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Del A-400-M al Índice de Presión del Velador

Carlos Navarro Antolín | 17 de septiembre de 2012 a las 18:26


En Sevilla manejamos desde hace tiempo el I.G.B. (Índice de Gatos en la Barriga) como baremo para medir la cara de malaje de algunos representantes públicos y hasta de algunos camareros, porque expertos hay en esta última materia que defienden la gracia del malaje detrás de una barra, que no tiene por qué ser grosería sino el arte supremo de saber guardar la sevillana distancia. La distancia es seguridad, que dice la D.G.T. en las operaciones de salida y retorno. Al I. G. B. hay que sumar el I. P. V., que no es otra cosa que el Índice de Presión del Velador. Va usted por la calle Mateos Gago y se le dispara de pronto no ya el colesterol o la presión arterial, no el cabreo con los bancos o el mal humor por efecto de este calor con peligro sordo de septiembre. Se le dispara el I. P. V. una barbaridad y se reduce su espacio vital. Tiene que bajarse a la calzada, pegarse a los coches, volver a subir a la acera cuando pase la furgoneta de reparto, esperar en la acera a que termine de subir la fila india de guiris color salmonete, bajar entre mesas con jarras de sangrías, regatear la pizarra abierta con letras escritas con tizas de colores, sortear el chorro del aspersor para que no se le mojen las gafas, esperar un segundo a que cruce el camarero y volver a bajar a la calzada porque sube otra fila india, esta vez de curas de Palacio que van al café. Sí, al café… No piensen mal. Superado el subidón del I. P. V. tira usted por Argote de Molina o Álvarez Quintero. En este auténtico agujero negro de las mesas y las sillas descubirá el velador minimalista, nueva modalidad inspirada tal vez en Ikea, pero obra de la jeta de alguno que no tiene inconveniente en invadir directamente lo poquito de acera que queda al peatón en este entorno de supuesto patrimonio de la humanidad, que no es más que patrimonio de la codicia y perfecta culminación y síntesis (toma frase de pregón) de una ciudad que se encomienda al sector terciario y a la que un día vendieron el acelerador de partículas, los juegos olímpicos y la fibra óptica. Y sólo nos han quedado algunas ópticas y una zona monumental con olor a fritanga y reconvertida cada vez más en abrevadero para turistas. Nuestros señores y amos los turistas. Del A-400-M al I.P.V. La dura realidad.

Tetuán pide a gritos muchos veladores

Carlos Navarro Antolín | 23 de mayo de 2012 a las 18:04

La peatonalización está muy bien. Lo asumimos como un dogma exento de IBI. Las plazas y determinadas calles adquieren ese ambiente de pueblo que tan agradable resulta. El callejero peatonalizado acerca la ciudad al concepto de pueblo y la aleja del concepto de capital incómoda, sucia y ruidosa. La peatonalización hace más habitable un espacio. Pero con ella llega también una suerte de colesterol en forma de veladores que dificulta la circulación. Y muchas bicicletas con sus conductotes desahogados a los que importa poco el horario restringido de 10 a 22 horas, cuya señal al comienzo de Tetuán es un monumento a la risa. ¿Cónoce usted un agente de la Policía Local que haya mandado bajarse a un ciclista en una zona peatonal? Antes iba usted por la acera y sólo tenía que preocuparse de eso: de no bajarse de la acera y de alegrarse si encima le había tocado el premio gordo de una acera ancha. Ahora hay que tener muchas más cautelas, sobre todo en las esquinas. Puede aparecer una bicicleta en cualquier momento, como cuando uno va al volante y se topa con un ensayo de costaleros en cuaresma o si le cae delante ese pasopalio amarillo que es el camión de Lipasam, con sus paradas y sus lentas chicotás debidamente aromatizadas. Hay calles donde la marea peatonalizadora tiene otros efectos, únicos, no apreciados en otras y que pueden ser verdaderamente incómodos. En Tetuán florecen los pedigüeños de firmas. Va usted camino de la Plaza Nueva y tiene que ir desarrollando esa virtud de decir que no (utilísima virtud, por ejemplo, para no participar en mesas redondas sobre los medios de comunicación y las cofradías), poner una sonrisa al mismo tiempo para no quedar como un grosero ni incomodar a la persona que trata de hacer su honrado trabajo, o hacer como el que habla por el teléfono móvil con cuidado de activar antes el silenciador para no sufrir un repentino pitido en la oreja. Estos peticionarios de firmas o de tiempo, que es mucho peor, se cruzan desde lejos como un banderillero yendo al encuentro. Hay varios modelos de abordar al peatón. La interrogativa directa: “¿Conoce usted Acnur?” La que promete brevedad con el tuteo por delante y cierto tono melódico: “¿Tienes un minutito para la Cruz Roja?” La que insiste recortando la oferta: “¿Y medio minutito? Es para la Cruz Roja, hombre”. Y el que se pone justo delante, a portagayola, forzando al regate para salir del cuerpo a cuerpo: “Le cuento en 30 segundos en que consiste la labor de Greenpeace”. A Tetuán sólo le faltan unos buenos tramos de veladores por las dos aceras para ser verdaderamente auténtica. Todo llegará.

Ay, de aquellos años en que los coches lo invadían todo y sólo se pedían firmas contra las bases militares y el imperialismo yanki. O aquella petición simplona del firme usted contra la droga, a la que seguía siempre, siempre, una eterna pregunta interior sin respuesta: ¿Dónde se firma contra la caló? Porque Zoido aún no ha prometido quitar la caló. ¿O sí?

La disciplina del turista de paraguas

Carlos Navarro Antolín | 3 de mayo de 2012 a las 13:51

Mucho criticar a cierto turismo con las apostillas de mochila, cantimplora y camiseta, pero ahí están los tíos, guardando disciplinadamente una considerable cola para visitar la Catedral bajo una manta de agua. Estos son más bien turistas de capuchas y paraguas, de los que se mojan más que un nazareno del Tardón o que Sarkozy en el debate francés, que menudo debate fue lo de anoche, tocándose los costados, y no los monólogos a los que nos condenan en España los asesores de la mordaza, vulgo expertos de la comunicación política. Estos turistas son los que refrendan el balance de las visitas de la Catedral en 2011, el único brote verde que ha debido haber de verdad en la economía local. Porque la Catedral se ha venido arriba ciertamente. Y el Cabildo facilita el acceso de todos, ni uno se queda fuera. Que usted viene en pantalón corto, adelante. Que viene con sandalias, adelante. Que viene exhibiendo mata de pelo de las axilas, adelante y no se deje la mochila del Coronel Tapioca en el mostrador. ¿No dicen los asesores económicos que hay que facilitar el tráfico? Pues circulen, circulen por esos tornos, que no está la cosa para poner trabas. Y la prueba es esta cola de hoy mismo, a punto de crecer hasta la misma Puerta de la Campanilla. Estos turistas son como los aficionados de la Maestranza, aguantan lo que le echen. Y después, al paellador de Mateos Gago. En veladores, por supuesto. Que los veladores son otros brotes verdes… Ojú, los veladores.