Palomares, el relato de Manuel Besada

Iván Gómez | 25 de marzo de 2019 a las 13:51

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Ha tenido que pasar más de medio siglo para que el gallego Manuel Besada Sanmartín, uno de los pocos testigos presenciales del accidente nuclear de Palomares, vuelva a pisar tierra almeriense. El destino situó a este meañés de 76 años -entonces tenía 23- bajo los dos aviones norteamericanos que colisionaron durante una maniobra de abastecimiento de combustible en vuelo el 17 de enero de 1966 provocando el mayor incidente nuclear de la historia de nuestro país. Hoy disfruta de unos días de vacaciones en Almería y rememora los recuerdos de aquel suceso. Muchos habitantes de la zona, ya acostumbrados a ver como las aeronaves repostaban desde el aire en la costa levantina durante la etapa más difícil de la Guerra Fría, presenciaron el trágico episodio, pero pocos pueden relatar a día de hoy que, más allá de ser testigos, se jugaron la vida, sin saberlo, en la recuperación de algunos de los materiales contaminados. Manuel Besada recogió aquel día un paracaídas que flotaba sobre el mar picado y azul de Palomares. En aquella jornada iba enrolado en el petrolero Campoverde, de la empresa Campsa, en el trayecto de Canarias al Puerto de Almería con gasolina refinada.

Estaban a unas cuatro millas de la costa y a dos del pesquero del conocido como ‘Paco el de la Bomba’, los dos únicos barcos que faenaban en la zona cero. Era un marinero más, el subalterno más joven en una tripulación de 32 personas, pero se encontraba en el puente de mando acompañando al oficial con el timón frente a la desembocadura del río Almanzora entre Villaricos y Palomares. Contempló el acercamiento de los dos aviones (un bombardero B-52 de regreso a Estados Unidos y un avión cisterna procedente de Morón de la Frontera) y confiesa que creyó en todo momento que iban compitiendo, un modo temerario de exhibición. Pero nada más lejos de la realidad. Instantes después se produjo una fuerte explosión, seguida de una lluvia roja y negra producida por el carburante en llamas de la aeronave nodriza y los pedazos de fuselaje y metales incandescentes de los aviones acabó para siempre con la tranquilidad de una pedanía conocida por sus sandías, lechugas y paradisíacas playas. El accidente propició la caída de las cuatro bombas termonucleares, 70 veces más destructivas que las de Hiroshima, siendo dos las que liberaron sobre Palomares más de nueve kilos de plutonio altamente radiactivo.

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Manuel Besada asegura que una descomunal humareda cubrió todo y sólo pudieron ver focos en llamas en la costa y cómo descendían cuatro o cinco paracaídas sobre tierra y mar. Tras avisar por radio a las autoridades marítimas, decidieron recoger un paracaídas que había flotando a escasos metros. El meañés recuerda que el capitán recibió la orden de auxilio y mandó parar máquinas. Tuvieron que jugar un papel más activo del que hubieran deseado sin valorar los riesgos que asumían. “En aquel momento no nos imaginábamos el alcance de lo que estaba ocurriendo, no sabíamos nada, ni fuimos conscientes hasta leer la prensa”. El barco se orilló hacia la lona, sin saber si había sido empleada en el descenso de una persona u objeto, y a Manuel que era el tripulante más novicio le tocó bajar a recogerla. “Con una escalera de gato por el costado del barco descendí hasta el nivel del agua y con la ayuda de un bichero logré acercar el paracaídas y comprobé que no había nada ni nadie sujeto. Me lanzaron un cabo desde la cubierta para que pudiera atarlo e izarlo, pero al sacarlo con cuidado se precipitó todo el agua del paracaídas sobre mi cabeza y me empapó por completo”, relata con todo lujo de detalles. Es un capítulo que mantiene intacto en su memoria.

El buque estuvo en torno a hora y media frente a la costa de Palomares hasta que llegó la orden de seguir su camino hacia el Puerto. Allí fueron recibidos por un grupo de carabineros en la noche a los que entregaron el paracaídas y se lo llevaron en una furgoneta. “No nos dieron ninguna explicación jamás, todo lo que sabemos fue por la prensa”. Una vez completado el encargo, siguieron con su faena y no le concedió mayor importancia a lo ocurrido hasta que a los dos meses se le empezó a caer el pelo y le salieron ronchas en la cabeza. “Eran como manchas y arañazos y no me había dado ningún golpe. Pensé entonces en el agua que me había caído del paracaídas, pero ni siquiera se lo comenté a nadie”. A sus 23 años, en los sesenta, la cabeza rapada era un estigma que le generaba graves problemas de autoestima. No cogía vacaciones para que su familia no lo viera sin pelo. Entonces la alopecia y otras manchas en los jóvenes estaban asociadas a patologías venéreas como la infección por VIH o la segunda fase de la sífilis. Pasó por dos dermatólogos, uno en Santander y después otro en Santiago de Compostela. Y lograron resucitar su cabellera con el tiempo.

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No les reveló que había estado en contacto con materiales en la zona más radioactiva del país y tampoco lo hizo con Manuel Fraga con el que coincidió muchos años más tarde de su baño en blanco y negro en una partida de dominó. “Durante la dictadura todo quedó silenciado y minimizado”, reconoce. Su versión de lo ocurrido quedó para las tertulias con familiares y amigos. Es su historia con final feliz porque es afortunado de seguir vivo. Y ha tenido un nuevo capítulo 53 años después cuando ha vuelto a pisar la playa almeriense gracias a un viaje del Imserso. No entiende que todavía hoy los terrenos sigan contaminados y Palomares no haya podido pasar página medio siglo después.

El duro trabajo en un petrolero por 2.000 pesetas

Manuel Besada Sanmartín navegó con una tripulación mayoritariamente vasca, como el capitán, durante nueve años en los petroleros que transportaban más de 36.000 toneladas de gasolina refinada desde Canarias y Venezuela hasta la península. Primero en el Campoverde y después en el Camponegro, de los que aún conserva la cartilla de navegación que acreditan su paso por Almería en la fecha del accidente nuclear. Era un trabajo duro, con un salario de unas 2.000 pesetas al mes, 1.200 de base y el resto en complementos por portar mercancías peligrosas. Poco después, dejó el mar, dedicó los ahorros a comprarse un camión y se convirtió en un reconocido empresario hostelero.

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