El cine y otras catastrofes » Archivo » Un rey en Nueva York

Un rey en Nueva York

Manuel J. Lombardo | 30 de julio de 2012 a las 22:01

Inédita en España, ‘Me and Orson Welles’, de Richard Linklater, reconstruye el nacimiento de Orson Welles como gran mito del teatro neoyorquino en 1937

Gracias a un artículo de Jonathan Rosenbaum en el último número de la revista Caiman, cuadernos de cine, descubrimos Me and Orson Welles (2008), la penúltima película, inédita en España, de Richard Linklater, cineasta prolífico y ecléctico, siempre interesante (Slackers, Movida del 76, Suburbia, The Newton boys, Waking life, Tape, Escuela de Rock, Una pandilla de pelotas), al que habíamos perdido la pista desde el estreno casi consecutivo de Scanner Darkly y Fast Food Nation en 2006 y que regresará pronto a la actualidad con Bernie, una comedia negra protagonizada por Jack Black, y con el anunciado cierre de la serie romántica de culto iniciada con Antes del amanecer y Antes del atardecer.

Protagonizada por el prefabricado popstar juvenil Zac Efron, que en todo caso sale airoso del envite por mímesis con su personaje, Me and Orson Welles adapta la novela homónima de Robert Kaplow para trasladarnos al Nueva York de 1937 en el que un ya por entonces popular Orson Welles ponía en marcha el mítico Mercury Theatre con sus modernos montajes de obras clásicas.

Como recuerda Santos Zunzunegui en su monografía sobre el director (Cátedra), a principios de 1935 Orson Welles conoce al productor judío John Houseman, declarado admirador de su voz, que le propone encarnar a McGafferty en la obra de Archibald MacLeish Panic, oportunidad profesional que supone el primer contacto de Welles con la izquierda cultural e intelectual neoyorquina. A pesar del fracaso del montaje, que apenas duró tres días en cartel, y con un interludio en el que Welles participó en las emisiones radiofónicas de School of the Air of America, Houseman y Welles volverán a reencontrarse en el montaje de un controvertido Macbeth con casting afroamericano (1936) para el Project 981. También en aquellos días, el joven Welles prestó su voz al documental pro-republicano de Joris Ivens Spanish Earth y al personaje de La Sombra en el popular serial radiofónico.

A finales de 1936, Houseman y Welles fundan el Mercury Theatre en la sede del Comedy Theatre de Nueva York con la intención de “atender las demandas de un nuevo público que parecía haber emergido en torno a las actividades teatrales de la World Progress Administration”, proyecto del segundo New Deal de Roosevelt para luchar contra el paro en todos los sectores productivos del país. El primer espectáculo de la compañía sería una nueva adaptación del Julio Cesar de Shakespeare de clara inspiración contemporánea y estética nazi-fascista, con Welles en el papel de Bruto, que se estrenaría el 11 de noviembre de 1937.

Hasta aquí, los datos históricos, sobradamente contrastados. A partir de ellos, tanto la novela de Kaplow como la película de Linklater adoptan el punto de vista cándido del joven Richard Samuels (Efron), un estudiante aspirante a actor desde cuya mirada inocente y fascinada se narran los hechos de esta historia de iniciación. Como otros (anti)héroes del cine de Linklater, Samuels comprobará en sus propias carnes el desfase entre las ilusiones y el optimismo juvenil y la realidad y sus circunstancias, encarnada aquí por la figura todopoderosa y carismática de un Welles plenamente consciente de su grandeza que no duda en manipular, someter e incluso humillar a sus colaboradores en un juego de control, enseñanza y creatividad llevado hasta sus últimas consecuencias.

El Welles que encarna poderosamente Christian McKay (El topo, Conocerás al hombre de tus sueños) pasea su imponente físico, su ego sin límites, su magnetismo y su capacidad de seducción (materializada en el personaje femenino que interpreta Claire Danes, doble objeto de deseo del maestro y el aprendiz) e influencia delante y detrás del escenario, da lecciones de teatro con una madurez y autoridad incuestionables, pero también maneja las aspiraciones y miedos de su troupe, sometiéndola a los márgenes de su propio proyecto como el más grande y renovador de los hombres del teatro (y del espectáculo) de su tiempo.

Con un impecable trabajo de ambientación de época y una gran economía de medios, con el viejo teatro londinense Crystal Palace Park como escenario casi único del filme, Me and Orson Welles fluctúa entre el homenaje y el relato iniciático sin remilgos nostálgicos, concentrado la solidez de su foco en el funcionamiento de la compañía teatral y acompañando el camino de aprendizaje profesional y vital de su protagonista con un canto al trabajo y al mundo del escenario, también a sus necesarios divos, con un justo equilibrio entre la mitificación y la crítica, como si Linklater, conocedor de la complejidad de la condición humana, supiera que el punto justo de su retrato inédito del joven Welles, un personaje abrumador, inabarcable y excesivo, no pudiera escorarse nunca ni hacia la hagiografía, ni hacia la desmitificación: a un tiempo Dios y demonio, genio y ogro, padre-guía, maestro y creador visionario, una de las figuras más singulares e importantes de la cultura norteamericana del siglo XX, en definitiva.


Comentar


Nombre (Obligatorio)

Correo electrónico (Obligatorio)

Página web (Opcional)

El autor, en este espacio, se limita a recoger la opinión y contenidos de los lectores, por lo que no se hace responsable de los mismos. Si encuentra algún texto ofensivo, erróneo o alguna opinión que no sea respetuosa, le rogamos que nos lo haga saber