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Perdemos gorriones

Carlos Navarro Antolín | 20 de junio de 2018 a las 17:58

Reportaje de Gorriones

Nos faltan pájaros. Quién nos lo iba decir. Han revisado los árboles y las fachadas de la ciudad y se notan menos aves. Muchos gorriones se han ido. Y los que se quedan están ansiosos, se meten hasta en el interior de los bares a luchar por una miga. Nuestros gorriones tienen hambre, están revueltos, crispados, sufren desasosiego cual militantes del PP. El telediario informa de la caída de la natalidad y del descenso de las aves urbanas. Y Sevilla es citada como una de las ciudades que pierden pájaros. Ahí duele. Nosotros, que siempre hemos presumido de tener una riquísima avifauna… Los expertos elucubran sobre la causa. ¿Por qué perdemos gorriones? La polución, la desruralización del casco urbano, la excesiva poda de los árboles. No confundan nunca al gorrión, pájaro habitual del casco urbano, con el vencejo. Los vencejos siguen con nosotros. Nos guardan fidelidad. Pero los gorriones están en extinción, como las golondrinas, que ya sólo habitan en los versos. Que Sevilla pierda pájaros es como si un día el telediario informa de la bajada del número de bares. Aquí hay –o había– más pájaros que veladores. Lo curioso es que perdamos gorriones, el ave común, el pájaro de referencia en las conversaciones cuando hay que culpar al de siempre, esa máxima de que todos los pájaros comen trigo y siempre la culpa es del gorrión.

Faltan gorriones como faltan fontaneros. Faltan aves comunes como falta tropa para cargos intermedios. Nada es por casualidad y todos los hechos están relacionados. Qué difícil es ser pájaro común en un partido político, en una hermandad o en cualquier colectivo. Hoy nadie quiere ser gorrión, por eso –ay casualidad– falta marinería en cualquier barco porque a todos los soldados les han dicho en su casa cuantísimo valen. Y traen la lección bien aprendida, el coaching bien digerido. Porque yo lo valgo, oiga, me niego a ser un simple gorrión. Aquí cualquier pájaro ha hecho un máster, cualquier pájaro luce tiros largos con medallas y cualquier pájaro te pone una moción de censura que te manda para ese sitio tan divertido como el Registro de la Propiedad.

Los gorriones se nos van, que lo dice el telediario y el profesor Enrique Figueroa, el catedrático que lleva años pidiendo un manual para el cuidado de las aves urbanas, un protocolo para impedir que se marchen, que dejen huérfanos nuestros cielos por contaminación, por falta de árboles o por carencia de alimentos. Pero a Figueroa no le escuchan los concejales cuando canta las verdades del barquero. Claro, nadie se cree la cantinela de que Sevilla pierde pájaros, sobre todo por la de ejemplares que se ven a todas horas por las calles.

Nos sobran palomas, terribles palomas para la conservación de los monumentos, y nos faltan gorriones de nervio alegre. Primero se fueron las golondrinas, ahora se están marchando los gorriones y después, quién sabe, serán los vencejos. Los vencejos cada día lo tienen más difícil con tanta nueva arquitectura de fachadas sin huecos. Los arquitectos no piensan en los vencejos, qué desconsiderados. Venga a poner placas de hierro chorreado y ni un orificio para nidos. Está claro que ser pájaro en Sevilla es cada día más difícil. Es morir lentamente en cada esquina, buscar cada mañana el trigo imposible, piar en el desierto.

Los 5.000 naranjos de Zoido

Carlos Navarro Antolín | 11 de agosto de 2014 a las 12:59

El alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, visita el parque Vega de Triana
¿Qué mal han provocado los árboles a unos políticos que en tan baja estima los tienen? ¿Qué sombra le ha negado un naranjo a Monteseirín o a Zoido? ¿Acaso se la han negado un olmo, una palmera, una jacaranda, un laurel o un plátano? ¿Sienten celillos de los estorninos de la Plaza de Cuba, de los gorriones de Nervión o de los vencejos de la Catedral? Tan sólo Soledad Becerril cuidó de esos grandes desprotegidos que son los árboles, por eso y por muchas cosas más es una dama de la política andaluza con proyección y prestigio verdaderamente nacional y no esa proyección low cost que ahora se vende de alguna con mando en plaza, pero un low cost en plan turista tieso que llega a Sevilla con mochila y botellita de agua, que son los que ahora llegan tras haberse disipado los cruceros como una gaseosa de chiringuito. Los árboles envidian al lince y al velador, los grandes referentes para el PSOE y el PP, respectivamente. No hay árboles para dar sombra a Sevilla más allá del bosque animado de un Ayuntamiento atufado ya de electoralismo. No hay árboles que alivien los andares en esos grandes espacios moscovitas, duros, grises, feos y convertidos en exaltaciones del vacío que nos dejó el urbanismo socialista y alejandrino, de Alejandro, no de la estrofa. Los árboles no están en las prioridades reales de ningún gobierno, pese a que ofrecen sus ramas a las aves, su perfume a los viandantes y su sombra a ciertos pájaros… ¿Qué le hicieron los árboles a Monteseirín, que los taló en el Prado, en la Avenida y en Ramón Cajal, por poner sólo tres ejemplos? Zoido prometió en 2010 nada menos que cinco mil naranjos en un plan de reforestación urbana para evitar el efecto “isla de calor” de Sevilla. Eso dijo. Quedan nueve meses mal contados para las elecciones y por mucho que miramos y miramos no nos salen las cuentas de los árboles nuevos. En el templo de apertura perpetua de San Onofre hay que entrar a suplicar que algunos de esos cinco mil naranjos, bien frondosos, sean plantados en la Avenida, donde se entra blanquecino por la Puerta de Jerez y se acaba salmón en la Plaza Nueva. El entonces candidato del PP a la Alcaldía proclamó que la tala de un árbol requeriría de la firma del alcalde. Mire usted, señor Zoido, bastaría con que la firma del alcalde sirviera para poner algo de sombra en esa inhóspita Avenida de la Constitución, convertida en un video-juego donde el peatón sortea ciclistas, mesas, sillas, banderolas, coches procedentes de Alemanes y peticionarios de firmas para causas humanitarias; en la calle San Fernando, en la Plaza de Armas, en la gran explanada que recibe a los viajeros del AVE y de otras líneas de Renfe y en tantos y tantos metros cuadrados de superficie de esa desangelada Isla de la Cartuja, a la que Monteseirín quiso convertir en un nuevo distrito de la ciudad. Zoido también dijo que por cada árbol talado habría que adquirir el compromiso de plantar cinco. Bastaría, alcalde, con un árbol nuevo por cada nueva licencia de velador, pero entonces Sevilla sería no ya una ciudad con sombra, sino una urbe sin sol. Pocos árboles hay en Sevilla para tantísimo pájaro.
VIRGEN DE LUJAN