Archivos para el tag ‘Ernst Lubitsch’

La guerra (no) ha terminado

Manuel J. Lombardo | 15 de julio de 2014 a las 7:28

La I Guerra Mundial en el cine / #2 Remordimiento (Broken Lullaby, 1932), de Ernst Lubitsch

man-i-killed-03-smaller-620x400

La sinopsis vendría a ser ésta: atormentado por el sentimiento de culpa, un joven ex-combatiente francés (Phillips Holmes) acude a la casa del soldado alemán al que ha asesinado en el frente para pedir perdón a la familia (Lionel Barrymore y Louise Carter) y buscar la redención. Incapaz de confesar la verdad, se enamora de la prometida del muerto (Nancy Carroll) y lucha contra la hostilidad de la comunidad y contra sí mismo para salir del engaño.

brokenlullaby3Hay dos películas peleándose en el interior de Remordimiento (Broken lullaby, 1932), el único drama propiamente dicho que Lubitsch rodó en Hollywood. Una abraza los albores del cine sonoro, sus primeros hallazgos significativos más allá de la palabrería habitual, sin abandonar ni un ápice todo el potencial de la expresión visual pura y la elocuencia del montaje. La otra inclina su balanza hacia las maneras algo altisonantes del melodrama talkie con mensaje (antibelicista, redentor, compasivo), hacia las interpretaciones enfáticas y los diálogos explicativos.

Scott Eyman (Ernst Lubitsch, risas en el paraíso, editado en España por Plot) hizo excesivo hincapié en los problemas de la segunda, apuntando incluso que Remordimiento era la peor de todas las películas del director de El abanico de Lady Windermere, Ser o no ser y El bazar de las sorpresas: “un drama de bolsillo, escribe, y además esquemático y mal integrado. Las actuaciones, pesadas e histriónicas, no convienen a la historia, que necesita interpretaciones discretas. Fue la única ocasión en su carrera americana en la que Lubitsch intentó transmitir un Mensaje, lo que resulta letal para la película”.

ErnstLubitschSin embargo, uno prefiere quedarse con los muchos méritos de la primera, sobre todo si toma como pretexto el deslumbrante arranque del filme, toda una sinfonía de precisión cinematográfica capaz de condensar en apenas unos minutos y con un ritmo frenético y musical un arco de tiempo que nos lleva de las trincheras, del vínculo entre dos soldados enemigos, al sufrimiento y el dolor del superviviente acabada la contienda.

Un desfile militar en las calles de París celebra el año del armisticio (es el 11 de noviembre de 1919, nos anuncia el rótulo); un travelling recorre una hilera de sables en el pasillo central de una iglesia; el montaje muestra varios primeros planos de las condecoraciones, las botas relucientes y las pistolas de los generales y altos mandos mientras escuchamos palabras de paz y libertad desde el altar; sobre un cartel en el que se puede leer “Silencio, Hospital” oímos el estruendo de las calles; el sonido de sirenas y salvas despierta sobresaltado a un soldado que cree seguir en plena batalla bajo el fuego de los tanques; acabada la misa, un espectacular movimiento de cámara desciende vertiginosamente hacia las manos de un hombre que reza arrodillado tras el banco; los ojos aterrados en primer plano de nuestro protagonista se funden con los ojos del soldado alemán, ya muerto…

broken-lullaby-2broken-lullaby-4broken-lullaby-1vlcsnap-65817_122_69lo-2

Son apenas tres minutos que condensan al mejor Lubitsch de todas su etapas, tres minutos que no pueden escribirse en guión alguno, sino que nacen de ese inconfundible toque que se traduce en una manera de mostrar/no mostrar, de una forma particular, simbólica y elíptica de encabalgar figuras visuales con sentido: y es que pocos planos en la historia del cine pueden ser más elocuentes sobre una toma de postura crítica ante la guerra (y sus responsables) que ése, de apenas unos segundos, en el que un desfile militar es filmado desde el punto de vista del hueco que deja la pierna mutilada y la muleta de un soldado que lo contempla.

Lo que luego sigue puede parecer esquemático, simplista u obvio en términos narrativos y dramáticos, carne de folletín post-bélico con buenas intenciones aunque de amargo final. Se trata, en todo caso, de la historia de una búsqueda desesperada del perdón y, por tanto, de un deseo idealista de reconciliación: los dos soldados son músicos, uno de ellos se apellida Holderlin, como el poeta, los dos proclaman su rechazo a la guerra, los dos se acaban fundiendo en uno a los brazos engañados del padre y bajo la mirada de la madre.

4

El guión de Vajda y Raphaelson no siempre afina sus estrategias y su tono. Sin embargo, en Remordimiento termina por abrirse paso el cine con mayúsculas de la mano de un Lubitsch capaz de sortear esos escollos con su habitual elegancia, y no sólo en ese portentoso arranque. Valga el plano trasero del marco con la fotografía del hijo muerto, o también esa secuencia en la que, al son de los timbres de las puertas que se abren, una comunidad puede convertirse en un clan de vigilantes y cotillas o incluso en una pequeña pandilla de usureros. La guerra, tal vez, no había terminado en todos los hogares alemanes. 1933 estaba a la vuelta de una hoja de calendario.

Entiérrame en el cielo

Manuel J. Lombardo | 14 de enero de 2013 a las 23:31

Es una de las muchas grandes anécdotas del viejo Hollywood. Corre el año 1943 y Samson Raphaelson, guionista y dramaturgo de prestigio, autor de aquella obra teatral, El cantor de Jazz, con cuya adaptación se iniciaría la gran revolución del cine sonoro, oye por la radio la noticia de que Ernst Lubitsch, con quien hasta entonces ha escrito ocho guiones (entre otros Un ladrón en la alcoba, El bazar de las sorpresas y El cielo puede esperar), ha sufrido un ataque al corazón y su muerte es inminente. Conmocionado por la noticia y animado por la secretaría privada de Lubitsch, Steffie Trondle y por el productor de la MGM Arthur Hornblow Jr., Raphaelson escribe unas líneas de elogio hacia quien ha sido su compañero de trabajo durante años, un tipo que “amaba las ideas más que nada en este mundo… / Un hombre cuya pasión era, por lo general, mucho más fuerte que la de cualquiera a su alrededor, con lo cual siempre acababa siendo la figura dominante en un grupo / [un hombre] junto al que nadie no se iluminara al disfrutar de su compañía. Este placer no lo causaban su brillantez o su rectitud, sino la pureza y la alegría infantil de su larga historia de amor con las ideas. / Un director con un ojo infalible para el estilo / Un artista sofisticado, aunque como hombre fuera ingenuo / Nunca buscó la fama ni le importaron los premios / un hombre al que no se podía herir criticando su trabajo / Estaba tan libre de pretensiones y de segundas intenciones como se supone que lo están los niños, y esto lo hacía infinitamente variado y encantador / Lamento no haber sido capaz de decirle alguna de estas cosas mientras estaba vivo”.

Pero Lubitsch estaba vivo, y viviría aún cuatro años más mascando puros, a tiempo incluso de volver a escribir una nueva película (La dama del armiño) con el propio Raphaelson. Lo mejor de la anécdota, recogida y contada por el propio guionista en este delicioso librito, publicado originalmente en 1981 en la revista The New Yorker, vino poco después. Guardado en un cajón por razones evidentes, este obituario sincero y emotivo llegó finalmente a manos de Lubitsch, quien en una de las sesiones finales de trabajo se decidió finalmente a comentarlo con Raphaelson con un escueto “por cierto, Sam, he oído que escribiste algo hace unos años cuando estuve enfermo, escribiste algo muy bonito sobre mí y lo aprecié”. Avergonzado, Raphaelson intentó escurrir el bulto y justificar su cariñosa infamia, pero lo peor fue no poder evitar querer saber qué opinaba realmente Lubitsch, con quien había peleado tantos guiones, tantas situaciones, tantas réplicas a lo largo de los años en busca de la genialidad, sobre esas palabras póstumas.

Llegó entonces el desequilibrado duelo final entre dos de los mejores creadores de Hollywood: un Raphaelson compungido y acorralado por la situación y un Lubitsch que sólo podía encontrar la situación como uno de los gags más divertidos que nunca se le hubieran ocurrido, corregir y mejorar su propia necrológica.

La conclusión de aquella escena impagable fue dejar el texto original como estaba (“Prométeme, Sam –dijo-, que no cambiarás ni una sola palabra”), pero también, después de tantos años y tanto trabajo conjunto, la confirmación directa de un afecto personal, podríamos llamarlo amistad en su más profunda acepción alemana (Freundschaft), que vivió soterrada hasta ese instante tal vez por timidez, tal vez por respeto, tal vez por secreta e inconfesada admiración mutua.

Amistad, el último toque Lubitsch viene acompañado, como de costumbre en cualquier edición de Intermedio, de un estupendo material extra. Se trata de un Glosario Innecesario escrito por Pablo García Ganga, también traductor del libro, una verdadera pieza de creación literaria que, con un cierto toque Lubitsch en su dominio de la narración y la elipsis, recorre, a veces con rocambolescos requiebros y verdadero ingenio fabulador, las biografías de algunos personajes (Emil Jannings, Josef von Sternberg, Jaischa Heifetz, Max Reinhardt, Sonja Henie, Samuel Hoffenstein, Vladimir Horowitz, Abraham Lincoln, Anita Loos, Walter Reisch, Hermann Upmann) o títulos (El cantor de Jazz, Unter der linden) citados por Raphaelson en su texto, siempre relacionándolos de un modo u otro con los intríngulis y el anecdotario del Hollywood clásico o con el propio Lubitsch, cuyo retrato inicial es uno de los mejores que jamás se hayan hecho del cineasta.

Amistad, el último toque Lubitsch – Traducción y ‘Glosario innecesario’ de Pablo García Ganga – Intermedio – 94 páginas – 9’95 euros