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Anás

Antonio Navarro Amuedo | 10 de agosto de 2010 a las 2:40

El cielo está nublado hoy domingo de agosto, como a menudo en esta costa atlántica del Magreb, y no hace día de playa, aunque el bochorno aprieta. Se respira en el ambiente que el ramadán está cercano. Prontos los ritmos marroquíes se harán un poco más lentos; dentro de pocas fechas el mes de ayuno y abstinencia traerá estampas de calles silenciosas y vacías, de una espiritualidad acentuada por los rigores.  La zona de Al Manal, en la rotulada hoy como avenida de las FAR, queda un poco a trasmano de todo en Rabat.  No está cerca de la bulliciosa medina; ni a un paso del populoso L’Océan, antaño barrio de las embajadas y los embajadores y lugar de acogida para la población española que residía en la capital marroquí durante los primeros años de la independencia; muy distantes quedan los modernos Agdal y Hay Riad, donde proliferan franquicias de ropa occidental y comida rápida para solaz de las clases acomodadas de Rabat. La zona comercial de Al Manal y poissons Anass, donde vinimos a comer el domingo, están en el barrio del Menzeh, cerca de la larga corniche costera de la capital marroquí, donde la primera línea de playa es una sucesión de explanadas batidas por el viento y cortafuegos a la amenaza permanente del mar.

Anás tiene nombre de sacerdote del Sumo Sanedrín que juzgó a Jesucristo en Palestina. Palestina, la de hoy, queda lejos aquí, aunque la televisión Al Jazeera se empeñe en acercar la lucha de aquel pueblo contra los israelitas desde su oficina en Hay Riad, uno de los barrios pijos de Rabat. El Anás de Rabat, al que no tenemos el gusto de conocer, lo que borda son las frituras de calamares, acedías y pijotas, además de las gambas a la plancha salpicadas de cilantro, que aquí se lo echan a todo. Anás suena a paso de misterio de la Hermandad del Dulce Nombre de Sevilla, vulgo la Bofetá. Tiene nombre de uno de los judíos con cara de malo de los pasos de la Semana Santa de la capital andaluza. Anás es además el nombre del sobrino de Rachid, mi mejor amigo marroquí, un bereber que pone lo mejor de su esfuerzo y su inteligencia para ayudar a los despistados empresarios españoles en su búsqueda por este El Dorado marroquí. Rachid duda del origen hebreo del nombre en su forma local, aunque me asegura que es común en el Magreb y el resto del mundo arábigo-musulmán.

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Anás es como esos bares playeros a los que hay que entrar con tapones en los oídos porque los decibelios de humanidad agreden a los tímpanos en los paseos marítimos de Chipiona, Matalascañas, Rota o Mazagón. Aquí no se estila el tinto de verano ni el salpicón de marisco, ni los espetos, ni el gazpacho con guarnición, pero prometo que mucho de lo que se ofrece en Anás, al otro lado del Estrecho, se parece a lo de allá: las frituras, los mejillones, una tentativa loable de paella, las sardinas a la parrilla, etcétera. Anás rebosa de humanidad, digo, de familias completas que aparcan donde pueden en torno a la rotonda de Al Manal, que esperan impacientes su turnos, ellas con pañuelos al sol y ellos con la camiseta del Barcelona y a la espalda el nombre de Iniesta, que encima es el más blanquito de todos los peloteros ibéricos campeones. En Anás las espinas de las acedías se amontonan sobre la mesa mientras los platos se vacían de pescado frito y los dedos se llenan de pringue, que sólo podemos quitar con una suerte de papel de estraza. Y todo es muy económico: por menos de ocho euros a uno le queda la sensación de haberse quedado bien saciado. En Anás, en fin, los camareros aquí corren con un puntito de alegría que no se encuentra en otras partes de la ciudad, con cestas de pan y platitos de salsa de tomate con comino para ir abriendo boca. Me encanta venir a casa de Anás un domingo de vez en cuando y ver cómo disfrutamos tanto, aquí y allí, que en esto todos los hombres se igualan, pelando una tras otra las gambas y pinchando calamares fritos en una plomiza tarde de agosto cualquiera.