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Un sueño

Antonio Navarro Amuedo | 27 de noviembre de 2010 a las 23:55

En realidad estábamos allí para decirle al embajador que la situación que los periodistas españoles están viviendo en estos momentos es muy complicada y que, ya que éstos no tienen interlocución directa con los reyes y sus ministros, intente transmitirle a los que mandan que las cosas tienen que mejorar. Delante de nosotros, el nuevo embajador de España en Marruecos, Alberto Navarro, hablaba por el móvil con Rubalcaba, que se interesaba por el encuentro con los periodistas españoles del jueves pasado. Los azares me llevaron en la velada a la compañía de Luis Bonet, diplomático aragonés en la Cancillería de Rabat, mientras paladeaba un notable chorizo ibérico y un no menos aceptable jamón serrano que llegaba en las bandejas portadas por el gran Laarbi, míster Mechui para los amigos (inolvidable su aparición, chapela en la cabeza y bombo, la noche en que España se proclamaba campeona del mundo, en la puerta del Parlamento marroquí). Por cierto, nos decía el hijo del embajador más tarde que el embutido había llegado por carretera desde Ceuta. Primera impronta del período Navarro, que nada tiene que ver con éste que te manda esta postal.

Aragonesa y navarra y madrileña y sevillana y granadina y muchas cosas más es la estirpe de Bonet, el diplomático, como tuvo ocasión de contarme largamente. Me aseguró, además, la existencia de un vínculo permanente en la historia a través de ciertas familias y personajes entre Navarra y Sevilla. Mientras, el grueso del grupo de periodistas hablaba de periodismo, claro, y otro más exiguo se dirigía al embajador para abordar cosas serias, que para eso habíamos llegado a Suisí.

El discurso erudito de Bonet es desbordante, lo cual no nos impidió cazar al vuelo pinchos de tortilla que seguían pasando por delante de nosotros. Igual hacían Zacarías, fotógrafo de EFE, y Mohamed, redactor de la misma agencia de noticias. Al preguntarme por mi origen y decirle que era sevillano, Bonet me preguntó si era sevillista  o bético. Ya no me acuerdo del nombre de la familia, porque me abrumaba la precisión de nombres y apellidos y genealogías que iba trazando, pero me contó que la familia de su mujer es pariente de uno de los fundadores del Sevilla Fútbol Club. Y que en su casa son todos palanganas, que es una forma de decir sevillistas.

Poco a poco íbamos adentrándonos en terrenos hispalenses, y comenzamos a diseccionar la realidad de la ciudad a nuestra forma, para aburrimiento y sorpresa del resto de presentes en el corrillo. “Sevilla es de una complejidad impresionante. Aunque sea la reacción natural que nos provoca a los que no somos de allí, considerar provinciano al sevillano por su comportamiento es un error. Hay un componente cultural muy rico, muy denso. Es quizá la ciudad de España con más personalidad, algo que no tiene ni Madrid ni Barcelona, que me parece mucho más provinciana que Sevilla, por ejemplo (…) Sevilla es mucho más romana que árabe y eso ha marcado su predilección por la representación, desarrollar lo externo. En Sevilla lo máximo es ser pregonero de la Semana Santa, pero menos que ser rey mago en la cabalgata, ¿no es verdad?”, decía, entre otras cosas, Bonet en el salón de la residencia del embajador.

No te negaré cierta alegría sentida al oír las reflexiones del diplomático maño, cuando sobre la ciudad -como sobre el conjunto de Andalucía- pesan como duras losas los estereotipos sobre nuestra filosofía de vida colectiva. Hoy, casualmente, el presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, hacía autocrítica y culpaba al conjunto de los andaluces de tener parte de la culpa del deterioro de la imagen de la región. La Junta, añado yo, con sus más de veinte años en San Telmo, tendrá bastante que ver en eso. Pero ése es otro debate.

Creo que el mismo debate identitario que marca desde hace, por lo menos, un siglo y pico la realidad de España, la permanente cuestión esencialista de su existencia como nación, el combate de los nacionalismos disgregadores, etcétera, encuentra una traslación equivalente en el de la reflexión sobre qué es Sevilla; cómo debe seguir siendo en el futuro, qué puede y no puede hacerse en la ciudad, cuestiones que planean siempre en cada esquina, en cada bar, en cada edición de los periódicos locales. La mayoría de los sevillanos, estoy seguro, tiene un concepto, una pequeña teoría sin formular en la cabeza sobre la realidad de la ciudad.

Con el tiempo me doy cuenta de que Sevilla mejora desde lejos. La cercanía le hace que se le vean todas las arrugas de la cara, todas las patas de gallo. Desde la distancia Sevilla es una ensoñación; estar fuera permite pensar en ella sin la pesadez cotidiana, sin el tedio de una realidad imparablemente declinante y la parálisis y la vulgaridad reinantes.

Desde lejos no se aprecian los contornos de la Encarnación y el debate que nunca se hizo del proyecto de los parasoles, ni los líos de Mercasevilla, ni el ocaso de Monteseirín ni tampoco los orgullos al subirnos todos a un tranvía aún ridículo -el de Rabat nacerá con 20 kilómetros de longitud, compara con el paseíto del tren de la escoba- y una línea de metro que ha costado tres décadas de nuestras vidas y de las de nuestros padres y abuelos.

Sevilla es más bella cuando la encuentro al hacer abstracción de la torre de su mezquita mayor paseando a los pies de la torre Hassan de Rabat. Sevilla es más bella aún cuando se la evoca en las páginas de La Ciudad de Chaves Nogales. O al imaginarnos el magnolio de Luis Cernuda.

Sevilla nos toca la fibra cuando oímos fuera el arranque de una sevillana, una corneta tocada por un cani de alguna de las hermandades del otro lado de la calle Oriente, que graban Cedés y más Cedés que se venderán como siempre, pese a la crisis, en el Corte Inglés en estas fechas. Sevilla nos hace temblar cuando nos la imaginamos ya próxima por la campiña palaciega y dejamos la torre de la parroquia del pueblo lejano de Joaquín Romero a la izquierda por la carretera de Cádiz, rodeados de algodón y olivos.

Pero Sevilla se nos hace pesada cuando la vemos de cerca. Nos imaginamos los mismos debates esencialistas, como los de los dos chavales que hicieron los cortos que circulan en Youtube sobre el los canis, los pijos y los de las botellonas, y nos aburre la gomina, las patillas largas, las fotos de pasos en los muros del bar y las Cruzcampos. Y lo digo con una lata de Cruzcampo que me compré en el Marjane (el gran hipermercado de Marruecos, por si esto lo lee alguien distinto a ti, que lo conoces bien) sobre la mesa. Nos cansa lo de las catenarias, el lobby del Consejo de Cofradías y la novelería con la que la ciudad trata a la gente importante que hace estación en la ciudad, sea Tom Cruise, Cameron Díaz o el presidente del Gobierno. Bienvenido, Mr Marshall.

Una identidad, una personalidad, como quieras llamarlo, la de Sevilla, complejísima, en efecto, extraordinariamente densa. Según como tenga uno el cuerpo puede resultar asfixiante y entrarle a uno las ganas de irse lejos, cuanto más mejor, o desbordante, apasionante. Para bebérsela de un tirón y pedir más y más.

Me pregunto por qué nos gusta tanto a los sevillanos formar parte de la representación de la ciudad, con ecos de la del Villar del Río berlanguiano, y por qué nos provoca el rechazo que nos causa cuando la vemos repetida el día después en DVD. Probablemente eso no lo sabrá el amigo Bonet, pero Sevilla, me va enseñando el tiempo, gana irremediablemente con la distancia. Y la alegría de sentirla aquí o allí es directamente proporcional al hastío que nos provoca saber que, a estas alturas de la película, a Sevilla no la cambia ya nadie.

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