legislación vigente.

–¿Y Zoido no hizo nada, oiga?
–Era más de La Raza, aunque al final del mandato les mandó la carta de desahucio. ¡Al suelo, que vienen los nuestros!

Sevilla debe ser la única capital de España en que los inspectores de la vía pública no trabajan por las tardes ni los fines de semana.
–¿Me lo repite?

Cuando más ruido urbano se genera, del que pone de los nervios a los vecinos, es precisamente cuando no hay inspectores. Los turnos de descanso los carga el diablo. Se sortea un fin de semana en Rota entre quienes vean a un inspector de veladores pasar por el centro en hora punta, en prime time de turistas con los pies por lo alto en un asiento, pidiendo platos cargados de zanahorias ralladas con riachuelos de vinagre de Módena.

La ordenanza reguladora de las terrazas de veladores, aprobada con carácter definitivo en el Pleno de abril de 2013, cuando gobernaba la ciudad el gobierno planito del PP, establece bien claro:“En ningún tipo de instalación, ya sea enrollable a fachada o aislada de la misma, se podrá disponer de elementos verticales que puedan hacer de cortavientos en todo su perímetro”.

–Oiga, eso va por la jaima de Gadafi, que diga de Robles. Y de elementos verticales no sé, pero de elementos a secas le puedo hablar de unos pocos.

Uno se pone a buscar las disposiciones adicionales, cláusulas, excepciones o anotaciones marginales, y no termina de encontrar que Robles tenga privilegios, que los tiene, porque los tuvo con Monteseirín (cual tabernero del régimen), los tuvo con Zoido y se ve que los mantiene con Espadas. Y los 31 concejales de la corporación municipal pasando cada día por la plaza. Son todos miopes, todos.

Si Chávez es un pajarito que se aparece a Maduro, Gadafi cualquier día aparece en la jaima de Robles para recibir a Aznar, que ya se sabe el poco reparo que tuvo el ex presidente español en entrevistarse en aquel hotel alcalareño con un líder tan democrático y amigo de los consensos como el libio.

Lo más chic de la hostelería no son las placas que generan calor a bajo precio en lugar de las estufas que chupan butano, ni los cubos recogebasura de los veladores, ni que te presten con gentileza una manta para el frío como en Madrid, ni que el camarero anote la comanda en el ipad. Lo más chic es que el metre pregunte a los señores:“¿Comerán en la barra, en mesa interior o prefieren la jaima?”

No sabemos dónde está la cubierta de la final de la Davis, pero mira que si la jaima de Nochebuena fuera la de Gadafi… Y Lola Robador venga a explicar el plateresco y el renacentista, venga a dar detalles de los arcos y las decoraciones recuperados. Y ni pío de la jaima, que es el nuevo valor añadido en esta Nochebuena sin inspectores, sin Dios, y sin curas queriendo decir la misa a las doce de la noche. La Navidad de Espadas trae la jaima como nueva atracción, oiga, en todo un ejemplo de colaboración pública y privada. Qué calladito se lo tenía Antonio Muñoz, delegado de Hábitat Urbano y de Jaimas Consentidas, que en la nueva oferta de Sevilla en Navidad (tan laica, laiquísima, como Susana dijo que era roja, rojísima) se puede cenar en una jaima en plena Plaza de San Francisco en la noche más familiar para el orbe cristiano. Y en Nochevieja, por cierto, hubo reptición de la jugada.

Cuando media España pleiteaba con los cuñados, Robles colocaba otra pica en su plaza. La calle era de Fraga, menos la Plaza de San Francisco de Sevilla, que es de Robles. Tiene que estar su nombre puesto hasta en el Registro de la Propiedad. Unos alcaldes vienen y otros se van, Robles siempre está. Yo estoy por pedir mesa en la jaima estos días de Pascuas y esperar a ver si llega antes un inspector de Urbanismo o la cruz de guía de una cofradía pirata. Tanto quebrarse las autoridades municipales la cabeza para que el personal no se cuele en el tranvía, y resulta que les montan una jaima a los pies del Salón Colón, donde se sientan sus 31 señorías a tirarse pelotas de papel, y nadie dice ni mú. Estarían todos en misa. Del gallo.
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La lámpara maravillosa de Zoido

Carlos Navarro Antolín | 8 de enero de 2015 a las 13:55

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Quien da lo que tiene no está obligado a más. El sobre cerrado de la caridad de la Soledad de San Lorenzo reza desde 1961: si no puedes nada, nada; si puedes poco, poco; si puedes mucho, mucho. En tiempos de miseria, los gobiernos venden las altas de autónomos como creación de empleo de calidad, las fotos con banqueros como impulsos certeros para la reactivación económica y la reposición de un bacalao en la fachada de una calle como recuperación de un símbolo identitario. El gobierno de Sevilla pregonó en verano por los cuatro mil bares y diez mil veladores que la lámpara central del teatro Lope de Vega iba a ser restaurada. Y algunos meses después anuncia que la lámpara ha sido elevada de nuevo a las alturas. Asistimos a la explotación de los hitos de la vida cotidiana, lo natural convertido en noticia, lo usual destacado en negro sobre blanco. Tras la borrachera de años de desenfreno, volvemos a ensalzar que la gente cobra a fin de mes, que los autobuses funcionan y que los barrenderos retiran la basura. Todo un pregón de la normalidad recuperada y valorada, o puesta en valor, como cacarean todos los políticos ahora, que lo de la puesta suena a primer tubo de la portada de Feria, y el valor suena a torero o a chocolate a la taza.

Los comunicados de hoy revelan esa miseria de la que hay que ser conscientes. En los ayuntamientos vivimos de las sobras del frigorífico conservadas en papel de plata, del final de la pasta de diente a base de apretar y enrollar el tubo, y de apurar la caja de polvorones hasta convertir los de limón y coco en un manjar redescubierto. Las notas de prensa de hoy revelan el verdadero estado de la ciudad. El Ayuntamiento anunciará cualquier día próximo que están colocados todos los rollos de papel higiénico en los urinarios de los despachos municipales, que no falta el cartucho de tóner a ninguna impresora, que funcionan todos los aparatos de refrigeración y que el reloj de la Plaza Nueva marca la horas precisas que quedan para el 24 de mayo. Quizás la micropolítica no sea otra cosa que aceptar los tiempos que a uno le ha tocado vivir, renunciar a ese “hacer cosas” que volvió loco a Monteseirín desfasando presupuestos y desviando fondos, entender que no son mandatos para las grandes obras, sino para pregonar que se desayuna, almuerza y cena, que no es poco. Al bacalao de Argote de Molina se suman los veladores, y a los veladores se suma la lámpara. Para que luego digan que no hay balance material en casi cuatro años de gestión más allá del mapping. Si puedes poco, poco. Al fin y al cabo uno no sabe lo carísima que es una lámpara hasta que amuebla su primer piso. Zoido es el Aladino de la política local, el genio capaz de conseguir titulares con una lámpara o un bacalao (mejor si es sobre un lecho de salmorejo).

El verdadero genio es aquel capaz de interpretar con precisión el tiempo que le ha tocado en suerte. Y no son años para engañar a bobos con puentes decorados con lunares, piscinas sobre el río, transporte fluvial para acudir a la Feria y otros verdaderos bacalaos hediondos que nos hemos tragado religiosamente. Alegrémonos pues (gaudemus igitur) que aún quedan polvorones de limón.

Los urdangarines de la hostelería

Carlos Navarro Antolín | 25 de noviembre de 2014 a las 18:19

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En cuestiones de hostelería hemos pasado del cuidado con el perro al pasen y vean con toda tranquilidad que el perro está atado. Sevilla fue arrinconando la tapa, con su medida exacta y proporcionada, en favor de los platos, medias raciones y raciones completas. Las mesas llevaban incluido el tasazo de sólo poder ser utilizadas para comer raciones. Tomarse una tapa sentados en uno de los diez mil veladores era un acto imposible en muchos bares. En mesas solo raciones, mandaba la leyenda. Y todos a tragar, a tragar en la barra obviamente, como tragamos con el imperativo del sólo se puede pagar con tarjeta si son cantidades superiores a 10 euros, por mucho que Rubén Facua alerte de lo contrario. Porque el apellido de Rubén es Facua, ¿o alguien lo duda? Igual que Benito Navarrete es Benito Mapping (sin patrocinio) y Jesús Becerra es Jesús Becerrita (con croqueta de cola de toro). Pues eso: que tragamos sin decir ni pío con los cartelitos que cantan el límite mínimo para pagar con tarjeta. Pasamos del serrín esparcido por el suelo a los bares libre de humos, es el pendulazo de siempre, marca de la casa de una sociedad que no entiende de evoluciones en equilibrio. Y por fin ha llegado el cartel que es como el quitamiedos de la antigua Cuesta de la Media Fanega. Por fin leemos que en las mesas se sirven tapas. ¿Y por qué antes no se servían, oiga?, podría preguntarse cualquier marciano recién aterrizado en la dehesa de Tablada, si Sevilla es la ciudad de la tapa por antonomasia, si el personal se ha hartado de presumir del taperío local como un timbre de gloria, si hasta ha habido concursos a las mejores tapas. Las tapas volaron de las mesas por la codicia, que es el barniz que ha cubierto casi todo en esta nación en los últimos años. Los hosteleros devoraron la tapa como Saturno a sus hijos sin saber que se estaban devorando a sí mismos. Mataron la gallina de los huevos de oro por quedarse con la granja entera y la del vecino si era posible. Ampliaron los salones, achicaron las barras cual Menottis con delantal, poblaron todo de mesas y redujeron las tapas hasta tal punto que en fechas especiales como la Semana Santa los hubo que las suprimieron de las listas, pese a que esos días hay más gente de fuera que nunca deseando pedir el símbolo por excelencia de la gastronomía local. Era llegar la Semana Santa y aplicarse el reglamento apócrifo de la hostelería local: fuera tapas y el servicio averiado. La codicia pudo a muchos, que ahora han replegado las tropas del puyazo, quitando los manteles gordos y poniendo veladores donde antes había mesas de restaurantes. Vuelven a la tapa y servida en mesa, qué amables se han vuelto de pronto, qué diligentes, qué atentos. ¡Viva la crisis que ha devuelto las tapas a las mesas y servidas por camareros! Algo bueno tenía que tener esta crisis: ha mandado al garete las copas de Navidad de los partidos políticos y podemos (¡sí se puede!, a lo Errejón trincón) tomar una ensaladilla en un velador servida por un amable camarero. En la hostelería se puede ya cantar lo de volver a ser lo que fuimos. Se nos rompió la ración de tanto usarla, con el asco que da meter el tenedor chupado donde han metido otros los tenedores una vez pasados por los piños propios. Donde se ponga la tapa individual que se quiten esos platos para compartir que terminan siendo muladares, sobre todo si son de fritanga con mayonesa en el centro. Regresa la tapa de donde fue expulsada por la codicia de los urdangarines de la hostelería. Lo siguiente será que funcionen todos los servicios en Semana Santa.

Los nuevos veladores

Carlos Navarro Antolín | 10 de octubre de 2014 a las 5:00

veladores Arzobispado

CON los veladores pasa como con la luz. Decía Romero Murube que hay una luz para la mañana de Corpus, como la había para la Semana Santa o para la tarde del Día de los Difuntos. Pues hay unos veladores de Pin y Pón, más pensados para cuerpos de niños que para adultos; como los hay que embisten contra edificios catalogados, caso de los colocados contra los muros del Palacio Arzobispal; como los hay de los que cuelga un cubito a modo de papelera, que son los veladores sambernardinos, que también los hay en modalidad papelera patera, bien con la pata de la mesa dentro del cubo, bien con la papelera junto a la pata; como los hay para quitar el miedo al puyazo, que son las mesas altas con taburetes, en las que siempre parece que a uno no le cobran más por sentarse, porque al final está medio de pie, medio sentado. Los peores quizás son los microveladores, los de Pin y Pón, de casita de muñecas. Se han puesto muy de moda en las cafeterías de nuevo cuño. Tanto se repitió que en Sevilla no quedaban apenas cafés desde que cerró el del Loco de la Colina que no paran de aparecer cafeterías de las que entran ganas de merendar, con colores amarillos y verdes, con dulces de obrador casero idóneos para meriendas pijas y, cómo no, con mesas y sillas recoletas, menudas, para cuerpos minimalistas. Se sienta uno en esas sillas tan monísimas como inútiles y se siente el mismo efecto que sentarte en lo alto de un bolardo. Parece uno el canario obeso del chiste, que siempre parecía que se iba a caer del palo. ¿Y esas mesitas de miniaturas de coleccionable? Si parece que las han robado de un aula infantil. Y para colmo, todas estas micromesas siempre muy pegadas unas a otras, en perfecta disposición para seguir la conversación del vecino, como si fuera montado en un autobús de Tussam pero en versión fresita. A un paso estamos en Sevilla de compartir mesa con extraños, un hábito de lo más normal en muchas ciudades. Sólo faltan farmacias con veladores para tomarte la presión arterial o las pastillas del día.
El velador sambernardino en realidad es una cochinada. Se traga usted los desperdicios que ha dejado el anterior, es como si comiera en su casa junto al cubo de basura abierto, porque en ningún sitio se limpia el cubo tras marcharse el cliente. Allí se quedan el trozo de San Jacobo duro, las servilletas sucias y el bote del potito. Recoger, lo que se dice recoger con celeridad, sólo se recogen los vasos y los platos en cuantito el cliente ha terminado, pero no por limpieza, sino para que el cliente se sienta obligado a pedir de nuevo. Una suerte de mobbing hostelero, una costumbre cada vez más asentada a la que los dueños de los bares llaman “levantar”. Hay que levantar la mesa cuando se percibe que el consumo decae. ¿Y cómo? Dejando al cliente como al torero que pierde los trastos: desnudo. O pide una segunda ronda, o puerta.

 

veladores san bernardinos

Los mejores embestidas de veladores se ven en la calle Placentines, donde se han hecho con la acera a un lado y a otro. Las mesas están pegadas al Palacio, incrustadas como celulitis a la piedra. Aquí no hay impacto visual que valga contra un Bien de Interés Cultural. ¿Dónde está la comisión de patrimonio para dictaminar sobre la contaminación paisajística de tanto velador en edificios con valores histórico-artísticos? Igual que se está muriendo gente que nunca se moría, están apareciendo veladores donde uno jamás lo hubiera pensado. Estos veladores que embisten contra los muros palaciegos tienen derecho al aroma de pipí de caballo procedente de la parada que hay a la misma verita, una fragancia puramente sevillana, perfectamente declarable patrimonio de la humanidad, lo que un cursi definiría como un valor añadido. Se sienta usted en ellos y disfruta de la Giralda mientras se fastidian sus cervicales y se abre el tarro de las esencias más urbanas, un cúmulo de sensaciones de lo más chic. La calle Placentines a determinadas horas es un laberinto de meandros de orines equinos que van a morir a la acera del Palacio de Arzobispal, donde los guiris se acomodan en los veladores como si pasara el Jordán por debajo de sus pies. Las dos Sevillas en un radio de menos de cien metros. En una acera del Palacio, la de Don Remondo, se guarda siempre ese frío de enero con olor a pólvora asesina de atentado. Y en la otra se contempla cada día que, al final, somos los camareros de Europa, como denunciaba siempre aquella alcaldesa llamada Soledad Becerril. Sólo sabemos poner mesas y sillas, más mesas y muchas más sillas. Hemos pasado de leer ‘Sevilla en los labios’, con los diferentes tipos de luz, a ser una Sevilla sentada, con los diferentes tipos de veladores. El caso es sentarse. Aunque huela a pipí.

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La Sevilla oculta de los urinarios

Carlos Navarro Antolín | 18 de agosto de 2014 a las 20:28

FOTO: RODRIGO
En la ciudad de los pájaros sin sombra (hay otros pájaros que están muy a la sombra, pero de Sevilla-II), de los aspersores de los bares que empañan las gafas, del solarium de la Avenida del tranvía, las bicis y los veladores (tururú para el peatón), y del alcalde haciendo la Ruta del Adoquín saltando de obra en obra, ni se puede beber agua en una fuente, ni se puede orinar en un aseo público. Si opta por beber en la fuentecita de la Plaza Nueva, la que está enfrente del edificio Generali (Se alquila, ¡jajajá!), puede experimentar el inmenso placer de saber cómo y dónde beben los perros, por no referir que parece un pipicán camuflado, de aquellos pipicanes que se hartó de poner el PSOE en Los Remedios para que no dijeran que Monteseirín la tenía tomada con las señoronas de la Nova Roma que perdimos. Las malas lenguas aseguraban que Monteseirín sorteaba un fin de semana en Rota entre los que presentaran una foto de un perro de Los Remedios haciendo uso de un pipicán. Debía ser que eran perros de derechas, pero muy de derechas, que se negaban a aceptar las innovaciones del llamado gobierno de progreso. Sus amos rechazaban las setas de la Encarnación y sus perros los pipicanes de Virgen de Luján.
¿Y dónde hace usted pipí si de pronto le entran ganas en plena vía pública y pertenece usted a la Hermandad del Pudor, de los que no son capaces de pegar el mangazo de urinario sin consumir nada? Aquí es donde hay que echar mano de la guía de la verdadera Sevilla oculta, la de los urinarios de fácil acceso. El primer premio se lo llevan los servicios del Colegio de Abogados, donde a usted le pueden confundir fácilmente como uno de los ocho mil colegiados que siempre votan a José Joaquín Gallardo como decano. Entra usted en el colegio, saluda con decisión al conserje, accede al patio, gira a la derecha con toda soltura y, hala, a orinar gratis total. No mire la arquería del patio, ni las macetas, porque ambas maniobras le delatarían como personal ajeno a la casa. Usted tiene que entrar como si fuera pariente del decano, sin más, con todo desahogo. La verdad es que es una maravilla que José Joaquín Gallardo siga de decano. ¿Se imaginan que con tanta promesa de renovación en los cargos llega al poder una de esas listas alternativas que ahora se cuecen y nos ponen una clave de acceso en los servicios del Colegio de Abogados, en plan chalé del Aljarafe con pretensiones? Uf, eso de teclear para orinar como el que va a sacar los 20 euros en un cajero… Ya tenemos pin para el banco, pin para la impresora, pin para la app del teléfono móvil, pin para el portero electrónico, pin para el acceso al trabajo… Y pin para las aguas menores.
fachada del colegio de abogados
Los expertos también colocan en el listado apócrifo de urinarios privados de fácil acceso a los que están en la planta alta del Ayuntamiento, donde laboran los grupos políticos de la oposición, en el conocido como palomar. El Ayuntamiento también los tiene en la planta baja, pero ahí es más fácil que le trinquen porque están los guardias mucho más cerca y suele ser el que ellos usan. Usted entra en las Casas Consistoriales, si es posible exhiba alguna carpetilla, documento o papel de desocupado mayor del reino, le dice al policía local que va a ver al “líder” y le dan vía expedita para coger el ascensor. El “líder” es el socialista Juan Espadas, líder de la oposición municipal, que así lo llaman algunos de sus concejales en privado en los cafés de media mañana de General Polavieja.
–¿Cómo está el líder hoy?
–Ni te cuento, pero desde que no está en el Senado…
En tercera posición figuran los servicios del edificio Laredo, no los del bar cuya mesa de tequilas, vodkas y ginebras premium invaden la acera. Ese no, el edificio. Usted llega al Laredo, entra directamente hacia el ascensor o hacia la escalera y tenga la completa seguridad de que nadie, absolutamente nadie, le va a sorprender con ese policía local que todo sevillano lleva dentro al usar el pretérito imperfecto que tiene el valor de un portero parando un penalti: “Oiga, oiga, ¿a quién buscaba?” Y, otra vez, hala, a orinar gratis total. Y con suerte, hasta micciona usted fresquito si Doña Asunción Fley, la muy respetada capitular de Hacienda, tiene arreglado el aire acondicionado.
Si los espasmos de las ganas de orinar le sorprenden por el sector de la Campana, vaya a la sede del Labradores de toda la vida, la de la calle Pedro Caravaca. No tiene más que ir vestido con cierta corrección ortodoxa, saludar con mucha fuerza al conserje, no tropezarse con la puerta giratoria (le delataría como un pardillo) y girar inmediatamente a la derecha si busca el urinario de señoras, o bordear el patio hacia la izquierda si busca el de caballeros. No se detenga mucho en los lienzos. Sí, hay uno de Queipo de Llano, pero tiene que parecer que entra usted allí desde hace años, desde los tiempos en que no existía la piscina de las instalaciones de Los Remedios.
Cuatro urinarios, cuatro, habitualmente limpios, de fácil acceso y cómodos, más amplios que ese chalé que se vende en Palomares, sin esas estrecheces de retretes de taberna en los que uno entra, sufre las apreturas propias del paso de misterio de la Carrretería en su capilla, adopta un imposible escorzo para cerrar la puerta sin rozar la taza, se traga la peste de tres días, echa el pestillo, intenta buscar el interruptor de la luz, queda literalmente aprisionado, busca el móvil para tratar de iluminar el habitáculo, cuenta las bolitas de naftalina que hay sobre la rejilla verde metálica y siente la puerta oprimiendo sus riñones y empujando más que un policía nacional a un cangrejero delante de un paso de palio.
No pierda tiempo en buscar urinarios públicos. Usted haga caso de la guía: sea amigo de José Joaquín Gallardo, vaya a entrevistarse con el “líder”, ejerza de sevillano asiduo del Laredo, pero el de verdad, el que no tiene veladores; y entre en el Labradores como Pedro (Sánchez Cuerda) por la Raza. Y a orinar gratis.
fachada del ayuntamiento de Sevilla

El imperio de la pizarra abatible

Carlos Navarro Antolín | 3 de febrero de 2014 a las 9:46

jovellanos
DICEN los expertos que a la Catedral de Sevilla le falta un gran espacio abierto que permita la contemplación de la fachada principal, que es la de la Asunción, por donde entran los nuevos obispos con cara de susto y por donde salen con los pies por delante y con peor cara aún. La Catedral de Sevilla no tiene esa gran plaza, explanada o espacio abierto que permita disfrutar con perspectiva de la monumentalidad de esa gran montaña hueca. Con el impacto hermoso de la Catedral se topa uno procedente de la Plaza de la Contratación, como un gigante que irrumpe siempre en el paseo del turista novato y del nativo que conserva la capacidad de sorpresa. Pero la fachada principal no tiene metros cuadrados por delante que canten su poderío. Si la enormidad interior de la Catedral se lo come todo por dentro, dejando a veces ridículo cualquier exorno floral, altar o estructura que no esté debidamente presentado, por el exterior pierde todo el impacto por el ahogo que ejerce la inhóspita Avenida, una Avenida que es a la Catedral lo que la calle Imagen a la trama urbana del centro histórico: un horror del tamaño de la campana de San Cristóbal. El caso es que como no hay forma de tener esa visión global, a la Catedral hay que mirarla por partes, buscando los rincones y las perspectivas, casi como la mayoría de pequeños templos de la ciudad.
Si la Catedral está condicionada por el diseño urbano tanto como está afeada por el rosario de bares chillones, tenderetes de camisetas y olores de fritanga, hay también capillas con todo su encanto que sufren el mismo problema, templos recoletos con portadas barrocas ahogadas por la cartelería abatible de una hostelería que saca sus propias tropas a la calle: los camareros a la búsqueda de los clientes, como laceros de Puerto Banús exportados a Sevilla, y las pizarras con el menú del día y el pida la exquisita pringá que no se arrepentirá. La infantería del sector terciario no entiende de perspectivas de catedrales ni de la calle Jovellanos, donde hasta hace poco uno se deleitaba con la estética de portalón y hornacinas con imaginería de Duque Cornejo. Los gamberros la tomaron hace pocos años con la capillita de San José atacando las imágenes de frailes de su portada. Y ahora la agresión es de otro tipo, practicada al amparo de la regla suprema de todo por el consumo, con el aval de la misma autoridad que puebla de veladores la Plaza de San Francisco o que hace la vista gorda en tantas y tantas calles convertidas en un Benidorm de pizarras, calefactores y camareros vestidos a lo Baremboin. Las ciudades se miden y mucho por cómo cuidan su patrimonio. A nadie se le ocurre colocar un anuncio de macarrones y pizzas delante de la fachada de San Andrea del Quirinal en Roma, por poner un ejemplo similar al de esta capillita mancillada por los tentáculos de la fiebre hostelera, víctima del imperio de la pizarra abatible. ¿Dónde está el gerente de Urbanismo para mandar a sus inspectores y cuidar la imagen de la ciudad ante los turistas? Aquí venga a presumir de la macrogestión para traer aviones de Estambul y venga a sacar campañas con lemas en inglés como la del We love people, que hay que ver lo bien que pronuncia el alcalde el lema del We love people, con lo malamente que lo pasaba el hombre en los días señalaítos de campaña con aquella promesa del Open government, mucho más difícil de pronunciar y que me lo traía por la calle de la Amargura (dos pasos). Jesús, otra vez el Open Government, pensaba Zoido cada vez que el asesor le mandaba tirar de tecnicismos extranjeros para ronear en los barrios de batas y rulos. Parecía un vendedor de lavadoras, pero de los buenos, de los que al final vende la lavadora y la clienta se va la mar de satisfecha y cuchicheando con el marido desconfiado.
–Este hombre tiene cara de buena persona, so malpensado.
Al alcalde le pasa con el inglés lo que a todos los presidentes del Gobierno de España. Ni pajolera. Hay un sevillano que recuerda con toda precisión una charla a pie de calle con Zoido, de las mil que tiene al día cuando no está perdiendo el tiempo en convenciones del partido (pero bien partido, partido en Vox) en Valladolid.
–¿Y tu padre? ¿Y tu madre? El otro día vi a tu hermana con su marido, que bien iban los dos con la niña camino del mapping. Por cierto, tu cuñado me ha mandado su último libro.
–Ah, estupendo… ¿No?
–[Cara de póker de Zoido]
–¿Qué problema hay, alcalde? ¿No te lo ha dedicado?
–Es que está en inglés…
Ni el We love people para atraer a los turistas ni el Open Goverment para vender la lavadora. ¿Alguien de Urbanismo va a practicar esa micropolítica de Zoido y va a barrer las calles del centro? Pero no con escoba de Lipasam del gerente Paco Pepe, sino con bolígrafo de inspector de la Gerencia y camioneta para cargar tanta cochambre. Uno de los grandes misterios de la ciudad es a qué se dedica el gerente de Urbanismo si ya no hay constructores con los que comer, ni dinero de los convenios que fumarse. Son como los 50 diputados del PP en el Parlamento, el ejército más poblado y desorientado que se haya visto en política. Si es que hay días que parece que no hay veladores en Sevilla para sentar a tanto diputado del PP como se ve vivaqueando por los bares de los alrededores del Parlamento. En las definiciones de calidad de vida ya figura el ejemplo de diputado del PP del tardoarenismo. Política cardiosaludable. Usted evite las grasas, tome dieta rica en verdura y pasee como un diputado del PP andaluz que haya ganado las elecciones.
Mientras no haya micropolítica de la buena que salvaguarde el patrimonio, tal vez lo mejor sea que la Catedral no tenga esa gran explanada que muchos envidian de Santiago de Compostela, Ávila, Salamanca o Vitoria para admirar la arquitectura con todo realce. En Sevilla nos dan metros cuadrados por delante y los plagamos de pizarras abatibles. Mejor la estrechez de la Avenida, para que no se note la poquísima gente que hay para recibir a algunos obispos.