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Coppola, Poe y el fantasma de la melancolía

Manuel J. Lombardo | 10 de junio de 2012 a las 12:16

La nueva película de Francis Ford Coppola, Twixt, es un homenaje a Poe y los cuentos de terror del gótico norteamericano hecho con poco dinero, en formato digital, con aroma de serie B y un protagonista de dudosas prestaciones (Val Kilmer). Sin embargo, es la mejor película de Coppola en años, la más bella y gozosa de esta trilogía marginal (El hombre sin edad, Tetro) que ha firmado lejos de la vigilancia de los estudios, a su aire, en Rumanía o en Buenos Aires, incluso con dinero español.

Twixt recupera un viejo motivo del cine de terror, el del escritor en crisis en búsqueda de nuevas historias para un best-seller barato. Recorre un paisaje reconocible, el del pequeño pueblo fantasma atravesado por la leyenda de un crimen atroz, un pueblo con su sheriff (Bruce Dern), su comisaría, su hostal, su torre con relojes, su cadáver en la morgue y un grupo de jóvenes siniestros acampados junto al lago, un lago neblinoso, por supuesto.

Y en medio de todo ello, con un punto de precisa ironía, Coppola, aquí también guionista único acreditado, convoca al espectro del mismísimo Edgar Allan Poe (Ben Chaplin) y a sus Eleonoras, Berenices, Ligeias, Morellas y Annabel Lee, los más bellos nombres de la melancolía, para acabar hablando, una vez más, de él mismo, de su propia tragedia personal.

En una hermosa escena nocturna (un nocturno azul digital) bajo la luz de la luna, el novelista y el espectro de Poe se asoman al abismo sobre el lago. En sus aguas se refleja la imagen de una joven durmiente. Sobre ella, pronto se superpone la de otra joven distinta y, a continuación, las imágenes acuosas de una escena, ahora en distintas escalas de planos, montada, en la que vemos el accidente marino en el que la hija del escritor perdió la vida.

Y ahí, en ese lago, en esa noche oscura, azul y digital, a través del dolor de un escritor de segunda fila exorcizado por el fantasma de su admirado Poe lámpara en mano, Coppola proyecta su propia autobiografía, materializando una vez más a través del cine su propio duelo por el hijo (Gian-Carlo) muerto años atrás en otro fatal accidente acuático.


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