El cine y otras catastrofes

Ver para (no) creer: De Muybridge al ‘Popping’

Manuel J. Lombardo | 9 de marzo de 2012 a las 11:35

Como casi siempre, he llegado tarde a uno de esos acontecimientos que circulan por Internet y que son de los que hacen afición. Le debo a Paco Camero el descubrimiento del siguiente vídeo colgado en Youtube en septiembre del año pasado.

Supongo que perplejidad y asombro son, incluso a estas alturas de la película, las palabras que mejor definen mi reacción y, posiblemente, la de todos aquéllos (más de 5 millones de visitantes en apenas una semana) que han convertido esta pieza en auténtico un hit de la red, hasta el punto de llevar a su protagonista, el bailarín callejero Marquese Scott, a aparecer en el show de Ellen DeGeneres en el prime time de la televisión norteamericana.

¿Qué es lo que estoy viendo?, me pregunto mientras detengo la imagen, me restriego los ojos con incredulidad y no puedo dejar de mover los pies al son de su música (Pumped Up Kicks – Foster The People): ¿un prodigioso efecto especial?, ¿un perfecto trampantojo digital?, ¿una ilusión tridimensional?, ¿o es simplemente un tipo vestido de calle bailando al ritmo, las texturas y modulaciones cibernéticas de un tema dubstep en un rincón cualquiera de una ciudad cualquiera?

En efecto, este vídeo me hace dudar hasta de mi propia duda. En un tiempo en el que cualquier imagen esconde ya la sospecha sobre su autenticidad, en una época en la que ya nada (o casi nada) nos garantiza la existencia de un modelo previo a las imágenes, en un momento en el que cualquier elemento imaginario puede ser ya representado y reproducido con las texturas, el volumen, la densidad, el brillo y la superficie prístina de lo fotográfico, este vídeo casero de apenas 5 minutos y medio nos devuelve en todo su esplendor aquella elemental poética del esbozo, una poética del cuerpo, que hizo grandes y únicos a los mejores cómicos del cine mudo como Chaplin o Keaton.

A saber, cuerpos atléticos, elásticos, eléctricos o descoyuntados, cuerpos peleados con el mundo físico, cuerpos convulsos inadaptados al entorno, capaces de transfigurar la realidad de lo visible en un simple gesto, dialogando con los objetos y los elementos como si éstos tuvieran vida (humana) propia, trazando coreografías imposibles en un espacio de coordenadas realistas que, de repente, cobra ante nuestros ojos una nueva e inesperada dimensión imaginaria.

Entonces también pienso en Israel Galván y su no tan secreto diálogo con el burlesco y el slapstick, entreverado en sus poemas corporales jondos que diluyen el espacio que le rodea, casi siempre despojado, mínimo o aparentemente improvisado, como una nueva dimensión desconocida abierta a infinitos viajes y relatos.

Dos de mis alumnas en la Facultad de Comunicación, siempre a la última, me soplaron en clase que lo que hace este bailarín prodigioso responde a una mezcla de “Popping, Liquid y Floating”; a saber, tres nuevas formas de baile urbano que, atendiendo a las enciclopedias del argot, se caracterizan por la imitación precisa y sincrónica, milimétrica diría yo, de movimientos, desplazamientos, torsiones y contorsiones propias de una entidad mecánica o robótica en un espacio virtual que simula unas condiciones líquidas, al ritmo de músicas electrónicas de diversa índole y estilo.

De la fusión de términos que conforman esta particular etiqueta genérica, me interesa sobre todo lo de Liquid y Floating: y es que lo que consigue  Marquese Scott no es sólo transformar un espacio cotidiano y sin carácter, filmado en un único plano fijo y escorado, en un gigantesco escenario para el virtuosismo corporal y el asombro del ojo, sino convertir, como si de un milagro se tratara, el aire en agua, lo volátil, lo invisible, en algo denso y viscoso, en algo que ofrece resistencia a la materia y al movimiento al fin y al cabo.

Ilusionismo corporal, robótica de la carne, fotografía de lo imposible, sonido hecho materia, matemáticas del aire.

Vuelvo a mirar y sigo sin salir de mi asombro. Este clip anónimo y desclasado, un fragmento sin pedigrí cultural alguno, no sólo me hace recuperar momentáneamente la fe en el cuerpo humano como epicentro de sensaciones y emociones, sino pensar también en la capacidad de la nueva imagen digital e hiperrealista (se trata de un vídeo filmado en alta definición) que define nuestro tiempo para cuestionarse a sí misma y sus fronteras apelando a los orígenes, al momento primigenio, al instante fundacional del cinematógrafo (o de los dispositivos previos que condujeron a él como el zoopraxiscopio de Muybridge) como moderna máquina de registro de los cuerpos en movimiento.

Al fin y al cabo, entre algunos de los primeros cortos de Edison y Lumière y estas imágenes no hay tanta distancia.