El cine y otras catastrofes » Quentin Tarantino

Archivos para el tag ‘Quentin Tarantino’

Érase una vez en América

Manuel J. Lombardo | 9 de febrero de 2020 a las 12:11

CEVG3MXFO5G27B7EPA2WKUHBSI

Justo a comienzos de este 2020, el editorial del último número de Cahiers du cinema, firmado por Stephan Delorme, nos recordaba que 2019 vivió la que tal vez sea la penúltima batalla entre el viejo Hollywood, o lo que queda de él (también en nuestra nostalgia), y sus nuevas formas espectaculares e infantilizadas representadas por el fenómeno Marvel (en manos de Disney) como tabla de salvación industrial ante el imparable ascenso de ese enemigo común que es Netflix y su radical transformación de los modos de consumo audiovisual al tiempo que nueva major que atrae cada año hacia sus filas a algunos de los valores autoriales más sólidos (de Cuarón a Baumbach) más allá de su imparable entrega de títulos mensuales para la renovación de su catálogo.

Esa penúltima batalla venía liderada por las controvertidas (por claras y valientes) declaraciones de Martin Scorsese en las que arremetía contra las películas de superhéroes de Marvel, paradigma del modelo de cine popular contemporáneo, como enésima muestra de la degradación artística y arrinconamiento del cine personal, abriendo aún más esa enésima brecha (romántica) entre entretenimiento y arte que ha acompañado siempre al cine y que, según el director de Taxi Driver y Toro salvaje, ha terminado por imponer modelos de estricto rendimiento económico en detrimento de la tradición narrativa del cine clásico y, sobre todo, de la estirpe autorial del cine moderno del que él mismo contribuyó a forjar su era más fructífera y adulta en la década de los setenta del pasado siglo.

Las declaraciones de Scorsese coincidían con el estreno de El Irlandés, primero en un selecto y reducido grupo de salas y unas semanas después (27 de noviembre) en la plataforma Netflix, una película destinada a ocupar un lugar de honor no sólo en su trayectoria, cerrando una magistral trilogía mafiosa iniciada con Uno de los nuestros y Casino, sino también en la propia historia del cine norteamericano, en su ambicioso y épico (tres horas y media) intento de condensar a través de tres personajes y sus relaciones de amistad, lealtad y traición la propia Historia contemporánea de Estados Unidos desde la inmediata posguerra hasta los albores del nuevo siglo.

Largamente deseada como proyecto desde que el libro de Charles Brandt I heard you paint houses, sobre la vida del mafioso de origen irlandés Frank Sheeran, pasara por las manos de Robert de Niro, a la sazón productor ejecutivo del filme, El Irlandés veía finalmente luz verde para su puesta en marcha por el estudio de Ted Sarandos con un amplio presupuesto (140 millones de dólares) y un largo y complejo plan de rodaje derivado de sus numerosísimas localizaciones y decorados y un trabajo técnico novedoso para conseguir que De Niro, Joe Pesci y Al Pacino, reunidos por primera vez en un reparto de veteranía icónica inigualable, pudieran pasar por las distintas edades y aspectos de sus personajes en un proceso de de-aging digital que, como no podía ser de otra manera, ha sido otro de los puntos de debate y controversia que han rodeado a la cinta a la vista de los resultados estéticos de la operación cosmética.

Superado pronto el escollo estético de la operación, El Irlandés se articula, sobre un guion ejemplar de Steven Zaillian, como un doble recorrido desde el presente hacia el pasado y como una road movie suspendida que concentra, agujerea y dilata el momento clave de su relato, a saber, la traición inevitable de Sheeran (de Niro) a Jimmy Hoffa (Pacino), después de un larguísimo tira y afloja que lo lleva de un lado (el todopoderoso sindicato de transportes) a otro (la mafia italoamericana) a lo largo de los años y las décadas desde sus inicios como mero transportista de fácil inclinación al delito. Zaillian y Scorsese asumen así la relación entre estos tres personajes y sus universos como epicentro de la Historia norteamericana, cargando sobre sus espaldas, sus actos y decisiones toda una mirada de conjunto a las perversas e intrincadas relaciones entre el poder político, la estructura laboral y sindical y el crimen organizado que, en definitiva, ayudan a entender el devenir (corrupto) de su país en el siglo XX.

Pero sobre todo ello, El Irlandés es un filme que mira al pasado con el tono y la distancia justos, sin nostalgia, sin gran espectáculo ni glamour, un filme sobre la soledad del hombre tras una vida de violencia (cobarde) y extorsión, un filme sobre la imposibilidad de conciliar los afectos íntimos y familiares con las lealtades y la camaradería masculina a la vieja usanza, una película que rebaja el dilema shakesperiano a unas maneras prosaicas para abandonarlo, sin perdón ni expiación, en un impersonal asilo en el que el historial criminal ha quedado reducido a esa silla de ruedas en la que se despide nuestro protagonista después de décadas de acción, enlace y tiros a bocajarro o por la espalda.

Los discursos políticamente correctos se apresuraron pronto a señalar y criticar el contexto y el universo casi exclusivamente masculino del filme, pero no acertaron a ver que son precisamente los personajes femeninos, esposas e hijas que observan en silencio, los que Scorsese sitúa como auténticos espejos de la animalidad elemental de estos dinosaurios hipermasculinizados incapaces de encontrar salidas o soluciones a su propia debacle (anunciada muerto a muerto en rótulos sobre imágenes congeladas) más allá del círculo de la violencia y una concepción de la lealtad marcada por la amenaza y el miedo.

once_upon_a_time_still.0

Si El irlandés despide una cierta manera de entender el cine como territorio neoclásico para profundizar en las capas del relato y, sobre todo, en el interior de los personajes, casi en una escala de cámara a pesar del gran despliegue de producción y del arco temporal que abarca, el otro gran filme norteamericano de la temporada, Érase una vez … en Hollywood, de Quentin Tarantino, se aferra también a lo cinematográfico (frente a lo audiovisual o lo serial) y demuestra una vez más su incuestionable talento para la torsión fabuladora, el constante guiño metarreferencial a la historia del cine y sus iconos y un pleno dominio de los elementos narrativos que hacen de ella un fascinante puzzle sobre el ocaso del Hollywood clásico compartiendo de paso con Scorsese esa mirada hacia la amistad y la camaradería masculinas en tiempos de sospecha.

La Historia también es el punto de partida para Tarantino: el salvaje asesinato de la actriz y esposa de Roman Polanski Sharon Tate a manos de una pandilla de hippies organizados por Charles Manson en agosto de 1969, es el pretexto aquí para trazar un relato paralelo y alternativo a los acontecimientos en el que la pareja de personajes que interpretan Leonardo di Caprio y Brad Pitt funciona como espejo y discurso tangencial sobre aquel preciso momento de transformación de la industria del cine, con el ascenso y la competencia de la televisión, el desplazamiento de la producción hacia Europa y la llegada de nuevos cineastas jóvenes salidos de Europa o la órbita contracultural como Dennis Hopper y su Easy Rider como hitos determinantes.

Deslumbrante en su reconstrucción de aquella época en Los Ángeles y alrededores, Érase una vez… en Hollywood consolida y depura también el rasgo más relevante de Tarantino como cineasta posmoderno: su prodigiosa capacidad para alterar, quebrar, estirar, bifurcar, condensar, acelerar o ralentizar el relato, su absoluto dominio de los géneros y los ritmos, aquí sin necesidad incluso de recurrir a la palabra como eje o núcleo central de todas sus escenas. El director de Pulp Fiction juega con las trayectorias y los tiempos de sus personajes en un montaje que los acompaña y abandona para culminar en una hilarante orgía de violencia y exceso que, en sus manos, reescribe, como ya sucediera en Malditos bastardos, los acontecimientos reales en un personal gesto de justicia poética que resucita a las víctimas para ponerlas a dialogar con sus propios protagonistas de ficción en la que tal vez sea su última gran gesta (y juerga) juntos.

* Este artículo está incluido en el Anuario Joly Andalucía 2020, de próxima publicación. 

Cult fiction

Manuel J. Lombardo | 29 de octubre de 2012 a las 23:30

De entre las listas de los directores que han participado en la World Poll 2012 organizada por la revista Sight & Sound, la de Quentin Tarantino es sin duda una de las más singulares e iconoclastas en su reivindicación, tal vez como enésimo gesto gamberro o provocador, de diez filmes entre los que se incluían algunos títulos poco ortodoxos o condenados a no aparecer nunca en este tipo de eventos legitimadores de la excelencia o el canon cinematográfico de consenso: a los previsibles y respetables Luna nueva, de Hawks, La gran escapada, de Sturges, El bueno, el feo y el malo, de Leone, Apocalypse Now, de Coppola, Taxi driver, de Scorsese o Tiburón, de Spielberg, se unían sin embargo otros como Los picarones, de Michael Ritchie, Carrie, de Brian De Palma, Querido profesor, de Roger Vadim, El expreso de Corea, de John Flynn, Carga maldita, de William Friedkin y Movida del 76, de Richard Linklater, la mayoría de ellos títulos y cineastas marginales de una década de los setenta en la que Tarantino parece querer reivindicar esa otra historia paralela del cine marcada por el concepto de culto y por la búsqueda y revisión de pequeñas perlas escondidas entre el gran cine.

El propio cine de Tarantino es una buena muestra de cómo ese cine de culto, ese “cine disidente del gusto mayoritario, afín a la sensibilidad contracultural, flor rara en las zonas de sombra de la serie B”, un cine que trabaja en la periferia la producción estándar, un cine eminentemente de género, de bajo coste y que convoca a sus seguidores a una suerte de religión o secta, puede formar parte de un palimpsesto de apariencia y modos mainstream que se nutre de esos guilty y no tan guilty pleasures que van del chambara japonés al disaster film, de las road movies existenciales al manga más erótico y violento, del spaghetti western más delirante a la blaxploitation más reivindicativa y contracultural, del giallo al cine de alto voltaje erótico, del péplum a las series de televisión de referencia, del cine de autor más severo a la animación adulta.

De todo ese cine se sesiones de madrugada, VHS de videoclub de barrio y comunidades fieles y organizadas en constante mutación nos da cuenta este libro editado conjuntamente por Calamar y el Festival de Sitges, un certamen que se ha convertido en una suerte de correlato del cine tarantiniano al aglutinar y legitimar a los sectores más extremos del cine de culto en un evento oficial que ha ido alcanzando año a año estatus de cita obligada para espectadores de gustos más centrados y civilizados.

Un libro colectivo y desigual, tal vez algo apresurado y urgente y, en ocasiones superficial o redundante en su acercamiento al fenómeno cult, en el que Jordi Costa pone la nota de orden, distancia y sensatez en un prólogo ejemplar que resume las ideas esenciales que luego cada autor (los propios editores del volumen, Ángel Sala y Desirée de Fez, Miqui Otero, Jodri Battle, Quim Casas, Sergi Sánchez, Roberto Cueto, Rubén Lardín, Jesús Palacios, Diego López, Jordi Sánchez, Fernando de Felipe, Noel Ceballos, Gerard Casau o Violeta Kovacsisc) desgrana por apartados, filias, subgéneros, metagéneros y demás categorías, etiquetas y matices tan del gusto de esos fans incondicionales que parecen haber cambiado los pases de medianoche y las sesiones festivas para ver The Rocky Horror Picture Show, Cabeza borradora o Troll 2 por una nueva entidad virtual siempre interconectada e interactiva que redefine y busca nuevas rarezas psicotrónicas entre los flujos del ADSL.

El libro se completa con dos anexos que tal vez sean lo más valioso del volumen: una lista de 100 filmes de culto imprescindibles, Diamond Flash incluida, y una selección personal, como no podía ser de otra manera, de los 5 títulos de culto preferidos de un centenar de cineastas, críticos y especialistas. Buen papel, diseño atractivo y abundantes ilustraciones marca de la casa Calamar.

Neoculto. El libro definitivo sobre el cine de culto – Ángel Sala y Desirée de Fez (eds.) – Ed. Calamar/Festival de Sitges – 222 págs. – 18 euros

 ————————————————–

La bestia de la noche amarilla (1971) – Eddie Romero – Versus/Cinema Bis – 12,95 euros

El fanático del cine de culto no conoce fronteras si de descubrir una nueva perla psicotrónica escondida se trata. El cine filipino dejó esta terrible versión de serie Z de El increíble Hulk distribuida internacionalmente por Roger Corman, pagada y protagonizada por John Ashley y firmada por Eddie Romero en un “tenebroso Technicolor” de 1971, año glorioso no precisamente por esta cinta con bestia, maldición y transformaciones de poco susto y mucha risa. Todo muy bien explicado en los extras por Paco Fox y José Viruete, tan o más frikis que la película.

 

Noche en el tren del terror (1985) – Jay Schlossberg-Cohen – Versus/Cinema Bis – 12,95 euros

Con un guion del oscarizado Philip Yordan (Johnny Guitar), Noche en el tren del terror es carne de VHS de videoclub ruinoso: un empalme de tres películas previas prologadas por un debate entre Dios y el Diablo, tres relatos delirantes en unos años ochenta de felpa, neones y sintetizadores desafinados. Lo divino, lo humano, lo discotequero y lo demoniaco muy mal contado y expuesto y peor descifrado en los extras por Naxo Fiol, Víctor Olid y Aratz Juanes, autores del libro de revelador título Malas pero divertidas.

 

Sherlock Holmes – Colección Arthur Wontner – 4 títulos – 2DVD – Versus/Cinema Bis – 15,95 euros

Las aparatosas versiones de Ritchie y la más que seductora serie de la BBC prolongan la tradición libre y apócrifa de adaptar a los personajes y misterios de Conan Doyle a la pantalla. Aquí se recuperan ahora las primeras versiones sonoras, El cardenal durmiente (1931), La marca de los cuatro (1932), El valle del miedo (1935) y Estrella de plata (1937), de la serie británica protagonizada por Arthur Wontner, un Holmes sobrio entre escenarios de cartón piedra y un cierto hieratismo estilístico que más que molestar, tiene su encanto.

 

El monstruo asesino / Esposas de alquiler – Frank R. Strayer – Versus/Cinema Bis – 12,95 euros

Siempre a la sombra del cine de terror de la Universal en la década de los 30, Frank R. Strayer facturó en esa misma época infinidad de títulos de muy bajo presupuesto en compañías independientes de la poverty row. El monstruo asesino (1932) se alinea junto a todos aquellos títulos del ‘Dark House Mistery’ protagonizados por casas misteriosas, herencias con trampa e intrusos amenazantes “con forma de animal, monstruo o maniaco fugado”. Esposas de alquiler (1930) sigue una misma línea, aunque en clave de comedia de misterio.