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¡Tierra a la vista!

Carlos Navarro Antolín | 17 de agosto de 2014 a las 5:00

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MIENTRAS el líder de la oposición, Juan Espadas, ha pululado por Rota sin transmitir mucho entusiasmo sobre su futuro político en algunas charlas informales, hay que reconocer que el alcalde del PP ha hecho su agosto. Vamos, que lo está haciendo como un vendedor de sandías pese a alguna foto en Sotogrande (Digan Soto sin más, si quieren darse importancia) que no ha gustado nada entre algunos de sus 20 concejales por considerarse una instantánea de alto riesgo a diez meses de las elecciones. Los halcones del equipo electoral lo pasan fatal cada vez que Zoido sale emperifollado entre señoras ultramaquilladas, de nombres tan diminituvos como ridículos y de pieles notoriamente apergaminadas. Un disgusto, se llevan un disgusto.
Agosto es importante para los políticos, sobre todo el último agosto antes de las urnas. Las oposiciones se ganan en agosto, cuando todos dormitan, cuando las tardes se hacen cuesta arriba y hay que resistir a los cantos de sirena de un exterior que invita a la navegación por los mares del ocio y el relax. El que resiste en agosto y hasta le saca partido, tiene ante sí el sueño de la tierra prometida. Bien lo sabe este magistrado.
Sí, es cierto que los socialistas han sacado estos días sus temas sobres centros de salud, falta de agentes en la plantilla de la Policía Local y hasta se han permitido con toda legitimidad una incursión en la calle Mateos Gago, en ese distrito Centro que dicen que es patrimonio del PP, pero que ya quisiera el PP, porque en realidad es de nuestros nuevos amos y señores que son los hosteleros y los turistas. Mateos Gago huele a pizza, sabe a zanahoria rayada y tiene la horripilante estética de las tizas de colores que anuncia el camembert frito entre las tapas sevillanas.
El alcalde se ha recorrido las obras del centro y de los barrios, metiendo los sebago entre la polvareda de la maquinaria, en las calicatas y saltando las vallas. Hasta se ha hecho una foto original con las monjas de San Leandro a las que la Federación Española de Baloncesto ha obsequiado con unos balones y unas canastas en las vísperas del Mundial. Sólo hay que poner un pero a esa visita: Zoido agradeció el “esfuerzo” de José Luis Sáez, presidente de la FEB, con la orden religiosa. ¿Esfuerzo? El esfuerzo sería si los señores del baloncesto patrio sueltan la morterá para la rehabilitación del monasterio donde se hacen las yemas con cada vez menos huevos de lo caros que están. San Leandro se cae ante la indolencia de los sevillanos y ante extraños comportamientos en los despachos de la curia. También se ha ido el alcalde otra vez a Amate, donde de nuevo ha salido retratado con el tío de la coleta, que es para pensar ya que el tío de la coleta de Amate trabaja por horas para el PP.
La procesión de la Virgen demostró que aquella zoidomanía de 2011 está más que diluida en el agua del paso de los días. Cuatro años desgastan a cualquiera. Pero su triunfo es que la marca personal está intacta. De la euforia novelera de vitorear a un alcalde recién llegado al cargo en aquel Jueves de Corpus se ha pasado a una normalidad que conviene a todo político en el poder. El nivel de expectación fue tan alto tras el resultado de los veinte concejales que no hubiera extrañado alguna reacción airada entre el público. Nada de eso ha ocurrido, incluso hay varias fotografías de niños besados por el alcalde durante el recorrido. En el PSOE ya hay quien piensa que el mayor éxito de Zoido es que forma parte del paisaje urbano de la ciudad. “¿Y cómo se lucha contra eso si no hay escándalos?” Ningún caso de corrupción ha salpicado el azul de esos trajes del alcalde que hasta Espadas reconoce en privado que le quedan perfectos. Salvada la marca personal y con un Gobierno de Rajoy que no se desgasta mucho en las encuestas del CIS a pesar de la situación del país, Zoido gozará incluso de un flotador en caso de que pase apuros para mantenerse a flote: la reforma legal que sentará en el sillón de alcalde al candidato más votado. El PP no quiere más casos como aquel de las elecciones de 2007, cuando Zoido fue el ganador orillado por el pacto de PSOE e IU.
Consciente de que es su marca personal la que se la juega y la única que puede revalidar la Alcaldía y sabedor de que la gestión de ningún concejal en particular le va a solucionar nada (en parte por la configuración de un gobierno ultrapresidencialista) y de que sin Alcaldía todo estaría consumado en su carrera política, Zoido se emplea en una reinvención de su propio personaje, una multiplicación del perfil de alcalde blanco e inmaculado en las trincheras de las obras de Emasesa que ve la tierra prometida de una repetición en el cargo en el mar plato de la política municipal. Hasta el socorrista Rajoy tiene a mano el salvavidas en caso de que Zoido trague agua. Y el tío de la coleta es ya de la familia. Sólo hay que evitar ciertos pergaminos. Y que Espadas siga lamentándose por Rota…

Restaurantes libres de pelambreras

Carlos Navarro Antolín | 14 de julio de 2014 a las 17:55

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Han tenido que pasar veintidós años para que Renfe se decida a habilitar vagones donde pueda viajar esa minoría selecta y pisoteada que sabe hablar en voz baja con el acompañante y que responde al teléfono sin elevar el tono como si estuviera explicándole a un turista en la calle Adriano el camino más corto hasta la Catedral. Renfe prohíbe en positivo, que es políticamente mucho más correcto que prohibir en negativo. No es lo mismo inaugurar el vagón silencioso del AVE que el vagón donde se prohíbe hacer el ganso. Renfe apuesta por esa sutileza transversal que todo lo embadurna hoy con tal de no molestar a esa gran mayoría desahogada. Como el AVE es casi siempre un modelo de buen funcionamiento y encima es junto al fútbol el otro gran elemento vertebrador de España, bien harían otras empresas en tomar nota de su gestión. Si existe un vagón de AVE exento de carracas, la hostelería española, sobre todo la de la costa, podría implantar comederos libres de pelambreras. Si los charlatanes del AVE son verdaderas vuvuzelas para los sufridos acompañantes, piensen qué es un tío sin camiseta en un restaurante de playa, de piscina o de los lagos de las serranías. Un verdadero asco. Seguro que alguna vez le ha pasado. Pide una paella mirando al mar cuando de pronto se sienta en la mesa de al lado un individuo sin camiseta que le planta su oronda y desnuda espalda en su ángulo de visión.

¿Para cuándo un cartelito de advertencia a la entrada de los mil y un comederos en los que nada más abrir la puerta está el tío con el pecho al aire provocando un verdadero episodio de eso que hoy se llama contaminación paisajística? Habría que facilitar camisetas en préstamo a la entrada de ciertos negocios hosteleros para los velludos comensales, al igual que en los años ochenta había un tío que prestaba pantalones para que ningún veraneante de Matalascañas se quedara sin visitar a la Virgen del Rocío por ir en pantalón corto.

Tal vez la mente preclara que quería suprimir los chiringuitos de las costas españolas buscaba acabar con el martirio de comer junto a pobladas pelambreras, abundantes verrugas y otras excrecencias cutáneas. Hasta en restaurantes de cierto nivel con vistas al mar y cubertería de la que no se dobla se pueden ver tipos que se sientan a mesa y mantel con las cadenas de oro asomando entre los pelos, incluida una exhibición de axilas cada vez que abordan la fuente de gambas. Está por estudiar el misterioso origen del placer de comer semidesnudo, seguro que algún antropólogo de guardia puede encontrar antecedentes en alguna primitiva tribu. Tal vez hay que llegar a la conclusión de que el mórbido despechugado consumidor de paella es una especie a proteger en los catálogos de la Junta de Andalucía por ser la reminiscencia de un modelo de vida casi extinguido.

Si quitarse la camiseta es tarjeta amarilla en el fútbol, sentarse a comer sin ella debe ser motivo de roja directa por una mera cuestión de consideración al prójimo, ese gran olvidado que sufre los horrores visuales y los olores terrenales. Salgan a contar pelambreras en los bares de la capital y de las playas, verán que no hay exageración alguna, como se pueden contar y no parar el número de tíos que utilizan las sillas de los veladores para descansar los pinreles. Echan los pies por alto como el toro manso echa las manos, sin reparar en que luego alguien tendrá que tomar ese mismo asiento donde han estado reposando los sudorosos pies. Mucho aspersor para quitarle la sensación de salmonetes fritos a los guiris, pero ningún comedor advierte junto a la lista de los precios de que se trata de un local libre de pelambreras. Lo que sí prohíben es la entrada de perros, cuando hay canes más considerados a la hora de comer y de beber que muchos individuos de dos patas. Y otro ejemplo. ¿Imaginan una Catedral libre de pantalones piratas? Qué sólito se iba a quedar el Lagarto. Y que vacía la caja.