Una cárcel libre de drogas

Iván Gómez | 4 de junio de 2013 a las 11:59

Los funcionarios de El Acebuche libran una batalla diaria contra las drogas, contra el consumo por parte de los internos y para impedir el acceso a la prisión a manos de familiares y amigos de los reclusos. En la siempre difícil tarea de conseguir la inserción social y laboral de los presos, la desintoxicación se ha convertido en uno de los ejes de actuación, tal y como evidencia el empeño cada vez más considerable en la prevención de la introducción de drogas, con un proyecto que fue pionero a nivel nacional en el que integran programas de control (Guardia Civil, Policía Nacional y perros adiestrados), así como los terapéuticos y los sanitarios que hasta ahora ya se desarrollaban, pero no de forma integrada. Y es que casi el 70% de las personas que entran en prisión ha tenido o tiene problemas de drogadicción y es una realidad que a día de hoy siguen circulando todo tipo de sustancias, aunque son pequeñas cantidades, entre sus muros. Las drogas más consumidas son las benzodiacepinas como el Trankimazín y el Transilium y el hachís. Los psicotrópicos actúan sobre el sistema nervioso central con efectos sedantes, ansiolíticos y amnésicos y tienen un precio muy reducido. La dirección de la prisión almeriense trabaja para lograr una cárcel libre de drogas y, además del incremento de las medidas de control y de informar de las consecuencias jurídicas a los familiares e internos, cuenta desde hace un año con la Unidad Terapéutica Educativa (UTE) en la que se aplica un tratamiento voluntario con distintos cuadros de drogodependencias.

Un total de 58 reclusos se han beneficiado del departamento especializado (31 siguen hoy)a lo largo de los últimos doce meses y los buenos resultados obligarán a crear una nueva UTE adicional si la financiación lo permite. Un educador, una psicóloga y una trabajadora social desarrollan, junto al subdirector médico y el personal de la asociación Noesso y del Centro Provincial de Drogodependencias, una labor que no se limita a la intervención sobre el interno, sino que se amplía a su contexto ambiental eliminando la subcultura carcelaria. Es decir, se crea un módulo saneado y de convivencia como alternativa al modelo de prisión tradicional. Los toxicómanos que pasan por la UTE firman un contrato por el que se comprometen a cumplir las restricciones impuestas, entre las que podrían incluirse no tener ningún contacto con la familia si hay peligro de recaer. Los presos en terapia están apartados de los demás, no hacen vida con el resto para impedir su acceso a las sustancias que pueden circular por la prisión y tienen que asistir a talleres y a la escuela porque la intervención es integral. Según explica el director de la cárcel, Miguel Ángel de la Cruz, “el nivel de exigencia es máximo y tienen actividades durante todo el día para evitar que puedan recaer”. A lo largo del año de vida sólo unos pocos, nueve presos, han abandonado la Unidad porque eran incapaces de cumplir con lo acordado. “Se comprometen a no introducir ni consumir drogas y hacemos controles periódicos para comprobarlo”, argumenta. En este sentido, el responsable de la cárcel de El Acebuche explica que a todo el que regresa de un permiso se le hacen analíticas y se les pasa el alcoholímetro para saber si “vienen limpios”. De no ser así, se exponen a sanciones que irían desde perder los privilegios y ser privados de nuevas salidas hasta, por los hechos más graves, ser castigados con 14 días en un módulo de aislamiento.

Es tal la vigilancia, sobre todo en la Unidad Terapéutica, que se les vigila en el váter, a través del espejo unidireccional, para ver que el análisis de orina se hace sin ningún tipo de manipulación. Entre las trampas más comunes estaba la de llevar orina de una persona que no ha consumido empleando condones. A la cárcel están llegando menos sustancias que en el pasado. Además de las incautaciones a los familiares y amigos, sobre medio centenar al año, se revisan las celdas de los reclusos y como mucho se puede esconder un porro o un gramo de hachís. Los hay incluso que han tratado de fabricarse alcohol con manzanas y levadura en un cubo oculto bajo la cama. Pero esos son casos puntuales. También los que llegan a mezclar drogas con fármacos como los ansiolíticos a pesar de los riesgos que conlleva. Los funcionarios y agentes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad trabajan para evitar el trapicheo en los patios en los que llegan a convivir diariamente presos de hasta 55 nacionalidades. Y si no hay sustancias o circulan pocas, la convivencia es más tranquila.

Concha Martos, psicóloga de la Unidad Terapéutica Educativa de la prisión, cuenta que la intervención que se aplica a los reclusos en tratamiento es “integral” y les obliga a ir a la escuela. Además, les impide hacer  vida con los demás internos, para evitar que tengan acceso al limitado “trapicheo” existente en la cárcel, y a aceptar unas considerables restricciones como no poder, por ejemplo, estar en contacto con familiares con  adicción a las drogas. Concha Martos explica que también controlan las comunicaciones de los reclusos con el exterior y hacen un riguroso seguimiento con analíticas de alcohol y drogas de los incumplimientos que  se puedan cometer. “Firman un contrato. Si no cumplen son expulsados del tratamiento”.  La Unidad Terapéutica reúne a todos sus integrantes a las ocho y media cada mañana. No existen grandes diferencias con lo que se hace en la desintoxicación fuera de la cárcel. De hecho, el objetivo de los que realizan tratamiento es que, una vez dejen la prisión, se incorporen a una comunidad terapéutica. Participan en todo tipo de talleres y actividades de formación y ocupacionales y su calendario de trabajo cuenta con terapia grupal los viernes y los martes tutorías. “El tiempo juega a favor del interno”, explica la psicóloga Concha Martos. Lo peor está al salir a la calle por las influencias que puedan recibir. La eterna lucha de los funcionarios de prisiones contra los familiares que introducen las sustancias nunca cesa. Además de los cacheos ordinarios tienen a su disposición un escáner. Se ha llegado a detener a personal de asociaciones y monitores deportivos trapicheando con drogas. 

Contra el tráfico de drogas

La prisión cuenta con un Plan de Prevención de Introducción y Tráfico de Drogas que fue pionero a nivel nacional en el que se contemplan medidas sanitarias, además de la vigilancia de Policía Nacional y la Guardia Civil con sus perros adiestrados. Cada año se logran frenar a tiempo más de medio centenar de intentos de introducción. Los métodos empleados son muy variados, están abiertos a la imaginación. Desde lanzar pelotas de tenis, meter la droga en zapatos, pañales de bebé, ropa interior, en dobles fondos de libros y cartas dirigidas a los presos.Todo vale siendo la técnica más utilizada, al ser el más difícil de detectar, la introducción de la droga en el interior del cuerpo por parte de personas que visitan a los reclusos. Los cacheos habituales pueden ser insuficientes y sólo hacen las radiografías en casos muy concretos.

Hachís para su hijo. Una mujer de 65 años fue arrestada por tratar de pasar droga a su hijo en la cárcel el 6 de mayo de 2012. La Guardia Civil de Almería detuvo a esta vecina de la capital, acusada de un delito contra la salud pública, después de que intentara, según la investigación, introducir un centenar de pastillas de Tranquimazín y 7,6 gramos de hachís en El Acebuche.

Un monitor ilegal. Agentes de la Policía Nacional detuvieron a un monitor deportivo de la prisión de El Acebuche por introducir pastillas. Fue arrestado el 8 de mayo de 2012 a raíz de las investigaciones iniciadas tras haberle encontrado en un registro más de 300 pastillas de Trankimazín destinadas a su reparto de manera ilegal entre los internos en los canales del mercado negro.

Regalo para el marido. Una mujer de 46 años de edad fue detenida por intentar introducir droga el 13 de abril de 2011. Los funcionarios de El Acebuche alertaron a la Guardia Civil para que procediera al arresto de la mujer cuando quería hacer llegar 10,3 gramos de droga a su marido recluso en El Acebuche.

Evadirse entre rejas

Las horas pasan muy lentas para los más de un millar de internos del centro penitenciario de El Acebuche. Los días se hacen casi eternos y ocupar el tiempo es una misión obligada, prácticamente una necesidad, para todos los que viven entre rejas. La cárcel pone a disposición de los reclusos día tras día un sinfín de actividades deportivas, formativas, de ocio y culturales que se convierten en la mejor fórmula para evadirse. A pesar de la crisis y de la caída de pedidos, en la cárcel hay talleres productivos, como el de metálica y carpintería, que dan trabajo, con su correspondiente alta en la Seguridad Social, a más de 200 personas. Muebles, tablas de tenis de mesa, camas, literas, mesas de comedor… la fábrica de El Acebuche es una vía de escape no sólo económica, sino también de escape para los que quieren trabajar mientas cumplen pena. También hay talleres de bollería, panadería, lavandería y cocina que permiten cubrir las propias necesidades de la prisión bajando el coste en empresas externas al mínimo. La oferta educativa es otra de las claves. A lo largo del curso académico pasan por las diferentes clases de enseñanza reglada más de 700 internos. Antes existía un cuerpo de maestros de Instituciones Penitenciarias que en la actualidad cubre la Junta a través de la Consejería de Educación. Además, existen talleres de respeto y convivencia, igualdad de género, abusos sexuales, drogodependencias y resolución dialogada de conflictos orientados a la reinserción social de los presos. También existen cursos ocupacionales, como albañilería e informática, que son un éxito por la demanda, y educación vial. Los reclusos pueden conseguir el carné de conducir al recibir una formación teórica y práctica. 

El deporte es otros de los pilares de la estancia en prisión. Más de 200 internos acuden cada día al gimnasio, además de utilizar las instalaciones deportivas. Es más, hay una selección de fútbol que participa en la liga nacional de prisiones. La cultura entra en la cárcel a través de diferentes expresiones. Obras de teatro, club de la lectura y actuaciones musicales tienen cabida en la agenda de una cárcel muy dinámica. Los internos también pueden llevarse un libro a la cama, gracias a la biblioteca general y a la que existe en cada módulo. Literatura en varios idiomas al alcance de cualquiera. Lo que más se leen son los de poesía, para enviar cartas de amor, y todo tipo de novelas, menos las policiacas que no tienen demasiado éxito.

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