El frágil salto de la vida

Fonsi Loaiza | 12 de mayo de 2014 a las 2:41

 

POR FONSI LOAIZA

“Si pudieras entrar en mi mente solo durante media hora, entenderías por qué me estoy volviendo loco”, Robert Enke en el libro ‘Una vida demasiado corta’.

Era alucinante, lo nunca visto. Las plazoletas en España se nutrían del salto de longitud entre los juegos de los niños. Todos se pedían ser Yago Lamela. El atleta español se había convertido en un referente para los más pequeños después de brincos prodigiosos de 8,56 y 8,40 metros en los Mundiales en pista cubierta de Maebashi y al aire libre en Sevilla. Era un auténtico icono del atletismo como ahora lo son Gasol del baloncesto, Nadal del tenis o Alonso de la Fórmula-1. El nuevo milenio estaba a punto de arribar, se necesitaban ídolos para los tiempos modernos y el saltador asturiano encarnaba ese espíritu de la modernidad como nadie. Yago Lamela asombró al país entero: tenía enemigo de máxima identidad (Iván Pedroso, campeón mundial) y desafiaba a las leyes ortodoxas del salto (ni velocista, ni espigado). Los periódicos y las noticias abrían en portada con su figura, sus saltos eran analizados por especialistas y su rostro, reclamo para los anunciantes de publicidad; incluso volvió a poner de moda la melena. “Mucha gente no se expli­ca lo que pasa conmigo: como muchas galletas, soy bajo; soy un alien”, argumentaba. En la historia de los Campeonatos Mundiales al aire libre todos los hombres medallistas españoles han sido mediofondistas o fondistas menos él con su plata en Sevilla 1999 y bronce en París 2003: Valentí Massana, García Bragado, Paquillo Fernández, Josep Marín, Juan Manuel Molina, Daniel Plaza en marcha; Martín Fiz (ha batido este fin de semana el récord de España en maratón para veteranos), Abel Antón y Julio Rey en maratón; Reyes Estévez, Fermín Cacho, José Luis González en 1.500 y Eliseo Martín en 3.000 obstáculos.

Yago Lamela ya no solo saltaba en un foso de arena sino en un torbellino mediático. Hay mentes que detestan esa vorágine de la popularidad y expuestas en el escaparate se hunden como en arenas movedizas. “Me comía un sándwich y tenía 100 ojos observándome. Estaba acostumbrado a ser anónimo y el hecho de que la gente me parase por la calle me creaba presión y ansiedad”, llegó a declarar hace unos años después de ser ingresado en un psiquiátrico. Las luces del éxito se fundieron y le produjeron una enorme crisis de identidad en las tinieblas de la soledad. Le privó de eso que Norman Mailer denominó la comprensión de la muerte y que nos esforzamos día a día en alcanzar: saber quiénes somos. La gloria deportiva muchas veces deteriora el alma y destruye el sentido de la vida si no se logra comprender que el triunfo es un excepción y no un continuo. Yago Lamela saltó al cielo en casa de sus padres de un infarto solitario. Antes dormía mucho, disfrutaba a escondidas comiendo galletas de madrugada y descargaba toda su timidez en saltos equivalentes a cinco personas de estatura media y dos camionetas grandes. La sociedad del nuevo milenio consume héroes para luego devorarlos. Entre todos le quitamos las ganas de vivir. Lo ovacionamos en el triunfo pero nadie fue capaz de entrar en su mente frustrada y ya solo le quedaba esquivarse a sí mismo.

POR FONSI LOAIZA

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