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Un cuerpo cansado en tierra extraña

Manuel J. Lombardo | 24 de enero de 2013 a las 8:22

Un José Sacristán al que no estamos acostumbrados a ver ha protagonizado dos de las mejores y más singulares películas españolas de 2012. En Madrid, 1987, de David Trueba, ejercicio de cámara con apenas dos actores, interpreta a un curtido columnista de prensa en el que tal vez sea su último intento de seducción de una joven presa, un tipo cínico y de vuelta de todo que, encerrado en un baño cutre como único escenario, acude a su elocuencia y a su facilidad de palabra como únicos recursos para llenar el tiempo (perdido) e intentar echar la última cana al aire. En El muerto y ser feliz, tercer largometraje de Javier Rebollo, Sacristán encarna a un asesino a sueldo de origen español perdido en el paisaje, primero urbano y vertical, luego rural y horizontal, de una Argentina despojada y hasta cierto punto fantasmal, trasunto de esa topografía que cierto nuevo cine de allá ha forjado de un tiempo a esta parte contra su fisonomía y sus registros habituales. Herido de muerte por la enfermedad, poco preciso ya en su oficio de liquidador y seductor hasta el último aliento, el asesino de Sacristán se desplaza achacoso, melancólico, cantarín y taciturno por los paisajes enrarecidos de un país ajeno en el que, sin embargo, parece sentirse muy cómodo.

Tanto en una película como en otra, Trueba y Rebollo parecen estar hablando del cine español a través del cuerpo de Sacristán, un cuerpo histórico y vapuleado que, con esa proverbial voz grave y rotunda, es descubierto ahora en su carnalidad decadente y flácida, un cuerpo, en definitiva, cargado del simbólico peso de la experiencia y de todos los cuerpos que ha interpretado en la ficción desde los años 60.

Podría decirse que El muerto y ser feliz, road movie horizontal con aromas de western crepuscular, es también un filme-metáfora sobre la posibilidad de hacer hoy y aquí ese cine moderno que fue imposible cuando le tocaba su turno: la figura de Sacristán como cuerpo extraño en un país lejano (y hermano) podría ser también la declaración de que sólo desde el exterior, en la distancia, lejos de los modelos e inercias de nuestro cine industrial, puede gestarse una mirada singular capaz de conectar con la modernidad (del primer Godard de Pierrot le fou a la densidad de los paisajes salteños de Lucrecia Martel, de la resistente cinefilia uruguaya a las fabulaciones encadenadas e interminables de Mariano Llinás) perdida para siempre en los eslabones de la historia.

Con todo, hay en este trabajo de Rebollo, como en Lo que sé de Lola y Una mujer sin piano, una cierta fórmula de laboratorio cinéfilo demasiado evidente y visible, demasiado pensada para el nuevo espectador culto amante del minimalismo y la depuración, conocedor de las numerosas citas y referencias que atraviesan un relato lineal que es también una historia de fantasmas, de muertos que caminan y desaparecen para volver a aparecer y caminar de nuevo.

El juego de voces off (la del propio Rebollo y su guionista habitual Lola Mayo) que contrapuntean, desafían o rellenan la narración, la composición reflexiva y juguetona de los planos en scope, el tratamiento del color, los explícitos movimientos de cámara, el uso entrecortado de la música o cierta elocuencia cómica de raigambre muda son recursos tal vez demasiado meditados en una forma que se quiere a un tiempo relato mítico y retrato extrañado de una geografía atemporal que hay que descifrar y entender desde la perplejidad y el asombro.

El muerto y ser feliz. Road movie existencial, España, 2012, 94 min. Dirección: Javier Rebollo. Guion: J. R., Lola Mayo. Fotografía: Santiago Racaj. Intérpretes: José Sacristán, Roxana Blanco, Vicky Peña, Valeria Alonso, Fermí Reixach.

 

El dinosaurio y el bebé

Manuel J. Lombardo | 24 de septiembre de 2012 a las 22:05


El hecho de que una película como Madrid 1987, escrita y dirigida por David Trueba y protagonizada por José Sacristán y María Valverde, haya pasado sin pena ni gloria por la cartelera, habría de hacer saltar todas las alarmas sobre la nula capacidad de absorción de nuestra institución cinematográfica de todo aquel cine medianamente adulto o mínimamente serio que se salga del habitual redil formulario de los productos realizados para asaltar la taquilla el primer fin de semana.

Que se sepa, Trueba es un cineasta (La buena vida, Soldados de Salamina, La silla de Fernando) y un escritor reconocido, Sacristán una leyenda viva de nuestro cine y nuestro teatro, y María Valverde uno los rostros jóvenes más fotografiados y promocionados de la última década. Sin embargo, juntos apenas han conseguido llamar la atención de 6.500 espectadores en el fugaz paso de la cinta por las salas.

Por suerte, Anagrama, casa habitual de las novelas de Trueba (Abierto toda la noche, Cuatro amigos, Saber perder), acaba de editar una caja que incluye tanto el guion original como la película en DVD, prueba del nuevo destino que tal vez le espera a todo ese cine de cierta vocación marginal (o, al menos, no necesariamente masiva) que vaya a producirse en este país en los próximos años.

Así las cosas, rodada en formato digital con exiguo presupuesto y apenas un par de localizaciones, Madrid 1987 vuelve su mirada a los primeros años del desencanto (socialista), a la España de la cultura del pelotazo, Rumasa, Jesús Gil y el atentado de ETA en Hipercor, no tanto con un tono nostálgico como con la necesidad de buscar algunas posibles respuestas a la actual crisis nacional, una crisis, me temo, que no es sólo económica.

Un viejo, cínico y desencantado novelista y columnista de prensa, un personaje hecho a trazos de Francisco Umbral, Manuel Vicent y Rafael Azcona, y una joven estudiante de Periodismo en cuyo personaje puede adivinarse a la generación del propio Trueba, juegan al juego de la seducción y la palabra fabuladora entre las cuatro paredes del cuarto de baño cutre del estudio que un amigo le ha prestado a éste para culminar sus faenas amorosas.

Miguel y Ángela tensan y destensan la cuerda del deseo y el duelo intelectual a golpe de diálogo lúcido y ritmado, expanden los límites de ese único espacio de azulejos verdosos y toallas sucias para trazar no sólo el relato de una pequeña batalla romántica y generacional, sino para desentrañar también, a mitad de camino entre la decepción, la ironía y la esperanza (ese final, a paso firme), los flecos de una Transición incompleta que se nos antoja aún demasiado cercana, con olores, tonalidades y sabores todavía familiares.

Madrid 1987 coquetea con la teatralidad metafórica de Samuel Beckett con unos personajes de una inteligencia y una locuacidad en vías de extinción para la ficción de nuestros días, carne hecha de palabra literaria de altos vuelos que, en el mejor de los casos, Sacristán y Valverde consiguen convertir en una gran pieza de teatro de cámara, y en el peor, en una excesiva, visible y algo mecánica retahíla verbosa.

Siempre discreto, tal vez algo temeroso del sostenimiento del plano y las tomas largas, y pudoroso aunque elegante en su manera de filmar los cuerpos y el sexo, Trueba confía plenamente en su propio texto y en sus dos actores para camuflarse, tal vez emulando esa misma concepción de estilo invisible que pone en boca de Miguel, tras una puesta en escena que algunos podrían llegar a tachar de funcional pero que, sin embargo, extrae petróleo ya refinado de un espacio y unos elementos tan limitados.

En el ejercicio de lectura en paralelo del guion que posibilita esta edición, pueden apreciarse las pequeñas variantes y alteraciones de texto en boca de Sacristán y Valverde y el preciso y cuidadoso sentido de la descripción y el gusto por el detalle asociativo del Trueba escritor.

Madrid 1987 – David Trueba  – Anagrama – Caja: DVD + Libro (guion) – 103 mins./136 págs. – 24’95 euros

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Metrópolis (versión de Giorgio Moroder) – Fritz Lang – DVD/Blu-Ray- 1927/1984/2010 – Divisa – 15/18 euros  

Después de editar la versión más completa conocida de este clásico del cine alemán a partir de materiales encontrados en la Filmoteca Argentina, Divisa recupera también la versión, ensamblada en 1984 y retocada en 2010, del compositor Giorgio Moroder, una suerte de filme-sinfonía techno, hoy plenamente vigente en sus texturas sonoras electrónicas y su registro digital, con canciones interpretadas de Freddie Mercury, Pat Benatar, Adam Ant, Bonnie Tyler o Jon Anderson. A prueba de puristas y ortodoxos.

 

San Benny el carterista / Mi hijo, mi héroe – Edgar G. Ulmer – Versus/CinemaBis – 152 min. – 11’95 euros.

La Historia del cine le ha hecho su hueco de gloria al director de origen austriaco Edgar G. Ulmer (1904-1972) como uno de los más prolíficos (y mentirosos) directores de la serie B hollywoodiense, ocasionalmente capaz de rodar (en apenas unos días) pequeñas obras maestras en las condiciones de producción menos favorables (Detour). Versus recupera ahora dos de sus filmes menos conocidos, ambos inéditos en España, las simpáticas comedias de redención San Benny el carterista (1951) y Mi hijo, el héroe (1943).