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Friedkin: vivir y morir en el cine

Manuel J. Lombardo | 28 de mayo de 2013 a las 6:50

A pesar de no haber desaparecido nunca de la escena, entre incursiones televisivas (CSI Las Vegas) u operísticas (Aída en Turín, Salomé en Munich), con una carrera cinematográfica trufada de altibajos entre aquellos días de gloria (The French Connection, Oscar a la mejor película y al mejor director en 1971; El Exorcista, uno de los títulos más taquilleros de todos los tiempos) como hijo pródigo del Nuevo Hollywood, y una larga travesía del desierto de encargos alimenticios (de La tutora a La presa) desde mediados de los ochenta, justo después de firmar A la caza (1980) y la estupenda Vivir y morir en Los Ángeles (1985), los astros de la justicia poética cinéfila se han alineado en 2013 para recuperar, reivindicar y celebrar a William Friedkin (Chicago, 1935) como se merece.

El Festival de Venecia anunciaba hace unas semanas la concesión del León de Oro a toda una carrera en su próxima edición, donde además se podrá ver una nueva copia restaurada de Carga maldita (Sorcerer, 1977), una de sus mejores películas, hoy título de culto (Tarantino mediante) y adaptación del clásico de Clouzot El salario del miedo, que se saldó con un sonado fracaso en el momento de su estreno y que fue, en cierta medida, su particular Puerta del cielo, el filme maldito que lo apartaría de la primera línea de una industria cambiante que traicionaba a sus cachorros para apostar ya ese mismo año por La guerra de las galaxias y la infantilización que vino después.

También se cumple estos días el 40º aniversario del estreno de El exorcista, de apabullantes cifras y no menos presencia renovada en el imaginario cinéfilo, y hace unas semanas llegaba directamente al mercado del DVD el que hasta ahora es su último largometraje, Killer Joe (2011), un electrizante thriller de cámara basado, como su anterior filme, Bug (2006), en una obra de teatro de Tracy Letts, títulos con los que el veterano cineasta confirma un vigor, una socarronería, un poderío narrativo y un despreocupado tono incorrecto difíciles de encontrar hoy entre sus más ilustres, respetados y domesticados compañeros de generación.

Producidas fuera de los grandes estudios con formas de serie B, Bug y Killer Joe asumen sin disimulo su condición de piezas de cámara y trasfondo teatral, un tono menor, fuertemente estructurado y espacialmente reducido, para zarandear con desparpajo asuntos poco frecuentes en el último cine americano, devolviendo el protagonismo al texto, a los cuerpos y la voz de sus intérpretes, ironizando sobre la paranoia colectiva en tiempos de crisis o sobre la disfuncionalidad de la familia white trash con altas y saludables dosis de erotismo, violencia y humor negro.

Si Bug se transfiguraba poco a poco ante el espectador desde un aparente arranque hitchcokiano hacia una abstracción delirante y esquizoide de estirpe kafkiana, Killer Joe nos trae un nuevo divertimento concentrado y depurado que explota, literalmente, la cadencia vocal, el acento (sureño) y la gestualidad controlada de un Matthew McConaughey en estado de gracia como asesino a sueldo enfrentado a una familia en plena descomposición física y moral. Ya desde su arranque, con ese plano explícito de un pubis tras la puerta, Killer Joe invita a cruzar un umbral muy poco complaciente: estamos aquí en el terreno de las bajas pasiones y los instintos primarios, en el cuarto oscuro de una Norteamérica de casas prefabricadas, perros rabiosos encadenados y noches de tormenta de azules saturados, ante una reescritura marginal del noir que no parece dispuesta a ahorrarnos los detalles escabrosos, las pulsiones incestuosas y sadomasoquistas o un fatalismo instalado en la estupidez y la torpeza de los residuos de la sociedad del bienestar.

Mucho más afilado en las secuencias de set y largo desarrollo, coreografiadas con precisión y un ejemplar sentido del tempo, generoso en la dirección de actores, con un quinteto estelar en el que, además de un sobrado McConaughey, brillan especialmente la joven Juno Temple, turbador objeto de deseo e intercambio, y los veteranos Thomas Harden Church y Gina Gershon, Friedkin electriza el modélico guión de Letts para conducirnos a un auténtico tour de force final en el que cuatro paredes, cinco actores y una bandeja de pollo frito son suficientes elementos para crear uno de los momentos más potentes, turbadores y cargados de tensión tragicómica del último cine norteamericano.

Killer Joe – William Friedkin – Sony Home – DVD/Blu-ray – 103 mins. – 16,95/20,95 euros

http://vimeo.com/47559875