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El traje talismán de Benito Navarrete

Carlos Navarro Antolín | 20 de octubre de 2014 a las 14:09

reportaje
Calladito se lo tenía la derecha local. Como un secreto de Fátima no revelado, como la receta de los 20 concejales que sólo se la sabe el druida Martínez-Vares, como el manual de instrucciones de dar marcha atrás en tantos proyectos anunciados y devueltos al corral al tercer silbido de los vecinos. Nadie dice nada, pero nos hemos dado cuenta de la gran baza de Zoido para seguir en el machito. ¿La encuesta que le da cinco concejales a Juan Espadas? No, hombre, no. ¿La encuesta que colocaría al cura Chamizo de alcalde con apoyo de los concejales del PSOE que van a caber en un taxi? Tampoco. Los de Podemos, Ganemos y Cobremos aún no se han dado cuenta de que Chamizo sigue siendo cura, que lleva dentro un pedazo de sacerdote de los que ponen de los nervios a la actual curia de frío y clergyman. Chamizo no huele a oveja del Pastor argentino, huele a Podemos de Pablo Iglesias que espanta. Y ojo al cura de la barba -que nunca besaría Soledad Becerril- porque es más largo que un viaje a Almería por carretera, que cuando Podemos sólo era un lema para ganar la Eurocopa, ya estaba largando en el Parlamento aquello de la gente está de todos ustedes, señores diputados, hasta donde pone Toledo.
El secreto mejor guardado de Zoido es su talismán: el traje de raya diplomática de Benito Navarrete, el principal asesor de temas culturales de este gobierno. Cuando arrecian las críticas a la gestión plana, de balance inmaterial, sin proyectos estrella y sin imaginación para suplir las carencias de presupuesto, Zoido tira del freno de emergencia de la locomotora que conduce directamente a la oposición, para el tren y, hala, a presentar una de esas exposiciones de brillo que dan un poquito de lustre a este gobierno. Porque al margen de las cuentas saneadas gracias a Doña Fley, ya me dirán ustedes cuál es el principal estandarte de la gestión de Zoido. Pues está clarísimo: el traje de Benito Navarrete, con sus rayas bien separadas a lo Dick Tracy, rayas como filas de nazarenos de ruán trazadas con tiralíneas, rayas que son el símbolo del éxito. ¿No tenía Del Valle sus baches, Soledad su escoba de oro, Alfredo sus viajes y Torrijos sus mariscos? Pues Zoido tiene los trajes de Navarrete, que con el don en el nombre de pila es provincia de Badajoz. Buenos días, señor Navarrete le paso una llamada del alcalde.
-¿Benito? Saca el traje y vamos a inaugurar algo, hijo mío, que me están dando la del tigre.
Y Benito monta la muestra de aquellos vestidos pomposos de Zurbarán para que el alcalde presuma ante las ministras, organiza el simposium de los cuadros de Velázquez para que el Salón Colón descanse un poco de los “¡Virsheee!” de Pepa Medrano arreando estopa al delegado de Urbanismo, restaura cuadros de propiedad municipal eclipsados por la negrura del paso del tiempo y hasta da la idea de hacer el mapping navideño. Navarrete, que parece sacado de un vaciado del San Bruno de Montañés, es de los pocos que da alegrías al jefe. Y hasta adelanta dinero de su bolsillo para asegurar que las obras de arte que ha pedido prestadas sean expuestas en perfectas condiciones de mantenimiento, lo hace sin titubeos, hartito de esperar la lenta burocracia municipal por la que hay que rellenar siete cuartillas para conseguir un paquete de folios. Ya verán ustedes cómo el alcalde saca a Benito muchas veces de aquí a mayo. Y nos vamos a hartar de ver el traje talismán con sus rayas perfectas, que no las mejora ni la gubia de Montañés.

Un nuevo bar en la Plaza Nueva y otro en…¿la placita de Santa Marta?

Carlos Navarro Antolín | 18 de diciembre de 2013 a las 21:22

santa marta
Un local vacío tiene más peligro que un camello de la Alameda (ojo que muerde). El riesgo no está en que el local se quede sin vida per secula seculorum, sino en que se convierta en un bar.

-Doctor, en ocasiones veo bares donde antes había bancos.
-¿Dónde es ahora, hijo?
-En la Encarnación, donde antes estaba la oficina casi subterránea de Cajasol. Ahora hay un pedazo de bar como un camello de la Zoidonavidad de grande.

El premio gordo es para el que encuentre en Sevilla no un bar de reciente creación, sino un bar con perchero. Nada más hay que fijarse en las consecuencias que provoca la ausencia de percheros en el tabernerío local: pilas y pilas de abrigos en una silla o en un taburete. Hasta que llega el gracioso que pide la silla para lo que fue creada: para sentarse. Y todo el mundo, hala, a colocarse la pelliza, la gabardina, la trenca o la cazadora sobre las piernas. ¿Y han pasado por Castelar? Castelar no ha tenido un bar en su vida, sólo tintorerías, cristalerías, la residencia Tartessos, cofradías de filas largas, una casa desde donde antes se mandaba la ciudad con servidumbre de guantes blancos y alguna tienda de ropa deportiva mudada ahora a la Plaza de Armas. Pues ya tiene un bar, con sus clientes acodados y su tirador. Y está a punto de abrir otro bar en la Plaza Nueva, donde antes había una agencia de viajes, junto al Capitol de la bulla de las tardes libres de copas, que hay que ver la cantidad de gente que tiene las tardes libres en esta ciudad, que eso antes era sólo cosa de cofrades ociosos, de ahí que se dijera aquello de tienes más peligro que un cofrade con las tardes libres, pero el peligro ahora lo tienen los camellos, aunque ya se sabe que el camello de la Alameda es inocente, que la culpa era del niño de seis añitos que fue capaz de sacar al camello de sus casillas.

-Toma del frasco, so camello.

No más digresiones. Un, dos y tres, respondan rápido: ¿Qué plaza del centro de Sevilla resiste como la aldea de los locos galos al invasor de la fiebre hostelera? La de Teresa Enríquez, la de Pilatos y la recoleta de Santa Marta, junto al Monasterio de la Encarnación, desde cuyas ventanas altas las monjas rezan a la Patrona cada 15 de agosto, que es cuando tiene que salir a la calle la Virgen de los Reyes, a ver si se enteran en el edificio de enfrente y no la sacan más a destiempo para ese público que cabe en un taxi. En la plaza de Teresa Enríquez está de guardia Juan Salas Rubio a la caza del primero que pida licencia. Y en la Plaza de Pilatos sigue estando de guardia Zurbarán, imaginando desde el pedestal de su estatua nuevos óleos de refectorios con monjes a la hora de yantar. Pero en la de Santa Marta hay una obra que trae locos a los vecinos. Y todo indica que es para eso: para un nuevo bar. Tan es así que Urbanismo ha enviado a los inspectores y ha mandado lo que mandó el comandante: callar. Urbanismo ha trincado que se trata de una obra del bar Toro, del número dos de la calle Mateos Gago, conectada con el privilegiado número uno de la Plaza de Santa Marta, una peligrosísima vinculación tal como se temían los vecinos. La Gerencia ha decretado la suspensión inmediata porque la obra carece de licencia alguna. Pero el vecindario teme que a la placita lleguen pronto los veladores. Cuando en ella casi ni cabe un camello de los que muerde. Niño, quieto.