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El grado cero de Pablo Llorca

Manuel J. Lombardo | 21 de mayo de 2012 a las 22:13

Casa sin fin y Periférica co-editan nueve piezas documentales de Pablo Llorca, uno de nuestros cineastas más secretos, marginales e insólitos

El de Pablo Llorca (Madrid, 1963) es uno de los casos más singulares del último cine español. Desde que debutara allá por 1989 con Venecias, y a lo largo de varias películas de ficción (Jardines colgantes, Todas hieren, Las olas, La cicatriz, Uno de los dos no puede estar equivocado, Aníbal y el mundo) y documentales (Una historia europea, Smara), este cineasta-artesano y siempre extraterritorial ha ido adelgazando poco a poco sus producciones, también su estilo, cada vez más depurado, brechtiano y bressoniano, marginándose voluntariamente de todo contexto industrial como gesto (suicida) de auténtica independencia, gestionada desde su propia productora y distribuidora La cicatriz, para hacer películas lejos de cualquier tendencia o coyuntura autorial, pero, y esto es lo más sorprendente, sin renunciar tampoco a ciertas ambiciones de escala, género y narrativa (el cine histórico-político ambientado en épocas pasadas, los repartos amplios, numerosas localizaciones) que no cuadran a priori con el carácter povera de sus presupuestos.

Desde que abrazara el formato digital en La espalda de Dios (2000), parece como si Llorca se hubiera empeñado en hacer de él la herramienta ideal no sólo para el abaratamiento de costes y la autonomía de producción, sino también para aquilatar un cine de imágenes concretas y texturas limpias y cinematográficas que parecen buscan el esqueleto material del lenguaje como ejercicio de cuestionamiento de sus esencias fundacionales, una experiencia tan radical que, como no puede ser de otra forma, apenas ha encontrado visibilidad y distribución en nuestro país. Tanto es así que su último largo, El mundo que fue (y el que es), un filme que recrea, con un generoso reparto que podría haber salido de Amar en tiempos revueltos, los días de la represión franquista de algunos miembros de Partido Comunista de España a lo largo de varias décadas para arribar hasta el presente, apenas ha podido verse en el Festival de Las Palmas o en el I Festival de cine online Márgenes.

Lo que nos llega ahora, envuelto en una preciosa caja metálica, es Lo viejo y lo nuevo, nueve piezas cortas inscritas en el proyecto 6 Grados, recopilación de imágenes documentales de todo tipo de la que ha podido verse una selección en la galería Casa sin fin de Cáceres. Se trata de una pequeña selección de materiales y apuntes tomados con su cámara digital entre 2006 y 2009 en varios viajes, souvenirs, postales, gestos, esbozos, retratos, todos ellos de una sola toma, sin montaje y con sonido directo, algunos en plano fijo, otros con leves desplazamientos o reencuadres, que nos sitúan en una suerte de grado cero de la mirada ante rincones, personas o paisajes de Costa Rica, Berlín, Madrid, Finlandia, Nueva York, Lisboa, Salvador de Bahía, Burgos o Smara, siempre desde la sensación, como apunta bien Carlos Losilla, de que “la realidad nunca termina en los bordes del encuadre”: una pareja que se despide y se aleja en moto por la carretera, dos hombres que leen el periódico en un café, una niña que juega a las muñecas en el suelo de su casa, un grupo de cabañas de madera idénticas, una joven negra que anima y jalea a unos jugadores de baloncesto en la calle, el actor portugués Luis Cintra maquillándose antes de salir a escena, un trompetista y un pianista ensayando en su pequeño apartamento ante la mirada de dos mujeres, un afinador poniendo a punto el órgano de una iglesia o un profesor dando una clase a sus alumnos en la escuela de un campo de refugiados saharauis.

Ahí donde el proyecto Correspondencia(s) nos mostraba no hace mucho el potencial de los formatos digitales para nuevos modos de intercambio epistolar audiovisual, Llorca parece aquí apostar por el monólogo y el diario, en una versión mucho más solitaria y no necesariamente comunicativa, a saber, filmando unas fotografías temporales sin especial voluntad artística o transitiva, decidiendo a lo sumo el punto de inicio y el de corte, anotando, como se hace en un cuaderno de viajes, “imágenes que reflejan la realidad, la diversidad de la realidad, una realidad que se compone de lo que muere y lo que nace, de lo viejo y de lo nuevo”.

Lo viejo y lo nuevo – Pablo Llorca – Casa sin Fin / Ed. Periférica – 24 min. – Caja metálica – Incluye 9 stills impresos en color y ficha sobre el autor y su obra – 19,50 euros

 

 

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And now, for something completely different (2 DVD + 2 B.S.O.):

Diez negritos (1945) – René Clair – Versus – 93 min. – 11,95 euros

Diez negritos es una de esas películas sin autor (René Clair, nada menos) adscritas a la infancia, una de esas cintas que uno recuerda como experiencia iniciática en no se sabe bien qué tipo de misterios del cine y de la vida. Volvíamos a verla ayer con una misma inocencia, con una candidez que pronto revelaba el verdadero arte con mayúsculas del escenario y la interpretación (¡ese reparto memorable, con Barry Fitzgerald, Walter Huston y Judith Anderson!) en una de esas tramas whodunit tan caras a Agatha Christie. Poco importa la torpe resolución de la autoría de los crímenes, el placer está siempre en el trayecto, en los pequeños detalles.

 

Medianeras – Gustavo Taretto – Karma Films – 90 min. – 14,95 euros

El nuevo cine argentino empieza a buscar fórmulas de conciliación entre sus extremos. Medianeras, debut en el largo de Gustavo Taretto, podría ser una de esas películas-puente con su retrato sentimental y generacional sobre los nuevos solitarios entreverado de lecciones de Arquitectura y Urbanismo en tiempos de diseño gráfico, videoclubes y redes sociales. Javier Drolas y Pilar Pérez de Ayala se eluden y explican (demasiado) en voz alta como fórmula infalible para las identificaciones básicas y Taretto, que ya ensayó la fórmula en un corto homónimo, reescribe la comedia romántica para generaciones hedonistas y descreídas.

 

This must be the place – Gavin Friday y Varios – EMI – 78 mins. – 18 euros

A Sorrentino lo teníamos calado desde aquella Las consecuencias del amor en la que él solito había decidido señalarse como gran autor a golpe de énfasis y reciclaje posmoderno. El amigo de la familia y El divo no hicieron sino confirmar su tendencia, literal, a la impostura, que estalla de nuevo ahora en esta road movie con pedigrí pop en la que la banda sonora es, de largo, lo mejor del viaje: Gavin Friday pone las atmósferas elegíacas, The Talking Heads el tema que da título al film, The Pieces of Shit (David Byrne y Will Oldham) las canciones dramáticas, y Mantovani, Part, Iggy Pop, Jónsi & Alex y Julia Kent el resto del repertorio.

The Rum diary – Christopher Young – Lakeshore Records – 71 min. – 18 euros

Cuesta imaginarse a Christopher Young, especialista en materia siniestra, fantástica y terrorífica (Hellraiser, Copycat, Species) en un ambiente tropical y caribeño como el de esta odisea pegajosa y etílica por el desquiciado universo periodístico de Hunter S. Thompson. En todo caso, su versatilidad, una guitarra, una trompeta, unos bongos y un cierto aire televisivo, jazzístico e irónico le permiten salvar el escollo con la habitual profesionalidad. El resto de la ambientación y el tono relajado lo ponen el inevitable y festivo Dean Martin, la JD Band, el propio Johnny Depp y una Patti Smith en pantalón corto.