Una torre para ordenar el cielo

Iván Gómez | 11 de mayo de 2014 a las 17:54

A 48 metros sobre el nivel del mar, la torre de control del Aeropuerto de Almería permite ordenar el cielo, gobernar los movimientos de cualquier aparato que esté capacitado para volar en un cilindro de 45 kilómetros de radio y 5.000 metros de altura. Con forma de antorcha, la estructura de palomar de hormigón y grandes ventanales, con una terraza desde la que se puede llegar a ver desde el corazón del parque natural de Cabo de Gata hasta prácticamente el Puerto de la capital, no es un mastodonte al uso, lejos quedan los 132 metros de envergadura de las torres de control más altas del mundo en los aeropuertos de Bangkok (Tailandia) y Kuala Lumpur (Malasia). Para poner el espacio aéreo en LOCAL-ECONOMÍAorden, con decisiones y secuencias de vuelo inmediatas, no es necesario subir hasta las nubes, basta con un controlador en el fanal que corona la edificación y aplicar el desarrollo tecnológico a la navegación gracias a un programa made in Spain como el SACTA, que permite integrar los sistemas de todos los centros de control de ruta y aproximación de la red española para que funcionen de manera coordinada facilitando la comunicación entre sí y con el resto de destinos extranjeros.Arsenio Fernández, director de Navegación Aérea de la Zona Sur que abarca 200.000 kilómetros cuadrados entre Badajoz, Murcia, Ceuta y Melilla, muestra las consolas con múltiples pantallas de una tecnología que reduce las actuaciones manuales al mínimo y detecta incluso posibles conflictos antes de producirse. La que no se puede perder de vista es la del radar de aproximación donde los puntos que se alinean son aviones. Y es que, como asegura Fernández, “cualquier aeronave en espacio aéreo está controlada por alguien”, no hay posibilidad de que aparezca un helicóptero o avión a su libre albedrío.  Actualmente se utilizan complejos sistemas automatizados que permiten realizar, en circunstancias normales, las tareas más comunes con poca o ninguna participación humana para optimizar el trabajo y reducir la probabilidad de accidentes aéreos.

Entre los numerosos artilugios de comunicación, ordenadores y radares que hay en la torre de control de Almería llama poderosamente la atención una bicicleta estática en desuso y una cinta de correr que ya nadie recuerda cómo se instaló, sobre todo porque se accede por un pequeño pasillo con escaleras por el que no caben juntas ni dos personas. También hay microondas y una decena de garrafas de agua mineral para hacer frente a las largas jornadas que sufrían los controladores hace unos años. Sobre las mesas documentos, alguna que otra fruta y LOCAL-ECONOMÍAfotografías, una dedicada con afecto por pilotos de los cazas Harrier del Ejército del Aire. En el punto neurálgico del aeródromo almeriense, que este verano permitirá la conexión directa de la provincia con una treintena de destinos, trabajan diez controladores repartidos en turnos de dos profesionales. Cuentan con una poderosa maquinaria, con mecanismos de elevado coste, pero son ellos los que dominan el espacio aéreo y las pistas por las que circulan, aviones, avionetas y helicópteros. El Área de Control Terminal (TMA) de Almería está en sus manos, mejor dicho en sus ojos. En la mesa no faltan los prismáticos. Cuando el avión se aproxima son más importantes que la pantalla del ordenador. El control aéreo en las torres sigue siendo esencialmente visual, los profesionales que trabajan no dejan de mirar por las ventanas a uno y otro lado. Nada hay más fiable. El incipiente sol, sobre todo en los meses de verano, no molesta como en cualquier otro edificio, los vidrios evitan los destellos y, además, están inclinados para evitar reverberaciones y los efectos de las fuertes rachas de viento. La torre está preparada para soportar hasta 60 nudos de carga eólica porque Eolo sopla fuerte casi a diario en Almería y los aviones despegan y aterrizan contra el viento.

El anemómetro, al igual que los prismáticos, es sagrado en la torre. “El problema es el viento cruzado, aquí se utiliza una cabecera de la pista o la otra para tenerlo siempre en contra”, afirma el controlador Israel Valero. Es uno de los factores que tiene en cuenta un “Air Traffic Controller” como él diría a su interlocutor. Con un inglés rápido, seco y preciso, salpicado de siglas y expresiones propias de la jerga aeronáutica da instrucciones al piloto sueco de un vuelo chárter de Primera Air con destino a Malmö. Se maneja con decisiones inmediatas y no LOCAL-ECONOMÍAle falta eficacia en su desempeño. Su dependencia es la del Aeropuerto de Menorca en el que gestiona 200 movimientos diarios. Desde 2008 viene repitiendo los mismos procedimientos siempre buscando la mayor seguridad y agilidad en las operaciones. También está en la torre David Lacasa, jefe de instrucción, para ir haciendo relevos cada cierto tiempo. Tienen en mente toda una serie de pautas de actuación en caso de emergencia médica o incidente en los vuelos. Hay chuletas sobre las mesas por si algo se les olvida y cuando la cosa se complica echan mano de un pulsador de emergencias. Disponen, además, de una línea caliente para tener una comunicación inmediata con otras dependencias sin necesidad de esperar a la respuesta de la aplicación informática: “Te lo viro y te lo paso”, le comenta a uno de los 20 profesionales que trabajan en el Centro de Control de Sevilla desde el que se dirige la Zona Sur. Son episodios aislados. Valero recuerda sólo un incidente de un avión de Monarch al que se le incendió un motor en el despegue y tuvo que abortar sin que hubiera ningún herido que lamentar. También explica que la torre cuenta con un foco desde el que emitir luces si fallan las comunicaciones con el avión, a través de señales con las que sustituyeron a las bengalas. Otra de las anécdotas que revela la importancia de la comunicación la protagonizó un vuelo que no dejaba de dar vueltas sobre Sierra Alhamilla porque se había quedado sin transmisiones y era la manera de presentarse ante la torre para recibir permiso de aterrizaje.

Después de más de año y medio de formación, un periodo sin ingresos que no pueden soportar todas las familias, los controladores se incorporan a una dependencia desde la que se dedicarán, como ellos dicen, a “separar aviones” con una alta remuneración porque el desempeño de su trabajo implica un elevado grado de responsabilidad. Utilizan las aerovías, conocidas como carreteras del aire por las que se LOCAL-ECONOMÍArealizan más de 10.600 operaciones cada año en Almería con un máximo de 12 movimientos por hora. En el aeródromo de El Alquián hay seis salidas por las que pasan más de mil aviones y helicópteros en algunos meses del año. Ya sean militares, del Infoca o vuelos en prácticas, todos presentan sus credenciales cuando entran en el espacio aéreo de Almería. Los controladores facilitan el plan de vuelo abreviado (velocidad, altura, dirección y fuerza del viento) a los aviones en pista media hora antes de su salida. A partir de ahí se suceden los contactos con la puesta en marcha de motores, rodaje por pista, punto de espera y finalmente el despegue. “Alfa, Echo, Charlie…” Sigue dando instrucciones en el alfabeto fonético internacional. Son las doce y cuarenta del mediodía, aunque el reloj marca dos hora menos porque atiende al Tiempo Universal Coordinado, y ya van una treintena de movimientos. Ha partido el vuelo de los suecos y va a llegar un Air Nostrum de Madrid. Israel vuelve a coger los prismáticos. No puede fallar nada. Es consciente de su responsabilidad directa sobre decenas de vidas. Por el Aeropuerto pasaron 705.000 pasajeros el pasado año.

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