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Entiérrame en el cielo

Manuel J. Lombardo | 14 de enero de 2013 a las 23:31

Es una de las muchas grandes anécdotas del viejo Hollywood. Corre el año 1943 y Samson Raphaelson, guionista y dramaturgo de prestigio, autor de aquella obra teatral, El cantor de Jazz, con cuya adaptación se iniciaría la gran revolución del cine sonoro, oye por la radio la noticia de que Ernst Lubitsch, con quien hasta entonces ha escrito ocho guiones (entre otros Un ladrón en la alcoba, El bazar de las sorpresas y El cielo puede esperar), ha sufrido un ataque al corazón y su muerte es inminente. Conmocionado por la noticia y animado por la secretaría privada de Lubitsch, Steffie Trondle y por el productor de la MGM Arthur Hornblow Jr., Raphaelson escribe unas líneas de elogio hacia quien ha sido su compañero de trabajo durante años, un tipo que “amaba las ideas más que nada en este mundo… / Un hombre cuya pasión era, por lo general, mucho más fuerte que la de cualquiera a su alrededor, con lo cual siempre acababa siendo la figura dominante en un grupo / [un hombre] junto al que nadie no se iluminara al disfrutar de su compañía. Este placer no lo causaban su brillantez o su rectitud, sino la pureza y la alegría infantil de su larga historia de amor con las ideas. / Un director con un ojo infalible para el estilo / Un artista sofisticado, aunque como hombre fuera ingenuo / Nunca buscó la fama ni le importaron los premios / un hombre al que no se podía herir criticando su trabajo / Estaba tan libre de pretensiones y de segundas intenciones como se supone que lo están los niños, y esto lo hacía infinitamente variado y encantador / Lamento no haber sido capaz de decirle alguna de estas cosas mientras estaba vivo”.

Pero Lubitsch estaba vivo, y viviría aún cuatro años más mascando puros, a tiempo incluso de volver a escribir una nueva película (La dama del armiño) con el propio Raphaelson. Lo mejor de la anécdota, recogida y contada por el propio guionista en este delicioso librito, publicado originalmente en 1981 en la revista The New Yorker, vino poco después. Guardado en un cajón por razones evidentes, este obituario sincero y emotivo llegó finalmente a manos de Lubitsch, quien en una de las sesiones finales de trabajo se decidió finalmente a comentarlo con Raphaelson con un escueto “por cierto, Sam, he oído que escribiste algo hace unos años cuando estuve enfermo, escribiste algo muy bonito sobre mí y lo aprecié”. Avergonzado, Raphaelson intentó escurrir el bulto y justificar su cariñosa infamia, pero lo peor fue no poder evitar querer saber qué opinaba realmente Lubitsch, con quien había peleado tantos guiones, tantas situaciones, tantas réplicas a lo largo de los años en busca de la genialidad, sobre esas palabras póstumas.

Llegó entonces el desequilibrado duelo final entre dos de los mejores creadores de Hollywood: un Raphaelson compungido y acorralado por la situación y un Lubitsch que sólo podía encontrar la situación como uno de los gags más divertidos que nunca se le hubieran ocurrido, corregir y mejorar su propia necrológica.

La conclusión de aquella escena impagable fue dejar el texto original como estaba (“Prométeme, Sam –dijo-, que no cambiarás ni una sola palabra”), pero también, después de tantos años y tanto trabajo conjunto, la confirmación directa de un afecto personal, podríamos llamarlo amistad en su más profunda acepción alemana (Freundschaft), que vivió soterrada hasta ese instante tal vez por timidez, tal vez por respeto, tal vez por secreta e inconfesada admiración mutua.

Amistad, el último toque Lubitsch viene acompañado, como de costumbre en cualquier edición de Intermedio, de un estupendo material extra. Se trata de un Glosario Innecesario escrito por Pablo García Ganga, también traductor del libro, una verdadera pieza de creación literaria que, con un cierto toque Lubitsch en su dominio de la narración y la elipsis, recorre, a veces con rocambolescos requiebros y verdadero ingenio fabulador, las biografías de algunos personajes (Emil Jannings, Josef von Sternberg, Jaischa Heifetz, Max Reinhardt, Sonja Henie, Samuel Hoffenstein, Vladimir Horowitz, Abraham Lincoln, Anita Loos, Walter Reisch, Hermann Upmann) o títulos (El cantor de Jazz, Unter der linden) citados por Raphaelson en su texto, siempre relacionándolos de un modo u otro con los intríngulis y el anecdotario del Hollywood clásico o con el propio Lubitsch, cuyo retrato inicial es uno de los mejores que jamás se hayan hecho del cineasta.

Amistad, el último toque Lubitsch – Traducción y ‘Glosario innecesario’ de Pablo García Ganga – Intermedio – 94 páginas – 9’95 euros