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Como un Mercadante más

Carlos Navarro Antolín | 27 de enero de 2014 a las 18:48

mercadante
Siéntate en la Avenida y verás pasar a quien la libró de autobuses, pero la entregó de rodillas, como un Boabdil de la sostenibilidad, a nuestros nuevos señores y amos: los ciclistas y veladores. El virrey de las peatonalizaciones camina por la acera (¿izquierda?) de la Avenida, por el único tramo que sigue inalterado durante quinientos años. Pisa fuerte por las losas de Tarifa, que resisten ahora y siempre a los promotores trincones que acudieron como mercaderes del templo al olor del negocio de las losas de pizarra. Monteseirín camina por terreno aforado, protegido por las cadenas de la Catedral que en el XVI concedían derecho de asilo en el templo a los perseguidos por la Justicia ordinaria. Qué ironías reserva el destino, que semiótica encierra la plasticidad de un momento preciso de la vida cotidiana, de un instante, de una coincidencia. Avanza el ex alcalde bajo la mirada de las estatuas de Lorenzo Mercadante de Bretaña, que también cuentan su presencia en la Avenida por siglos. Y surge la estampa que representa con toda carga simbólica la contradicción entre lo permanente y lo efímero, el paso de los siglos frente a la volatilidad de doce años de gobierno, una lección de filosofía escondida entre piedras y egos. Pasa Monteseirín bajo las estatuas de barro cocido que han visto el tránsito de generaciones y generaciones de sevillanos, reyes de carrozas y monarcas modernos, presidentes del Gobierno, jefes de Estado, dictadores, arzobispos beatos y prelados soberbios, cardenales recibidos con glorias y purpurados despedidos con los pies por delante, canónigos por oposición y canónigos digitales, pobres pedigüeños y fieles potentados, señoritos en sepia y aristócratas del ladrillo a todo color, beatas de abanico y turistas de pantalón corto, cofradías de medio pelo y hermandades de tronío, alcaldes bajo mazas suntuosas y ediles de saldo… Todo pasa y ellas permanecen, escoltadas por el granito de las columnas de Itálica, tan sólo acariciadas por la brisa del tiempo y cortejadas por el piar de algunos vencejos. Todo pasa, ellas permanecen. Doce años para ellas es un soplo, apenas una línea en el tratado de la urbe cotidiana de la que son testigos, una insignificante moldura en la arquitectura del retablo de la historia que conforman regímenes políticos, revueltas, períodos de sosiego y turbamultas. Sólo hay que sentarse en la Avenida para comprobar el teatro que encierra cualquier pasaje de la vida cotidiana. In ictu oculi. Sin séquito de aduladores, sin la tensión de las faenas de gobierno, sin nadie ya que lo pare ni le pida una prebenda, como un Mercadante itinerante más del templo de la ciudad de las mil fachadas, Monteseirín recorre la Avenida que recibió con hedor de tufos negros, banda sonora de motores de autobuses urbanos y sucursales de bancos y que dejó convertida en una gran terraza de mesas y sillas, puestos ambulantes, cafeterías por doquier y abundante trufa de bicicletas. Siéntate en la Avenida, donde las piedras hablan, y verás pasar a los hombres que parecían eternos. Y la eternidad si acaso sólo está en las piedras, aurigas del paso del tiempo que susurran a todos los viandantes la gran verdad de aquellos que algún día se creen dioses por el número de concejales: “Recuerda que eres mortal”. Un día pasó con tiros largos y bajo mazas, hoy es uno más en la felicidad de la tensión perdida en una ciudad en crisis que se desangra y se deja la vida barbeando en las tablas del desempleo. El alcalde que abrió en canal la Avenida camina por el único tramo que no pudo cambiar. Y las estatuas de Mercadante lo miran con indulgencia. Plenaria, de Pleno.

Los motores del poder

Carlos Navarro Antolín | 9 de enero de 2014 a las 5:00

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El éxito de un acto en Sevilla se mide por el número de gente que se queda fuera y por el número de coches oficiales aparcados en la puerta. Estas dos varas de medir nunca fallan. Si el Pregón de Semana Santa fuera en la Catedral en lugar del teatro se acababa el morbo del Pregón. Por eso el cofraderío de baranda y palco prefiere seguir yendo al teatro la mañana de tostada y del posterior tostonazo. El morbo siempre se escribe en latín: numerus clausus. Alguien tiene que arañarse para que otros puedan presumir. Cuanta más gente culebree en busca de una invitación, mayor cuota de éxito. El éxito del bar de José Yebra, entre otras causas, era que sólo tenía 24 vasos duralex, lo que obligaba al personal a esperar en segunda y tercera fila. Incluso a marcharse y vuelva usted más tarde. No hay nada menos morboso que la democratización de una convocatoria. Para triunfar hay que amputar. Y un acto que se precie tiene que tener mucho coche oficial reluciente en la puerta y mucho tío con pinganillo.
El desayuno informativo de Susana Díaz convocado ayer en la Fundación Cajasol fue un éxito rotundo. Pero no porque le haya tendido la mano a Zoido para futuros acuerdos de concertación social, que eso a Zoido (el pato cojo de la presidencia del PP andaluz, dicho en clave norteamericana) debe sonarle ya a lo que dijimos que hacía la monja cuando le restaba poco tiempo de convento. El éxito estaba simbolizado en los veinticuatro coches oficiales aparcados en la mismísima Plaza de San Francisco con sus correspondientes cuadrillas de conductores y tíos del pinganillo. Aparcados con una naturalidad pasmosa, con la misma naturalidad que el tío que todos sabemos coloca cuantos veladores considera oportuno cuando lo estima oportuno. Ya lo dijo el tango: con veladores o sin veladores, hago siempre lo que quiero y mi palabra es la ley. Ya se sabe que la Plaza de San Francisco, a la vera de la fachada plateresca del Ayuntamiento, es una zona de aparcamiento que los sevillanos usan a diario por las que hilan.
La verdad es que tal como está el PSOE en la actualidad, sin rascar poder territorial en España, no hay ningún otro de sus dirigentes que pueda presumir de tener a la puerta veinticuatro coches oficiales de consejeros y alcaldes de la provincia. Ni el mismo Rubalcaba, que cada día tiene más cara de portar un farol de mano en la Mortaja, ni por supuesto el único socialista que más allá de Andalucía preside un consejo de gobierno regional, que es el compañero asturiano conocido en su casa a esa hora tan popular del mediodía. Veinticuatro coches oficiales como veinticuatro caballeros que, según se dice, entraron en Sevilla acompañando a San Fernando en el culmen de la Reconquista. Y aparcados todos en la zona noble de la ciudad, en plena Plaza de San Francisco, donde no aparcan coches desde los tiempos de postales del colorín sesentero en que los alcaldes se elegían en el Aeroclub. Y como la derecha sigue llorando su particular cuaresma, recordada como el Waterloo de Arenas, el gobierno de Zoido mandó a los policías locales a multar a ese parque móvil oficial, donde fundamentalmente, por cierto, había marcas de alta gama como Audis y Mercedes. Pero ningún cuatro latas, porque el Papa Francisco no estaba, pese a que este Papa seguro que hubiera desayunado encantado con la presidenta que se pasa siete horas (sin Mario) de tertulia con monseñor Asenjo.
–¿Y no había ningún Clio?
–Clio es la musa de la Historia. Y la historia nunca se repite, siempre es la misma… En Andalucía.
Algunos conductores se marcharon buscando posada donde aparcar junto al Hotel Colón. Otros se quedaron en el sitio, aguantando la mirada del morlaco de la multa segura. La Junta debe al Ayuntamiento de Sevilla 14.000 euros por infracciones de tráfico, una minucia si se compara con los mastodónticos presupuestos de la Administración Autonómica, una vergüenza si se tienen en cuenta cuántas sanciones de tráfico hay que tener impagadas para deber 14.000 euros del ala. Lo importante es que el baranderío socialista llegó, desayunó, cumplió con La que Manda y se marchó en sus coches. Los hubo que se quedaron fuera. Y ninguno de los asistentes aprovechó el tranvía de Monteseirín. Ni la bicicleta de Torrijos. De los camellos de Zoido pegando mordiscos en la Alameda a los coches oficiales del susanismo imperante. Se trata de enseñar músculo. Y echarle jorobas.
Los Municipales multan a los coches oficiales mal aparcados en la Plaza San Francisco

Un nuevo bar en la Plaza Nueva y otro en…¿la placita de Santa Marta?

Carlos Navarro Antolín | 18 de diciembre de 2013 a las 21:22

santa marta
Un local vacío tiene más peligro que un camello de la Alameda (ojo que muerde). El riesgo no está en que el local se quede sin vida per secula seculorum, sino en que se convierta en un bar.

-Doctor, en ocasiones veo bares donde antes había bancos.
-¿Dónde es ahora, hijo?
-En la Encarnación, donde antes estaba la oficina casi subterránea de Cajasol. Ahora hay un pedazo de bar como un camello de la Zoidonavidad de grande.

El premio gordo es para el que encuentre en Sevilla no un bar de reciente creación, sino un bar con perchero. Nada más hay que fijarse en las consecuencias que provoca la ausencia de percheros en el tabernerío local: pilas y pilas de abrigos en una silla o en un taburete. Hasta que llega el gracioso que pide la silla para lo que fue creada: para sentarse. Y todo el mundo, hala, a colocarse la pelliza, la gabardina, la trenca o la cazadora sobre las piernas. ¿Y han pasado por Castelar? Castelar no ha tenido un bar en su vida, sólo tintorerías, cristalerías, la residencia Tartessos, cofradías de filas largas, una casa desde donde antes se mandaba la ciudad con servidumbre de guantes blancos y alguna tienda de ropa deportiva mudada ahora a la Plaza de Armas. Pues ya tiene un bar, con sus clientes acodados y su tirador. Y está a punto de abrir otro bar en la Plaza Nueva, donde antes había una agencia de viajes, junto al Capitol de la bulla de las tardes libres de copas, que hay que ver la cantidad de gente que tiene las tardes libres en esta ciudad, que eso antes era sólo cosa de cofrades ociosos, de ahí que se dijera aquello de tienes más peligro que un cofrade con las tardes libres, pero el peligro ahora lo tienen los camellos, aunque ya se sabe que el camello de la Alameda es inocente, que la culpa era del niño de seis añitos que fue capaz de sacar al camello de sus casillas.

-Toma del frasco, so camello.

No más digresiones. Un, dos y tres, respondan rápido: ¿Qué plaza del centro de Sevilla resiste como la aldea de los locos galos al invasor de la fiebre hostelera? La de Teresa Enríquez, la de Pilatos y la recoleta de Santa Marta, junto al Monasterio de la Encarnación, desde cuyas ventanas altas las monjas rezan a la Patrona cada 15 de agosto, que es cuando tiene que salir a la calle la Virgen de los Reyes, a ver si se enteran en el edificio de enfrente y no la sacan más a destiempo para ese público que cabe en un taxi. En la plaza de Teresa Enríquez está de guardia Juan Salas Rubio a la caza del primero que pida licencia. Y en la Plaza de Pilatos sigue estando de guardia Zurbarán, imaginando desde el pedestal de su estatua nuevos óleos de refectorios con monjes a la hora de yantar. Pero en la de Santa Marta hay una obra que trae locos a los vecinos. Y todo indica que es para eso: para un nuevo bar. Tan es así que Urbanismo ha enviado a los inspectores y ha mandado lo que mandó el comandante: callar. Urbanismo ha trincado que se trata de una obra del bar Toro, del número dos de la calle Mateos Gago, conectada con el privilegiado número uno de la Plaza de Santa Marta, una peligrosísima vinculación tal como se temían los vecinos. La Gerencia ha decretado la suspensión inmediata porque la obra carece de licencia alguna. Pero el vecindario teme que a la placita lleguen pronto los veladores. Cuando en ella casi ni cabe un camello de los que muerde. Niño, quieto.

La Plaza de San Francisco tiene propietario

Carlos Navarro Antolín | 4 de octubre de 2013 a las 13:02

Mesas Altas
Cuando los políticos se ponen cursis y dicen que la Plaza Nueva o la Plaza de San Francisco son el salón o la zona noble de esta casa de todos que es la ciudad de Sevilla, échense a temblar sobre el concepto que tiene un político sobre un salón. O sobre la nobleza. Este mal no es excluviso de Sevilla. Madrid, Salamanca, Vitoria… En estas ciudades la plaza principal o considerada mayor suele estar muchos días del año ocupada por carpas o atracciones muy distintas. La cara del japonés cuando entra por primera vez en la Plaza Mayor de Salamanca y se la encuentra colmatada (toma vocablo) por una muestra sobre encajes de bolillos de todo el mundo es para echarle unas pesetas de las antiguas. Una dolorosa nipona sin candelería. Recuerdo cuando el abogado Salvador Cuiñas descubrió por primera vez esta maravilla arquitectónica de Churriguera una noche de noviembre, con todos los medallones bien iluminados y con el de Franco con el correspondiente y tradicional tomatazo sobre la laureada. Confesó en voz baja.

-Hasta me he emocionado. Es preciosa
-Suerte que la has cogido vacía.
-Pero si está llena de vida.
-Vacía de carpas, quiero decir.

La Plaza de San Francisco estos días, más que el salón de la ciudad, debe ser el salón de celebraciones particular de una taberna, que lo mismo invade la acera con la botillería de bebidas espirituosas, que se mete en el pavimento de adoquines con veladores por un tubo, chorritos de agua, lámparas de pie de pensión con pretensiones, o que hace suyo el firme de losas de Tarifa con mesas altas para un cóctel si usted lo pide. Sólo nos falta un chill out con triclineos y cortinajes con exclusiva fachada plateresca de fondo. Quiso Monteseirín rematar esta fachada del Ayuntamiento siguiendo, por cierto, el modelo de la Plaza Mayor salmantina. Cuando don Alfredo quería despistar a la opinión pública de algún tema de facturas duplicadas o de obras parcheadas, se sacaba de la chistera (de Rivera Ordóñez) un conejo como el de la terminación de la decoración artística de la sede municipal por antonomasia. Pero quien está verdaderamente rematando la plaza es el tabernero, que ha hecho de ella su cortijo y que yo creo que hasta ha llegado a un acuerdo con el Banco de España para no pisarse los clientes como el del chiste del puesto de chucherías cuando la señora le pidió cambio: “Lo siento, pero ni yo doy cambio ni mi vecino el Banco de España vende golosinas, así no nos hacemos la competencia”. Pues eso, tengan por seguro que el Banco de España no colocará veladores. La coctelería de San Francisco es enterita para el tabernero. No querías veladores, pues toma dos filas más de mesas altas en el salón de la ciudad. Unas mesas altas que florecieron por todos los bares como hongos cuando empezó la crisis y el personal recelaba del tradicional mesa y mantel. Pedro Sánchez Cuerda, presidente de la patronal, bautizó este mismo modelo de mesa como los quitamiedos de la hostelería, para que la gente no se asustara a la hora de sentarse con formalidad temiendo la estocada del siglo. Ni de pie del todo, ni sentado del todo. Un mixtolobo, una salida a medias del portero, una solución de me alegro de verte bueno. Pero estas mesas altas de la Plaza de San Francisco más que quitamiedos, querido Pedro, son mesas altas de nolaco. Porque quien las coloca No La Conoce. La vergüenza, vamos. Y ha dicho como Fraga de la calle: “La plaza de San Francisco es mía”. Y lo es.
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Un bar para no entrar

Carlos Navarro Antolín | 21 de septiembre de 2013 a las 5:00

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EN un bar del barrio de San Lorenzo se han hartado del chiquillerío sediento que pide vasos de agua para calmar la sed de las tardes de juego en la plaza, a la vera del azulejo del Señor y del monumento a Juan de Mesa que ya luce las pintadas de rigor en el pedestal. O sus padres consumen en el bar, o no hay agua para los niños. Ni el socorrido búcaro, ni la bandeja con vasos usados que usan ya muchos bares como fórmula alternativa. El que quiera agua que pida primero una fanta. El agua es solo para el cliente. Como la llave del servicio, como el campo para quien lo trabaja, como la hoja de reclamaciones. Dejad que los niños se acerquen a mí, pero que sus padres pasen por caja primero. Se suponía que el agua no se le negaba ni al enemigo, pero el dueño de este bar es como Bilardo. ¡Domingo, Domingo, a los niños ni agua! Hace tiempo que hay que hacer en Sevilla una lista de bares poco recomendables, una lista negra como el negro de los camareros vestidos a lo Baremboin, esos camareros que son la otra cofradía de Los Negros que aún no ha estudiado Isidoro Moreno Navarro. El bar que niega agua a los niños no merece la pena ni aunque tuviera la mejor ensaladilla del mundo. Si no sabes sonreír, no te coloques detrás de un mostrador. Eso dicen los chinos. Si tienes una de las plazas más bonitas de la ciudad, una ristra de veladores y una algarabía infantil cada tarde y eres incapaz de encauzar de una forma eficaz la demanda de agua de los niños, mejor será que busques una franquicia sin alma, desubicadora y de las que cronometran el tiempo de atención al cliente. Las prohibiciones revelan cómo es la sociedad del momento. Ya no se prohíbe el cante ni escupir. Ahora se prohíbe pedir agua si no hay alguna consumición de pago. Quien coloca carteles para negarle el agua a los niños sabe que la clientela de los bares de Sevilla es cada vez menos exigente, que traga con todo, de ahí la degradación descarada de una hostelería que es la gallina de los huevos de oro reventada. El público se traga los bares sucios como se traga los taxis sin aire acondicionado, el público acepta de forma lanar verdaderos tratos indebidos de muchos camareros, urinarios sin papel higiénico, saludos que no son correspondidos, desdén en la atención y tantas y tantas muestras de que el noble oficio del tabernero se ha dejado en manos de cualquiera, porque cualquiera montaba un bar, enterraba la tapa y te obligaba a jamar raciones o platos en los veladores para engordar la caja como un cochino bellotero. Y el público, tragando. Ahora, ironías del destino, se cierran los reservados y se vuelve a las mesas con tapas. La crisis ha resucitado la tapa en cierta forma. El público de los bares recuerda demasiadas veces al de la plaza de toros, se conforma con lo que le echen. Y traga con sentarse en una mesa en la que hiere a los sentidos la sola contemplación de semejante prohibición. ¿Saben que en Sevilla hay 4.000 bares? Pues para algunos sólo hay ya 3.999. Los sevillanos tenemos los bares que nos merecemos. A la plaza, sólo para rezarle al Señor y sentarse en un banco.

Las verdaderas amenazas para la Catedral

Carlos Navarro Antolín | 27 de agosto de 2013 a las 12:08

Fotos de la contaminación visual de tiendas y restaurantes en la calle Alemanes, entorno de la Catedral
De qué sirve preocuparse por las farolas del centro histórico si un buen día llega un tío y te monta enfrente de la Catedral de Sevilla un comedero de kebabs con rótulos fluorescentes y el correspondiente pestazo. Para qué un cuerpo de técnicos que inspeccionan hasta la mínima obra de sustitución de un pináculo o de un pretil si el estruendo visual de camisetas y el despliegue de la chabacanería de souvenirs al uso se encargará con toda eficacia de romper el encanto del gótico, su sentido ascendente y la penumbra misteriosa de la montaña más hueca de la ciudad. Para qué tanto arremeter contra los bancos de Ikea (microdenuncia) o la Torre Pelli (macrodenuncia) si los alrededores de la Catedral en agosto son una versión de Benidorm con adoquines en lugar de playa. Ningún gobierno local ha querido realmente regular la estética del espacio de la ciudad al que rimbobantemente se denomina como patrimonio de la humanidad (Catedral, Alcázar y Archivo de Indias). Lo único meritorio que se ha hecho fue la supresión del aparcamiento de autobuses turísticos delante de la Puerta del León. Porque la peatonalización de la Avenida ha sido una de las mejores ideas peor ejecutadas que ha habido en la ciudad en la última década. Monteseirín nos dejó una Avenida inhóspita para el peatón, sin sombra y en la que los nuevos y mañarianos amos y señores de la ciudad, los ciclistas, campan a sus anchas sin que tampoco Zoido sepa ni pueda enseñarles a muchos de ellos la educación que no han mamado en sus casas. La instalación de losas de pizarra en el entorno del templo fue una chapuza palmaria que, además, originó todo tipo de leyendas sobre supuestas mangoletas y traslados del antiguo material de losas de Tarifa a chalés de afamados constructores. Quizás el entorno de la Catedral no sea más que ese mar de mal gusto donde desemboca el río estrecho de Mateos Gago donde navegan sillas, camareros marineando de mesa en mesa, letreros con pizarras de colores que anuncian los noveleros rulos de queso de cabra, coches particulares, paradas de taxis y puestos de camisetas, todo lo cual con sus correspondientes afluentes de callejuelas con más comercios-cochambre donde pocas son las excepciones de buen gusto. El Ayuntamiento siempre ha tenido una posición acomplejada a la hora de cuidar este entorno, muy distante del celo con el que el Vaticano cuida la Plaza de San Pedro y sus alrededores (donde a los turistas no se les permite sentarse en el suelo) o del que las autoridades municipales romanas ponen para velar por la estética y el comercio de la Piazza Navonna. Y mucho más próximo tenemos el ejemplo religioso de la Romería del Rocío, en la que el bando del alcalde establece cada año las normas que velan por el ambiente tradicional de la cita y la armonía estética de la aldea, y el ejemplo laico de la Feria, con unas ordenanzas que fijan los cánones estéticos hasta de las pañoletas siguiendo la escuela de Bacarisas. Censuran la Torre Pelli quienes son incapaces de cuidar por el decoro apropiado de los alrededores de un monumento que hasta julio de este año ha recibido 755.000 visitas. Lo escribía en este periódico el arquitecto Juan Ruesga: “A veces tengo la sensación de que nos perdemos en el detalle de una farola sin darnos cuenta que son los servicios los que conforman en gran medida la imagen de la ciudad”. Un paseo por los alrededores de la Catedral, con la vista predispuesta a evaluar esos servicios que constituyen en buena parte la arquitectura del concepto de estética de una ciudad, termina en depresión…o en rulo de queso. Cualquier cosa antes que el kebab.
Fotos de la contaminación visual de tiendas y restaurantes en la calle Alemanes, entorno de la Catedral

Zoido y su dinosaurio

Carlos Navarro Antolín | 24 de agosto de 2013 a las 19:34

Veladores en Argote de Molina
LOS caballos llevan los pañales puestos. Es el gran logro del gobierno local, hay que reconocerlo. Ni la Davis, ni la Zona Franca. Por los alrededores de la Catedral ya no huele a caca de caballo, fragancia que alguien incluyó en el patrimonio inmaterial de Sevilla, ni bajan ríos de pipí equino. Nadie ha resaltado que la micropolítica de Zoido ha conseguido lo que el PA de Rojas-Marcos no pudo ni en sus grandes años, que no es el camelo de la playa, sino que cada bestia luzca su dodoti en la parada de Alemanes o en la del Banco de España. Y hasta los cocheros llevan los pantalones de pinza del uniforme que se les compró con motivo de la boda de la Infanta. Tanto mirar la amenaza de la Torre Pelli para con el patrimonio de la humanidad, pero qué me dicen de la peste que adornaba los tres grandes edificios históricos de la ciudad a. Z. (antes de Zoido). Limpiadas las calles de heces, ahuyentadas las correspondientes cuadrillas de moscas, queda asumir el reto de reducir los veladores, verdadera doble y triple fila que lastra el tráfico peatonal de la ciudad. El sevillano verá el día 2 de septiembre el nuevo firme de la Campana, donde algo hay que cambiar para que todo siga igual en una perfecta política lampedusiana. Unos hacían túneles que no pagaban, otros cambian viejos por nuevos adoquines. Obras son amores. Y habilidades, porque hay que tener habilidad para hacer de la estadística ordinaria de Tussam el motivo de una rueda de prensa en pleno agosto con baranderío local y fotógrafos. Dicen que el alcalde este verano es ubicuo, que lo mismo está en la barriada del Polígono de San Pablo que en Sotogrande (Soto, para los pretenciosos, los mismos que en versión morada emplean la elipsis de La Quinta para referirse a La Quinta Angustia). ¿Pero qué me dicen de Juan Bueno? Jonhy Good, en el inglés hispalense. El otro día estaba yantando en Casa Antonio en Zahara de los Atunes, donde coincidió con el colorado de Mayor Oreja, y a los postres estaba ya haciéndose la foto en el apeadero de San Bernardo de Sevilla con los coches de Tussam. Cómo se mueve este gobierno, qué destreza. ¿Para cuándo dejar la costa y hacerse la foto en una calle Argote de Molina libre de veladores en las dos aceras? Junto a la placa que recuerda en el gran hito de la reposición del bacalao (toma del frasco), bien cabría en un futuro el azulejo en reconocimiento del primer alcalde que le echa bemoles al señorito de los veladores, envalentonado todavía como en los grandes años del Don Manuel no se debe nada por la boda de su hijo. El tío echa los veladores por delante como el toro manso las manos y a ver quién me para que aquí estoy yo, ni ordenanzas ni gaitas que aquí mandan mis santos… veladores. Una ardilla puede ir saltanto de velador en velador por el centro de Sevilla y hacer la ruta completa de la Alameda a la Puerta Real, de la Puerta Real al Prado y del Prado a la Macarena. Del alcalde del empleo al alcalde de los veladores. Cuando el sevillano retornó de vacaciones, los veladores seguían allí. Ya tiene Zoido su dinosaurio.Y el tranvía es el dinotren.

A Zoido no le levantan la ceja

Carlos Navarro Antolín | 15 de mayo de 2013 a las 5:00


El sector audiovisual en Sevilla no le levanta la ceja a Zoido. Todo lo contrario. El alcalde mima a las productoras, a los dueños de los platós, a los proveedores de material audiovisual, a los distribuidores, a los animadores. Hasta los que alquilan animales para los largometrajes y los crotometrajes están encantados con el alcalde que no parece del PP, con permiso de Javié, que sí parece del PP y que el pasado domingo se trajo nada menos que a Rajoy a Sevilla a un acto privado. El alcalde se hace la foto con los de la ceja en la Plaza de España, pero cada uno con la ceja en su sitio; mientras al ministro en Madrid le levantan las cejas, las garras y lo que te rondaré morena. Zoido les ha hecho a los hispalenses de la ceja una guía pagada por el Ayuntamiento que no la mejora ni el mago Benito Navarrete con sus zurbaranes y zurbaranas de éxito. Benito va como la oca, de éxito en éxito y tiro porque me toca. Benito no dice el mundo es nuestro, sino el mapping es mío. La guía de Zoido para los de la ceja pretende atraer proyectos audiovisuales a todos los rincones de Sevilla, incluso a la Sevilla de los veladores, que es la real y verdadera. Entre las fotografías seleccionadas hay una de Argote de Molina en horario de prime time, cargadita de turistas, nuestros nuevos señores y amos los turistas, y tomada por las mesas y sillas de quien está a puntito ya de ser el amo de toda la calle, que uno mira la Cuesta del Bacalao en el Registro de la Propiedad y, menos el bacalao, casi todo es ya del mismo dueño. Lo de Robles en la Cuesta del Bacalao es como lo de la Frasquita en la Matalascañas de los años 80, una mancha de aceite que se iba extendiendo por negocios y locales a la velocidad del urbanismo de adosados de principios de siglo. Este Zoido sin complejos también ofrece en su catálogo las setas de Monteseirín para rodar películas y el estadio olímpico de Rojas-Marcos, aquel alcalde andalucista que protagonizó un montaje audiovisual en la campaña electoral del 99 para aparecer en lo alto de una de las columnas de la Alameda hablando nada menos que con Trajano y Adriano. “Soy Alejandro, quiero hacer grande a Sevilla, como vosotros la hicisteis”. Alejandro después acabó contemplando a su propio partido en llamas, hoy hecho cenizas sin esperanza de volver a ser lo que fueron. No sabemos si Alejandro tocó la lira mientras la cosa ardía… O comía nueces en la furgoneta electoral. El caso es que Zoido ya sabe cómo hacer para que no le levanten la ceja los de la ceja, fórmula que no le termina de salir con los suyos de Málaga. Será porque sigue sin parecer del PP. Y en política mandan las percepciones. Más vale parecer que ser. Lo peor es creérselo. O ponerse a la altura de los emperadores. Las barbas de Alejandro ya se cortaron. Pónganse los veinte concejales a remojar. Política, se rueda.

Los quitamiedos de la hostelería de hoy

Carlos Navarro Antolín | 26 de noviembre de 2012 a las 11:24


Será porque es la versión hostelera del Juan sin miedo por lo que no se calló cuando el golferío de Mercasevilla le pidió el impuesto revolucionario, será por eso que Pedro Sánchez Cuerda ha bautizado esas mesas altas que le comen terreno a los veladores de toda la vida como los quitamiedos, en sustitución de unas mesas bajas que, por cierto, parecen en muchos casos sacadas de la casita de Pin y Pon. Se sienta usted en esas mesitas de casita de muñeca que ahora se destilan en muchas cafeterías y experimenta una sensación próxima al gigantismo, cuando no de incómoda apretura si el establecimiento está cargado de público.

-¿Has cogido varios kilos, no?
-¡No, qué va! Es que estoy sentado en una mesa de Ochoa y me sobran piernas por todos lados.

Lo de las mesas altas como quitamiedos, según el ilustre tabernero, es para no asustar a la cada vez más tiesa clientela, escarmentada de los puyazos que en tiempos del maná se pegaba por el mero hecho de sentarse. La mesa alta es una suerte de mixtolobo: ni es el velador con mantel y servilleta en floritura donde el camarero levanta la vara en cuanto avista al comensal (mejor sin sal, que es más sano) ni es el taburete pelado y mondado con o sin resbaladero para apoyar el pie. Lo del quitamiedos de Sánchez Cuerda, qué quiere que les diga, suena a cuesta de la media fanega de los años ochenta, que era cuando tenía mérito subir la cuesta de la media fanega detrás del camión de turno camino de Extremadura. Aquellos quitamiedos de carretera ni quitaban el miedo ni ná. Lo mejor era no mirar por la ventanilla del coche hacia abajo y clavar los ojitos en la trasera (culo) del camión, ora con jamones de Jabugo para colocarlos en el mercado salmantino, ora con productos de la huerta murciana con destino a Portugal. Las mesas altas son esos quitamiedos de la hostelería de hoy. Ni sentado del todo, ni de pie del todo. Ni ración, ni tapa. Mejor, como siempre, no mirar para abajo. Y pedir el chupito de la casa.

Menos buzones y más… con los veladores

Carlos Navarro Antolín | 17 de octubre de 2012 a las 21:41


El reverendo Maximiliano, delegado de Urbanismo, pondrá un buzón para recoger los chivatazos ciudadanos sobre los abusos de los hosteleros con los veladores, una suerte de tribunal de la inquisición donde usted puede delatar, por ejemplo, al tío que tiene cuatro veladores por metro cuadrado en Álvarez Quintero.

-¿Pero a ese va a ser capaz de meterle mano la brigada antiveladores de Don Maximiliano?
-Sí, hombre, sí…
-Eso tengo que yo verlo.

Pues como en esta ciudad pirra tela eso de largar del vecino y mirar tras los visillos, al delegado de Urbanismo se le va a saturar el buzón. Que lo del buzón está muy bien, que eso fomenta la participación ciudadana, da imagen de transparencia y otras milongas de las estrategias políticas, pero que digo yo que aquí se podría intervenir de oficio por algo tan antiguo como la notoriedad. ¿De verdad que hace falta que le digamos al reverendo Maxi donde están los casos de abusos en las terrazas de veladores? Por Mateos Gago hay que cruzar en helicóptero contando las paellas de plástico y las pizarritas con colores fluorescentes, por Albareda con machete como en una selva con olor a frito, lo de Santa María la Blanca es un caso flagrante de colmatación del espacio público, los veladores se han reproducido como las cucarachas hasta por Arfe y lo de Argote de Molina es sencillamente de…

-De poca vergüenza.
-Eso.

Lo de la carretilla de la brigada antiveladores de Don Maxi llevándose las mesas sin licencia tengo que verlo con estos ojos. Será pesimismo, pero a mí me parece que ciertos espacios públicos los perdimos en favor de las mesas como perdimos un día el Laredo y asistimos a un funeral apócrifo sin esquela. Así que menos buzones y más… eso, con los veladores.