El cine y otras catastrofes » Manuel J. Lombardo

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Una risa nueva

Manuel J. Lombardo | 12 de mayo de 2012 a las 8:41

A estas alturas, la Nueva Comedia Americana no necesita de discursos legitimadores ni de vigilantes de seguridad para reivindicarse ella solita como una de las vetas más estimulantes del último cine norteamericano, posiblemente la que de manera más transversal, integrada e iconoclasta sigue proponiendo ciertos modelos de resistencia a la complacencia, la blandenguería y el siempre sospechoso buen gusto con su querencia natural por la subversión, figura central de todo discurso cómico que se precie (de Sennett a W.C. Fields, de Lubitsch a los hermanos Marx, de Landis a Ramis), no sólo del orden, los modos de conducta o los estereotipos aptos para el consumo familiar, sino de las propias reglas de juego de la comedia clásica y sus mecanismos.

En cualquier caso, libros como Una risa nueva (Ed. Nausícaä) y ciclos como el que anuncia el Festival de San Sebastián para su próxima edición (Very funny things. Nueva comedia americana) corroboran el valor histórico y la vitalidad contemporánea de un género que ha llevado un poco más allá el humor y la risa (a veces, hasta congelarla en estupor) como horizonte de expectativas de nuevas narraciones, nuevos cuerpos, nuevos conflictos con la autoridad y nuevos descalabros peterpanescos, principales señas de identidad de un corpus de títulos alumbrados desde finales de los setenta y de una generación de cineastas y cómicos que tiene hoy a sus mejores representantes en el entorno de Judd Apatow o en figuras como Wes Anderson, los hermanos Farrelly, Paul Thomas Anderson, Adam McKay, David Gordon Green, Jody Hill, Jared Hess, Todd Phillips, Ruben Fleisher, Ben Stiller, Will Ferrell, Steve Carrel, Adam Sandler, Vince Vaughn, John C. Reilly, Paul Rudd, Seth Rogen, Jason Segel, Kirsten Wiig, Tina Fey o Lena Dunham.

El otrora orondo Jonah Hill ha atravesado este gozoso paisaje desde el flanco apatowiano (Supersalidos, de Greg Mottola) hasta conectar con el post-indie (Cyrus, de los hermanos Duplass), haciendo de su cuerpo excesivo y flexible y de su locuaz judaísmo el principal atractivo para desplegar la comedia de extremos, límites y contrapuntos. En esta cinta que produce, escribe y protagoniza se trata, como en tantas ocasiones, de un regreso a los ochenta, nueva arcadia generacional, en busca de modelos, tipos y subgéneros a los que poder hincar el diente de la ultraparodia: la buddy movie (de camuflaje) y el high school se dan cita en esta Infiltrados en clase que, a partir de la serie televisiva protagonizada por Johnny Depp, somete a un nuevo ejercicio de torsión y terapia de choque al universo cafre adolescente (con sus braketts, sus geeks and freaks, sus fiestas locas y sus proms) con la despiadada desmitificación del género policial, en la línea de la desopilante Los otros dos, para lanzarse a tumba abierta por la autopista del absurdo y la más arbitraria de las digresiones, otra marca de la casa, capaces de devolver al sketch la autonomía plena dentro de un engranaje narrativo que no atiende a demasiados encajes de guión.

Así, lo mejor de Infiltrados en clase no es sólo el duelo corporal y de estereotipos entre el no-gordo Hill y el guapo-tonto Tatum, tampoco el aparatoso aterrizaje de dos supuestos adultos en su propia máquina del tiempo, ni siquiera los pequeños y generosos detalles de nostalgia pop que se dejan por el camino. Lo mejor está, y pienso en esa obra maestra del género que es El reportero: la leyenda de Ron Burgundy, en esas secuencias delirantes (las pruebas en la Academia de policía, el viaje alucinógeno después de tomar drogas) que funcionan de manera autónoma, por sí solas, como una fiesta privada y secreta en una pequeña habitación de la gran fiesta oficial en casa de los padres.

http://youtu.be/ZirgAYBcOgo

La crítica sevillana en el World Poll 2012 de ‘Sight & Sound’ (pudo evitarse)

Manuel J. Lombardo | 11 de mayo de 2012 a las 11:09

Muy cortésmente, los buenos colegas y mejores amigos Paco Algarín, Alfonso Crespo y Santiago Gallego me prestan sus respectivas listas elaboradas para el nuevo World Poll 2012 de Sight & Sound para reproducirlas en este blog. Tomen buena nota, que la cosa va muy fina y apenas hay cine francés.

Francisco Algarín

1. Six fois deux / Sur et sous la communication, Jean Luc Godard, Anne-Marie Mieville, 1976

2. Tabu: A story of the South Seas, F. W. Murnau, 1931

3. La Maman et la putain, Jean Eustache, 1973

4. Entuziazm: Simfoniya Donbassa, Dziga Vertov, 1931

5. Les yeux ne veulent pas en tout temps se fermer ou Peut-être qu’un jour Rome se permettra de choisir à son tour (Othon), Jean-Marie Straub, Danièle Huillet, 1970

6. Vertigo, Alfred Hitchcock, 1958

7. Out 1, noli me tangere, Jacques Rivette, 1971

8. Vampyr, Carl Theodor Dreyer, 1932

9. Ruskin, Robert Beavers, 1975-1997

10. Fort Apache, John Ford, 1948

Alfonso Crespo

Céline et Julie vont en bateau (Jacques Rivette)

El gran calavera (Luis Buñuel)

Femmes, femmes (Paul Vecchiali)

Histoire(s) du cinéma (Jean-Luc Godard)

La maman et la putain (Jean Eustache)

Sayat Nova (Sergei Paradjanov)

Shoah (Claude Lanzmann)

Vai e vem (Joao Cesar Monteiro)

Viaggio en Italia (Roberto Rossellini)

Yuki fujin ezu (Kenji Mizoguchi)

Santiago Gallego

- L’amour d’une femme (Jean Grémillon, 1953)

Chanson d’Armor (Jean Epstein, 1934)

Du côté d’Orouët (Jacques Rozier, 1973)

Un enfant dans la foule (Gérard Blain, 1976)

Merlusse (Marcel Pagnol, 1935)

Numéro deux (Jean-Luc Godard, 1975)

Poema o more (Yuliya Solntseva, 1959)

Une simple histoire (Marcel Hanoun, 1959)

Uski roti (Mani Kaul, 1970)

Welfare (Frederick Wiseman, 1975)

 

La lista para ‘Sight & Sound’

Manuel J. Lombardo | 9 de mayo de 2012 a las 7:11

Nuestro enlace internacional en Valladolid, el gran Álvaro Arroba, nos ha colado a unos cuantos colegas sevillanos (Alfonso Crespo, Santiago Gallego, Paco Algarín y un servidor, que es de Jaén) en la prestigiosa World Poll que la revista británica Sight & Sound realiza cada década para sondear esas “10 mejores películas de todos los tiempos”, una selección que,  a lo sumo, dará que hablar a los cinéfilos y a los propios críticos durante unas cuantas semanas, sobre todo para insultarse o desprestigiarse entre ellos, como debe ser.

Un auténtico suplicio autocensor cuyos frustrantes y tal vez poco originales resultados dejo aquí a la espera de reclamaciones. Como toda lista personal, se explica sola. La cosa va en estricto orden cronológico y los títulos en su idioma original.

Seven chances (1925, Buster Keaton)

Sunrise (1927, F. W. Murnau)

Wagon master (1950, John Ford)

French Cancan (1954, Jean Renoir)

The Birds (1963, Alfred Hitchcock)

Minnie and Moskowitz (1971, John Cassavetes)

La maman et la putain (1973, Jean Eustache)

Histoire(s) du cinéma (1988-1998, Jean-Luc Godard)

Sicilia! (1999, Jean-Marie Straub & Danièle Huillet)

Elephant (2003, Gus Van Sant)

Las garras de la tristeza (adiós a Maurice Sendak)

Manuel J. Lombardo | 8 de mayo de 2012 a las 18:09

Antes una película sobre la infancia que una película infantil, en ningún caso una película infantiloide, Donde viven los monstruos adapta el espléndido e inquietante cuento ilustrado de Maurice Sendak, obra de culto publicada en 1963 (y editada ahora en España por Alfaguara) que condensaba en apenas 30 páginas, 18 dibujos y una decena de frases todo un fascinante viaje de ida y vuelta por los sombríos territorios de la imaginación infantil destinado a convertirse en uno de los cuentos más premiados y valorados de la era moderna.

Liberado del peso de la escritura autoconsciente de Charlie Kaufman, protagonista excesivo de los alambicados guiones de sus dos primeros filmes (Cómo ser John Malkovich y Adaptation), Spike Jonze acude aquí a ese cuento mínimo y delicado para desarrollarlo en una hermosa forma cinematográfica que asume ciertas licencias argumentales (se amplía el marco disfuncional de la familia de Max, más acorde a ciertos modos del cine indie) para estallar en toda su dimensión poética en ese territorio imaginario en el que habitan los monstruos y a donde llega Max (Max Records: todo encanto, todo matices) en un pequeño velero, empujado por la angustia y la rebeldía después de una disputa con su madre (Catherine Keener).

Tras el prólogo de juegos y decepciones y la fuga en mitad de la noche, Jonze materializa este universo fantástico a través de una cámara dinámica y vibrante, con el espíritu pop de las canciones de Karen O y la cualidad intemporal de la música de Carter Burwell, respetando la fisonomía de bestiario de sus criaturas, enormes peluches hensonianos de ojos grandes y garras afiladas que muestran a un tiempo su ferocidad y su infinita tristeza para reinterpretar el bosque original, que nacía a los ojos del niño en su propia habitación, en una topografía terrosa, horizontal y prehistórica en la que, en apenas unos metros, conviven el mar y el desierto, el subsuelo y los espacios abiertos, un imaginario original a mitad de camino entre los paisajes de El principito y los rincones oscuros de los cuentos tradicionales.

Serán éstos los lugares por los que Max y los monstruos celebren su salvaje danza de la libertad para espantar su soledad, una danza desaforada, alegre y festiva que desafía las leyes de la gravedad pero que deja entrever también el peligro y el agotamiento de la aventura, la constancia de la fragilidad, el asomo de la muerte entre los pliegues del juego eterno.

Es cierto que puede acusarse a esta adaptación de haber rellenado de psicología lo que en el cuento de Sendak era siempre ambiguo e inexplicable. De igual forma, se puede achacar también a los autores el haber remarcado en exceso los paralelismos entre las acciones en el mundo real y las del mundo de los monstruos, estableciendo un vínculo primordial entre la mirada (perpleja, extrañada) de un niño al universo de los adultos (los monstruos y sus rencillas). Licencias, me temo, necesarias para llevar a buen puerto un proyecto comercial de altísimo riesgo, ni fácilmente digerible para el público infantil de hoy, aturdido por el color de lo tecnológico, ni tampoco atractivo a priori para el público adulto, más pendiente de otros avatares. Las asumimos y perdonamos con gusto, fascinados por el enorme poder emocional del filme, por su hermosa imaginería extemporánea capaz de transportarnos al refugio de nuestra propia infancia.

(Crítica publicada en Diario de Sevilla el 21/12/2009)

La mala reputación

Manuel J. Lombardo | 7 de mayo de 2012 a las 22:08

Versus recupera en DVD ‘El abanico de Lady Windermere’  (1925), el primer gran filme de Ernst Lubitsch en Hollywood, adaptación de la comedia escrita por Oscar Wilde en 1892

Frente a los que auguraban que el éxito de The Artist, pescado congelado en un martes de mercado, podría volver a poner de moda o revitalizar la difusión del cine mudo, soy de los que opinaban que el efecto podría ser justamente el contrario, a saber, que se iba a momificar y convertir aún más en pieza (muerta y enterrada) de museo un lenguaje, una estética y unos modos que ya en sí mismos son mucho más resistentes y heterogéneos de lo que el amable y encantador pastiche de Michel Hazanavicius y sus exégetas nos hicieron ver.

Han pasado ya unos meses desde el fenómeno y no vemos ese repunte mudo por ningún lado, ni en las televisiones digitales, ni en las ediciones de DVD o Blu-Ray, a lo sumo en las programaciones de las filmotecas de siempre (es su obligación), por más que hasta la fecha la mejor película del año, Tabú, del portugués Miguel Gomes, vista ya en los festivales de Berlín y Las Palmas, sea precisamente una cinta que coquetea libre y lúdicamente con el silent y el blanco y negro en su reescritura del universo colonial de la literatura de Isak Dinesen y del mítico título de 1931 que rodaron Robert Flaherty y F.W. Murnau en los Mares del Sur.

Así las cosas, y mientras el cuerpo y las cuentas aguanten, el sello Versus sigue añadiendo referencias mudas a su selecto catálogo (las últimas: El hijo de la pradera, de William S. Hart y el Robin Hood de Allan Dwan), ajeno a modas y coyunturas, fiel a una política de recuperación histórica que no necesita de empujones mediáticos para justificarse.

Protagonizada por May McAwoy, Irene Rich y el galán Roger Coldman, este último prestado “por cortesía de” Sam Goldwyn, El abanico de Lady Windermere (1925) es la quinta película de Ernst Lubitsch en Hollywood, a donde había llegado en 1922 después de consolidarse como uno de los grandes nombres del cine alemán con títulos como Carmen, El gato montés, Madame DuBarry, Ana Bolena o Sumurun. Lady Windermeres fan será la tercera de las cinco películas que dirija para Warner Brothers, estudio donde estuvo bajo contrato entre 1924 y 1926 para insuflar prestigio europeo a una casa que apenas tenía al perro Rin Tin Tin como único aval de éxito comercial y popularidad.

Adaptando esencialmente el argumento, que no así, por razones obvias, en refinado lenguaje, la frivolidad y los juegos de palabras de la conocida comedia teatral escrita por Oscar Wilde en 1892 entre los espléndidos decorados verticales, amplios y despejados creados por Harold Grieve, Lubitsch consolidaba aquí no sólo unos ambientes y una tipología de personajes (aristócratas, damas refinadas, salones elegantes) que ya no abandonaría en su carrera americana, sino que apuntaba, en su satírica y distanciada mirada a un mundo de apariencias y doble moral, ese toque que ha hecho de su cine un reconocible e inimitable oasis de elocuencia visual antes y después de que la palabra hablada irrumpiera en la estética cinematográfica.

En este enredo de honores perdidos, maternidades ocultas, infidelidades, equívocos, cotilleos afilados como navajas y doble moral de salón ambientado en el Londres del cambio de siglo, Lubitsch parece sentirse como en casa, modulando variaciones estilísticas sobre la composición, la fragmentación, la elipsis o el fuera de campo. Así, la gran secuencia del hipódromo, despliega un portentoso dominio del cruce de miradas, el montaje, los cachés y los puntos de vista sobre la controvertida figura de Mrs. Erlynne, toda una auténtica coreografía visual sobre la moral de clase y la escisión entre el mundo de los hombres y el de las mujeres. La secuencia en el jardín francés, delimitada por los setos dispuestos en vertical y horizontal, confirma el elegante sentido de la ocultación y la sugerencia como herramientas para el juego de la ambigüedad sexual. De igual forma, el encadenado de planos cortos sobre el timbre de un apartamento, apuntan el refinamiento de una manera elíptica de contar y sugerir en imágenes que acompañaría al director de La viuda alegre, El bazar de las sorpresas, Ninotchka o Ser o no ser durante su posterior y exitosa carrera en Hollywood, truncada por su temprana muerte en 1947.

http://youtu.be/H2q0VM3y2O0

El abanico de Lady Windermere (1925) – Ernst Lubitsch – Versus – 85 min. – 12 euros
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Y un par de libros para la semana:

Micrologías. O historia breve de las artes mínimas – Federico L. Silvestre – Ábada – 300 págs. – 18 euros

A partir de la idea de que “lo pequeño es hermoso”, el profesor de Estética Federico L. Silvestre, autor de un interesante ensayo sobre El paisaje virtual en el cine contemporáneo, recorre una breve historia del arte en miniatura -vasijas, templetes-relicarios, orfebrería, planos-relieve, maquetas de cine, bolas de nieve, casas de muñecas y minúsculas obras de arte contemporáneo- buscando en lo mínimo ese gesto de querer empequeñecer el mundo para poder abarcarlo. Un libro tan curioso como sus objetos de estudio, un “retorno a lo pequeño en busca de placeres menguantes”.

 

La delgada línea roja – Francisco Javier Tovar – Akal/Cine – 112 págs. – 9,50 euros

Ahora que Malick ha sido finalmente canonizado, comienzan a aparecer publicaciones en castellano sobre su obra, hasta ahora inexistentes. El profesor de Filología Fco. Javier Tovar se adentra en La delgada línea roja, una de sus mejores cintas, no tanto desde una perspectiva cinéfila sino buscando la pervivencia de los clásicos grecolatinos y sus temas (Homero, Sófocles, Virgilio, la musa, la naturaleza, el asedio, el retorno, el héroe, el infierno…) en una cinta que buscó el lirismo en pleno campo de batalla. Un estudio original, serio y riguroso que además inaugura colección monográfica.

 


 

Sicilia Paradiso!

Manuel J. Lombardo | 30 de abril de 2012 a las 22:59

Viajar se ha convertido en algo cada vez más engorroso e incómodo para mí. Si no fuera por Angélica, que me anima a moverme y se encarga de la intendencia de las reservas, los vuelos, los itinerarios y todo lo demás, creo que no iría más lejos de La Pañoleta.

Estos días atrás hemos estado en Sicilia, más concretamente en Palermo, desde donde hemos hecho algunas excursiones en las que, además de las habituales estampas del turista accidental low-cost, he seguido desarrollando mi particular y poco original mirada cinéfila al paisaje y el paisanaje locales.

Esta vez no he perdido el tiempo, como ya me ocurrió en una visita a Ferrara hace unos años, buscando la inexistente casa natal de Michelangelo Antonioni. Ni siquiera nos hemos acercado a Noto, en el otro extremo de la isla, donde éste rodó las escenas finales de La aventura que tanto me recuerdan a un cuadro de Di Chirico. Aquí ha sido todo más casual e involuntario, y el asalto de la memoria no ha estado tan movido por la mitomanía o el fetichismo cinéfilo. Así, en la ruidosa y estimulante Palermo me paseé con cierta indiferencia por delante de la escalera del Teatro Massimo en la que Coppola filmó la tercera entrega de El Padrino, la misma en la que caía muerta, abatida por los disparos, su hija Sophia en la escena final. Ni siquiera entramos.

En la misma Piazza Verdi se encuentra también el cine Rouge et Noir, que conserva un cierto aire modernista en su hall aunque ha sido dramáticamente remozado en su interior para terminar por parecerse a esos cines del centro de cualquier ciudad de provincias reformados en los ochenta y con tapicerías sintéticas de color naranja.

Entramos a ver, parecía oportuno, To Rome with love, la nueva película europea de Woody Allen, esta vez a costa de la film comission romana. El neoyorquino hace ya tiempo que va con piloto automático, escribiendo lo primero que le sale, mostrando una absoluta desgana por el proceso de rodaje, si acaso encantado de pasar 4 ó 5 semanas en los mejores hoteles y restaurantes de Barcelona, París, Londres, Oviedo o, como ahora, de la ciudad eterna. Su película es lamentable, una colección de desafortunadas piezas cómicas alla italiana en las que cualquier asomo de talento, gracia u originalidad son pura coincidencia. Darius Khondji filma la ciudad en relamido modo de postal de ferragosto y el elenco, incluida nuestra cada vez más loreniana Penélope Cruz, da la sensación de contentarse con aprovechar el tiempo libre después de cada jornada de trabajo. Hasta Roberto Benigni, tristemente envejecido, parece fuera de sitio en el que hubiera sido su terreno natural.

No muy lejos del cine descubrí por azar la estupenda librería dello spettacolo Broadway. Entre libros de cine nuevos y viejos, demasiados para elegir uno en tiempos de economía de crisis, encontré ese DVD que siempre me traigo de vuelta de cualquier viaje, a ser posible acorde con el lugar y su cine. Se trata de una preciosa edición de la Cineteca de Bologna con los cortometrajes documentales de Vittorio de Seta (1923-2011), el director de la emblemática Banditi a Orgosolo (1961), “antropólogo con mirada de poeta”, como lo define Scorsese en un artículo del libro que acompaña la edición y en el que también escriben Roberto Saviano o Alberto Farassino.

Se trata de sus primeros filmes de los años cincuenta (1954-1959), documentales sobre pescadores, agricultores, artesanos y contadini sicilianos y sardos que muestran un mundo arcaico en vías de extinción, una prolongación de aquella mirada de Visconti en La terra trema que hoy tal vez siga teniendo continuidad en el cine italiano en la obra de Michelangelo Frammartino (Le quattro volte).

También había un cierto trasfondo cinéfilo en el viaje en un pequeño coche alquilado que hicimos a Segesta y Erice. En la primera, no muy lejos del teatro y el templo dóricos entre montañas, rodaron Jean-Marie Straub y Danièle Huillet su imprescindible Sicilia! (1999), a partir de textos de Vasco Pratolini, la película más musical de todas las que conozco en su forma de filmar el habla, el acento, la cadencia del lenguaje local expuesto a un espectacular y preciso ejercicio de vaciado.

A Erice llegamos en el funicular que sale de un extremo de la ciudad de Trapani, un espantoso trazado de calles atestado de suciedad y coches, sin un árbol a la vista. El pequeño pueblo medieval encaramado a la montaña domina un paisaje panorámico con el mar y las salinas al frente y los valles a su alrededor. Realmente impresionante, más aun cuando se sube colgado en el vacío, en inquietante silencio, en la cabina del teleférico. Una vez arriba, el turismo de llegar-mirar-y-marcharse vuelve a imponer su dictadura barata y multicolor a unas calles de piedra ocre que conducen siempre a unos mismos lugares, cafés y pasticcherias con zona Wi-Fi y tiendas de souvenirs con productos supuestamente típicos. En todo caso, la vista del Castillo di Venere o de la iglesia de San Giovanni perduran en la retina. Son ésas precisamente las imágenes que Martin Scorsese hace aparecer en el prólogo de su estupenda serie documental sobre el cine italiano Il mio viaggio in Italia (1999) para recordarnos que sus antepasados, los padres de sus abuelos, proceden precisamente de Erice, desde donde partieron a finales del siglo XIX para instalarse en las calles de Little Italy, en Nueva York.

Animados por los consejos de mi amigo Antonio, a quien pienso pedir explicaciones, decidimos pasar el día e incluso hacer noche en Cefalú, un pueblo pintoresco en la costa 70 kilómetros al Este de Palermo; por lo visto, y más allá de su pequeña playa familiar, el lugar ha alcanzado fama añadida después de que Giusseppe Tornatore rodara allí algunas escenas de Cinema Paradiso. Resulta curioso comprobar cómo el cine popular ha funcionado aquí precisamente como elemento aniquilador de lo popular. Atestado de turistas como nosotros en sus tres calles principales, Cefalú también ha acabado convertido en un decorado de película de Tornatore, pero tal vez de un Tornatore del futuro, que lo habrá, no lo duden. A propósito de todo esto, me he acordado de aquella escena de Caro Diario en la que Nanni Moretti ironizaba con el político de un pueblo de las islas Eolias sobre la pertinencia de convertir el lugar, “tutto nuovo”, decía, en un gran decorado iluminado por Vittorio Storaro y con banda sonora permanente de Ennio Morricone, shan-shan

Si la película de Tornatore nos resulta ya un indigesto cannolo nostálgico por el que los años y los segundos visionados pasan como losas, pasear por lo que queda de su idealización de la Sicilia de los años 50 y 60 resulta aún más triste si cabe. Otro dèja vu: toda Italia se encuentra estos días en plena campaña para las elecciones municipales del próximo fin de semana. Como en una de tantas películas de Don Camilo protagonizas por Fernandel, no hemos dejado de escuchar mítines en las plazas o anuncios vociferados (con música de fondo de Cinema Paradiso, cómo no) desde los altavoces de los coches ante la indiferente o la perpleja mirada de los forasteros y la escasa atención de los lugareños, que parecen mucho más pendientes de atender a los visitantes en bermudas que de sus propios líderes políticos.

Como ejercicio de normalidad entre tanto estímulo turístico, decidimos una vez más meternos en el cine. En el pequeño y centenario Cinema Francesca, regentado por dos entrañables ancianos que hacen simultáneamente de taquilleros, porteros, acomodadores y vendedores de refrescos, echaban Bel Ami, la adaptación del relato de Maupassant protagonizada por el pálido e insufrible Robert Pattinson: un (previsible) espanto academicista y sin alma que vimos con desgana y mucha humedad en una sala igualmente destrozada por las malditas reformas de la modernidad.

Toca ahora reposar y volver a la rutina, tal vez para ver de nuevo la Sicilia! de los Straub, revisar las escenas finales de El Padrino 3 o incluso, si me apuran, las de Cinema Paradiso, qué remedio; pero sobre todo, dedicarle el tiempo y la atención que se merece il mondo perduto que atesoran los cortos de De Seta, el de esos auténticos y viejos sicilianos de verdad que, por suerte o desgracia, no conocieron estos tiempos de realidades de cartón piedra y escenarios para la épica pullmantur.

Ustedes, los vivos

Manuel J. Lombardo | 23 de abril de 2012 a las 22:08

“Apresúrate a gozar, tú que estás vivo, en tu cálido lecho, antes de que el gélido Leteo acaricie tu pie desnudo”

J. W. Goethe

Se edita en DVD ‘La comedia de la vida’, el hilarante cuarto largometraje del singular cineasta sueco Roy Andersson

El cineasta sueco Roy Andersson (Göteburg, 1943) estuvo ensayando más de treinta años antes de apuntalar su inconfundible estilo en esa perla escondida y sin parentela del cine contemporáneo que es Songs from the second floor (2000), Premio del Jurado en el Festival de Cannes e incomprensiblemente inédita en España más allá de los circuitos cinéfilos y festivaleros más selectos.

Treinta años de lentas, meditadas y espaciadas pruebas que tomaron forma en dos películas –A Swedish love story (1970), un relato romántico infantil en la estela realista de los nuevos cines del Este que se convertiría en un gran éxito local, y Giliap (1975), una cinta que, cuenta la leyenda urbana, provocó que Ingmar Bergman le aconsejara abandonar el cine para siempre –, y sobre todo en un puñado de memorables anuncios publicitarios para la televisión sueca en los que se fraguaba, cada vez de forma más depurada y precisa, una peculiar, distanciada y negrísima mirada cómica a la condición humana y sus miserias construida sobre la figura formal del plano fijo, la profundidad de campo, la duración, la disposición y los movimientos de los personajes en el encuadre, un particular tratamiento cromático y escenográfico de corte retro y un sentido del gag emparentado con el cine mudo o con una suerte de “Tati pesimista y distópico”, en palabras del crítico David Bordwell.

El universo expresionista, despojado y altamente estilizado del cine de Andersson pasa siempre por la reconstrucción y el artificio, por el trabajo artesanal, minucioso y perfeccionista en el plató, por la creación de unos espacios de tonalidades verdosas y desvaídas que, en su asimilación al plano fijo y la perspectiva, devienen el perfecto ámbito de significación para la viñeta y el fragmento minimalista y discontinuo, sin duda heredado de su experiencia publicitaria, como escenario grotesco de los avatares de unas criaturas solitarias de estirpe kafkiana y singular fisonomía que apechugan como pueden con la condena de estar vivas, o casi (¡esa palidez delatora!), en un mundo absurdo, uniformado e injusto movido por los hilos invisibles de un demiurgo caprichoso y poco complaciente.

Si todos estos elementos se desplegaban ya con toda su mueca siniestra (¡esas filas humanas entrado en un camión-cámara de gas!) en los sardónicos tableaux vivants de Songs from the second floor, una cinta nacida de un poema de César Vallejo, La comedia de la vida (Du levande, 2007), esta vez a partir de una cita no menos reveladora de Goethe, prolonga el trazo anderssoniano en sus hallazgos formales, revisitando algunos asuntos, personajes, tipos y lugares conocidos (el bar, la cocina, el hall con ascensor, la taquilla de la estación del tren, las salas de reuniones de ejecutivos, los salones de celebraciones…), aligerando muy levemente el trasfondo pesimista (tan sólo un poco, no crean, los bombarderos que sobrevuelan la ciudad en el último plano son concluyentes) al son de una marcha de banda de ragtime, para retomar de nuevo el sketch como glorioso marco para la reflexión, lúcida y pesimista, apocalípticamente cómica, como tal vez no puede ser de otra manera, sobre nuestros días aciagos de bonos con trampa, suegras sádicas, vecinos molestos y ejecutivos sin escrúpulos.

Bastan dos memorables secuencias, y en La comedia de la vida hay muchas donde elegir, para situar a Andersson en el podio de la mejor comedia contemporánea, en la estirpe de ese posthumor de la Nueva Comedia que tanto se reivindica hoy y del que sus anuncios y dos últimas películas podrían ser pilares fundacionales: la de la pesadilla de ese pobre operario en la que tira del mantel de una lujosa mesa burguesa ante la atónita mirada de los invitados para destapar unas cruces gamadas impresas en la superficie; o esa otra en la que el mismo personaje asiste a su delirante juicio por “grave irresponsabilidad” mientras su abogado gimotea y sus jueces se beben unas jarras de cerveza antes de proclamar, indolente tras su condena a la silla eléctrica, que “¡así es la vida!”.

La comedia de la vida (2007) – Roy Andersson – Cameo – 87 min. – 12,95 euros – (Sin extras)

Noemas y nademas

Manuel J. Lombardo | 21 de abril de 2012 a las 12:29

Mi padre, el poeta Manuel Lombardo Duro, acaba de publicar su 14º libro de poemas, que lleva por título Noemas y nademas, y que se puede encontrar aquí.

El libro se cierra con Atrévete:

“Ten el valor
de no hacer nunca
nada por compromiso,
no escribir nunca nada
que no brote directamente
de tu alma y tu conciencia.

Ten la osadía
de ser olvido siempre
de todo y de ti mismo,
purifícate con nada y silencio,

atrévete a ser nadie.”

Cannes 2012 visto desde la periferia

Manuel J. Lombardo | 20 de abril de 2012 a las 8:02

A falta de la Quinzaine des realisateurs y la Semaine de la critique, cuyos títulos se conocerán la semana que viene, no habrá presencia española en la 65ª edición del Festival de Cannes, ni en su concurso oficial, ni en Un certain regard, enésima prueba del desafecto cannois por lo nuestro más allá del caso Almodóvar, y constatación de que el siempre renqueante cine español no cotiza precisamente al alza en los escenarios clave. La presencia de Julio Médem en la película colectiva 7 días en La Habana resulta casi una anécdota, aunque será muy amplificada, ya verán.

Pensaba estos días en voz alta si no será cierto eso de que el cine español es realmente un cine periférico, un cine equiparable, tanto en términos industriales como estéticos, a esas otras cinematografías del extrarradio planetario que, como la argentina, la filipina, la rumana, la surcoreana o la tailandesa, por citar casos emergentes, pertenece más a un gueto exótico propio del world cinema que a una realidad que sólo nosotros no somos capaces de ver con claridad.

Lo desconcertante es que, incluso bajo esta premisa, nuestro cine tampoco suscita el interés, como sí lo hacen los de esos países citados, en los principales festivales internacionales, únicos espacios que quedan hoy para exhibir la diferencia o señalar las principales tendencias creativas.

Así las cosas, la Sección Oficial de Cannes vuelve a apostar por los pesos pesados (a veces, demasiado) del cine de autor europeo: desde los más veteranos, con Alain Resnais (Vous n’avez encore rien vu), Michael Haneke (Amour) o Ken Loach (The angel’s share), a los más jóvenes, con el italiano Matteo Garrone (Reality), el rumano Cristian Mungiu (Beyond the hills) o el danés Thomas Vinterberg (Jagten), pasando por esa generación intermedia en la que se encuentran los franceses Léos Carax (Holy motors) y Jacques Audiard (The rouille et d’os), el ruso Sergei Loznitsa (Im nebel) o el austriaco Ulrich Seidl (Paradies: Liebe).

La cuota norteamericana legitima a Jeff Nichols (Mud), que tiene estos días en cartelera la interesante Take Shelter, Wes Anderson (Moonrise kingdom) y el insufrible Lee –Precious- Daniels (The paperboy) como marginales con pasaporte o visado al mainstream. También cerca de Hollywood se mueve hoy un David Cronenberg que parece volver por sus fueros (Cosmopolis, adaptación de la novela de Don DeLillo) con un reparto para quinceañeras encabezado por Robert Pattinson, un Andrew Dominik que, tras la excelente mirada crepuscular al mito de Jesse James, se adentra ahora en el thriller contemporáneo en Killing them softly, y un John Hillcoat que vuelve a poner en imágenes un guión de Nick Cave en Lawless tras la intensa The proposition y la apocalíptica The road.

La presencia de lo periférico en Cannes también tiene este año sus particularidades: la vertiente asiática nos regala la pequeña boutade de hacer concursar mano a mano a dos cineastas que comparten nacionalidad (surcoreana) y apellido (Sangsoo), aunque nombres (Im, el malo; Hong, el bueno) y calidades bien diferentes y contrastadas: Taste of Money e In another country son sus películas, la última co-producida con Francia y protagonizada por la gran Isabelle Huppert, nueva muestra de ese cine transnacional que establece insólitos puentes entre la modernidad europea y la mirada asiática. Junto a ellos, el egipcio Youry Nasrallah (After the battle), de quien por aquí vimos su Mujeres en El Cairo, pone la habitual cuota de actualidad geopolítica cuando la primavera árabe parece haberse calmado, el errante maestro iraní Abbas Kiarostami (Like someone in love) sigue en busca de las infinitas modulaciones del amor, esta vez en los paisajes urbanos de Japón, mientras que el a veces estomagante y excesivo mejicano Carlos Reygadas (Batalla en el cielo) avanza en su carrera por entrar en el selecto club de la trascendencia con Post tenebras lux y Walter Salles busca fortuna con su adaptación del mítico libro contracultural de Jack Kerouac On the road, confirmación de que la mejor salida para el cine brasileño, como un día dijo su ilustre compatriota Antonio Carlos Jobim sobre los músicos, era el aeropuerto.

Nuestros queridos Apitchapong Weerasethakul (Mekong Hotel), Raymond Depardon (Journal de France), Joachim Lafosse (Aimer à perdre la raison), Takashi Miike (Ai to makoto) o Pablo Trapero (Elefante Blanco) circularán por Un certain regard o bien fuera de concurso. Mejor para ellos y peor para Nanni Moretti, presidente del Jurado oficial.

La programación completa de la Sección oficial, Un certain regard, pases especiales o fuera de concurso y Cinéfondation puede consultarse aquí.

La memoria sin dueño

Manuel J. Lombardo | 16 de abril de 2012 a las 22:23

El proyecto yourlostmemories.com pretende devolver a sus propietarios el material familiar anónimo de Super-8 encontrado por azar

Una de las aportaciones más interesantes de los pequeños dispositivos y cámaras digitales al panorama del cine contemporáneo ha sido la legitimación artística y estética de ciertos formatos que, hasta no hace mucho, circulaban en paralelo, por carreteras secundarias y marginales, a la Institución cinematográfica, cuya autopista principal ha estado siempre saturada por la ficción y sus convenciones y estructuras de producción.

La voluntad de volver a testimoniar y documentar el mundo o de inscribir el yo en un discurso elaborado con materiales propios, devolvía al cine amateur, tan viejo como el propio cine, un valor y una categoría de visibilidad que, hasta entonces, apenas trascendía el ámbito íntimo y familiar.

Aquellas películas en Super-8 de bodas, bautizos, comuniones, comidas, viajes, excursiones o reuniones familiares al alcance de unas cuantas familias o aficionados, se multiplican hoy en un archivo infinito de nuestro tiempo registrado por pequeñas cámaras, móviles, web cams o tabletas que las nuevas tecnologías digitales permite catalogar e incluso editar y manipular en prácticas de apropiacionismo.

Un título reciente de nuestra cartelera, [REC]3, extrae buena parte de su singularidad discursiva de su intento de afrontar el exploit zombi desde unos códigos de puesta en escena que simulan tantos vídeos caseros o pseudoprofesionales de boda, paradigma kitsch de la imagen-recuerdo de nuestra era, como estrategia paródica y autoconsciente para insuflar un plus de “realismo” que airee o regenere sus formas y convenciones.

Estos días teníamos noticia también de la aparición de un portal web español, yourlostmemories.com, cuyo objetivo pasa precisamente por la recuperación y la legitimación de este tipo de material casero y familiar, íntimo y privado, en un proyecto inicialmente destinado a devolver a sus propietarios o a sus protagonistas las películas anónimas encontradas en mercadillos de segunda mano o anticuarios de todo el mundo.

Más allá de su altruismo y de su voluntad solidaria, yourlostmemories.com nos interesa especialmente como incipiente gran archivo de la historia íntima de España, como gran arca virtual de imágenes perdidas, innobles y no oficiales que bien pueden devolvernos el perfil de un tiempo, unos rostros y unos lugares que, en su propia condición anónima, destilan una poesía de lo cotidiano que, unida al propio desgaste del material como consecuencia del paso del tiempo o a los modos amateur de sus gestos, desprenden un valor documental y testimonial repleto de encanto e interés en sí mismo.

Yourlostmemories.com nos conecta también con una de las prácticas y vetas más estimulantes de la creación visual y audiovisual contemporánea, aquella que trabaja a partir del found footage o material encontrado (los Conner, Forgács, Cornell, Grifi, Jacobs, Baldwin, Berliner, Khlar, Gehr, Frampton, Rosenblatt, Arnold, Müller, Gianikian y Ricci-Lucchi o Tcherkassky), y de la que en España tenemos algunos buenos ejemplos como Tren de sombras, de José Luis Guerin, que reconstruye y recrea las texturas y el modo de enunciación de viejas películas caseras que nunca existieron para su discurso reflexivo sobre el cine y la memoria, o Un instante en la vida ajena, en la que José Luis López Linares editó el portentoso material amateur filmado por la aficionada Madronita Andreu para descubrirnos la España de los 20 a los 80 (Semana Santa y Feria sevillanas incluidas) en unos tonos y unos colores que nos acercan aquel tiempo con una fuerza y una frescura inusitadas que en nada se parecen a las imágenes institucionales en blanco y negro del NO-DO que han conformado la memoria de los españoles.

Yourlostmemories.com no es ajeno a esta reutilización libre y creativa del material encontrado, y en su web se pueden ver también algunos remontajes realizados por Isabel Coixet, Isaki Lacuesta o el sevillano Daniel Cuberta, quien en Faces somete a un ejercicio de ritmo casi estroboscópico a unas imágenes familiares tras las que se esconde una insospechada emoción fotogénica.

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Y ahora, las habituales recomendaciones músico-cinematográficas de la semana:

Richard Galliano (Quintet) – Nino Rota – Deutsche Grammophon – 57 min. – 18 euros

Con motivo del centenario de Nino Rota (1911-1979), el acordeonista Richard Galliano se suma a los homenajes con nuevas versiones jazzísticas de sus inolvidables melodías para el cine de Fellini, ejecutadas por un quinteto de lujo formado por John Surman, Dave Douglas, Boris Klozov y Clarence Penn. Juntos hilvanan un delicioso continuum rotiano que desarrolla libremente los temas de La Strada, I vitelloni, Las noches de Cabiria, Ocho y medio, La dolce vita, Guilietta de los espíritus y Amarcord con el eco del vals y el tema de amor de El padrino como motivos de referencia.

 

La Conquête – Nicola Piovani – Editions La Marguerite – 30 min. – 12 euros

Si hubiera que nombrar a un legítimo heredero del legado musical de Nino Rota en el cine italiano y europeo, ése es Nicola Piovani, poseedor de un talento natural para la melodía y los aires populares que, unidos a su gusto por las formaciones de cámara, resucitan una parte del inimitable espíritu ligero, luminoso y emotivo del compositor milanés. Su música es lo mejor de La conquête, biopic de la escalada al poder de Sarkozy que suena a puro circo (mediático y político) gracias a sus marchas y ritornellos orquestados con frescura, gracejo y ocasional tono sombrío.

 

El hombre del brazo de oro (1955)  – Otto Preminger – Versus – Video-ensayo de Gerardo Sánchez / Texto de T. Fernández Valentí – 12 euros

El hombre del brazo de oro tiene su hueco en la historia de Hollywood por ser una de las primeras cintas en tratar de forma abierta la adicción a las drogas, asunto que le costaría a un independiente y provocador Preminger no pocos problemas con la censura. Con un Frank Sinatra pasando el mono, un memorable score jazzístico de Elmer Bernstein y los créditos de Saul Bass, la película, basada en la novela de Nelson Algren, resiste el paso del tiempo por encima de su tono moralista. La copia de Versus es estupenda y los extras, muy didácticos.

 

Flic Story (Historia de un policía) (1975) – Jacques Deray – Avalon –  Textos de Ramón Alfonso – 15 euros

Título emblemático del polar francés de los setenta, Flic story reunía a Alain Delon, también productor de la cinta, y a Jean-Luc Trintignant, en una persecución de tintes casi obsesivos entre un policía y un sangriento criminal en la Francia desocupada de finales de los años 40. El artesano Deray (Borsalino) se pliega a sus estrellas y aplica una cierta frialdad seca a una puesta en escena demasiado deudora de sus decorados. No es Melville, pero merece la pena asomarse de nuevo a un género con modos y respiración propios. Sin extras.